EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

Todo empezó con una gran risa. Me había hablado de los agujeros negros, esa perla de infinito, de la eternidad por hacer, una vuelta sobre sí mismo imposible.
Pues el mismo día, leí un articulo sobre el agujero negro supermasivo. ¿Saben qué fantasías alimenta ese agujero? Todo le mundo metiéndose allí, un esplendor rugiendo la batalla final.
El agujero viaja. Fuera de la galaxia no hay ni ventanas ni retraso. La velocidad es imparcial, su luz contempla las estructuras espaciales que deambulan por la Vía Láctea.
Ahora, no hay retorno, la dirección está tomada. Un estrepitoso temblor avisó que desde hacía varias eternidades, la leche derramada guiaba el porvenir de los planetas.
Nuestras carcajadas se abrían hasta tocar el papel.
Seguimos en la piel. Las madres, como la mía, cruzaban sus gargantas para ampliar el grito. No quería que llegasen a una estrella y se lo decía.
La estrella es una piedra muerta donde sólo yacen cenizas. Allí, el tiempo se rinde y la ansiedad está dada vuelta como un huevo en la sartén.
Sólo escucharon al vendedor de golosinas, él, que hablaba con los niños, él, que sabía el precio de todos los colores.
De la galaxia, ecuaciones y ecuaciones porque con la felicidad no se puede transigir.
Y siempre volviendo al pergamino, el primero y último revolcón, el de siempre, el imprescindible. Y volvimos a reír como si de un chiste se tratase.
Así se rendía el tiempo, sobre la perla eterna, el agujero negro.

Clémence Loonis

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

Estaba caminando por el retiro cuando de pronto me encuentro un hombre con avanzada
edad que tenia un puesto de golosinas, donde diariamente la gente pasaba y le compraba
cosas para sus hijos, nietos e incluso mascotas.
El hombre, que se llamaba Juan, vivía solo con su perro Jack.
Salía de su casa muy temprano y volvía a la noche, un vecino se encargaba de darle de comer al perro y sacarlo un rato a correr porque Juan siempre estaba trabajando.
Este hombre guardaba algunos misterios jamás revelados, conocía a todas las grandes
personalidades de España y guardaba muchos secretos de estado que nadie podía imaginar.
Esto fue así porque un día, vendiendo golosinas por donde están los diputados, el portero lo invitó a acercarse para comprarle unas golosinas. Se hicieron tan amigos que Juan pasaba una vez por semana por allí a venderle golosinas.
Un día, el portero lo invita a una sesión de diputados y ahí conoció a políticos de todo tipo, los de aquí, los de allá, los que aparentaban una cosa y eran otra, los que se mostraban muy hombres y les gustaba el látigo, en fin, personas muy oscuras que mostraban una cosa y eran algo muy diferente.
Ahí Juan se pregunta:
¿Para ser un político hay que saber mentir?
El portero le responde: Juan, te contaré todo lo que sé, aquí he visto muchas cosas
particulares, ni los machos son tan machos, ni las hembras tan femeninas y en esta ensalada de gobierno, todos terminan enredados con todos, una especie de orgía consentida donde solo hay una regla:
Frente a cámara es fundamental mostrar que nos llevamos mal y en la intimidad, lo opuesto.
En fin, en un prostíbulo son más auténticos que en casa de los diputados, pensó Juan.
Y sí, le respondió el portero, y cuando te cuente lo que hay en la Casa Real te mueres, juan, te mueres….

Leandro Briscioli

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

Después de años, descubrí que detrás de aquel carrito, al que ambicionaba llegar todos los domingos después de misa, detrás, había un señor. Durante años mi altura solo intuía las ricas golosinas que me esperaban en el suculento banquete que mis padres me permitían, junto a Jaime, amigo de golosinas e hijo de los vecinos, mientras ellos tomaban el aperitivo en el bar de plaza. Todo el pueblo se juntaba durante horas, todos los domingos, después de misa. Jaime y yo engullíamos las golosinas como si nos las fueran a quitar, y en parte era así, Alicia y Marisa, dos amigas, bueno casi amigas del pueblo, eran unas abusonas.
Cuando Jaime y yo nos sentábamos alejados de nuestros padres, pero a su vista, siempre a su vista, ellas aprovechaban, haciéndose las amigas, para acercarse a nosotros con una sonrisa malvada en sus rostros, con la única intención de extorsionarnos y llevarse nuestra recompensa de la semana.
Nosotros al principio caíamos en sus garras, pero según fue avanzando el verano, nos hizo desarrollar cierta astucia que nos permitía salvar nuestro botín.
Todo esto sucedía mientras nuestros padres, bastante alegres por los vermuts, reían a carcajadas sentados en la terraza de la plaza del pueblo.
Aquel verano, el vendedor de golosinas, al que ya podía reconocer físicamente, estaba muy amable con Jaime y conmigo, supongo que después de 9 años de ser sus clientes, cada verano, él sentía cierto cariño. Pero frente a Alicia y Marisa no le pasaba lo mismo, claro, ellas, aunque eran un año mayores, nunca habían sido sus clientas, los padres de ambas, tremendamente concienciados con la vida salud y la alimentación sin azúcares, nunca les compraban golosinas, aunque como el resto de los vecinos, mucha vida sana, pero cada domingo tomaban y tomaban vermuts en la plaza del pueblo hasta la noche.
Golo, el señor del puesto de golosinas, así le habíamos bautizado Jaime y yo, no hablaba nunca, pero su sonrisa hacia nosotros y su mirada amorosa decía mucho cada vez que nos veía.
El carrito de las golosinas se pasaba todo el verano en un hueco de sombra que había en frente del bar y cerca del lugar donde Jaime y yo intentábamos degustar sus ricas gominolas.
Supongo que su posición estratégica, domingo tras domingo, verano tras verano, le hizo, un domingo del mes de agosto del verano de 2004, echarnos una mano para persuadir a nuestras casi amigas de sus intenciones perversas, consecuencia de la frustración de unos padres tremendamente exigentes, pero igual de perversos que ellas.
Golo, ese domingo, habló por primera vez en años. Cuando estábamos a punto de comenzar a degustar aquellos manjares nos dijo: Chicos venid, he preparado unas gominolas especiales para cuando vengas vuestras amigas, vosotros no debéis comerlas, el que las coma convertirá su boca en un volcán y durante semanas no podrá tomar nada más que líquidos.
Jaime y yo, cansados de aquellas dos, cogimos las gominolas volcánicas y esperamos a nuestras, hoy sí, amigas especiales.

Magdalena Salamanca

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

-¡Golosinas! ¡golosinas! ¡vendo golosinas! ¡de las que te endulzan el día, golosinas de las que endulzan la piel!
¡Si te sientes atrapado, y no te quieres perder una jornada endulzada, cómprame golosinas por doquier!

Si, por favor, deme un cartuchito de éste, de garrapiñadas dulces, de almendras calientes con fondue de chocolate, con sirope de agave.

-¿Quiere usted también castañas, de las que calientan el alma?

-Ponga para cuatro o cinco, que necesito calor. Iremos de paseo.
Mi piso está tan frío, y usted con tanto amor.
Dígame… ¿a quien le da tanta dulzura?
Démela a mí… por favor.

Paqui Robles

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

Cerró la puerta tras de sí, completamente anonadado. No entendía absolutamente nada. Era la entrevista de trabajo más extraña que había realizado últimamente. Ni una sola pregunta sobre su persona, su oficio o sus aficiones.
Estaba seguro de que se acordaría una buena temporada de la cara de aquellas dos pánfilas. Se quedó realmente sorprendido cuando le preguntaron cuál era el maquillaje más extraño que le habían pedido. – “Si fuera yo el fiambre- dijo la más alta mirando a su compañera, – te pediría el del Joker, que mejor careto que ése para irse al otro barrio, no lo hay” – a lo que la otra, respondió con una sonora carcajada. Trató de buscar la cámara oculta. Pensó que quizás sería una nueva técnica de selección de personal y que estudiarían su reacción a posteriori de una manera cuasi científica. Cuando se dio cuenta de que las lágrimas de risa eran reales se desilusionó con esa elaborada idea.
En el último mes, había tenido varias entrevistas de trabajo. Cuando le preguntaban por su experiencia laboral, podía leer en los rostros de los entrevistadores todo tipo de expresiones. En algún caso, curiosidad, lo que los llevaba a formular preguntas normalmente muy macabras. En otros casos, perplejidad, no entendían como alguien tan joven pudiera tener un trabajo de esa naturaleza. Aunque también, podía vislumbrar repugnancia e incluso miedo. ¡Un miedo inevitable a la muerte claro está! y en esos casos, como había ocurrido con aquellas dos aspirantes a entrevistadoras, suplían el temor con la chanza. – ¡Es increíble, la reacción que la muerte provoca en las personas, mi curriculum no encaja en el mundo de los vivos! ”-pensó.
Ismael era joven y guapo. Semejantes virtudes no conseguían acicalar su oficio de enterrador. Vivía en el cementerio. Esa era la profesión de su padre que además compaginaba con tareas de albañilería. Su relación con la muerte había sido muy estrecha desde su más temprana edad. Infinidad de veces había acompañado a su progenitor a preparar moradas eternas, con el mismo empeño que el que construye adosados en urbanizaciones de lujo. No temía a la muerte, ni a nada relacionado con el hecho de morir. Para completar su experiencia decidió hacer un curso de tanatopraxia. El mundo de la estética funeraria le parecía una profesión de futuro a la que se había dedicado con ahínco en los últimos meses, además de seguir con los enterramientos. Los familiares del difunto con mucha asiduidad alababan su trabajo y él se sentía orgulloso de adecentar a los susodichos para el juicio final.
Buscaba otro empleo, no porque no le gustara el que tenía. Su verdadera inquietud era tener pareja y poder tener su propia familia. Había tendido algunas novias. No consiguió que ninguna de ellas fuera a su casa, en el cementerio. Matilde, fue la única que tras gran insistencia por su parte accedió, pero la mujer no pegó ojo en toda la noche y aseguraba haber visto sombras por la ventana. Trató de argumentar que el cementerio era un sitio realmente seguro, pero no volvieron a verse más.
Al día siguiente de aquella inusual entrevista, se levantó temprano. Le habían llamado de la funeraria para un servicio. Se trataba de la señora Rufina, la quiosquera. Aunque estaba acostumbrado al ritual, en esta ocasión, una profunda nostalgia le invadía. Mientras le pintaba las cejas, recordó aquel local repleto de chicos el domingo por la mañana y el olor penetrante a golosinas mezclado con el aroma a encurtidos. La vista quedaba invadida por estantes repletos de cajitas llenas de chucherías de diferentes formas y colores. Se esmero con ella, como que la debiera algo.
La familia le agradeció profundamente el trabajo realizado. – ¡Está muy guapa, con lo demacrada que estaba la pobrecita con la enfermedad! -le había dicho la hija.
Ismael montó en su coche, dispuesto a irse a su casa. No había avanzado apenas un kilómetro cuando decidió regresar al tanatorio. Buscó a la hija de la Señora Rufina y sin pensárselo dos veces, y a sabiendas de que no era el momento más adecuado, le preguntó que intenciones tenían con el quiosco.

“Venderlo, hijo, venderlo”

Esas palabras le sonaron a música celestial. “A las mujeres les gustará más ver estampas dulces que tragos amargos”-pensó esperanzado.

María González

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

Es una espléndida tarde de verano. Mi hija pequeña viene corriendo, y me habla tan deprisa que no entiendo lo que dice. Mamá….
-Dime ¿qué ocurre?
-El vendedor de golosinas ha venido.
-¿Dónde ha venido?
-Está en la calle, con un camión lleno de golosinas para regalar a los niños. Pero no quiso darme, me dijo que llamase a mi mamá. Ven, sal a hablar con él, deprisa, antes que se vaya.
-Tranquila, ya voy.
Cuando salí, vi a un hombre pequeño, con cara risueña, que me habló con desparpajo.
-Buenos días, señora, le traigo la tarta que me encargó.
-Muchas gracias.
Tomé la caja que me dio y di media vuelta para volver a casa.
-Mamá, te olvidas de las golosinas.
Me quedé mirando a mi hija, sin saber cómo decirle que no había golosinas cuando, el hombre dijo:
-Justamente las tenía preparadas para ti.
Mi hija sonrió de oreja a oreja y tomó unas pequeñas bolitas de colores.
-Qué se dice, le dije.
-Gracias, señor. Venga cuando quiera, siempre será bien recibido.

Cruz González Cardeñosa

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

El cartel que portaba no tenía nada que ver con su indumentaria ni su aspecto. Con chaqueta y corbata, me lo crucé en el aeropuerto y no entendí porqué llevaba el cartel de «golosinas, chucherías, caramelos». Desde que se jubiló, aquel piloto que tenía todos los vuelos gratis en la compañía para la que había trabajado treinta años, se dedicaba a vender golosinas en los aviones. Me lo explicaron las chicas de la cafetería.
Yo tenía indicaciones de mis superiores para recoger un dinero que debía entregarme el vendedor de golosinas. Debía encontrarme con él en al lado de la puerta de embarque 9. Habla imaginado que se trataba del vendedor de la tienda de golosinas del aeropuerto, pero al cruzarme al desconocido con un cartel tan vistoso empecé a dudar si no sería él mi contacto.
-Qué raro que no hubieses oído hablar del vendedor de golosinas. Las organizaciones de espionaje me conocen todas.
-Ok, y ¿el dinero? – Le pregunté yo.
El dinero estaba en un microchip, en criptomonedas, con acceder al número secreto ya podrá ingresar el dinero en su cuenta.
Y ¿el microchip? ¿dónde está? – pregunté yo – Porque si usted dice ‘estaba’ es que ha cambiado de sitio.
Si – contestó el vendedor – ha cambiado de sitio, estaba dentro del caramelo que usted se acaba de comer. Acaba usted de chupetear un millón de euros. ¿No sintió ningún sabor particular?

Kepa Ríos Alday

EL VENDEDOR DE GOLOSINAS

Aquella mañana Emma recibió el día con alborozo. Era su cumpleaños y se levantó deseosa de mostrar a todo el mundo su mejor cara. Se miró al espejo y un grano la saludó desde la punta de su nariz. Se tiró de los pelos, chilló, pataleó, sollozó e hizo todo tipo de ademanes dignos de la intervención de un exorcista. Más tarde, salió a la calle embozada en una enorme bufanda de lana y se dirigió a la tienda de golosinas. Allí Anselmo, un vendedor de carácter amargo, caminaba de un lado para otro con impaciencia porque llegaba la hora de cerrar. Cuando al fin le ofreció a Emma su pedido, le dijo que ya estaba hasta las narices de esperarla, y ella retirándose la bufanda le contestó: “¡pues ojalá te salga un grano así de grande!”. El vendedor de golosinas después de mucho tiempo volvió a sonreír.

Antonia López Pérez


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