COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Existen, alrededor de los bosques, algunas zonas de plural vegetación donde los árboles se alzan como edificios donde la salida de emergencia asoma a la tentación del suicidio.

Millones de seres corren alterados cuando la tierra vibra, un ardor inflamable abre grietas de dimensiones infinitas; no quiero que llores, sólo grita desesperado como si te estuvieran vejando.

Salta y sal hacia otro planeta, éste está lleno, vete antes de que un virus mortal se expanda sigiloso por todos los rincones y elimine a los favoritos de la muerte.

Vivimos colgados de los árboles, suspendidos al abismo de la barbarie, vivimos ocultos entre las ramas para que ningún ambicioso cazador anticipe el final.

Magdalena Salamanca

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Un río de lava invisible comenzó a recorrer la primera ciudad, dejó a su paso únicamente gente que sólo sabía sonreír y cerrar los ojos como si el sol les estuviera señalando todo el día.
Aquellos a los que rozaba cambiaban su estructura cotidiana semidirigida por un componente absoluto.
Ahora veían mucha televisión, pensaban en sus vacaciones seis meses antes y cuidaban su imagen en el barrio.
Algunos pudieron sobrevivir, ésos a los que la tragedia los encontró con los pies al menos un centímetro por encima del calor del asfalto, los que más adelante decidirían organizarse colgados de los árboles.

Hernán Kozak.

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Arreglaba los sueños. Los estampaba en la mañana y los reunía por piezas hasta conformar un cubo sin aristas. A veces se escapaba un bufón y se reían en el desayuno. Eran cómplices y, por eso, en la mañana, quisieron buscar a uno de sus amigos. Estaba con ellos en la noche, pero se había perdido mientras se unía al césped con su bandada de pájaros.
Tal vez una palabra, un toro persiguiéndole en la torre de Babel, les precipitó a abandonar a su amigo en las conversaciones de almohada. Volvieron al sueño y lo encontraron colgado de un árbol genealógico.
Los sueños no se arreglan. Ellos se colgaban de los árboles y se dejaban secar y airear.

Laura López

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

-Los gamusinos duermen durante todo el día colgados de los árboles, son como pequeños murciélagos comestibles. Muy parecidos a una cereza. También tienen piel y pulpa y una pepita en el centro. Los gamusinos por el día se llaman certezas.

Luis escuchaba atentamente las historias de su profesor.

-Es fácil comer certezas, cazar uno de estos gamusinos es casi imposible.

Kepa Ríos Alday

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Cuando vi los zapatos colgados de los árboles, recordé viejos tiempos: quemaste un año antes tu etapa de canalla, luego macuto a la espalda dejaste que el azar te portara al algún lugar del Mediterráneo, donde te imaginabas rubricando a diario el juramento hipocrático. Siempre te tuve envidia, de lo que te reías esgrimiendo ¿de qué? Mi futuro estaba determinado, me quedaba algo más para colgar mis botas, después de Salamanca iría un año a Boston para realizar un Máster en Derecho de Empresa, luego me incorporaría al despacho familiar. «Una suerte -decías- tener un oficio casi de por vida». Te prometí abonarme a Médicos sin Fronteras y aún sigo pagando la cuota. Pasado el primer lustro me di cuenta que mientras tú estabas en alta mar y yo embarcado en los privilegios, mi rostro se estaba transformando en una mueca de cretino deshilando vísperas. ¡Tendría que haber un bosque de destinos para elegir el árbol donde colgar las gastadas zapatillas!

Ana Velasco

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Escribe, no importa por dónde comiences la historia, sólo es preciso llegar a algún final. Me río de mí misma, recuerdo tus palabras cuando hacíamos el amor, y mi cuerpo es esa mañana floreciente y misteriosa colgada de los árboles, queriendo y no queriendo terminar.

Cruz González Cardeñosa

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Colgados de los árboles abrazaban los troncos. La ternura de aquellos animales era realmente inspiradora. Se les veía venir. Eso me gustaba. Fue la primera vez que los vi cuando más impresionaron. Comprendí el sentido de la palabra perezoso en un abrir y cerrar de ojos, pues ellos eran su vivo ejemplo. Antagonía simplificada de la noche y el día en la ciudad.

Paqui Robles

COLGADOS DE LOS ÁRBOLES

Aunque las vacaciones habían arrancado un aire de libertad a las ilusiones para polvorear en el ruido del mar, en el grillo silbando con cortinas de descansos, recordando el verano de Los caballitos de Tarquiña, la quietud dejaba lugar a un deseo tan fuerte, un calor de sol en la piel, un cuerpo de luz vibrando, una espuma de juventud, el traqueteo, todo en ella quería otra piel, una fuerza del animal deseaba.
Como en las tardes de verano seco como éste, ninguna voz a la vista. Tumbados, ensimismados en el calor que atrofia, los cuerpos, como por orden celestial, se habían reclinado frente a la diosa mar, ordenados, mudos.

En la carretera, levantó el pulgar, el dedo del objeto. Enseguida un coche se detuvo, dos hombres sonrientes la invitaron a subir. Su cabeza se encendió, las campanas tronaban. ¡Incendio! ¡Fuego! ¡Fuego!
“¿A dónde vas?” preguntó el conductor.
Mintió: «Al pueblo de al lado, cerca de la panadería».
Los dos chicos eran muy majos, le contaron que vivían en el bosque, un lugar encantado, espléndido, rodeado de pinos. Una casa con amigos, familias, muy buen rollo.
No se dio cuenta de que no opuso resistencia a la propuesta.

Descubrió el lugar maravillada, las paredes no soportaban ventanas ni puertas, todo abierto. El aire flirteaba con la música y las mujeres, el atardecer envolvía el ambiente de un tul festivo, la cocina iluminada de actividad repartía su olor a cebolla. Estaba bailando un vals con el conductor del coche, su mirada le dio existencia carnal, de diamante vivo. En el jardín, el fuego lanzaba llamas de subir y explotar, así como ella, la sangre rebelde encaminada a cumplir el fervor de libertad.
Tuvo que cercenarse para respetar el propósito.
Alrededor de ellos, corrían tentáculos en desenfocado oceánico, sutiles peligros la acercaban a él.
La rueda de la fortuna tendía sus brazos amenazadores, cristalizarían de nuevo el camino ancestral.

Al día siguiente, cerca de las cenizas de antaño, un hombre blanco bailaba, desnudo, entregado al ritmo musical, y colgadas de los árboles, risas heridas se desmelenaban.

Clémence Loonis


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