CARNAVAL

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Hoy estamos en el museo de los abrazos.
Nos hemos especializado en el S. XX, ya que es el periodo de tiempo más cercano y por tanto del que contamos con mayores restos para la investigación.
Aquí os vamos a enseñar algunas imágenes de lo que parecería fueron esos gestos afectivos.
Los tenemos por categorías, como llegadas o despedidas en los aeropuertos, estaciones de tren…
También poseemos una amplia colección cedida por particulares de celebraciones de cumpleaños, de fin de año y de aniversarios.
Algo curioso es que los utilizaban mucho en funerales.
Luego pasaremos a la sala de experiencias, donde os vamos a pedir que os pongáis en la piel de ellos, os daremos unos disfraces de la época y, aunque no podáis y estoy seguro que la mayoría tampoco queráis, os vamos a pedir que elijáis una pareja y hagáis el amago de un abrazo, para que podáis imaginar lo que se sentía.

Hernán Kozak

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En la noche, dicen que todos los gatos son pardos. Pero esa noche, especialmente, no sólo los gatos, también las personas. La expresión “liarda parda” hizo acopio de presencia. Era carnaval, pero había toque de queda. Parecían cenicientos y cenicientas corriendo a sus casas, pero a nadie se le cayó el zapato. El presidente de la peña de los sublimes, los que hicieron la chirigota “al turrón, al turrón y en agosto retozón” seguía tomando anís del mono junto con los demás. Con el vaso incoloro no se notaba si era agua o qué. Las mascarillas dobles les hacían boca de pato abriéndose y cerrándose a aquel provenir etílico.
Amanecieron a la mañana siguiente dormidos frente a una tienda de modas. Parecían los maniquíes de una fiesta de zombis.

Laura López

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Aquel invierno, el carnaval llegó estrepitoso. No tardó en salir cargado de dramaturgos que entretejían cuentos cantados por las calles. Salimos de casa. Aquel ambiente hizo que imaginara paisajes fantásticos con frondosos árboles donde cataratas con gran afluencia de agua robaban el protagonismo a todo lo que había alrededor. De pronto, el sonido de los tambores del pasacalles me despertó. Paseábamos cogidos de la mano, como una pareja cualquiera, a una hora cualquiera, en un día cualquiera. A pesar de todo, yo no me sentía así, me sentía la persona más afortunada del mundo por ir paseando, por poder disfrutar de aquel ambiente, que por más veces que lo viera, siempre me sorprendía. Cómo era posible que aquellas personas se pasaran todo el año disfrazadas y pudiesen disfrutar de ser ellos mismos tan sólo un día del año. Se me ocurrió esta pregunta. No sé a quién iría dirigida. Pero pienso que, si alguien pudiera responderla, tampoco le respondería. Si la respondiese yo, diría que disfrazarse en carnaval parece divertido.

Paqui Robles

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Todos los años rebuscaba entre sus disfraces viejos de carnaval. Cada prenda tenía algún recuerdo que Yésica guardaba celosamente. La peluca de rizos estilo los 80, fue con la que enamoró al pirata, al que le sobraban manos, o el traje ajustado de ninfa, con el que encarceló al policía. Tenía unas trenzas rubias y doradas, con las que había jugado algunas noches. Siempre hubo algún mendigo, algún brujo o neurocirujano, que había querido subir por ellas.
El disfraz de gata era el que más le gustaba. Sexi, salvaje, había vuelto loco a un perro, a una estrella de rock, e incluso a un sacerdote. Se enorgullecía de volver siempre con el disfraz completo. No era fácil, ya que todos le pedían una prenda con la que recordarla.
Ahora cada día se disfraza de enfermera. Siempre alguna vida hay que salvar.

Pino Lorenzo

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Sucedió en el entierro de la sardina en el colegio. Ninguno sabíamos de dónde venía aquella extraña tradición. Estuvimos una semana haciendo una sardina gigante de papel celofán, papel charol y crespón. Pero nadie nos explicaba por qué íbamos a hacer esa absurdidad, enterrar una sardina en un descampado al lado de clase ni qué sentido tenía esta extraña tradición que no era religiosa ni conmemoración de ninguna batalla, ni tenía nada que ver con ninguno de los valores que a diario se nos intentaba inculcar.
La profesora estaba frenética como nunca, trayendo cada día mas materiales de los necesarios para la confección de la monstruosa sardina: papeles de periódico para el relleno, alambre para conformar la estructura, pegamento…

  • La quiero bien dura, consistente. No una sardinilla cochambrosa que se rompa en la procesión – decía. Y cuando hablaba de la sardina parecía que leer interesaba más que los exámenes y las lecciones habituales.
    Ella decía que, ya que ese año nos había correspondido por turno a los alumnos de cuarto de primaria la confección de la sardina, que no quería quedar mal con sus compañeros profesores. Pero todos sabíamos que la profesora Isabel se llevaba fatal con las otras profesoras y que las madres la envidiaban y odiaban. Sus compañeros la envidiaban porque ella disfrutaba con su trabajo en vez de sufrir y estarnos todo el día regañando por cualquier tontería como hacían los otros profesores. Las madres la odiaban porque los padres eran muy amables con Isabel, más que con ellas mismas.
    Entonces ninguno de los compañeros podía explicarse aquel empeño de la profesora en el entierro de la sardina. Tratábamos de hacer lo que nos decía lo mejor posible por pura docilidad infantil, pero no entendíamos nada.
    Ahora que recuerdo la velada alegría de la profesora Isabel cuando daba órdenes a todos los alumnos dando grabes voces en el patio:
  • ¡La quiero bien, bien enterrada esa sardina! ¡Hasta el fondo, hasta el fondo, que no quede ni una escama fuera! -, me parece que Isabel sin duda quería transmitirnos a los niños una pasión por lo absurdo, por lo inexplicable, un amor por el sinsentido.

Kepa Ríos Alday

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Invirtiendo el orden natural de las cosas, el día de carnaval, Juan se había llenado de campanillas, un pirata de campanillas. Anunciaba sus movimientos, sacudía tobillos y muñecas y saltaba gritando:

  • Va a llegar, llegará, llegará, llegará…
    Y su compañero, el cuervo insensible, con la bota cantina bajo el brazo:
  • Llegará, llegará, gritaban a dúo.
    Y tomando una melodía arabesca, seguían en voz bien alta:
  • Cuando la orilla del poder cambie de parecer y quede como un abismo hueco, llegará, llegará…
    Y giraban, giraban, el tumulto estaba preso de la presencia, llega la idea de acción, y las campanillas danzarinas saludando la apertura de la fiesta.
    Cuando el tiempo se divierte en su propio instante y reparte la salina alegría del océano, cuando la historia se burla de su trayectoria, tan desplegado el disfraz que concurren el nesciente y el pudiente, es día de ataque blanco. Y dale, gira para bailar, renovemos a la vieja muerte con el triunfo del reverso, palanca de la flor, tinte de carnaval…
    Llegará, llegará…

Clémence Loonis


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