EL TARTAMUDO

EL TARTAMUDO

Solíamos encontrarnos entre risas y deseos, abiertos al porvenir que nos encerraba entre temores y odios.
Su sonrisa escondía el ruido de las sílabas que se entremezclaban cuando, a una señal sólo entendida por nosotros, dejábamos entrar la libertad de hablar con la cual soñábamos entre cada encuentro.
Él me enseñaba trucos de mecánica con un énfasis tal que, hoy, sigo escuchando el eco de la voz, limpia de toda torpeza, que me llegaba.

Sylvie Lachaume

EL TARTAMUDO

Un despacho anclado en los años cincuenta. Burocracia y juventud hablan, una para no quedarse dormida en su propio vómito y la otra para no inundar de lágrimas su traje azul.

  • Ya te dije que no hay presupuesto.
  • Les va a salir más rentable cambiarlo por otro.
  • Cumplimenta estas doce instancias, en un mes y medio lleva cada una a su Ministerio y espera una respuesta cuando pasen las vacaciones, pero ya te digo, no tenemos dinero.
  • ¿Quizá con lo que se van a ahorrar en reparar los siguientes quince barcos podrían encontrar otro trabajo más adecuado para ese operario?
  • ¿Más adecuado?
  • Sí, no creo que sea muy eficaz que un tartamudo lleve la máquina del código morse para dirigir el tráfico marítimo.

Hernán Kozak.

EL TARTAMUDO

“El tartamudo” era un chico del pueblo donde íbamos las primaveras de cada año. Mi padre era escritor y tenía la costumbre de redactar allí la historia que cada semana publicaba un periódico para el que escribía. En cierto modo, entiendo que se empeñara en ir a aquel pueblecito, casi deshabitado, en esta estación del año, pues estaba cubierto de almendros con flores moradas, flores blancas y hierba verde en el sendero de la montaña al que cada día acompañaba un reluciente sol que parecía darnos la bienvenida. Después del desayuno, yo solía salir a la calle para jugar con “el tartamudo”, así se hacía llamar. El primer día que lo conocí yo debía tener unos siete años, él era 6 años mayor que yo. Le pregunté por su nombre, pues a mí me parecía bastante raro, creo que era la primera vez que lo escuchaba. Él me respondió que le gustaría que el mundo estuviese hecho de tartas, y que pensó en llamarse tarta-mundo; pero que al cumplir los doce se había dado cuenta de que aquello era imposible. Entonces, ante el asombro, se quedó sin palabras, mudo. Por eso, desde aquel día, para expresar triste descubrimiento, había decidido llamarse así.

Paqui Robles.

EL TARTAMUDO

Eran unos personajes bastante extraños para aquella comunidad en la que todos los vecinos se consideraban de vida ordenada y de toda la vida. Al tercero B, se habían mudado apenas hacía unos meses dos mujeres de mediana edad, una joven adolescente repleta de tatuajes, un hombre de unos cuarenta años con cara de pocos amigos y dos perros cusquejos. Apenas hablaban castellano y cuando lo hacían tenían un marcado acento de un País del Este. Las tardes se inundaban de aromas culinarios desconocidos hasta entonces en ese patio de luces. Eso, sumado a que tenían horarios bastantes intempestivos, hacía que el resto de los vecinos chismorrean de continuo en los rellanos o que asomaran medio cuerpo por las ventanas de las cocinas con la esperanza de ver u oír algo que diera emoción a sus vidas.
-No se asome usted tanto, que un día con el peso y la gravedad tenemos un disgusto, y aparece usted de bruces en el patio, haga como Doña Julia que mira revirada por el visillo y se asoma a la mirilla o barre el rellano cada vez que oye una puerta, es menos peligroso- Dijo Luisa a su vecina Petra, que era la red social del vecindario.
A Luisa todo aquello le daba igual, había recobrado la ilusión de su anodina vida desde que coincidió en el ascensor con el cuarentón con pinta de malote. La adolescente, las dos mujeres, los perros y el resto de las cuestiones que inquietaban al vecindario le daban igual.
Llamó su atención desde la primera vez que coincidió con él en el ascensor. Venía de pescar, a juzgar por la caña. Lo miró de reojo con ese aroma a tensión que solo se masca en ese espacio. Los dos, uno junto al otro, manteniendo la distancia para no sentirse invadidos, piso tras piso, con la espera angustiosa de que se abriera la puerta. Luisa mientras contaba las llaves pudo ver sus brazos musculados y en ese instante empezó su interés. Tenía tatuado un pez. Entendió que era una gran amante de la pesca y le resultó viril aquel asunto. Tenía sus horarios identificados. Salía de casa a las cuatro de la tarde y regresaba sobre las nueve, trató de reorganizar las salidas y las llegadas para coincidir con él. Si llegaba un poco antes abría y cerraba el buzón varias veces hasta que le veía aparecer.
-No sé si es casualidad o es que me estás esperando, cara guapa- le dijo en una ocasión con una amplia sonrisa que dejaba ver una dentadura perfecta y con un acento que le resultó excitante. Luisa tuvo un súbito enrojecimiento que no se le pasó en todo el trayecto hasta el cuarto piso en el que vivía. Trató de decir algo inteligente y artículó una ridícula pregunta:

  • ¿Te gustan los peces?
    El vecino malote soltó una sonora carcajada.
  • Esto que llevo tatuado y que tanto parece gustarte, no es un pez común, es una carpa Koi, ¿sabes que significa? Si quieres un día te lo cuento- Luisa se dio cuenta de que el ascensor era más veloz de lo que nunca se había imaginado.
    Al día siguiente no apareció, se cansó de abrir y cerrar el buzón al que sólo llegaba publicidad del supermercado. Cuando se supo todas las ofertas se subió a casa decepcionada.
    Habían pasado varios meses. Una tarde, cuando venía del supermercado, dos hombres estaban en el portal esperando el ascensor. Nada más cerrarse las puertas, le enseñaron a Luisa sus placas, eran policías. Le mostraron una foto.
  • ¿Conoce Usted a este hombre? le llaman el tartamudo, nos han dicho que vive en este edificio.
    Luisa reconoció al instante al pescador, pero lo cierto es que no le parecía que tuviera un problema en la voz. Ante la mirada de los dos policías se debatía entre el deber y la imagen de aquel musculoso brazo con una carpa y cuasi perfecto que le hubiera encantado que la abrazara con pasión.
    -Pues no, la verdad es que no le he visto nunca, no le conozco, creo que se han confundido de portal, quizás sea en el de al lado, lo lamento- dijo resuelta.

Semanas más tarde, Luisa estaba preparándose la comida mientras escuchaba el noticiario local. La noticia del día era que habían detenido al tartamudo, el líder de una banda de ladrones altamente experimentados que asaltaban casas y mansiones de lujo. Le llamaban así por que era la tartamudez la técnica que utilizaba para desesperar a la policía en los interrogatorios. No había manera de arrancarle una palabra a la primera.
Luisa fue incapaz de encontrarle relación a los atracos con la pesca. “Qué lástima, hubiéramos sido felices atracando, pescando carpas, lucios, truchas o lo que fuera…”, pensó con un suspiro.

María González

EL TARTAMUDO

Aquella noche alguien debió de dar el chivatazo, no tiene otra explicación, de qué sino iba a aparecer la policía a las tres de la mañana. Los pilló a todos colocando los cogollos en bolsas pequeñas, ruido no podía haber, los vecinos lo hubiéramos oído y no fue así, le relataba Toribio a su vecino. Bueno dijo éste, el conserje fue a declarar esta mañana y tiene otra versión, resulta que sí hubo una llamada, por una pelea en un bar que ni siquiera está en este barrio. Pero resulta que el funcionario que buscó la dirección en Google Map se equivocó y escribió “trotamundo” que es el nombre de la agencia de viajes que está en el primero. Cuando llegaron los agentes, sí se extrañaron de no oír nada y aunque no fueron complacidos con el oído, sí que lo fueron por el olfato, porque seamos claros, oler huele, que todos salimos perfumados de hierba, a diario.

Ana Velasco

EL TARTAMUDO

Había una vez un niño que cuando trataba de hablar no le salían las palabras de su boca, sólo le salían letras sueltas que se iban perdiendo en el aire de la mañana, y él no podía juntarlas. Su madre le llevó a las mejores escuelas del mundo, con profesores serios y sonrientes, con profesoras severas y delicadas, y nada conseguían.
Su madre decidió entonces llevarle a los mejores médicos del mundo. Comenzó por uno de París, luego fueron a una clínica de Londres y de allí viajaron a Estados Unidos que para eso hablan el mismo idioma. Nada. Decidió entonces ir a Rusia, a la India, a Paquistán y de allí pasaron por China, porque como es un país tan grande, sin buscarla, la encontraron.
Allí había un hombre sabio que le dijo a su madre que tenía que dejar a su hijo una temporada con él, que ella se fuese de viaje o a su tierra y que volviese en unos años.
La madre puso el grito en el cielo y estuvo a punto de llevárselo, si no hubiese sido porque el niño dijo la palabra mamá. La madre emocionada no dejaba de llorar abrazada a su hijito del alma. Pero el niño tenía claro que el sabio aquel era su única posibilidad de salir bien librado de esa situación en la que le había embarcado su madre, desde hacía mucho tiempo.
Cuando su madre se fue, el niño respiró aliviado.
Pasaron muchos años, tantos que el niño ya no era un niño sino un hombre. La madre no podía creer que aquel hombre fuese su pequeño, pero al fijarse en su ceja derecha no tuvo duda. Nadie en el mundo podría haberse hecho una herida con forma de la inicial de su propio nombre.
Le abrazó y comenzó a preguntarle apremiante ¿qué tal estaba? ¿qué tal le había tratado el sabio? Y le dijo que tenía billetes de vuelta para su hogar.
-Ya estoy en mi hogar, le dijo el chico-hombre. Tengo mi propia familia, ven te presentaré a mi mujer y a mis hijos, tus nietos.
La mujer no pudo escuchar lo que le decía sorprendida de que hablase tan fluidamente. Y le pasó lo que le pasaba a su hijo cuando era pequeño, que no le salían palabras de su boca, sino tan solo letras sueltas que se iban perdiendo en la tarde.
El hijo le dijo: Ahora la que tartamudeas eres tú. No te preocupes, querida mamá, yo tendré la paciencia contigo que tú nunca tuviste conmigo, ya veras como hablar te resultará muy sencillo.

Cruz González Cardeñosa

EL TARTA MUDO

Es curioso el origen de muchas de las palabras. A veces son compuestas y entre ellas se chillan, patalean, se contradicen, saltan, chocan, generan un entuerto difícil de resolver, se disfrazan… para luego permanecer en una convivencia. Entonces ríen de la mano, exiguas y exentas de su anterior significado. Son casi como un sueño, con un motor en la proa dirigiendo el rumbo.
Hace poco descubrí la palabra tartamudo en un sueño. Uno de los personajes caía en espiral desde el borde de un edificio. ¡Qué vértigo sentí! Supe que se trataba de algo importante cuando en ese momento abrí los ojos y luego dije “no es más que un sueño”. Abrí una puerta y entré de nuevo.
Un grupo de personas celebraban algo. ¡Pero cuidado! no eran personas, eran seres mitológicos. Había centauros, minotauros, ninfas…Todos reían. Cuando me vieron, sus miradas se cruzaron sorprendidas. Codazos, posturas que denotaban la incomodidad del asunto y un salto al vacío. Frente a la tarta del acontecimiento nadie habló, ni se movían. Nos quedamos todos mudos.

Laura López

EL TARTAMUDO

Sabía gritar con un sonido único, limpio y salado, era un torbellino desbordante, allí residía la esencia en llamas, la presencia de una identidad futura, su potencia varonil deslumbrando los viajes más lejanos.
Y cuando caía por la rampa, cada instante atrapaba su ser oscuro y lo silenciaba. La presión del aliento quedaba mansamente extendida en frases tatuadas en el aire.
A él le gustaba el desconcierto que provocaba en los diálogos. Esos testigos lujuriosos dejaban de escucharlo para quedarse con las vacilaciones de su voz.
Un día a la salida del trabajo, le interpelo el conserje en el foyer del teatro.
Disculpe mi osadía, Señor, pero mi mujer insiste todos los días y hoy me amenazó, dijo que era una piltrafa y que si no venía a hablar con usted quitaría todas las fotos de mis parientes de la casa. Esa idea devastadora me impulsa hoy, aquí. Yo no puedo vivir sin los espejos de mi alma, tan bondadosos han sido todos y tan muertos están ya. ¿Me entiende, Señor? A veces alcanzan un nivel de irrealidad tan necesario que se han vuelto imprescindibles para convivir con ella. Los reflejos de mi pasado muerto, esa vestimenta de escalofríos, esos silencios muertos atravesándome a cada instante, es un andén de vida como lo es ella.
El tenor, le dio la mano y respirando, levantó su brazo con el suyo en dirección al escenario, y abriendo la voz de par en par, canto: Como me pasa a mi.

Clémence Loonis


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