EL TIBURON

EL TIBURÓN

Estaba entre las capturas de la mañana. Lo subimos en las redes sin darnos cuenta hasta que estuvo en cubierta. Debía estar cazando pececillos cuando nuestra trampa lo envolvió junto con todas sus víctimas y lo hundió en esta sequedad asfixiante, en el aire asesino de asesinos. El aire puro y fresco, el sencillo aire que respiramos, había aniquilado al depredador y a sus presas.
Esa noche tuvimos una cena suculenta a base de apertura de tiburón. Después de cenar me sentí asfixiar en el aire. El tiburón se había metido en mis venas. En alta mar como estábamos no había ninguna mujer a bordo. Lo más femenino de la tripulación es el cocinero. Salí de mi camarote y me dirigí hacia la cocina, preocupado de qué iría a hacer si me cruzaba con algún otro tripulante por el pasillo de los camarotes, ya que, si me tenía que girar y poner de perfil para dejarle pasar, no se cómo iba a posicionar el tiburón.

Kepa Ríos Alday

EL TIBURÓN

Nina se había despertado esa mañana inquieta como si algo malo fuese a suceder. Sabía que no había que hacerle caso a ese sentir nefasto y agorero, así que se vistió rápidamente, se pintó los labios y, antes de salir, se miró en el espejo. Se sintió bien, atrás quedaron los sueños agoreros.
Fue a buscar a su querida amiga y juntas fueron a la playa, casi vacía a esas horas de la mañana. Apenas había algunas madres con sus niños. Y un tipo con una aleta de tiburón, (supongo para agarrarse y patalear o patear, aunque ninguna de las dos palabras parece expresar correctamente lo que quería decir, claro que eso no importa en este momento).
El tipo entraba y salía del agua a cada rato, y de tanto mirarle se acostumbraron a él y a su tonta aleta.
Nadaron y nadaron hasta casi el límite permitido y la aleta parecía seguirlas. Les parecía gracioso que la aleta las siguiera. Debemos tener un imán, se decían. Luego pensaron que serían las corrientes.
Cuando llegaban a la orilla, alguien les hacía señas como para que salieran.

  • ¿Qué pasa? -preguntaron.
  • Vimos un tiburón cerca de la zona de playa.
    Las dos rieron con ganas. Ellos no sabían lo de la aleta de goma… Ni ellas la verdad de la noticia.

Cruz González Cardeñosa

EL TIBURÓN

A las 7 de la mañana ya había salido el sol. La familia preparaba las cosas para bajar a la playa. Los niños se ponían el bañador y los adultos untaban los cuerpos de crema. El verano había llegado antes de tiempo.
Siempre se situaban en la misma zona, donde el mar estaba tranquilo. Otras familias bajaban y se unían al grupo. Las mujeres jugaban a las cartas. Las más jóvenes ojeaban revistas del corazón y comentaban su contenido.
Otro grupo lo formaban los hombres, que conversaban sobre fútbol, baloncesto o cualquier deporte de pelota. Al caer la tarde, sacaban el dominó y echaban reñidas partidas.
El grupo de jóvenes era el más numeroso. Chicos y chicas se mezclaban, mostrando los cuerpos sin pudor.
Ese día el agua estaba más fría de lo normal. Las personas se bañaban y salían rápidamente a tumbarse al sol. Los mayores no entendían porque estaba tan fría.
Jasón, el mediano de tres hermanos surferos, era el único que no salía del agua. No había llevado su tabla porque no había olas, así que jugaba y se remojaba con cada familiar.
Cuando estuvo solo decidió nadar para entrar en calor.
De las aguas profundas emergió. Jasón vio su aleta, que sobresalía del agua. Sintió, por un momento, como si estuviera en a una película. Echó de menos su tabla y poder subir a ella. Había oído historias de surferos que habían sido atacados por tiburones.
Su cuerpo quedó paralizado. Cuidando de no hacer ondas, trataba de no moverse. Cuatro metros de profundidad sostenían sus pies.
Desde la playa los más viejos lo vieron alejarse.
– ¿Qué le pasa a Jasón? – preguntaban.
– Cada vez está más adentro, y no hace ninguna señal.
La madre les oyó y salió corriendo hacia la orilla.
El tiburón, cada vez más cerca, empezó a dar vueltas alrededor suyo. El chico comenzó a sufrir calambres en las piernas, y tenía dificultad para mantener la cabeza a flote. El frío fue metiéndose por los huesos y echó de menos su neopreno. El cuerpo blanco contrastaba con el azul líquido.
El tiburón llevaba sin comer todo el día. También para él estaba siendo un día duro. No había comido por no atacar a dos extranjeras que se bañaban en la otra punta de la playa.
Lester, que así se llamaba, pertenecía a una especie de tiburón peligrosa, que ataca a los humanos. Él era menos fiero. Siempre esperaba hasta el último momento. Muchas veces deseó ser herbívoro, y alimentarse del plancton que abundaba en los fondos marinos. Nunca había tenido valor.
Dando vueltas alrededor de aquel humano pensaba cómo atacarlo para que no sufriera. Una dentada en el cuello sabía que era instantáneamente mortal, pero los humanos solían proteger esa zona. Lo que no haría, lo había decidido hace tiempo, era morder una de sus extremidades. Algunos, incluso, sobrevivían.
Mientras pensaba, desde lejos, un arpón fue lanzado, fulminante, a su cuello.

Pino Lorenzo

EL TIBURÓN

  • Lo era sí, lo vi, era él…
  • ¿Señorita, está usted segura?
  • Totalmente, señor inspector, su boca, sus dientes su fuerza titánica, la sincrónica latencia de sus movimientos, casi desfallezco, señor inspector, sentí cómo mi corazón latía a 200, algo inusual, suelo ser una mujer muy tranquila. Me arrodillé en el agua y comencé a rezar como nunca lo había hecho, sabía que cualquier movimiento en falso era mortal. Notaba cómo se acercaba y para colmo estoy en esos días, usted sabe, señor inspector, que la sangre atrae a los depredadores. No sé qué decir, cómo explicarle lo que sentí. Casi me desmayo, señor inspector.
    De repente las aguas sonaban como caricias indomables sobre mi piel, él se acercaba lentamente y yo tenía el cuerpo paralizado, dormido, mis piernas no respondían, mis brazos ceñidos a mi pecho seguían rezando para que…
    Se acercara a mí y me besara, lo entiende señor inspector, nunca había sentido algo igual ante un hombre. Entonces, desde el chiringuito él comenzó a gritar: ¡señorita! ¿está usted bien? Y corrió hacia mí con su torso desnudo y sus abdominales perfectos, llevaba un bañador de los que enaltecen los atributos de los hombres, algo poco habitual con los tiempos que corren. Y para terminar de rematar el momento, la música del chiringuito comenzó a sonar más fuerte:

Ahí está
Se la llevó el tiburón, el tiburón
No pares, sigue, sigue, no pares, sigue, sigue
No pares, sigue, sigue, no pares, sigue, sigue
No pares, sigue, sigue, no pares, sigue, sigue
No pares, sigue, sigue, no pares, sigue…

  • ¿Lo entiende señor inspector?

Magdalena Salamanca

El TIBURÓN

Ambrosio se presentó en el puerto a la hora indicada. Calzaba unas chanclas, un bañador muy apretado, una toalla, unas gafas de bucear y una cámara de fotos. La ocasión no requería menos esfuerzo. Probablemente no tuviera otra oportunidad como esa.
Era una calurosa tarde del mes de agosto. El sol no tardaría en ponerse. En el muelle, un grupo de jóvenes atléticos, tostados por el sol charlaban y bromeaban animosamente mientras se ponían sus neoprenos y preparaban los artilugios para sumergirse mar adentro.
Cuando vieron a Ambrosio acercarse se miraron unos a otros perplejos mientras disimulaban la risa por la pinta de aquel hombre. El día anterior había visitado la escuela de buceo con una petición muy concreta: – “yo no quiero bucear. Quiero sumergirme para ver un tiburón blanco. No tengo dinero”. Malena contempló a aquel octogenario y sintió lástima. Trató de argumentarle que era imposible ver ese tipo de tiburones en aquellos mares. –“Señor lo más impresionante que podrá ver, es alguna tintorera que otra, pero nada más”-. “Está Usted equivocada señorita”-le respondió contundente y ofendido.
Había algo en aquel hombre que les resultaba entrañable. Una especie de locura perseguidora de sueños imposibles incapaz de hacer mal a nadie.. Isaac decidió sumergirse en una jaula con él. –“Mejor enjaulados, es un depredador terrible”-Les había indicado Ambrosio.
Le equiparon con el traje, el tanque de oxígeno, máscara y chaleco. –“Puede dejar la cámara en el barco. Le damos una, esa no le sirve. Déjela para otra ocasión.”- El hombre estaba tan emocionado que no se percató del comentario, aunque le costó desprenderse de la cámara.
Descendieron en aquella jaula poco espaciosa. Ambos estaban pegados. Podían comunicarse con unos intercomunicadores. La jaula, de acero galvanizado no se sumergió demasiado. La parte superior prácticamente flotaba en la superficie. Estuvieron sumergidos durante veinte interminables minutos. El hombre estaba atento mirando a todos los lados, sin decir una palabra, con la agitación de un niño. Isaac le sugirió subir a la embarcación. –“A lo mejor no es el día, los tiburones blancos son muy caprichosos”- le dijo piadosamente.
Estaban a punto de subir a la superficie cuando una silueta marina se perfiló cada vez con más claridad.

  • “¡Lo sabía, aquí está, es un carcharodom carcharis! Es una hembra. Medirá cinco metros”-gritó Ambrosio visiblemente emocionado.
    Isaac estaba muerto de miedo, no daba crédito a lo que estaba viendo. El color blanco de la parte ventral no ofrecía duda, ni la aleta dorsal grande y triangular. Y por supuesto los dientes triangulares y serrados que pudo contemplar muy de cerca en varias ocasiones. Le parecía incomprensible. En aquellas aguas nunca se había visto una especie parecida. Pero lo que le parecía aún más incomprensible es que aquel hombre supiera de aquella aparición.
    En la superficie. Isaac todavía recuperándose del susto le preguntó- – “¿Usted cómo sabía esto? -. –“Todo está en los libros jovenzuelo, hay que saber leer. Inferir datos, inferir datos…”- le respondió.
    Ambrosio falleció de un ataque al corazón dos semanas más tarde. En la habitación de aquel hospital psiquiátrico en el que llevaba residiendo veinte años, las auxiliares despegaban posters, de ballenas, tiburones y todo tipo de animales marinos. Había revistas y libros de fauna marina
    por toda la instancia. Jacques Custeau era su héroe. Pasaba horas estudiando y haciendo esquemas que pegaba en la pared. Los tiburones era su único tema de conversación. Aseguraba estar realizando una investigación sobre la vuelta del tiburón blanco a las costas cuando las aguas se calentaran y las catástrofes estuvieran a punto de arrasar el planeta. Cada delirio le costaba al pobre hombre duplicar la medicación. Su corazón alcanzó el límite,

María González

EL TIBURÓN

Mira, veo un hombre-horizonte. Está tumbado sobre el final de la semana. Llueve y a mí desde el cristal me atraviesa un goterón. Ahora tiene una barriga enorme y su cara es un elefante. Sus manos tiemblan hasta caer en el mar. Sostiene una taza de café. Ha tenido que cerrar el bar antes de lo previsto, por eso ahora es una balsa de porcelana. Es extraño, pero en el horizonte, todas las cosas flotan hasta las que más se hunden en un día cotidiano. Por su lado pasa la mujer del traje gris que llevaba un periódico para envolver las acelgas y el chico del kiosco, que hacía gárgaras con sus caramelos de miel y limón, en el tropel de las aguas. Al dueño de la tienda de al lado le estaban flotando los sombreros.
Ahora eran piedras en las que se subía y atisbaba al otro lado del mundo. Para él la tierra era plana, y ahora se asomaba al filo de sus inquietudes. Yo seguía mirándoles, deformada, tras las gotas del cristal. De repente, un tiburón. ¡El triángulo se aproximaba a los transeúntes del horizonte!¡ Les lanzaría una gota! ¡plof! El tiburón se transformó en velero, la dentadura en escalera y las gentes, ¡ah, las gentes! me decían adiós.

Laura López

EL TIBURÓN

Hoy ha venido la mitad de la luna, un hijo y otro como marcas del destino.
Anunciaron la muerte del tiburón y nos sentamos a esperar. Preguntas auxiliares se hacían en los consultorios y mordíamos frutas rancias, penas frías que no llegaban a la nuca.
La arena, lisa como una uva pelada, tragaba jóvenes sin vestidos de fiesta. Perder el tiempo como se pierden racimos, callar y al atardecer querer vengarse; asaltar las esperanzas vacías y fumar el candor de un niño, quedar atrapado en territorios imposibles. Otra fatiga del tiburón. Le tiran carne humana y engulle hasta el porvenir, sin embargo ha dejado de flotar mansamente, no sostiene, y el hombre abandonando su fracaso mira el viento jugar con la arena. La luna, ahora central, habla con la noche.

  • Viste, ¡serán muchos y sepulturas también! Me quedaré como siempre lo hice, madre que todo lo ve, pero por la mitad. Aquí en el espacio del elixir, ya verás, serán nuestros, les pondremos nombres fantásticos y querrán serlo.

Clémence Loonis

EL TIBURON

Aquella tarde subieron al barco sin saber hacia donde se dirigían. El, insistía desde hacía tiempo en descubrir nuevos paisajes. Ella, armónica en su mirada, se dejaba llevar.
-Hoy, amor mío, nos vamos a vendar los ojos, nuestras conversaciones serán bordadas por la improvisación y la incertidumbre, comentó él. Ella, que nunca lo había visto hablar de ese modo, se sorprendió tanto que dudó por unos minutos si aquél era su marido.
-Hoy, pareces diferente, le dijo ella apresurada.
-¿Diferente a quién?, preguntó él.
-A ti, respondió, ella.
-Si no fuese porque tienes el mismo cuerpo, pensaría que no te conozco.
-¿Qué le pasa a mi cuerpo?¿Acaso no te parece atractivo?
-Tus palabras están siéndolo aún más.
-A decir verdad, nada conozco de él, aclaró el hombre.
-Aunque el modisto ya me advirtió de su auténtica exclusividad, dijo susurrándole al oído.

Paqui Robles


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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