EN EL COLEGIO

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Año 2156, en el colegio han organizado una excursión al museo de los libros, se celebra el 20 aniversario de la última publicación de un texto en papel, fue la reedición de “La interpretación de los sueños” y dado que el curso que viene el psicoanálisis ya no será una extraescolar, han aprovechado la oportunidad para hacer una semana en homenaje a Sigmund Freud.
Aunque su publicación data de 1900, fue entre el 2020 y 2021, es decir, desde la pandemia del COVID 19 al primer contacto con los habitantes del planeta GANMA, cuando se dieron cuenta de que ni la mayor de las tecnologías serviría si continuaban despreciando el potencial del ser humano.

Hernán Kozak

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Mientras la profesora hablaba de lo buena estudiante que era cuando niña, Margarita comenzó a imaginar la vida tras la ventana. Era un día de lluvia. Seguramente muchos llevaban botas de agua. A algunos les habría cogido de imprevisto, sin paraguas, se estarían poniendo como una sopa. “Para sopa la de mi madre”, pensó, “siempre es la mejor opción en los días de frío…”
“¡Margarita! ¡Margarita!… ¿En qué estás pensando?”, interrumpió, de pronto, la profesora.
“Nooo, nada…”
“A ver dime, ¿cuánto es cuatrocientos cincuenta y nueve más trescientos treinta y ocho?
“Ohhh…” La niña, comenzó a contar con los dedos por debajo de la mesa.
“No puede ser, pensó, me faltan dedos…” “Señorita, usted perdone, pero ahora, así de pronto, no sé exactamente cuánto es”.
“Está bien”, dijo la profesora, “la próxima vez, estate más atenta”.
Finalizó la clase. Margarita iba caminando cada día a casa. Sin embargo. aquel día, como estaba lloviendo, fue su abuelo a recogerla.
“¿Qué tal te fue en clase?”, le preguntó el abuelo.
“Bueno, no ha ido mal”, dijo ella.
“¿No ha ido mal, cómo? ¿qué pasó Margarita?”
“Me despisté un poco, la profesora se dio cuenta, y me llamó la atención. Me hizo hacer una suma un poco complicada para lo que habitualmente hacemos en clase. Así que lo pasé un poco mal… Allí, ante todos mis compañeros”.
“Recuerda Margarita”, le dijo el abuelo.
“De todos tus compañeros, habría muchos en la misma situación que tu, seguro que no hubiesen podido resolver enseguida, puede que la mayoría. Creo que la profesora solo intentaba que no te despistaras, puede que no esperase la respuesta de la suma, sino la de tu atención. De todos modos, también ella está aprendiendo”.
“¿La profesora también aprende?”, preguntó la niña sorprendida.
“Sí, hija, también, todos estamos aprendiendo, nunca se deja de aprender”.
“Creo que he entendido algo”, dijo la niña.
Al día siguiente, Margarita eligió su asiento en primera fila.
Sorprendida la profesora, le dio la bienvenida: “Me alegro que estés aquí Margarita”.

Paqui Robles

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Suena la campana anunciando la hora del recreo. De diez y media a once las niñas disfrutan del tiempo de asueto. Juegan a deportes de balón, se columpian en los remos, corren a pillar, y apenas dejan unos minutos para desenvolver los desayunos que sus madres les han preparado.
Gloria solía llevar un desayuno distinto. Las otras niñas le pedían que lo compartiera, y más pendiente de jugar que de comer, lo repartía.
Cuando llegaba a su casa la madre siempre veía la tartera vacía, y le preguntaba si le había gustado el desayuno.
Un día le preguntó qué tal había estado la tarta de zanahoria que le había preparado:
-Muy rica, mamá, como siempre. Tus desayunos son los mejores.
Fue en ese momento cuando la madre de Gloria comenzó a preocuparse. Hizo varios días el experimento de preguntarle a su hija si le había gustado tal o cual cosa, y Gloria siempre cometía el error de decir que le había encantado.
Días después decidió ir a la verja del colegio que daba al patio del recreo. Allí vio como el desayuno de su hija volaba en cuestión de segundos. A cambio, la dejaban jugar en el tiro a la canasta, el escondite, o el pilla-pilla.
Sin decirle nada sobre su descubrimiento le comentó que la veía un poco gorda, y que, desde ese día, no llevaría más desayuno al colegio. La cara de Gloria cambió por completo, pero no fue capaz de decirle nada a su madre.
A partir de ese momento, Gloria empezó a enfermar. Su apetito se vio disminuido, y cuando tenía frente a sí los sabrosos platos que su madre le preparaba, era incapaz de probarlos. Su madre, nuevamente preocupada, comenzó a darle los desayunos para que los llevara al colegio, pero Gloria nunca volvió a ser la misma.
Hoy en día Gloria sufre de anorexia. En la bolsa de merienda de su hija, un suculento desayuno luce en todo su esplendor.

Pino Lorenzo

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Tenía ante sus ojos la hoja del examen de Historia.
“Resume la guerra de los Cien Años”-Leyó.
¿Todo un siglo de enfrentamientos despachados así en unas líneas? ¿Cómo pueden pedir eso? -Se dijo.
Las manos le comenzaron a sudar. Quería huir de ahí, dar la espalda al examen, al colegio, a todo. Levantó los ojos y se tropezó con la mirada del profesor que le observaba con preocupación. Se sintió respaldado. Respiró profundamente y encaró el examen.
Al igual que Francia e Inglaterra, sus padres llevaban toda la vida enfrentados; pero de esa guerra él no tenía por qué responder.

Antonia López

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Los invitados se fueron colocando en las mesas del cóctel mientras esperaban a los recién casados, eran mesas redondas y altas, pensadas para entablar conversación mientras los camareros iban pasando bandejas con viandas y bebidas. No estaban dispuestas al azar, quien diseñó la composición pensó en lejanos afectos y distribuyó las mesas por procedencia de los invitados Así fue como Fermín y Arturo se volvieron a encontrar tras más de cuarenta años. Fueron amigos en el colegio, el primero recordaba que aprendió matemáticas gracias a los cuadernos que le prestaba Arturo a cambio de tirar con la escopeta de perdigones de Fermín, pasaron muchas tardes juntos antes de que sus padres los separaran por disputas que nunca tuvieron explicación. Al encontrarse ante la mesa rodeada de otros conocidos se miraron sin saber cómo saludarse, al final optaron por darse la mano. Antes de acabar el convite se acercó una mujer que llevaba un buen rato observándoles, sin ningún reparo declaró: “Va a resultar que mi madre no tenía razón cuando me dijo que vuestras familias dejaron de hablarse por el duelo que dos hombres casados mantuvieron por una cortesana del pueblo”, no me miréis así, soy la hija de la maestra y también formo parte de los nocivos apegos.

Ana Velasco

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En el colegio jugábamos a la saltar comba, y al rescate. Y, sobre todo, hablábamos y hablábamos, cuando era la hora y, en clase, hablábamos sin parar. A veces nos tiraban de las orejas o nos castigaban de pie, cara a la pared.
Recuerdo que había una clase especial de baloncesto, donde los profesores eran amigos de un grupo de alumnas de los cursos superiores. Eran altos, rubios, tan guapos que me quedaba embobada mirándolos y se me caía la pelota de las manos.
Antes de eso hice la comunión e iba a misa y me confesaba. Qué preocupación, qué contarle al cura en la confesión. Me pasaba un poco como cuando tenía que mostrarle las notas a mi padre. Dejaba pasar un día y otro y otro, hasta que se hacía inevitable que él se enterara.
No entiendo cómo la pasaba tan mal durante el curso con las notas y en las notas finales resulta que tenía todo aprobado. No todo eran cincos, había algún seis e incluso de vez en cuando, en alguna asignatura, llegaba hasta el siete. La verdad, algo incomprensible.

Cruz González Cardeñosa

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¿Quién no recuerda ese aroma tan especial que tiene el colegio? Sobre todo, en esos primeros días de septiembre, cuando una luz ocre y la brisa de un otoño próximo se mezclaba con el entusiasmo por estrenar carteras nuevas que al abrirlas emanaban un embriagante combinado de fragancias a libros de texto, estuches repletos de lapiceros de colores, cuadernos con espiral y bocadillos deliciosos de pan con chocolate que aguardaban en los pupitres esperando la oportunidad de ser devorados en el recreo. La ilusión de la novedad se fundía con la página en blanco que se abría de par en par en cada nuevo curso.
Rememorando esos días pensé que habría sido de aquel niño. Se llamaba Julio Pablo. El único niño de la clase que tenía ojos azules. Rubio y con la piel blanca como la leche. Un auténtico querubín. Todas las niñas queríamos estar con Julio Pablo. La” señorita Marisa” nos cambiaba con frecuencia de sitio. Por eso de la socialización. Lo mejor que te podía pasar en el curso era sentarte en algún momento junto a aquel angelical adonis que despertaba las pasiones infantiles más primigenias. El resto de los niños, cumplían con la media estadística española: tamaño estándar con ojos marrones y pelo castaño. Carecían de interés por poca originalidad. Existían pocos rubios con ojos azules en aquellas aulas setenteras. Fuera de las aulas, con mi turbio recuerdo infantil intuyo que también, porque Alfredo Landa perseguía como poseído por satanás suecas por las playas de Benidorm., en aquellas películas que ponían en televisión todos los sábados por la tarde. A mis tíos se les salían las cuencas de los ojos y mi abuela decía esa frase de: ¡Adónde vamos a llegar! mientras se tapaba con disimulo el rostro con la mano, dejando amplias rendijas entre los dedos para no perder ripio.
Creo que eso del cambio climático ha alterado mucho la genética. Hace días en el patio del colegio pude escuchar a una madre decir que en la clase de su hijo todos los niños eran divinos. Por el tono creo que quería dar a entender que el suyo el que más. Con inquieta curiosidad decidí esperar a ver si aquello era cierto mientras pensaba en cuál hubiera sido el destino de Julio Pablo. Aquella madre tenía razón, asistí perpleja al desfile de niños y niñas rubísimos con ojos azules, que se abalanzaban amorosos a padres de pelo castaño, ojos castaños y altura normal. Así como Alfredo Landa.
Por un momento dudé de si estaba a las puertas de un colegio en Estocolmo o de la Meseta Castellana. Mientras me preguntaba cómo y por qué mutan los genes. ¿Será efecto del cambio climático?

María González

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Los niños avanzaban nerviosos por el pasillo. Sus articulaciones eran como muelles que prolongaban los saltos. Dos por una dos, dos por dos, cuatro, dos por tres… Estaba repasándose la lección en silencio, bordeando los números y los signos de multiplicar, pero se sentía bastante confuso. El día anterior por la tarde tuvo que ir al supermercado con su padre. No podía quedarse solo en casa así que fue casi a rastras. Muy pocas veces le permitía coger alguna chocolatina, algún aperitivo…
-Eso no es comida sana – le regañaba.
Se detuvieron en el pasillo de la limpieza y el niño alzó la vista: tres por dos.

  • ¡Papá, papá, tres por dos seis! ¡Tres por dos seis!
  • No hijo, por dos te llevas tres.
    La cajera pasó todos los productos. “Dos por tres” decía la pantalla y, efectivamente, pagó dos y se llevó tres.
    Frente a la pizarra, en el colegio, y con el profesor mirándole con confianza, tuvo que decidir si dos por tres sería seis o tres. Ahí aprendió una lección, se dio cuenta que la evidencia no servía para nada.

Laura López

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Habíamos salido antes de clase por enfermedad de los profesores. La depresión, bajo la forma de virus, se había declarado pandemia universal. El mundo se derrumbaba y nosotros podíamos empezarlo de cero.

Kepa Ríos Alday

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Salía del fondo del patio del colegio, un humo bien negro que al elevarse entraba al aire en esa espuma nauseabunda y dibujaba rostros iluminados por el sol. Los niños que jugaban a la pelota con esmero se detuvieron, y el más alto clamó con el dedo en dirección a la nube que se deformaba. ¡Mirad! Es una cara. El siguiente, que no tardó dos segundos en levantar la cabeza, exclamó a su vez: No, es su gato, mirad la cola… Y así, todos con la cara girada hacia el cielo gritaban: Es un escafandra, no, una golondrina, es un chino, son estrellas, un martillo, es una «e». Con tanto alboroto, salieron los profesores de la sala donde se recluían a la hora del recreo y quedaron también anonadados por los dibujos que el aire iba pintando en el cielo. Poco después, alguien gritó: ¡Fuego, fuego!
Era la secretaria del director, que corría cubierta de cenizas desde el fondo del patio, ¡Fuego, fuego!
Al día siguiente, en la clase de historia, la profesora, una mujer que se aburría del listado de datos históricos que marcan página a página los libros de los colegiales, dio como tarea relatar por escrito lo que habían vivido el día anterior. Repartió hojas blancas a cada uno y precisó: «Tenéis 15 minutos para relatar lo que pasó ayer, del principio al fin, del principio al fin”, exclamó.
A los 15 minutos, recogió las hojas. Unos pocos habían dejado manchas negruzcas como nubes sucias en el papel y se dejaban ver: la golondrina, el martillo, una E grande que ocupaba todo el espacio de la hoja y así. Cuando volvió a su casa, se sentó con parsimonia y sacó la primera hoja, llevaba el nombre de Raúl y la fecha de ayer puesta a modo de titular.
“Ayer, no pudimos jugar al fútbol porque incendiaron el cobertizo del patio, vinieron los bomberos y nos mandaron a casa pero en casa no había nadie así que pude jugar en el jardín de los vecinos con Pablo y su hermano”.
La segunda hoja empezaba así: “Ayer al levantarme, fui a despertar a la nena, mi madre ya se había ido y como todos los días, desde que se fue papá, tengo que preparar el desayuno para nosotros dos, ayudar a la nena a vestirse y a tomar su chocolate. La dejé en la escuela y fui corriendo al cole para no llegar tarde. Como salí antes del cole, tuve que esperar a la nena a la salida de la escuela”.
La profesora de historia, curiosa, echó un vistazo rápido a las hojas, a ver si alguno hacía referencia al alboroto que se había organizado en el patio por el incendio.
Y descubrió la bella letra de Héctor: “Ayer fue un día educativo, hubo un fuego, se quemaron los exámenes, la desidia, las manchas en la blusa, las quejas efusivas, la matanza continua de las edades y fueron al cielo directamente. Así los vimos, la gran E, la golondrina, la escafandra, el secreto y el sobre que envolvió las cenizas”.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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