LA PARANOIA

LA PARANOIA

Primero hice una hoguera con todos los libros que había en la ciudad, incluso con aquellos que aún no se habían publicado.
Al día siguiente vacié todos los orfanatos que hay de aquí a la costa y los transformé en casas de juego donde solo se permitía la entrada a ludópatas reincidentes.
Más tarde retiré de los supermercados las frutas y hortalizas y las reemplacé por bollería industrial y alcohol.
Fue obligatorio para cada ciudadano ver la televisión doce horas al día.
Prohibí el ejercicio físico, las conversaciones que duraran más de dos minutos, el sexo y los fines de semana.
En los cines y teatros ordené que solo se programan obras sobre mi persona.
Después, me quité la camiseta, me puse una mascarilla e hice un video de gusto muy dudoso con música de striptease.

Hernán Kozak

LA PARANOIA

“Clon, clon, clon”, el reloj desde el otro lado de la pared irrumpe en la sala. Parecen pasos y el chico, que ya se encontraba bastante irascible, los confunde con alguien que lo llama. Se levanta, abre la puerta y se le desprende una pregunta. No está ahí, está en otro tiempo, es otro paisaje. ¿Dónde vas? Sus familiares se preocupan, quieren acompañarle, pero él los aparta de un manotazo. Está en la fiesta, al final de la noche,
cuando los vasos se volcaron en la mesa y el humo del cigarro lo envolvía todo… En la calle había niebla, aspiró de aquel aroma y siguió caminando. No dijo adiós, pero tampoco hacía falta.

Laura López

LA PARANOIA

La paranoia no paraba de parar, tanto paraba la paranoia que no oía “ná”. Se le acercó un día un refrán, que le dijo ensordecido:

  • Cuanto más entiendas menos querrás.
  • ¿Qué quieres que quiera? Preguntó paranoia. A lo que refrán respondió:
  • Quiero que no quieras, pues así, quizás podrás.
  • ¿Tú quieres que yo no quiera? Volvió ésta a preguntar.
  • Yo quiero que ni siquiera tú te puedas enterar.

Paqui Robles

PARANOIA

Daba vueltas sobre lo mismo. Tenía que decirle a su hijo que él no era su padre. Pero ¿cómo hacerlo? ¿En qué momento? La madre no estaba de acuerdo, pero Arcadio había tomado ya la decisión. Lo haría el día de su veinte cumpleaños.
Ese día lo celebrarían por la tarde en casa, con la novia de Ernesto y sus amigos. Los padres de la novia habían decidido apuntarse, y sería una buena ocasión para conocerlos. Ernesto y Rita parecían ir en serio.
La madre de Ernesto siempre le hizo saber que su padre era Arcadio, y Arcadio nunca lo negó.
¿Por qué privar a un niño de un padre si él podía hacerlo? Nunca le preguntó, ni tan siquiera lo conversaron. Ella decidió un día ponerle su apellido y él firmó la carta en el juzgado. Pero a Arcadio le pareció que aquello no estaba bien, y siempre daba vueltas sobre lo mismo.
Los invitados fueron llegando a la fiesta de cumpleaños. Nereida los recibía en la puerta y los hacía entrar. Arcadio repetía en voz baja las palabras que utilizaría para hablar con su hijo.
Llegó Rita con su madre; el padre salía más tarde de trabajar, e iría por su cuenta. Los amigos fueron llegando.
Nereida notaba a Arcadio extraño, y le preguntó qué estaba tramando. Sospechaba que le iba a regalar un coche a su hijo, ya que las semanas anteriores lo había visto mirando páginas de coches de segunda mano.
Durante la fiesta, Arcadio intentó en varias ocasiones empezar la conversación, pero todos parecían sospechar sus intenciones, y siempre alguien le interrumpía.
Cuando estaba a punto de soplar las velas, Arcadio se levantó, y le pidió que esperara.
-Ernesto, hijo, hoy es el día de tu veinte cumpleaños, y no estoy seguro de cómo tomarás lo que voy a decirte, pero sí tengo claro que he de decírtelo. A Nereida se le derramó la copa al ir a beberla.
-Papá no me asustes, contestó Ernesto. En ese momento, y como si el mundo estuviera en contra de Arcadio, sonó el timbre de la casa. Nereida salió corriendo, esperando que aquello retuviera a su marido.
Desde la terraza oyeron un brusco golpe en el vestíbulo. Cuando se acercaron vieron a Nereida en el suelo, sin conocimiento. La puerta ondeaba al son del viento.

Pino Lorenzo

LA PARANOIA

Cuando entramos en la cafetería, aceleró el paso y rauda se dirigió a elegir la mesa, la seguí y al ir a sentarme, como si le hubiera atrapado una mano con la puerta, gritó: ¡Ahí no, ahí no! En esta otra silla, me dijo mostrándome la del lateral y sin dejar de mirar a la puerta, yo aún sostenía mi asombro, pero traté de no darle importancia, miré como se cruzaba la bandolera del bolso por encima de la cabeza y cómo si hubieras oído la pregunta que no llegué a formular añadió “nunca se sabe cuándo hay que salir corriendo”. Luego nos trajeron el café y comenzamos a charlar, dejando de lado el suceso del encuentro. Varias semanas después decidimos vernos en un restaurante, iba a proponerle un japonés que habían abierto en el centro, pero se adelantó a mi pensamiento indicando que ella reservaría la mesa. Vale le dije, pero aún no hemos decidido dónde iremos. Si, si ya lo había pensado dijo, iremos a un restaurante cerca de la Iglesia de los Desamparados, la comida está bien y el precio es correcto. El día señalado traté de llegar temprano, aun así ella ya estaba sentada en una de las mesas redondas ubicada en un pequeño rincón del establecimiento, me asombró ver que había mesas vacías al lado de los ventanales y que no fueran de su agrado, le hice la proposición de cambiar de mesa, me miró fijamente, se puso tensa y respondió con una rotunda negativa. Saqué una sonrisa lozana y di mi beneplácito, el camarero ya llegaba con las bebidas y los entrantes. Sin embargo, apenas pasaron tres minutos cuando súbitamente ella se dirigió a la mesa recién ocupada, pidió a los clientes que se cambiaran de sitio blandiendo que esa mesa debía estar despejada. Los ocupantes fliparon ante tal demanda y luego soltaron una carcajada, pero lejos de intimidarse, tomó un tenedor de la mesa y antes de que lo hincara en alguna mano le retiré el cubierto e increpé ¿a qué viene esto? Me desafió con la mirada y volvimos a la mesa. ¿Es que tú tampoco lo entiendes, nadie se percata de nada? Tengo que tener la puerta controlada, en cualquier momento pueden venir y hay que estar preparados, ¿quién, pregunté? Pues los replicantes de ojos de metal ¿no los viste el otro día? Llevan varios meses siguiéndome, sobre todo cuando salgo contigo o voy a buscar el pan.

Ana Velasco

LA PARANOIA

-Me persiguen. Aún no descubrí quién me persigue, aunque lo intuyo. Es rubia como yo y alta como los postes telegráficos. La he pillado varias veces mirándome cuando pasaba. Apenas he hablado con ella dos palabras, pero, desde el primer día que llegó, la tengo echada el ojo.

Cruz González Cardeñosa


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