AQUELLA H

AQUELLA H

Estaba ahí, sentada en la acera mientras los transeúntes la miraban con cara de sorpresa, ella no decía nada, permanecía muda ante la mirada atónita de niños y mayores. ¿Cómo llegó allí? No se sabe, ¿quién creó el silencio eterno que la invadía?
No se sabe, pero a pesar de su mudez, ella vivía el paso del tiempo sin perder su postura.

Magdalena Salamanca

AQUELLA H

Había que hacer algo con el halcón que no paraba de hablar, hacedor de
palabras, contaba sus hazañas enalteciendo su honor.
En su haber, había hueco, hormigas, que no paraban de hundir la horrible
huella que dejaba en el camino.
Contaba habichuelas y su halo hepático y huérfano, se postraba en una
hamaca honda para recibir a sus huéspedes huérfanos de amor.
El hexágono está preocupado, la homofobia estaba ganando la batalla y
los hospitales están llenos de gente, la hepatitis y los hepáticos suspiraban
sin piedad.
Ahí está el doctor bohemio, el vehículo que ahora está a punto de despegar.
¿Y si comes albahaca?, ¿cacahuetes? ¿O bien aprendes a enhebrar la
zanahoria y dejas de cohibir al rehén?
Borracho, tu cacharro es un cambalache, escucha tu corazón.
Deja una huella hacia hostil y las huelgas van a hundir lo hondo del hastío
que habla de ti.
Hay hay hay, hipérbole, hazmerreir de los huérfanos, hacienda te está
buscando, estás en el horno.
Hasta otra, heterosexual reprimido, Haití siempre estuvo cerca de hallar lo
hepático de huir.

Leandro Briscioli

AQUELLA H

Una vez terminada su primera novela, la editorial se hizo con los derechos y la lanzó al mercando, convirtiéndola en un éxito de ventas del género negro.
Cincuenta años después, la señorita Fredson, al terminar de leer el libro, se dio cuenta de que debía ser la única en comprender la intención del autor.
Solo ella, por haber sido toda su vida profesora de lengua y literatura.
Solo ella, por haber jugado, en su niñez, muchas veces allí donde se cuenta que se cometió el crimen.
Aquella H indicaba que la policía se había equivocado, que el asesino seguía libre, tal vez inmerso en su siguiente proyecto literario.

Hernán Kozak

AQUELLA H

Me puedes hablar, pero con la h. Por favor, solo con la h. Me parece que es la única forma de no entenderte. Lo siento, pero debes parecerte a mis pensamientos y mis pensamientos suenan como la letra h. Hablar con la h es la única manera de no aparecer en la conversación como tu misma. Porque tu quieres ser tu misma y ya no te acuerdas cuando los dos nos callamos. Ahora es difícil callar. Ahora que te has personado ya tienes cuerpo de cinco vocales y consonantes. Ya ha enmudecido tu h y mi boca adquiere la forma de abecedario.

Aquella h intercalada entre nuestras sílabas tenía el sentido de un taconazo en el suelo mientras se habla. Si se quiere enseñar a un extranjero a pronunciar la h es necesario pedirle que traiga a clase unos zapatos de suela de ante o zapatos de tacón ancho si es mujer.
Si no hubiera sido por las denuncias de los vecinos, habría podido enseñar a medio Japón cómo pronunciar la h intercalada.

Kepa Ríos Alday

HISTORIA CON H

Dicen que la hache es muda, que sólo es un asiento para los oyentes, un acompañante fóbico al vals de las letras, pero es la que anuda nuestras ilusiones, la que guiña en el tute, en el mus, la que tiene el as bajo la manga. Sin la hache otros no tendrían voz, como los megáfonos en las manifestaciones. Manda “güevos”, ahí la h es travesti de su naturaleza, frita, cocida, pasada por agua le pone al asunto notoriedad. Cuando se cuela en las filas de la gastronomía ¡arma un jaleo! Si el coco es atravesado por ella la fiesta se vuelve picante, sabrosa, también un poco vulgar al grito de la magia de generalizar los nombres y género de la mujer a la que se dirige.
El helecho, en todo su verdor, esporas de lo frondoso, sería el hecho ¡menuda confusión!
Cuando te dirigieses a la montaña a por helecho, te mirarían raro, creyéndosete por aventurero, investigador…tendrías que explicar el hecho en cuestión, o no, simplemente caminar sin mediar palabra.
¿Y hablar? ¿Qué sería de hablar sin h? Si un asiático te dice “hable usted” tal vez abrirías la puerta. ¡Y nadie se saludaría! Cada vez que toca saludar, aparece un tsunami de olas. Desde luego que la h es imprescindible ¡Hostias!

Laura López

AQUELLA H

Aquella H intercalada siempre me había parecido interesante. Entrometida, pero silenciosa al viento, al oído y el tercero. Había que verla para creerlo, y eso, llamaba mi atención. Tenía un carácter único. No sé porqué será. Fetichista de la H, donde también la h está y que, sin pretender, como una silla almohadillada permite descansar. ¿En qué palabra aparecerás que te hace tan especial? Quizá algún día descubra que, en muchas, estás.

Paqui Robles

AQUELLA H

Aquella h mantuvo en jaque durante años al departamento de policía. Pasó más de una década sin dar con el asesino que tan solo dejaba como rastro una h trazada toscamente en el suelo, al lado del cuerpo de la víctima. A la detective Sánchez le tocó cerrar el caso cuando al fin atrapó al que nunca pudieron arrancar una sola palabra y es que, como la h del alfabeto, aquel criminal tan escurridizo era mudo.

Antonia López

AQUELLA H

Hacía veinte años que no se veían, fue en la T4 del aeropuerto de Barajas donde ocurrió el encuentro, los dos esperaban las maletas procedentes de San Francisco. Habían coincidido en el mismo vuelo y si no hubiese sido por la espera del equipaje se hubiesen cruzado sin enterarse, comentaron después ante una taza de café. Después de su graduación buscaron trabajo juntos, incluso pensaron hacerse socios y abrir un Estudio de diseño, pero ella se encontró a su exmarido y poco a poco se fueron distanciando. Aquella mañana ninguno de los dos disponía de tiempo, quedaron en encontrarse en el pueblo de Jaime al sábado siguiente, sus padres le esperaban entusiasmados y organizarían una fiesta. Estela aceptó y allí se presentó el día señalado, temprano como era su costumbre. Tras saludar a la familia, Jaime le propuso dar una vuelta por el campo, los dos se habían especializado en urbanización y paisaje y adoraban disfrutar de grandes panorámicas. Se detuvieron ante un viejo roble, el Galán dijeron al unísono, sigue vigilando desde esta loma lo que pasa en la de en frente. Es allí donde se producen los cambios, rieron ¿recuerdas la última vez que vinimos? El alboroto que se creó cuando aquella hache de hierro de casi 10 metros sustituyó al toro de Osborne, la gente diciendo que qué era esa escultura, que si el alcalde se había vuelto loco, luego la eligieron para su sueño los estorninos, creando alrededor aquellas imágenes preciosas con su vuelo cada vez que cambiaba el viento. Poco a poco la fueron adoptando, ni que los digas, incluso decidieron ponerle bombillas para demostrarle su aprobación, que hasta en los periódicos salió la famosa hache iluminada. Y fíjate ahora ¡qué imagen! Toda la loma sembrada por molinos de viento, a su lado la hache parece una generala acompañada por sus huestes.

Ana Velasco

HISTORIA: AQUELLA H

-Y dice que se escribe con h. ¿Está usted seguro?
-Pues claro, cómo no voy a estar seguro de mi nombre.
-Pues no lo encuentro, le aseguro que por más vueltas que le doy no aparece su nombre.
-No es posible. Yo estudié aquí y más tarde trabajé durante cuarenta años. No puede ser que no esté mi nombre por ningún lado.
-Mírelo usted. Busque entre esta montaña de papeles y luego me dice.
-Yo no tengo que hacer ese trabajo. ¿Acaso no se da cuenta?
-Sí, señor, me doy cuenta. Me parece que el que no se da cuenta es usted. Tiene que aceptarlo y marcharse.
-No puedo marcharme después de tanto tiempo esperando.
-No puede quedarse, que es justamente lo contrario de lo que usted piensa.
-Yo no me voy de aquí hasta que no encuentre mi nombre escrito en alguna página.
-Hubo una vez un humano que llegó en una nave desde un lugar llamado tierra. ¿Puede referirse a usted?
-Pues claro, dónde está escrito eso.
-En un libro de historia.

Cruz González Cardeñosa

AQUELLA H

Ante mí, la soledad colgada y un olor fermentado a espera.
Los recuerdos no se despiden, quedan anclados al submundo de las ideas,
el pasado es todo mirada y no sirve para diluir las ansias.
Vivía una hora al día husmeando el cielo, otro tiempo de espera insensible quedaba inmóvil entre paredes.
Sólo falta lo que falta, digo, lo que el momento no da, centinelas, y se mecen las horas sin deslizamiento.
Así vivía, con la sangre cobarde, barrotes, barrotes que crecen de noche, cuando una mañana apareció Juan, cara de nube, una sonrisa que venía del aire. Lo miré como si fuese el alba, en la celda estábamos los dos. Aquí gotea la esperanza, dijo, tocando con las dos manos el techo.
Éste es una ventana abierta, pensé, un loco de verano pelado que no sabe cómo sube la fiebre encerrada.
Un apretón de manos y se fue la luz. Ahora, el alboroto, ahora cuatro pies en seis metros cuadrados.
Dice que conoce la espera, que lleva H como la embriaguez, que tiene planes. Su voz se asoma con tal fervor que salgo con él a la plaza y nos zambullimos en la multitud.
Hay un cierto vals que nos mece en conversaciones, está quieto el sol, el tiempo sacude su eternidad y la brisa detenida no altera la palabra.
Es un nuevo sabor que pasa, incluso es distinto el cuerpo que esconde la fiebre.
Hay una mujer revoloteando, tal mariposa, que desea aprisionar nuestra celda. El arco de sus cejas nos pregunta:

  • Abrigad el espacio, más allá encontraréis el tiempo de la mortalidad, ver cómo muda la piel de Dios es el súmmum para aquella H. ¿Os venís?

Clémence Loonis

AQUELLA H

H de hacha, de hermosa, hermafrodita, hashich…
Hola qué tal me llamo Sylvie y me gusta aspirar la h, el aire de la mañana cuando salgo para trabajar.
La H puente, límite entre dos de mis amores: el inglés y el francés.
H de Hernández, Miguel, todo mi deseo.

Sylvie Lachaume


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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