LA OLA

LA OLA

Caminando por Madrid, pude ver olas blancas, furiosas, con ganas de hacer caer
a la gente, era algo curiosa la pasividad del gobierno frente a este problema.
Unos queriendo declarar zona catastrófica, otros en silencio, otros a gusto en sus
casas, otros muy disgustados de tener que estar atrapados en sus casas, en fin,
una linda ensalada rusa que no se digería bien, aparentemente.
Fue ahí, cuando unos enanos malditos decidieron sacar las palas heredadas de
sus abuelos, un objeto que tenían en sus casas y no sabían bien qué uso darle.
Fueron a YouTube para ver vídeos de cómo se usaba dicho elemento y ahí se
dieron cuenta de que podían sacar algo de nieve de sus portales para que la gente
no se caiga.
Por otro lado, la venta de bastones se dispara, algunos tienen brújula,
bluetooth, internet, una cosa de locos.
De pronto es como si toda la gente hubiese envejecido 10 años, se camina
pisando huevos y las articulaciones nos pasan factura.
¿A quién echarle la culpa? me digo, ¿al gobierno? ¿al real Madrid? ¿a tu amante
celosa?, ¿a los gatos? en fin…
Parece que la naturaleza se va dando cuenta de que somos un desastre, unos seres
primitivos, egoístas, impotentes, mezquinos y muchas cosas más.
Incluso, limpiamos la nieve de nuestras aceras y con eso nos quedamos a gusto
¿viste?
Una persona me recomienda un libro para leer que se llama: El silencio
peligroso.
Interesante, la verdad, darse cuenta de cuántas cosas se dicen cuando no se dice
nada.
La cuestión es que mi prima, que vive en zona de calor permanente, me dice:
tenias que haberte venido a vivir aquí, Leo, y se queda tan a gusto la hdp.
¿Te das cuenta? la familia siempre mostrándote tus debilidades, gozando con
ello, a veces no sabes si son tus aliados, o todo lo contrario.
Yo, por las dudas, me voy metiendo en casa y mañana será otro día…

Leandro Briscioli

LA OLA

Una tras otra, se suceden para arrastrar lo que sobra del mar, una tras otra con la insistencia de un balancín que con ritmo constante extrae lo que no reconoce como propio, expulsión melódica en clave de sol que sostiene equilibradamente los ciclos de su esposa luna. Ellos comparten plenitud y su convivencia es tan precisa que, aunque quisieran, jamás han de discutir.

Señor Dios, si tanta armonía lograste en las aguas del mundo ¿cuál es la finalidad de la limpieza humana que nos ocupa? Una ola tras otra expulsa de la partida a los que menos destreza tienen, game over y, sin embargo, una ola tras otra nos hace comenzar de nuevo.

¡Dame vida, dame vida, señor Dios! que la ola cada vez viene con más fuerza. Los primeros fueron los más antiguos, después los más desequilibrados, más tarde las olas llevaron a la orilla de la muerte a los más incrédulos, y ahora señor, ¿cuántos más sobramos, cuántos más han de abandonar la vida para que la tierra quede limpia o cómoda o la exterminación total tenga su consuelo?

Magdalena Salamanca

LA OLA

  • Tremenda ola de locura. Intervino Clara.
  • Pues a mí me parece que esto que está ocurriendo se podría haber evitado. Asintió Clotilde.
  • Nada de eso, ¿crees que podíamos saber qué iba a ocurrir?
  • En parte, sí. Se veía venir. Tantos días de ausencia auguraban una inminente presencia. Lo que no podía imaginar es que sería de este modo.
    Era mediodía, la calle estaba totalmente desierta. La Ola de calor llagaba anunciando la llegada del verano.

Paqui Robles

LA OLA

Sucedió en una tarde de agosto, yo estaba pescando monedas antiguas con un imán. Vino una ola cargada de algas negras. Mi cuerpo se cubrió de brillos fuliginosos, miré mi nueva piel de ébano. De pronto, un pensamiento me conmovió profundamente. Aparté el bañador de mi abdomen para comprobar si había sufrido cambios íntimos. Lo que vi fue terrible y monstruoso. Un tiburón negro coleaba feliz, vivito. Y yo me sentí nuevo y grande como un dios marino. Me sentí como el Neptuno negro que en vez de dominar serpientes las ama. El Neptuno esclavo de la serpiente con su mordedura frenética.
En ese momento se apareció el verdadero Neptuno, el blanco, y me dijo: Ese tiburón es para que no tengas que buscar más monedas antiguas. Él trabajará para ti, descuida. – y volvió a sumergirse en las aguas.
Pero yo no estoy seguro de creer lo que me dijo Neptuno ya que el dios se dirigió a mi en alemán, idioma que desconozco. Por otro lado, lo de volverme negro y el tiburón castrador, pienso que podría tratarse simplemente de algas radioactivas.

Kepa Ríos Alday

LA OLA

El matrimonio Zapata veraneaba en Ibiza desde hacía varios años. Se alojaban en un hotel de cinco estrellas capaz de satisfacer las exigencias de los clientes más sibaritas. Berta era una excepción. Durante esa quincena las camareras tenían que turnarse para atenderla.. No había quien la aguantara y repartían el sufrimiento solidariamente. Se quejaba de absolutamente todo. Era la comidilla de todo el personal de servicio, que la despedían al unísono haciendo la ola el último día de vacaciones.
Los Zapata pasaban las mañanas en la playa a la que se accedía directamente desde el hotel. Buscaban las tumbonas más próximas al agua. Ambos preferían la arena dura, se prendía menos y no tenían que caminar varios metros para zambullirse. Berta se embadurnó de crema y se tendió al sol. Lucía un bikini de color rojo de un famoso diseñador italiano. Le había costado un ojo de la cara. Su marido se tumbó junto a ella sin saber muy bien qué hacer durante el tueste a fuego lento de su esposa. La observó como en la distancia. Llevaban juntos toda la vida, pero en ese instante le pareció que no la conocía de nada. Comprobó de que, a pesar de los múltiples tratamientos de belleza y las temporadas de estrictas dietas, se podía apreciar el paso del tiempo en algunas partes de su cuerpo. No entendía tanta disciplina. Últimamente se había aficionado al tenis y jugaba a diario. Luego estaba agotada con tanto deporte. Llevaban varios meses sin hacer el amor.
Había hablado de su falta de vida sexual con su amigo Quique. Este, que además era médico, le había tranquilizado mucho. “Tu situación es completamente normal. Las mujeres pierden el interés con los años, pero los hombres tenemos que seguir nuestro instinto animal amigo Zapata. Además, es necesario para tener la próstata en buen estado” le dijo. Así que, por prescripción facultativa y todo fuera por su salud prostática, de vez en cuando, echaba una canita al aire. Al principio tenía remordimientos ya que Berta era una mujer de convicciones religiosas y morales muy férreas. Tenía cuidado. Si se enteraba de sus desvaríos caería en depresión.
Mientras rebuscaba el móvil para entretenerse un rato, pudo observar que dos jóvenes que parecían extranjeras le miraban con cierto interés. Cuchicheaban y se reían de manera coqueta y juguetona y dedujo que estaban flirteando con él. Las devolvió la sonrisa mientras miraba de reojo a Berta que parecía haberse quedado dormida. “Quién tuvo, retuvo”pensó para sí, mientras se atusaba el pelo. De repente, como movido por un impulso se dispuso a darse un baño. Metió tripa todo lo que pudo y se fue al agua contoneándose con grácil masculinidad.
Cuando el mar le cubrió lo suficiente soltó el michelín y aprovechó para hacer pis. Puso cara de regusto mirando al horizonte, después se aseguró de que las jóvenes le seguían mirando. Comenzó la exhibición haciendo alarde de sus dotes natatorias e incluso se animó a saltar alguna ola que otra, quería ofrecer una imagen de hombre atlético, pero a la vez juguetón y juvenil. Su mente era un jubileo adolescente.
Berta se sobresaltó con el sonido de su teléfono móvil, comprobó con emoción que era su profesor de tenis. Llamaba para decirle que echaba de menos, su break, su set, su drive y su culito respingón.
Ella susurraba vocablos amorosos mientras se sonrojaba por los halagos de su profesor. Entretanto, podía contemplar al memo de su esposo dar barrigazos como un tarado entre las olas. Le saludó con la mano para disimular y miró a las dos jóvenes que parecían estar desternilladas de risa. No se unió a ellas por preservar su imagen. Lo hubiera hecho de buena gana, pero le pudo la vergüenza ajena.
Esa noche dos jóvenes alemanas recordaban entre llantos de risa a aquella ninfa viril retozar entre las aguas. Marie había ganado la apuesta. “Ya te dije que era una presa fácil de provocar. Todos reaccionan igual”, le dijo a su amiga.
Esa noche Francisco durmió a pata suelta, cómo un bebé. No se acordaba de lo relajante que era el agua.

María González

LA OLA

El 2020 estaba allí en la barra como tantas noches, rodeado de otros años que lo admiraban, lo envidiaban, les encantaban sus historias. Les decía que lo había conseguido, gritaba que nunca lo olvidarían.
Y es que no soporto ese tipo de personalidades, queriendo ser siempre el centro de atención, quedando por encima de los demás, avasallando a los que tienen a su alrededor, creyendo que han inventado el sistema solar.
Me puse nervioso, quería demostrarle que otros también podemos ser importantes.
Solo tengo quince días, soy muy joven, se me fue la mano. Por favor ayúdeme, necesito hablar con alguien, tranquilizarme, quiero decirles “soy el 2021 y me equivoqué”.

Hernán Kozak

LA OLA

Las noticias de la semana anunciaban que el temporal Federica dejaría mucha nieve el fin de semana, y que los aeropuertos y estaciones de trenes y autobuses, cerrarían a partir del
viernes. No podía creer en mi mala suerte. Ese fin de semana había acordado, por fin, la
primera cita con Rodrigo, un joven que había conocido por internet.
Él había intentado en muchas ocasiones que nos viéramos, pero yo siempre encontraba alguna excusa para no realizar el encuentro.
Las semanas anteriores a la fecha fijada, nos habíamos, por fin, puesto de acuerdo. Él tenía que viajar a Madrid por motivos laborales, y mi marido estaría de viaje de formación esos días.
Cuando oí las noticias y pensé en mi mala suerte, reflexioné que aquello podía ser una señal del destino, y que me encomendaba a las decisiones estatales.

Cuando hablé con Rodrigo y le comenté las previsiones meteorológicas, se puso nervioso. No quería escuchar mis reflexiones, y proponía adelantar el viaje. Yo le decía que no podía ser, que aunque adelantara el viaje, si decidían cerrar los aeropuertos, mi marido se quedaría en tierra, y no podríamos vernos.
Ese día conversamos menos tiempo del normal, y Rodrigo me dijo que tenía que colgar por un asunto que tenía que resolver.
No volví a hablar con él en los días siguientes. Cuando el gobierno decretó el cierre de
aeropuertos, estaciones de trenes y autobuses de Madrid, me conecté a internet para
escribirle un mensaje. Fui al chat de la red social donde solíamos hablar, y no di con su
messenger. Su perfil, sus fotos y su muro, tampoco aparecían. Me extrañó aquella situación que ahora les cuento, porque, por las circunstancias, no he podido comentar con nadie.
Hace días que no sé nada de él.
Como bien predijeron los meteorólogos, la ola de frío polar de Madrid dejó unas estampas de frío y nieve históricas. Yo, frente a la chimenea, con mi marido, pasé un fin de semana
entrañable.

Pino Lorenzo

LA OLA

Volvían de la playa cuando Alonso le dijo a su abuelo: no entiendo por qué cuando ves llegar de lejos la ola le llamas maremoto. Pues verás, le dijo Mariano a su nieto, hubo un tiempo en que los meteorólogos se transformaron en chamanes, con ello también cambió la percepción del tiempo, que hasta entonces era oficio de pastores y hombres de campo a quienes les bastaba con mirar al firmamento para decir si llovería, haría sol o viento, incluso los puntos cardinales de su procedencia. Pero cuando los técnicos del clima les quitaron el oficio, empezaron a suceder cosas curiosas, ya no sólo existían anticiclones y borrascas, aparecieron ciclogénesis explosivas, marejadas ciclónicas y otros términos que desalojaron a los huracanes y ventiscas de toda la vida, pero lo más interesante es que se les empezó a bautizar, y se metían en la casa como un miembro más de la familia: “hoy Alex ha salido de las Azores y lo tendremos en casa en un par de días”. Pero eso solo fue el principio, pues luego les dieron propulsión, les dibujaron crestas y cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos atravesados por olas, a las que también les dieron nombre, una de las más célebres fue la bautizada como Filomena, que nos dejó nieve durante más de dos semanas, con destrozos incalculables, es algo que ha quedado en los anales. Pero lo más sorprendente fue, que ese gusto por las ondas se pasó a las noticias de gran calado, de salud, de economía, de política…, y nos encontramos con primeras olas, segundas olas, terceras, cuartas …, que no se sabía si es que unas venían detrás de las otras o es que unas eran más altas que las otras, así es que nos tenían a todos empapados, por no decir invadidos. Esta saturación hizo que pidiéramos a la Real Academia de la Lengua que retirase ese término del diccionario, pero no fue admitido, así es que tanto yo como unos cuantos de mi generación nos hicimos eco del énfasis de los técnicos y consideramos que ola ya no era un término apropiado para uso cotidiano.

Ana Velasco

LA OLA

Me habían dicho que en el norte hay olas enormes. Así que sin pensarlo dos veces compré un billete y en unas horas estaba en la playa toda equipada.
Una toalla amarilla llena de arañitas negras, bronceador de alto standing y, también, de alta graduación, por eso del sol. Y agua, mucha agua. Comida no traje porque la playa estaba llena de chiringuitos
Y ahí estaba yo, preparada con mi móvil para ser la primera que fotografiase la ola, o sea, mi ola sería la primera ola del verano en hacerse histórica.
No pudo ser. El mar estuvo todo el día de un calmado que daba asco. Me bañé, comí y cuando oscureció me fui a dormir porque una ola con flash queda horrible.

Cruz González Cardeñosa

LA OLA

Queríamos lucir una playa adelantada al amanecer, bella, distante y curvada por la luz de la luna. Sí, era de noche, pero con una curiosa oscuridad, ni resto de sol, ni luna, ni nubes. Nos envolvía un negro brillante. Con los pies en la arena, escuchando el aleteo del mar, estábamos en el universo, sin luz, ni luna, ni nubes. El viento se estremece por la mar y las olas segundas se fijan para mirarnos. Somos un flujo de aguardiente que desea volar, y queda inepto en la oscuridad.
Recuerdo el impulso que da la luz cuando se encabrita. Sé que está cerca, como cuando se asume que no habrá otro rescoldo de frío en la nuca, ni volveré a comer un durazno de color ocre cuyo jugo todavía salpica mi juventud.
El pelo ha crecido, y es otro el cielo y caminamos en derredor de un plan.
Toda la felicidad será nuestra, y vuelvo a levantarme con la ola.

Clémence Loonis


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