LA ECUACIÓN

LA ECUACIÓN

Érase una vez un cuento que quería escribirse. Las sombras, jugando en un vals, impedían el acceso a las manos. Manos que no quieran perdonar, decía, que hablen de la invitación o del sombrero del ojo o de cualquier derribo, pero que cabalguen en ese tapiz tumbado exclusivo para ellas.
E imaginaba una casa tendida con una coreografía saltarina, un baile a todas luces, deslizándose sobre comas y que, frente al punto, tomen el aire necesario para cuatro líneas en apnea.
A veces se erguía una encrucijada, un agua en varias direcciones, un correr de peldaños vaporosos.
Allí es cuando la sorpresa te besa en plena cara, como si los pensamientos hubiesen sido absorbidos, semillas revoloteándose en el hervir de la espuma.
Aguárdame con esas flechas, en esa humedad minera, aguárdame el aliento.
El cuento que las vislumbraba quedó mudo, se veía como la proa de una leyenda, miraba el latir de la sombra muerta.
Nunca hubo un frente a frente sino un díscolo cinturón, y el cuento preguntaba por el color, por la pulsera final y tomaba todo el calor por la boca.
Después, la ecuación proponía ese final: A él le hubiese gustado haber escrito lo que está escrito.

Clémence Loonis

LA ECUACIÓN

La ecuación es una máquina intangible que sirve para obtener productos intangibles. Sirve para calcular, para sopesar, y eso es más antiguo que razonar. La ecuación se remonta al uso de la balanza. Y la balanza se remonta a la pregunta: ¿a quién quieres más a papá o a mamá?
A su vez esta pregunta tiene su origen en el hecho de que los hombres y las mujeres siempre se han peleado por todo, sobretodo por los hijos, haciéndoles, desde muy temprana edad tener que establecer esta ecuación primordial que es la base de todas las matemáticas, de la lógica aristotélica y del marxismo. Esta ecuación primordial establece una igualdad básica no entre hombre y mujer, como tan erróneamente suele interpretarse, sino una igualdad básica entre el padre y la madre. Los dos son humanos, los dos son adultos, los dos son mucho más fuertes y poderosos que yo. Por lo tanto, lo más prudente es querer a los dos por igual.
Lo que más sorprendió a los extraterrestres cuando empezaron a estudiarnos, fue nuestra obsesión por la simetría, por la igualdad, por la ecuación. Los órganos sensoriales de los extraterrestres pueden apreciar a primera vista todas las enormes diferencias que hay entre las dos alas de una mariposa. Pueden darse cuenta a primera vista de que las dos gotas de agua son distintas (porque no existen dos gotas de agua realmente iguales si no que esto es una apreciación puramente humana) o de que, debido a las imperfecciones del espejo, la imagen real y la virtual, especular, son ligeramente diferentes.
Ello sucede porque en su planeta la reproducción no es binaria si no que se realiza en grupos de siete individuos de siete sexos diferentes, que son los siete sexos que toda especie de seres vivos tiene en dicho planeta. Entonces cuando ellos aprecian las obras humanas, no sólo la pintura o la música si no también la filosofía, la economía o la política, siempre la sorprende lo que más es el hecho de que indefectiblemente en toda producción cultural humana siempre hay dos bandos, dos ideas enfrentadas… Pero siempre dos, mientras que en su planeta son siempre siete los puntos de vista o los extremos de una confrontación. De hecho, las palabras más difíciles de traducir al idioma de los extraterrestres son «no» y «si» ya que ellos lo tienen organizado con siete expresiones, de modo que para decir un si o un no humanos ellos tienen que usar una combinación de tres o cuatro palabras según el contexto de la frase extraterrestre en que se encuentre la expresión.
Ni que decir tiene que las ecuaciones de los extraterrestres son de siete términos, ya que sus antiguas balanzas no eran bilanzas sino heptalanzas.

Kepa Ríos Alday

LA ECUACIÓN

“Con una chuchara de palo les arrancaba los ojos a los cocodrilos”. Pero usted es un genio, le decía Freud a Lorca, mientras Gardel y el Che disfrutaban de la pasión y la humildad con la que hablaba el doctor.
La conversación esa mañana fue diferente, las nubes traían telas negras que anunciaban nuevas combinaciones.

Víctor Hugo, Madame Curie y Einstein intentaban imaginar la solución por la cual se pudiera transformar el corazón de algunos hombres.
Tampoco pudieron escribir mucho pues todas las mesas temblaban como intuyendo huracanes en las pupilas.

Johan Cruyff y Carilda Oliver Labra tenían su paseo matinal con Dostoievski que estaba convencido de poderles enseñar a hablar ruso.
Su trayecto fue más corto que otros días, la inquietud susurraba al oído del viento, recitando la respuesta a la ecuación invisible, tendrían un nuevo compañero en la eternidad.

Todos se quedaron callados cuando se abrió la puerta y apareció el 10.

Hernán Kozak

LA ECUACIÓN

  • Es más fuerte que tú- me dijo ella cuando le contaba la última pelea.
  • Sí, pero yo me defiendo como una tigresa.
  • Pero te ha dislocado la nariz, y tu ojo está morado.
  • Yo también le he hecho daño.
  • Sois unos burros.
  • Sí, pero esta vez empecé yo.
    Esta conversación tenía lugar en la cafetería de la parada de autobuses.
  • Y ¿por qué no aprovechas ahora que no está, coges tus cosas y te vas?
  • Pero ¿a donde voy a ir?
  • Cualquier lugar será mejor que vivir con él.
  • Ya lo sé, pero no tengo dinero.
  • Yo te dejaré hasta que puedas valerte por ti misma.
  • Pero no tengo casa.
  • Puedes venirte a la mía.
  • Pero no tengo fuerzas.
  • Yo te las daré.
  • Pero no tengo ganas.
  • Esa ecuación no la puedo resolver.

Pino Lorenzo

LA ECUACIÓN

En la gran estancia de techos altos y amplios ventanales, mientras se colocaba la pajarita en la camisa del frac, recordó aquella mañana de árboles plateados, aquel parque solitario en el que había desembocado tras escaparse de casa corriendo mientras sus padres se reprendían, algo que se repetía todos los domingos después de comer, desde hacía algún tiempo. Tiraba ligeras piedras al tobogán metálico, cuando se le acercó un anciano, preguntaba por un tipo de sapo, al cabo de un momento se dio cuenta que lo que quería el anciano era un poco de conversación. Se acercaron a un banco y allí empezó a conversar sobre los astros, luego pasó a hablar de la simplificación de fórmulas matemáticas, yo no entendía nada y le miraba con un poco de compasión. Decidió volver a casa y cuando se iba a despedir, el anciano le dijo: “desconfía de las raíces cuadradas en el denominador, tienes que despejarlo para alcanzar el infinito, llevarte lo que puedas al cociente”. Se lo quedó mirando perplejo, pensó que era un loco, repentinamente sacó un papel de su chaqueta y se lo entregó, le dijo que lo guardara, que lo mirara un ratito todas las tardes hasta comprender lo que le acababa de decir. Vacilante lo guardó en el bolsillo del pantalón y al llegar a casa lo colocó en el corcho de su dormitorio, junto con los otros papeles coloridos. Recodó que no volvió a prestarle atención hasta que un día en clase de física el profesor preguntó si entendían la ecuación, sorprendentemente Alberto se encontró levantando la mano y repitiendo las palabras que el anciano le dijo: “sobra la raíz cuadrada del denominador”, el profesor confuso le miró atentamente y dio por finalizada la clase. La semana siguiente lo llamó a su despacho y le dijo: tenías razón ¿de dónde has sacado el razonamiento? No supo contestarle, pero cuando llegó a casa buscó la ecuación que el anciano le ofreció, y estuvo mirándola todas las tardes hasta que un día comprendió que trataba de medir la distancia entre astros, se presentó al concurso de final de grado, fue el primero que ganó. Con el premio compró un telescopio del que hizo su herramienta de trabajo. Estaba en estos pensamientos distraídos, cuando alguien entró para recordarle que ya era hora de recoger su galardón, en el bolsillo de su chaqueta llevaba un papel blanco que no dejó de tocar hasta que el aplauso cerró el acto.

Ana Velasco

LA ECUACIÓN

Hoy es domingo y estoy cansada. Llevo todo el día tratando de resolver la ecuación que nos mandó la profesora como tarea y no lo he conseguido. Quizás si le pido ayuda a mi padre, tal vez… Pensar en pedir ayuda me ha tranquilizado. Voy a probar de nuevo.
Saqué el cuaderno, el lapicero, y una goma. La casa estaba tranquila. Mis padres seguramente estarían leyendo. Miré la ecuación y me pareció posible. Cuando me di cuenta, la había resuelto felizmente. Ni me acordaba del mal día que había pasado, era como si recién me hubiese puesto a hacer las tareas y me hubiesen salido a la primera.

Cruz González Cardeñosa

LA ECUACIÓN

Si dos más dos son cuatro y las carreteras sirven para comunicar dos puntos territoriales, para qué seguir fingiendo que necesitamos satélites y naves intergalácticas que nos acerquen a otros seres, ¿no tenemos suficiente con los vecinos? Sí, esos habitantes con los que compartimos tabique, los que cuando nadie lo espera, hacen disonantes ruidos que, en muchos casos, nos transportan imaginariamente a una escena rocambolesca.

La ecuación no me sale, lo intento, pero no me sale, no me dan los números, no son suficientes las infinitas combinaciones de las estratégicas nucleares para perder el miedo a las palabras largas, sí amigo, esternocleidomastoideo nos da miedo, pronunciarla, sí, es irracional, pero existe y se llama hipopotomonstrosesquipedaliofobia. Nada tiene sentido cuando nos invaden los sentimientos, ni dos más dos son 4, ni las carreteras comunican nada. A veces, seguir queriendo conquistar el extra mundo es lo único que tiene sentido.

Magdalena Salamanca


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