LA VACUNA

LA VACUNA

Una vacuna y un vacuno estaban en un barco, una linda mañana de verano.
La vacuna, sigilosamente, se acercó al vacuno y le susurró:
“¡Qué tiempo, cariño, hoy dios nos regala! ¡Mira cómo el agua se hace transparente para que nos podamos mirar en el espejo que nos ofrece!»
El vacuno, para encontrar cualquier salida a una ancestral angustiosa espera heredada, a su ilusión de que algo extraordinario le iba a pasar en su vida, prestó interés al discurso de la vacuna.
Y todo, todo, siguió igualito.

Sylvie Lachaume

LA VACUNA

Qué cosa hermosa, la vacuna, fuente de toda solución aparentemente.
Hace poco, nadie quería vacunarse y ahora resulta que se pelean por poder hacerlo.
Algunos la llaman la gran solución, así volvemos a gastar dinero, a llenar las playas de
este lindo país, que los chiringuitos rebosen de lujuria, que las discotecas vuelvan a
abrir sus puertas, que podamos cambiar el coche, que la hipoteca se pueda pagar
tranquilamente, que se despierte ese amor muerto y aburrido con algún nuevo
desconocido, en fin, que todo vuelva a sonreír como antes y podamos vibrar en cada
pueblo, cada ciudad y, por favor, que Ibiza vuelva a todo su esplendor, que tanta falta le
hace al hombre moderno.
Otros piensan que, al ponerte la vacuna, te meten una especie de chip que se aloja
cerca del culo para que los que mandan de verdad, puedan tenernos controlados en todo momento.
Pero esto es un gran problema, ya no podremos mentir diciendo que estamos en un
lugar cuando la verdad es que estamos en otro, o decir que estamos con alguien y
resulta que estábamos con otra persona.
Doctor, esto es muy perturbador, las mentiras cotidianas que todos sostenemos
caerán por su propio peso, quedaremos al desnudo y lo peo, es que todos podrán
saber la verdad, una especie de gran hermano donde todo lo que digo que hago,
siempre es otra cosa.
Pero, doctor, las mentiras quedaáan expuestas y los seres humanos quedaremos muy
mal. Incluso con nuestra almohada, ¿qué podemos hacer? ¿qué nos recomienda?
Mire que, si estamos aquí, es para gastar dinero, para irnos de paseos y llenar todos
los bares del mundo ¿ok?
Este doctor me mira y no me dice nada, el muy puto, no sé si es que ya tiene un plan o
si no tiene ni idea qué carajo decir.
Vamos, gente, vamos que la vida es corta y nadie quiere morir encerrado en su propia
casa, vamos a disfrutar lo que nos quede y, si llega la muerte, que jamás sea en la
propia casa aburrida y sin alma.
Un día el problema es Trump, pero como no nos toca de cerca, nos reímos como si
fuese un circo exótico, opinamos de las vacunas que están en el mercado como si
fuesen bragas, ésta me gusta más y ésta menos, este color es muy oscuro para mí, este
es demasiado claro y a mi amante, no le va a gustar.
¿Qué carajo hacemos doctor?

Leandro Briscioli

LA VACUNA

-Aquí hay un apunte de 200.000 euros destinado a pagar un servicio de seguridad que nunca hemos tenido. ¿A quién va dirigido este dinero?

  • A nadie – contestó el anciano con una fuerza que no correspondía a ese cuerpo aparentemente frágil.
  • Papá, si voy a ser tu sucesor en la empresa farmacéutica tengo que conocer todos los secretos.
  • Que insistas tanto me hace pensar que quizá me he equivocado de candidato. Te haré una pregunta, ¿Qué fueron antes, las armas o la guerra?
  • ¿Me estás diciendo que quizá tenemos las vacunas antes de tener la enfermedad?
  • Hijo, ve a tu lujosa casa y si al día siguiente las preguntas siguen golpeando tu espalda, quizá debas elegir dirigir nuestra fundación y dejar que tu hermano lleve las riendas del negocio familiar.

Hernán Kozak

LA VACUNA

  • La vacuna fue tan famosa, que le otorgaron el premio “VACA que ACUNA”.
  • ¿A la vacuna? preguntó ella sorprendida.
  • A la de la COVID-19. Creo que en el año 2020-21 fue cuando se supo por vez primera del virus, a lo mejor fue en el 2019… no sé. La cuestión es que hubo una pandemia mundial de esta gripe, millones de muertes entre personas de todas las edades, no estaban preparados. ¿Te puedes imaginar? ¡Pobres! Que mal lo tuvieron que pasar. Tuvieron que estar encerrados en casa durante meses, ir con mascarillas las 24 horas…
  • Pero ¿cómo que ir con mascarillas las 24 horas? Nosotros también vamos así a día de hoy. No sé qué diferencia hay, de qué te sorprendes.
  • Me sorprendo, querida, de que la mascarilla no era una extensión de la cara, sino que se compraba en farmacias.
  • ¿En farmacias?
  • Pues claro, ¿cómo crees que hemos evolucionado? Estamos en el año 50.021, hasta llegar hasta aquí aquellos monos tuvieron que vivir cosas terribles.
  • Bueno, algunas cositas buenas también vivirían, añadió ella.

Paqui Robles

LA VACUNA

Habían decidido repartir la vacuna en dosis dobles de tal manera que sólo tenían alguna posibilidad de sobrevivir aquellos que aceptasen compartir su vacuna con alguien.
Yo habría compartido gustoso mi vacuna casi con cualquiera. Prefería recibir una dosis insuficiente, aunque con ello no me inmunizase al cien por cien, antes que arriesgarme a perecer por los efectos excesivos de una vacuna insuficientemente testada. El virus de la cobardía ya me había colonizado, aunque yo aún no lo sabía. Sentía la cobardía en mi cuerpo, recorría mi piel y mis huesos. Tuve que valerme de los efectos del virus para poder escapar a la sobredosis de la vacuna. Presa del pánico exacerbado que me provocaba el virus, repartí mi dosis de vacuna con mis amigas Lorena y Gisela haciéndoles creer que se trataba de un gesto amable y solidario por mi parte. A las pocas semanas sentí que recobraba el valor al tiempo que iba borrando de mi mente el recuerdo de haber sido dominado por tan fuerte pavura. Ahora tengo que olvidar también ese secreto. Qué importa cómo logré mi valor, eso es una pregunta de cobardes.

Kepa Ríos Alday

LA VACUNA

Teresa cerró la cancela del jardín y se dirigió a la parada del autobús. Hacía una mañana espléndida en aquella pequeña aldea ubicada en un valle de la montaña palentina. Corría el mes de mayo, una brisa de aire puro y el olor a brezo inundaba aquel paraje. A lo lejos se oían los cencerros de las vacas diseminadas por la montaña era una melodía entretejida entre el plácido silencio. El coche de línea ya estaba en la parada. Aunque sabía que no se iría sin ella se apresuró. Podría sentarse en la primera fila para evitar marearse. No obstante, por precaución se había puesto esparadrapo en el ombligo como le había dicho su prima Julia. Aunque sólo a ella le funcionaba el invento.
La carretera a la villa era un serpentín deslizándose entre valles repletos de verdes praderas y bosques de roble. Un sinfín de arroyos hijos del deshielo vertebraban los prados salpicados por rumiantes y lirios amarillos en plena efervescencia.
La parada del autobús la dejó enfrente del centro de salud. La habían citado la semana anterior para ponerle la vacuna de COVID 19.
Una enfermera le mandó pasar a una sala y la indicó que se sentara, le hizo algunas preguntas relacionadas con su estado de salud. Con ochenta años no había tenido enfermedad de envergadura. Nunca había estado hospitalizada y no tomaba ningún tipo de medicación. – ¿Dónde dio Usted a luz? – le preguntó la enfermera. –“La gente de la montaña estamos muy bien organizados, pasamos meses aislados por la nieve, venimos al mundo y nos vamos de él con la ayuda de algún vecino, nunca falta partera ni mortaja, ni nada a lo que echar el diente”-, le dijo Teresa. La mujer se quedó de un aire. La indicó que se llamaba Irene Zapata para servirla y que estaba en comisión de servicio especial apoyando en vacunaciones masivas en el medio rural. –“Es usted muy linda para su edad, fíjese con su moñito y todo, que Dios la guarde muchos años, ¿podría darme la cartilla de vacunaciones?”- le dijo acariciándole la mano. Teresa en ese momento se dio cuenta de que aquella mujer que la trataba como que fuera idiota, era el doble de pánfila de lo que había sospechado, pero decidió seguirle el juego: “Irene querida, nací después de la guerra civil, mi madre debió de perderla con tanto follón. Si fuera tan amable de hacerme una, para futuras ocasiones. Le estaría muy agradecida”-

  • “Pues claro que sí, Teresina linda, faltaría más”. Teresa estaba a punto de desternillarse de la risa. Irene decidió darle una disertación sobre la agresividad del virus en la gente mayor, las estadísticas de mortalidad y la importancia de vacunarse. Como si de una clase magistral se tratase y con una voz cursi y remilgada, la explicó que le iban a inocular en su bracito un adenovirus de resfriado de chimpancé. Durante un par de días podría sentir mareos, náuseas, temblores en las piernas, fiebre y escalofríos. Lo del mico donado a la ciencia cortocircuitó a Teresa que aprovechando un descuido de Irene con la preparación de la vacuna cogió su bolso bajo el brazo, la cartilla de vacunaciones para enseñarsela a las vecinas y salió despavorida. No se fiaba ni del chimpancé ni de la pericia de Irene Zapata poniendo vacunas.
    Bien entrada la tarde y después de plantar unas hortensias en el jardín se dispuso a tomar un pedacito de tarta de hojaldre. No había hecho el viaje a la villa en vano. Cuando remató la faena se dio cuenta de que no se había lavado las manos, estaban llenas de mugre. El ansía por deleitarse con aquel manjar la había podido. Se había chupado hasta los dedos.
    Observó el agua negra que se deslizaba por el lavabo mientras se enjuagaba las manos y pensó en voz alta, – “qué más da. lo que no mata engorda. Tengo la sensación de que ésta es mejor vacuna que el virus de un chimpancé”.

María González

LA VACUNA

Mientras un pinchazo le atravesaba el húmero, sentía que los pies se estiraban hasta convertirse en palmas de pingüino, luego una joroba iba asomando por la espalda, sus ojos adquirían la forma de un halcón. De repente se vio flotando por la habitación, saliendo por la ventana y como en la película Mar Adentro sorteaba con su vuelo mares y montañas. Rápidamente se encontró sobre un paisaje lunar donde unos puntos naranjas hacían figuras concéntricas, descendió su vuelo y comprendió que eran los copetes de unos seres que se movían en círculo continuamente, le señalaron que descendiera. Cuando tomó tierra, varios se le acercaron para explicarle las normas – no sabía cómo pero entendía su idioma- lo primero que tenía que hacer era meterse en una capsula, y a la salida tendría el privilegio de dirigir el movimiento. Una vez dentro un chorro de líquido le inundó la cabeza, se oyó gritar: ¡los ojos! ¡los ojos! Luego sintió que le arrancaban la nariz, de súbito abrió los ojos y se encontró frente a su hija que le decía: “Te quieres levantar, te toca la vacuna y con esta lluvia ni volando llegaremos a tiempo al Zendal”

Ana Velasco

LA VACUNA
Una voz ronca pero femenina le llamó para citarle. Parecía una grabación, como si no
tuviera en cuenta a su interlocutor. Pensó que aunque le dijera que en aquel mismo
momento su casa se estaba incendiando y que le llamara en otro momento, no le
escucharía. Se quiso hacer el gracioso, así que cuando por fin paró la retahíla de frases
como vacuna, calendario, orden previsto, etc y le indicó una fecha, él aprovechó para
decirle, eso sí, sin sorna, y sin angosturas pero en un dialecto gangoso, que había aprendido contando uno de sus mejores chistes: Oiga y yo yo ya ya me va va va cu né
¿Cómo dice usted?¡Si usted no podía antes! ¿Cómo ha podido hacer cosa semejante?
¡De insolidarios está el mundo!
Cinco minutos de discurso moral. Ya harto de aquel comecoco parlante, le dijo “ Ma no no no lo el car ni ce ce ro tiene un cartel: hoy va cu no, y le le seña lé lé y ya me di oo mi do sis. A de de más estoy ya sobre va cu na do. Me en can tó. No en tien do por que la gen te no se quie ee re vacu nar. El úni co efecto se cundario es que he cogido al gún gún , kiiii looo de más.
El click del final de la llamada eternizó el silencio de la habitación.
Por más que marcaba, no daba línea, le habían bloqueado el teléfono.
Vaya, se había quedado sin su vacuna, ¡qué insolidario está el mundo!”

Laura López

LA VACUNA

Un equipo de científicos, grandes admiradores de la amplitud, de biología celular, molecular, de la micro y de la macro, de los grandes ejes del conocimiento humano, investigaban el proceso de los sentires en el hombre. Existía, pobremente, la sección de los aventurados, los del cerebro y por el otro lado la del equilibrio inestable, los del cerebelo. Algunos incluso habían elegido desmenuzar los procesos de las fibras musculares, precisamente en las articulaciones, vale decir, el movimiento.
La financiación para el desarrollo del objetivo, totalmente secreto hasta la fecha, era casi inexistente.
Los gobiernos seguían los propósitos del principio del capitalismo, allá por el siglo XIII: ahorrar donde se pueda, vale decir, en los mismos investigadores. Elegían talentos asociales y sin familia, así no hacía falta ninguna amenaza, ellos mismos agradecían que dejasen en sus manos máquinas tan valiosas, laboratorios tan modernos. Con tanto lujo de última generación, se sentían unos privilegiados. El objeto técnico vivía en el siglo XXI pero, ¿y el investigador?
A lo que vamos. Para conseguir los numerosos cobayas, cada investigador debía poder contar con varios ejemplares cada día, algunos servían para diferentes pruebas, los más fuertes, pero los que llegaban a bandadas con los ojos tristes, los que toman la copa envenenada, los abducidos por la televisión, sólo eran de usar y tirar. Y así los habían conseguido en un tiempo record y para todos, en ningún momento faltarían ejemplares para reponer.
Lanzaron un virus inoculado en jóvenes que, sin saberlo, irían a transmitirlo a sus familiares lo que reveló ser una excelente idea, la familia era el núcleo perfecto para la efervescencia de la ambigüedad sentimental, elemento esencial para la propagación del virus.
Además, llegaban por su propio pie a los hospitales, se entregaban con síntomas simples o múltiples afecciones que, la verdad, facilitaban el trabajo.
El dolor, el sufrimiento eran las características base de la investigación. La envidia, los celos, el odio, el amor vendrían después, primero querían lanzar vacunas contra los efectos más accesibles, vale decir, más rentables.
Cada enfermo, ya podemos llamarlos así, era tratado por radiaciones químicas en cualquier parte del cuerpo de donde se podían extraer datos de las manifestaciones del dolor. Fue impresionante descubrir la variedad de sufrimiento que era capaz de padecer el enfermo. El mayor talento del dolor era, evidentemente, el que se mantenía constante, pero eso era un decir del paciente. El dolor tenía, como el arcoíris, una multitud de tonalidades. Así que desde el inicio de la investigación pensaron en una multitud de vacunas, cada tono, una vacuna, una vacuna diferente para cada uno… ¡Se dan cuenta!

Clémence Loonis

LA VACUNA

  • ¿Va aquí la cuna?
  • ¿Qué cuna?
    -La que me pediste que comprara.
    -Cómo te voy a pedir una cuna si no hay sitio en la casa. Y, además, no estamos en edad.
    -A ver si te aclaras. ¿No me dijiste que fuera a comprar una cuna porque esta tarde viene la doctora?
    -«La vacuna», te dije «la vacuna».
    -Y yo qué sé, como está embarazada, creí que querías hacerla un regalo.
    -Ése era tu deseo, le va a encantar. Y por la vacuna no te preocupes, yo voy ahora mismo a comprar la mía y si tú te quieres vacunar, ve a la farmacia, pero date prisa, la doctora está a punto llegar.

Cruz González Cardeñosa


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