EL COLETA

EL COLETAS

Te compro y no te compro la ocupación pues, aunque resulte difícil de creer, pagar la hipoteca cada mes cuesta mucho trabajo. Por otra parte, te digo: prefiero que sea así. No vaya a darse algún caso extraño donde alguien venga a pedirnos que le devolvamos el favor.
Te compro y no te compro que haya que luchar por los derechos de la mujer, pero cuidado con pisar otros limites en algún descuido. Mientras no sea por méritos, el sistema seguirá siendo injusto. Imaginemos que en algún taller lejano de poesía debiera haber los mismos hombres que mujeres, ¿Cómo se lo explicas a los que dejas fuera?
Lo que no entiendo ni pretendo entender es por qué se nos seca el alma.
¿Cómo es posible que la cultura continúe siendo un resto del olvido engarzado a una vela rota de esta tormenta?
¿No te preocupa que haya días, meses o años, que nadie le recomiende un libro a nadie?
¿No te parece extraño que haya padres e hijos que conozcan sólo los títulos de series norteamericanas y videojuegos?
¿No te plantea ninguna pregunta que hace décadas que ningún verso va de boca en boca?
Ya sé que no es tu caso, ya sé que eso era antes y que son habladurías, pero los mayores del lugar dicen que cuanto más ignorantes somos, cuantas menos herramientas tenemos para pensar, más sencillo resulta manipularnos señalándonos la dirección del colegio electoral.
¿No te parece curioso que la pintura, la música, la novela o la poesía sean palabras en peligro de extinción y que parezca que no importe el color de los que sujetan nuestras riendas?

Hernán Kozak

EL COLETA

Habían pasado muchos meses desde su primer encuentro con la Bella y el perfume de su cabellera agitaba todavía algunas de sus noches cuando, en un giro maléfico de su vida, le anunciaron su visita.
Perplejo, inventó una excusa para justificar su ausencia. Junto con sus amigos decidieron una estrategia para que la Bella sacudiera sus intenciones frente al espejo que ella misma se había construido.
Tardaron pocos meses en volver a escuchar esta voz de ninfa susurrar, en el micrófono del teléfono, que, costase lo que costara, querría encontrarse con El Coleta, que nada de tonterías con ella porque el Cielo los esperaba a los dos y que no podía permitirse el lujo de hacerle esperar.

Continuará.
Próximo capítulo después de las elecciones madrileñas

Sylvie Lachaume

LA COLETA

De pequeño había aprendido a hacerse solo la coleta. Sus padres decidieron no cortarle el pelo, como a los otros niños, ya que tenía un cabello liso y bonito. Pero a Raúl le molestaba cuando jugaba con sus compañeros. A su madre no le gustaba verlo con coleta, pero no le quedó más remedio, y cada día, después de cepillar su morena cabellera, se le escabullía y se recogía el pelo.
Ahora llevaba el cabello desgarbado, casi sucio, siempre en una coleta. Su seña de identidad, le dijeron.

Pino Lorenzo

EL COLETA

El Coleta era el nombre del mayor bosque de fresas que había en Norteamérica. Mirarlo era todo un espectáculo y mucho más adentrarte en él. Había fresas por doquier a cualquier hora del año, fresas que alegraban la tristeza con el rojo de la sangre del corazón que riega. Se decía que estaba encantado, que si alguien que estando triste se adentraba en el bosque y comía alguna de estas fresas le cambiaba para siempre el sabor de la vida, de amargo a dulce. Tras haberlas comido les asaltaba una gran felicidad, unas ganas de reír, de abrazar, de conversar. Era tanta su fama, que pocos se atrevieron a probar, por si acaso, aprendían a caminar.

Paqui Robles

EL COLETAS

Marta con un cronómetro en la mano empezó a pasearse entre los aspirantes a croupier mientras realizaban aquella prueba de cálculo numérico. Setenta candidatos se concentraban en aquel imponente salón barroco de un hotel de La Coruña y se devanaban la sesera haciendo sumas, restas, divisiones y multiplicaciones contra reloj. Entretanto Marta con cierto disimulo observaba su porte. Hacía un repaso veloz y automático a la altura, el tamaño, la higiene, si eran más o menos agraciados de cara y por supuesto se fijaba en sus manos. Sabía que estas eran de suma importancia para trabajar en un casino. En aquellos lugares donde la luminosidad es escasa las mesas de juego lucen como una pista de circo. El verdadero espectáculo no está en las jugadas sino en la habilidad del croupier para ofrecer una escena de contorsionismo manual que no se puede contemplar en ningún otro lugar como en un casino.
Marta tenía una habilidad especial para captar todo esto con una simple interacción con los aspirantes. Poseía un don. Pocas veces se equivocaba. Podía predecir con precisión si serían buenos en Black Jack, Póker, Punto y Banca, Ruleta Americana o Ruleta Francesa.
Entre aquel heterogéneo colectivo, se fijó en Luis, “es alto como una semana sin pan, me viene de perlas para la francesa” pensó. Se acercó y se fijó en sus manos, eran finas con unos dedos muy largos. Se lo imagino chipeando fichas o barajando las cartas en la mesa de juego con total maestría. Tenía todos los ingredientes a excepción del pelo. Lo tenía largo, ese día lo llevaba recogido en una coleta. Se lo tendría que cortar. Era la política de la empresa.
Recordó las palabras de su jefe: “Marta, no quiero ningún Pocahontas, luego nos dejan tirados y tres meses de formación se van a la basura, prefieren sus tres pelos a un contrato estable, ya lo sabes”.
Marta, sabía que su jefe exageraba porque él tenía poco pelo. La perdió en la Universidad y estaba convencida de que aquello condicionaba su discurso. En su juventud era heavy metal, tocaba la guitarra eléctrica en un local con otros colegas. Cuando el pelo fue desapareciendo también desapareció la banda. La diversión estaba en menear la melena como poseídos, a la vez que el cuello se giraba en todas las direcciones como los molinos de viento de Campo de Criptana, al perder esa esencia, el grupo carecía de todo sentido y se disolvió.
Aunque quizás su jefe algo razón tenía, ya que recordó a Mauricio, tenía una melena frondosa, rubia y rizada, en la formación demostró ser un excelente croupier, pero había hecho una promesa de que se la cortaría cuando el equipo de fútbol de su pueblo ascendiera a regional preferente. Pero aquellos casos eran excepcionales.
Luis la hizo sufrir hasta el último día. Durante los tres meses que duró la formación se mantuvo con su pelo intacto. El jefe de Marta le preguntaba todos los días de manera despectiva por el Coletas y ésta a su vez le decía al muchacho: «Luis, no me falles y córtate la dichosa melena, ¡como te rajes a última hora mi jefe me liquida!, hazme el favor, con lo guapo que vas a lucir en el casino, con esa cara guapa que tú tienes-» El chico por su parte sonreía, pero en su fuero interno no lo tenía nada claro. Le había costado tanto tener aquella mata de pelo. ¡Tantas aventuras habían vivido juntos! todas las mañanas cuando se miraba en el espejo trataba de imaginarse sin su melena y los ojos se le llenaban de lágrimas.
Por fin llegó el día, Luis como un corderito que va al matadero fue a la peluquería. Necesitaba el trabajo. Le pidió al peluquero que se lo cortara lo más rápido que pudiera, con poco sufrimiento. Cuando se miró al espejo no se reconocía. Se fijó en que tenía las mismas orejas que su abuelo y la forma del cráneo como la de su padre, -joder el pelo cubría mi genética- le dijo al peluquero que sonreía encantado con la poda.
Cuando terminó, recogió con suma delicadeza los restos de aquella matanza capilar, quería rendirles un homenaje. Esta tarde en la asociación española contra el cáncer la coleta de Luis correría una solidaria suerte. Fue la manera que se le ocurrió de que su pelo siguiera con vida. Marta una vez más no se había equivocado.

María González

EL COLETA

Se llamaba Braulio y nació en un el barrio de Lavapiés en Madrid, sus padres todos los domingos lo llevaban a la Iglesia Evangelista de Cascorro y desde allí se acercaban a la Corrala de la Paca donde continuaban la fiesta, siempre había alguna pedida de boda o cumpleaños; en cualquier caso, era el lugar donde su padre cantaor era ensalzado mientras su madre le invitaba a seguir su taconeo. Pronto empezó a despuntar por su zapateo, verónicas y otras figuras clásicas, imitando los movimientos del gran Antonio Gades. A los doce años se estrenó en Casa Patas y ese día lo bautizaron con el nombre artístico de “El Coleta”, nadie recordaba haberlo visto con el pelo corto, pero Braulio recordaba el día en que su abuelo se puso delante de él con unas enormes tijeras y le dijo: “muchacho, es hora de sacarte esas greñas”, luego los gritos de su madre cruzando palabras como dagas con el patriarca, desde ese día nadie le sustrajo un cabello. Llevó con orgullo su nombre artístico a medida que crecía con su baile, hasta despuntar entre los mejores bailaores flamencos. Cruzó el charco, lo aplaudieron en Japón, en Australia, lo adoraban en Francia… De vuelta a España tras más de una década de trayectos, un día leyó en la prensa no se qué sobre “el coleta”, ¿pero este tío quién es, preguntó? Unos respondían que un comunista, otros que un populista, otros que era la imagen del Che pero algo menos guapo, otros que el enfático, un político que… Tras escuchar a unos y a otros, Braulio estampó: “lo que es, es un ladrón, quiero encontrármelo en alguna parte”, le dijo a su representante, y si no consiente pasamos por la televisión. Se sabe que hubo una reunión entre el político y el bailaor, las malas lenguas dicen que fue a raíz de este encuentro que aquél cambió de peinado reemplazando su coleta por un moño japo.

Ana Velasco

EL COLETA

-Para que dejasen de llamarme el Coleta, me hice un moño. Ahora hace tiempo que me llaman por mi nombre. Todo tiene una solución.
-Bueno, casi todo. A mí me siguen llamando Pelao y ahora tengo un pelo frondoso.
-Quizás si cambias de relaciones, tus nuevos amigos que nunca te conocieron pelao, no usen ese apelativo para llamarte.
-Puede ser que aún no me he acostumbrado a tener pelo.
-O quizás cuando te llaman de esa manera parece que no pasó el tiempo.

Cruz González Cardeñosa

EL COLETA

Imperturbable era su entereza. Sólo se dividía en el asfalto tras múltiples palabras. Eso le hacía múltiple también, y divisible, pero entero. El horizonte allí, cargado de edificios, le llevó a las construcciones de su niñez.
Un vecino con el que jugaba a menudo, tiraba del tapiz cuando se enfadaba. Destruía
todas las construcciones de fichas cada vez que no era como quería.
Ahora sentía que aquel vecino estaba cerca de él. En las manos de otros, en los rostros de otros. Pero en todo girasol crece un testigo, un ojo de húmedo abrigo.
Se paró en la barbería donde siempre acudía y pensó en los cuentos de Scheherezade.
– ¿Como siempre? – le pregunta el barbero.
– Sí y no. Mientras me atiendes, os voy a contar algo. Al fin y al cabo, si podemos
ser más, podemos ser mejores.

Laura López


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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