NO QUIERO MOLESTAR

NO QUIERO MOLESTAR

El vigor de su discurso me hizo pensar en una caída de rocas que, liberándose de la presión que las mantenía, marca nuevos límites en el paisaje. Escuchar era lo único que me atrevía a permitirme. El silencio que provocaba su salida del territorio era inusual por los pocos labradores del pueblo.
Surgió entonces una voz hechizadora, que nos sorprendió a todos. El caudal de su eco arrastraba cualquier intento de huir. Se formaron horizontes múltiples. ¿Por qué ir en contra de este nuevo mundo que se desdibujaba, entre cantos y sueños? ¿Por qué molestar lo que ineludiblemente estaba por venir, molestar sin sentido sino por mi propio orgullo?
El desayuno me esperaba, pero sabía que iba a tener un sabor a nunca más.

Sylvie Lachaume

NO QUIERO MOLESTAR

Cuando alguien dice: No quiero molestar, lo primero que pienso, es que lo único que quiere, es molestar.
Que manera tan directa de molestar, sorteando excusas para no ser culpada me digo.
No es que yo piense esto, pero mira, igual….
Esa manera de decir que dice lo opuesto a lo que es expresado, me digo.
Cosa rara el ser humano…
Es como cuando de chicos nos decían:
Si ella te dice no, eso es un tal vez
Si ella te dice tal vez, eso es un sí
Y si te dice que sí, pues bueno, te dice que sí.

Doctor, no le quiero molestar, pero mire: no me gusta su pantalón marrón ¿sabe?
Lo hace mayor, más serio y distante.
Vamos, que así no le gusta, anda a saber si lo que realmente quiere es directamente que ni siquiera tenga el pantalón puesto y que seria mejor que esté desnudo, allí en su consulta.
Pero claro, ella sabe a lo que juega, sabe que, si quiere, lo tiene y él, pobre hombre, buscando los resquicios para ver si puede algo.
Leo, no te quiero molestar, pero si bajas la música te lo voy a agradecer…
Jajajajajajajajajaja, en la vida, como en el amor, no todo es de color de rosa y a la gente le encanta opinar, todos tenemos la solución del problema del otro, pero la nuestra jamás…
Así somos, contradictorios, decimos una cosa y hacemos otra.
Es que mira, dice una chica, ese hombre no me pone, no me pone.
Y otra vos a su lado le responde: pero el es tan bueno, tan trabajador, tan transparente, sería un excelente padre…
Pero a ella no le pone, ¿lo entiende? Y lo que no te pone hoy, menos te va a poner mañana.
Vístete bien, ¡mira cómo vas! pareces un zarrapastroso…
Siempre arreglando los problemas ajenos con tanta claridad que hasta podemos llegar a
creernos semi dioses.
El ser humano, es extraordinario y para todo lo demás, Mastercard…

Leandro Briscioli

NO QUIERO MOLESTAR

Tengo las marcas infantiles que a destiempo azotan las pupilas y el cuerpo de los que me rodean. He sido contratado por la tolerancia, por la posición del equilibrio en aquel mar que moja el mapa del tesoro.
Despojado de todo aquello que no se parezca a mí, ciudadano con todas las razones, me postulo en mi reino de montañas cubiertas de aceite.
Soy una enseñanza, un canto a la paciencia, unos versos equivocados si descuidan el tono, una llamada a la ira o a la soledad.
¿Te vas? ¿Me dejas aquí en mi confusión, en la agonía del pájaro cuando no tiene dónde posarse, continúas tu camino ignorando mis virtudes de tierra quemada?
¿Te vas? Siéntate, algo tengo para contarte.
Acierto y hago lo que quiero. No me midas con tus espejos, ni quieras que me dé cuenta.
Soy así, y no por una infancia que muere a mis pies ni por un día desordenado. Me gusta y tengo derecho a creer que merezco el oro y la sal.
¿Te vas?

Hernán Kozak

NO QUIERO MOLESTAR

  • ¡No molestar! ¡no molestar! Gritaban los periódicos esa mañana.
    Toda la ciudad se puso en pie, alborotada, sin saber qué pasaba.
  • ¡Deprisa, deprisa! ¡vamos! Salgan de sus casas. La palabra fue interrumpida, el silencio dejó de hablar. Los periódicos lo cuentan, “no molesten y molestarán”.
  • «Lo siento”, dijo el silencio, “no quiero molestar”.

Paqui Robles

NO QUIERO MOLESTAR

Con un rotulador indeleble había escrito sobre el típico cartel de «no molestar» que se cuelga en la puerta del hotel, la palabra «quiero». Al leer aquello de «no quiero molestar», la señora de la limpieza pensó que se trataba de una nota de suicidio o algo así. Entró alarmada en la habitación y su inquietud inicial se transformó en un franco temor al comprobar que todo estaba impoluto, como si no hubiese ningún huésped en la habitación. Sacó su móvil para comprobar y vio que efectivamente allí había alguien alojado.
Siguió inspeccionando la estancia. Cuando abrió la puerta del baño se lo encontró allí sentado en cuclillas dentro de la taza del retrete. En su nariz, a modo de pomo, había colgado un cartel igual que el de la puerta, pero esta vez por el lado contrario. Es decir, el que dice: «por favor limpien la habitación», pero el huésped había escrito también algo sobre este cartel: «por favor, tiren de la cadena».

Kepa Ríos Alday


NO QUIERO MOLESTAR

Disculpen, solo estoy trabajando, el mundo es un gran teatro y yo estoy aquí para realizar mi papel, tampoco me crean un genuino ya lo dijeron altas figuras como Shakespeare y Calderón. En este escenario la virtud no tiene ningún valor, es más se saca los colores a todo aquel que quiera llevarla a representación. Yo nací para brillar como cómico, pero de clase VIP. Cuando en pleno apogeo, se me acercó la sombra de la crisis mi apoderado dijo que habría que ponerse a cubierto un par de años. Mi inquietud no me lo permitía y fue así como un día mirando un informativo, descubrí mi nuevo tablado: charlatanería, impostura, mascarada, burla… todo lo que yo sabía hacer. Tenía que buscar una estrategia para entrar en aquel ruedo, como mi cara bonita abría muchas puertas me ofrecí a los que más necesitaban de un gancho, con una gran jeta y el papel resabido, tuve el contrato a la primera, además no se pagaba mal. Tras pasar un tiempo en esa empresa, vi que no se sostendría, acusaba debilidad y decidí apostar por otro caballo ganador, sin lugar a dudas fue una mejor elección, gané experiencia, titulares, comprobé que cada día era mejor actor…. No obstante, cuando creía estar en pleno auge, la entidad se tropezó con un seísmo y a mí no me gusta que me arrastren las sacudidas, tampoco he podido presumir de lealtades así es que, en cuanto pude volví a tantear un cambio. Estaba en ello cuando me encontré con un meneo convergente, andaban a mi encuentro. ¡Qué subidón, mi ego no cabía en dos hoteles! Solo se me pedía aguantar un par de meses de discreción y seguidamente buscar la ocasión para hacerme el traicionado, dando el salto a la nueva agrupación, con nota. Algunos envidiosos llamaron a mis cabriolas cambio de chaqueta, pero se equivocan, el primero puede ser, pero esta última apuesta, sin querer molestar, debe considerarse un cambio de pantalón, al menos así lo veo yo, que como todos ya habrá adivinado, me llamo Toni Cantó.

Ana Velasco

NO QUIERO MOLESTAR

La joven se hallaba esperando el autobús. Llevaba más de diez minutos y hacía frío. Su jersey apenas le abrigaba. Era de una lana calada, haciendo surcos como de flores y dejando entrever un pedazo de su espalda y de la zona del escote. Era muy sugerente sí, pero nada práctico para esperar un autobús en la intemperie. Sentado había un chico más o menos de su edad, muy rapado, absorto en su teléfono móvil.
Pensó que había mucha gente que ya ni hablaba, que eran personas-avestruz, con su cabeza incrustada en el mundo digital. ¡Atchís! Estornudó de manera magnífica, tremenda. Tanto que dio cuenta que había salpicado parte de sus fluidos a la cabeza de aquel chico. El chico desincrustó su mirada de las redes sociales de su teléfono y soltó una mirada desafiante hacia la dirección donde se había originado aquella lluvia imprevista.
– ¡Lo siento! ¡Lo siento de verdad! Me siento avergonzada. Ha sido sin querer.
Él, secándose con un pañuelo de papel, a la voz de “no pasa nada, no importa”, dejó por zanjado el asunto y volvió al modo hombre-avestruz.
La chica, sorprendida por la reacción de aquél, pensó que debía haberse enfadado muchísimo y que por eso ni la miraba, que había sido una gran ofensa y empezó a sentirse culpable.
Volvió a la carga para tranquilizar sus pensamientos.
– De verdad que lo siento mucho, entiendo que estés enfadado, pero no ha pasado por ninguna mala intención. Lo siento.
– Nada, no te preocupes.
– No ha sido algo premeditado, me siento avergonzada, discúlpame, de verdad.
El chico se empezaba a mosquear, no le dejaba concentrarse en el juego que tenía a medio hacer del móvil y esta vez le contestó un poco de mala manera.
– Que ya, para, ya está bien, acepto tus disculpas.
La chica, sintiéndose aún peor y rozando una angustia palpitante en su pulso, siguió insistiendo e indicándole que era normal que se sintiera enfadado.
A todo esto, el autobús llegó a la parada. Él, asqueado por la situación y por aquella voz que le martilleaba, subió apresuradamente. Sintió un alivio momentáneo, que fue eclipsado por la increíble casualidad que aquella joven subió también al autobús.
Corrió al final del autobús y se escondió entre la gente. Se le había olvidado ya el asunto, cuando una parada antes de bajar, una voz se asomó a su “nivel completado” diciendo: “no quiero molestar, pero…”

Laura López

NO QUIERO MOLESTAR

Aún recuerdo temerosa aquel día, creo que tenía unos 5 o 6 añitos y el atracón de dulces de la tarde estaba dando tumbos en mi tripa, como si de un volcán a punto de erupción se tratase. Me levanté al baño solita un par de veces, pero mi cráter aún no estaba listo, así que, igual que iba, volvía a la cama. En uno de esos trayectos, escuché, al pasar delante de la habitación de mis padres, que tenía la puerta totalmente cerrada, como unos maullidos, estaba intrigada, pensé: Papá y mamá ¿se han comprado un gato? Quizá ¿sea un regalo que me quieren hacer? Mientras tenía estos pensamientos en mi barriga rugían leones hambrientos.
Me volví a acostar, pensando en el gatito, pero la curiosidad por conocerlo se hacía cada vez más grande, al igual que aquellos rugidos nocturnos. No era capaz de conciliar el sueño y los maullidos del gato eran cada vez más seguidos y fuertes…

Magdalena Salamanca

NO QUIERO MOLESTAR

Arturo se había instalado en un piso abuhardillado de la zona universitaria. Hacía dos años que se había jubilado, pero le gustaba rodearse de gente joven y mantenía la creencia de que siempre se podía aprender algo nuevo en la vida.
No era alto de estatura, así que los techos bajos de su nuevo alojamiento no le impedían sentirse cómodo.
Al poco tiempo empezó a notar que el bienestar que disfrutaba durante el día se deshacía durante la noche. Estaba rodeado de vecinos estudiantes que con frecuencia celebraban festivamente el final del día y al cabo de un mes se le hizo insoportable el bullicio invasivo que se filtraba por las paredes de su habitación. ¿Pero qué vida esperaba que iba a encontrar en ese distrito? Pensó.
Una noche, en lugar de irse a la cama, abrió el armario y eligió su vieja chaqueta de cuero; abrió la nevera y sacó una botella de cava. En el descansillo se paró ante la casa de sus vecinos. La puerta estaba abierta, aún así tocó dos veces y dijo: “No quiero molestar…”

Antonia López

NO QUIERO MOLESTAR

  • No te quedes ahí en la puerta, pasa y espera dentro.
    Le dice la madre de Orlando a Pedro cuando éste le viene a buscar.
  • No quiero molestar.
  • Bueno, el vendrá en seguida, no tardará.
  • Vale.
  • ¿Quieres un refresco?
  • Sí.
  • ¿Naranja o limón?
  • Coca cola, mejor.
  • ¡Ay! Pues no tengo coca cola.
  • Bueno, nada entonces.
  • No, espera, seguro que la vecina tiene.
  • Aquí está, la coca cola.
  • ¿Pero es light?
  • Pues no lo sé, me sirvió el vaso y no vi la botella.
    Pedro prueba la bebida y pone cara de repugnancia.
  • ¡No! ¡Qué va! Tiene azúcar.
  • Bueno, pues bebe agua- le dice la madre en un tono un poco molesto.
  • Vale.
  • Aquí tienes.
  • Pero está fría de la nevera.
  • ¡Ah! No sabía que no la querías fría.
  • Es que padezco de faringitis crónica, y no puedo tomar nada frío.
  • Vale, te traeré el agua natural.
  • Bueno, te dejo aquí que yo tengo que hacer cosas.
  • Vale, pero ¿me puede poner la tele?
  • ¡Ah sí, claro!
  • Gracias.
    La madre de Orlando le enciende la tele y se va.
    Él se pone a buscar el mando a distancia, pero no lo encuentra. Va buscando por la casa hasta que da con ella.
  • No me dejó el mando de la tele.
  • ¡Ah sí! Está sobre la mesilla.
  • No lo vi.
    Va tras él y le muestra donde está el mando.
  • Aquí está.
  • Muchas gracias.
    El teléfono de Pedro suena. Le llaman del dentista para anularle, nuevamente, la hora de mañana.
    Pedro se enfrasca en una discusión donde termina insultando a la secretaria de la clínica dental.
    La madre de Orlando lo oye desde su habitación, y no puede concentrarse en el trabajo.
    Oye a Pedro que al colgar sigue hablando consigo mismo, maldiciendo a todos los dentistas.
    Aparece de nuevo por la puerta:
  • ¿Puedo pasar al baño?
  • Sí, claro, al fondo a la izquierda.
    Pedro se dirige hacia allí, y al cerrar la puerta y sentarse en el wáter se da cuenta de que no hay papel. Se levanta y vuelve a la habitación de la madre.
  • No hay papel en el baño.
  • ¡Ay! Qué raro, se habrá acabado.
    La madre va a la despensa y coge un rollo de papel, y se lo da.
    Después de diez minutos empieza a extrañarse. Pedro no sale del baño. Se acerca a la puerta, va tocar con los nudillos, pero se arrepiente, no quiero molestar, piensa.
    Después de quince minutos más, ya le parece que aquello no es normal. Vuelve a ir al servicio y toca, esta vez, en la puerta:
  • Pedro ¿estás bien?
  • No- contesta- se ha quedado atravesada la caca en el wáter, y no hay escobilla.

PINO LORENZO

NO QUIERO MOLESTAR

Había en las sombras de la noche, pequeños corpúsculos luminosos que, bailando frente a la cama, retrasaban su entrega al dormir.
Aquí estamos, decían, somos ese lugar falso, inexistente, al pie de tu vida, que hechiza tu mente. La quemadura indolora, que se expandía a toda velocidad, hacía imposibles las palabras. Su mirada extasiada se veía a sí misma perseguida por el fondo de los colores y la lluvia musical daba al paseo lumínico un ritmo de años, que volvía sobre lejanías anteriores.
No había olvidado nada, ni los frutos caídos, cascabeles en su vientre, ni los reflejos que repetían sin cesar esa índole asesina: soy culpable. Y también los traspiés de los angelitos que no había podido evitar odiar, que la miraban con un amor voraz y disolvente a la vez.
Laxa, su madre, era como un remo colgado en el corazón que daba la hora y nunca partía.
En cuanto a la plaza conyugal era cierta como una charca y de tanto en tanto amaba salpicarla con grandes lluvias. Pero la circunstancia donde palpitaba erguida como un aire regido por el futuro mismo era en su Sodoma y Gomorra. Un gran tribunal desnudo donde era jueza, abogada y aplaudía con un estruendoso látigo en mano. diciendo bien alto: No quiero molestar.
Un gesto, un aleteo, un destello de presencia total, mujer interminable que cubría con mantas redondas, corazón de su amor, lo desvanecido, lo inaparente.
Ahora que había lucido su juventud en las estancias legendarias tenía que hacer frente al espejismo final, la vejez.
Ella jugaría de cerca. Sobre la ola de leche de vida eterna, fardo de escalofrío, construiría un castillo prodigioso, sin ausencias, con roedores vivos y llaves de arrabal.
Después, instalada en la rueda de su garganta, lo contaría todo, los plomos y sopletes, la máscara, los besos y, en la frontera con la mano, perdería primero el labio inferior y desde el costado abierto del alma, se fugaría lo inolvidable: el viejo león que separa la vida diurna de la lengua.

Clémence Loonis


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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