VÍSPERA DE FIESTA

VÍSPERA DE FIESTA

Al amanecer, la cuarta dimensión no es un pájaro celeste ni el espacio de un cuerpo libre. Allí, sabemos que las estrellas tienen una mirada nutrida por los vigorosos rayos del universo. Imaginen, una estrella despojada de un instante de espacio, a solas sin crepúsculo, como en reposo, mirando las flores, el arroyo del alma que suspira, el tibio zaguán y los codos como tirachinas perpetuando el asalto del fin.

Cada víspera de fiesta se arroja la cuarta dimensión a los pies del transeúnte, como señal dilatada a la orilla del alba nueva. Lleva bosques sin prisa de alegres crecimientos amasando el fecundo trabajo del pan. La nave adelanta la sangre del camino, hay un olor a frenesí, a rumbo envuelto en la audacia de mañana. Imaginen, alas de tiempo para el flanco del amor.
Eso han dicho a los hombres: en víspera de fiesta, todo transeúnte es llamado por su propia voz a desintegrar lo que le oprime, la firma de la voluntad, la encarnada ilusión.
Cuando, abandonadas la justicia por frívola y la honda fe por amarga, la fuerte alianza de misterio y repetición clava la estrella en su órbita.

Clémence Loonis

VÍSPERA DE FIESTA

Hay duendes que cuando los llamas, vienen…
Son personas que detectan lo que uno esta pensando, algo así como
superhéroes sin disfraz, muy pequeños de formas, pero que alcanzan
verdades geniales.
Llegan, con la idea de robarte una sonrisa, de tocar un poco tu ilusión
y desde ahí, lograr que ese momento no se olvide más.
En Madrid, hay voces que se quieren reinventar, que están
desesperadas de tanto silencio, que prefieren morir de algún virus a
morir en soledad.
Y ahora vienen las fiestas, se comenta, todo el mundo enloquece,
algunos palpitan lo que será su ultima curda, otros la toman como
excusa perfecta para volcar.
Nos llenan de luces las calles, los comercios nos invitan a comprar,
pero nos dicen que todos en casita a mamarla y si no te gusta es tu
problema.
Entonces regalos ¿porqué?, ¿para quién, para el gato?
Juan, no tiene a quien regalarle, señores, y puso un anuncio en Internet
que dice:
Se busca persona de entre 40 a 50 años que tenga ganas de sentir mi
calor y cercanía, preferentemente mujer, no hace falta que sepa
cocinar, pero es fundamental que se quiera divertir.
Estamos a 15 de diciembre y por el momento le respondieron dos
personas, un hombre con muchas plumas, aburrido y una docente
retirada que ya no desea ni ver el sol.
Está jodida la cosa, Juan, está jodida….
Anda a ver a mi coordinadora del taller y posiblemente ella te ayude a
redactar mejor tu anuncio, quedan pocos días, dale…
La fue a ver. Hizo un nuevo anuncio que logró que muchas personas,
hombres, mujeres, abuelas viudas, abuelos aburridos, le escribieran
para pasar las fiestas juntos.
El hombre estaba que volaba, ahora le tocaba elegir…
Fue a mirar el BOE, por si había algún cambio, ahora tenía la
oportunidad de su vida y quería invitar a todos los que podía, pero
sólo le dejaron 5 invitados, con él 6.
Pero claro, tenían que dormir en su casa.
Estas vísperas están siendo complicadas para algunos ¿no?

Leandro Briscioli

VÍSPERA DE FIESTA

Era un día casi normal, aunque al día siguiente era la gran fiesta.

  • Este año, sí que sí. Pensaba Marta mientras se disponía a elaborar un pastel para el acontecimiento.
  • Sí que sí ¿qué? Le preguntó Juan entrando en la cocina.
  • Nada, que por fin este año vendrán mis padres a la gran fiesta
  • ¿Sí? ¿Cómo lo has logrado?
  • La verdad no he sido yo, Jesús ha intervenido.
  • Tenemos un jefe estupendo.
  • Ya. Algunos se sorprenderán cuando aparezcan, nadie los espera. Desde que murieron hace 15 años, nunca hemos podido celebrar la gran fiesta con ellos.
  • Bueno, esta vez vamos nosotros a celebrar la gran fiesta con ellos.
  • Lo importante es que estaremos todos juntos.
  • Pues yo preferiría que siguieran faltando a nuestro aniversario.
  • También es su aniversario, nosotros nos casamos, pero ellos murieron. ¡Ay! Si mi padre no hubiera bebido tanto…
  • Bueno, pero lo pasaron fenomenal, fue una gran fiesta.

Ring, ring, ring…
Cariño, cariño, despierta. Feliz aniversario, ya he preparado el desayuno, tus padres y los míos están a punto de llegar, ya son casi las 12.
Prepárate, hoy es la gran fiesta.

Magdalena Salamanca

VÍSPERA DE FIESTA

Tres años en una cárcel de Siberia por haberles robado a unos huérfanos sus últimos trozos de pan.
Si a eso se le sumas que apenas sé leer ni escribir y que la higiene para mí es un concepto difícil, tenía muy complicado encontrar un trabajo.
Dado que era la víspera de la gran fiesta y, aunque no me gustaba mucho utilizar influencias, tuve que pedirle un favor a la familia.
Había oído que necesitaban gente con urgencia. Veinticuatro horas sin descanso y recorriendo todos los lugares posibles e imposibles del mundo.
Me puse los vaqueros, el gorro rojo y esperé que me llamaran. Alguien dijo mi nombre:
Secundino Noel, pase por favor.

Hernán Kozak

VÍSPERA DE FIESTA

Hacía tiempo que Adela apenas salía de casa, sus paseos eran por las ventanas desde dónde observaba la calle y escrudiñaba a los viandantes, conocía a todo el barrio, la calle era un magma de personal: los que vendían oro, los que salían del mercado de abastos, los que siempre se paraban en la zapatería de Reyes… y los que al caer el día ponían su pequeño puesto de aguacates o cilandro en una esquina de la calle. Aquella tarde se había fijado en Andrés, el antiguo portero del Centro Cultural que Tetuán, desde que sufrió el desahució se le veía un poco desarreglado, pero no descuidaba las citas del domingo con Aurora, la ceramista a la que tantas veces arregló el torno, la misma que acariciaba su cuerpo como si trabajara la arcilla. Lo vio salir de los baños públicos (una reliquia que aún no habían cerrado), le brillaba la barba y parecía un doncel. Adela se sonrió y dijo: ¡listo para mañana!

Ana Velasco

VÍSPERA DE FIESTA

Mariano López caminaba con paso ágil por la calle principal de la ciudad de camino a su casa. No quería ver a nadie. Hubiera preferido elegir otra calle menos concurrida, pero su ensimismamiento lo desorientó. Las luces de Navidad le aturdían y le nublaban la visión. Enormes arcos góticos iluminados por múltiples colores cubrían toda la calle. Los comercios estaban abarrotados y había enanos por todas partes, hablaban y se reían animosamente, fotografiándose con toda la iluminaria de fondo, nadie llevaba mascarilla. Se besaban y abrazaban sin control. Parecían estar todos locos.
Mariano estaba ajeno a toda aquella algarabía. Oía el murmullo del gentío como lejano, muy lejano. Las pastillas para la depresión que le había recetado el médico de cabecera no le ayudaban a vivir, simplemente le mantenían con sus constantes vitales. Hoy dejaría de tomarlas. Por fin.
Llegó a su casa. Un emblemático edificio del siglo XIX con elegantes balcones y filigranas. Miró hacía el cuarto piso. Se veían las ostentosas cortinas que la Feli había puesto aconsejada por un decorador chino y que les había costado un ojo de la cara. Su mujer vivía ajena a la realidad. Estaban en la ruina y ella aún no se había dado cuenta. Seguía con su vida social y de apariencia en el club de golf aferrada a la tarjeta de crédito y despilfarrando algunos fondos de reserva que Mariano, con más sentido común había guardado por si acaso las cosas empezaban a ir mal. El negocio del juego ya no daba beneficios. Felisa, como se llamaba en realidad su esposa, era una mujer de barrio a la que no le gustaba que le recordaran sus humildes orígenes. Había renunciado a su pasado y se hacía llamar Filu entre sus amigas. No habían podido tener hijos y él sentía una enorme deuda con ella. La prometió la vida de una reina y al final Felisa se había convertido en una gran chiquilla malcriada a la que no se atrevía a abandonar.
Su mujer no estaba en casa. Se dispuso a escribir una ridícula nota que no pudo escribir por qué no encontró con qué. Se cambió de ropa. Se quedó desnudo y buscó su miembro, pero no lo encontró. No tenía. Tomó dos copas de vino, tres ansiolíticos y esperó veinte minutos para estar algo aturdido. Tenía planeado todo un procedimiento para poder llevar a cabo su heroica acción.
Abrió la ventana de par en par y apartó las horrendas cortinas barrocas. El frío de la noche se coló en la instancia. Sin pensarlo un instante se arrojó al vacío. Antes de saltar, estaba convencido de que le daría un infarto y en pocos segundos estaría de bruces en el suelo. Pero no…no fue así. Todo fue diferente a como lo había pensado. Empezó a moverse ligero como una pluma, subía y bajaba a su voluntad. Algo le pesaba en la espalda. Tenía alas. Unas enormes alas azules. Miró curioso por las ventanas de las azoteas, en aquella noche oscura, pudo ver a sus ocupantes esclavos de sus míseras vidas. Se reía a carcajadas. –“¡Soy libre, libre como un pájaro!”- gritó. Su piel empezó a hacerse jirones, no sentía dolor. Una nueva y más fuerte de metal dorado surgía a gran velocidad. Ascendió más allá de la tierra. Por fin sabría a dónde iban los globos de colores que los niños pierden en los días de fiesta. Subía y subía… y una lluvia fina le mojaba la cara. Abrió los ojos de par en par. Estaba empapado en sudor.

  • “Menos mal. Parece que vuelve en sí”- le dijo una azafata a otra. –“Disculpe, Sr. López, no me ha quedado más remedio que echarle agua en la cara. Estaba Usted profundamente dormido. No hemos llamado al doctor de milagro. Ya estamos en el aeropuerto de Barcelona. Su vuelo a Dubái sale en unas horas. Tiene que darse prisa”.
    Cogió sus pocas pertenencias y emprendió un ligero trote a la terminal, sin dejar de pensar en su extraño sueño. Encendió el móvil. Tenía varios mensajes. Todo ellos de su mujer preguntándole si había encargado el marisco para la cena de Nochebuena. –“Lo siento querida. Hay patatas suficientes en la alacena”-la respondió escuetamente y apagó el móvil.
    Antes de embarcar, miro en el bolsillo de su camisa interior. Allí estaba, podía palpar con sumo gusto el boleto de lotería premiado con el gordo de Navidad. Ni más ni menos que el primer premio. No pensaba dejar de volar libre hasta que no le quedara un solo euro. Mañana era fiesta, una fiesta que duraría un largo tiempo.

Maria González

VÍSPERA DE FIESTA

Era víspera de fiesta. No estaba permitido salir más allá de la demarcación de cada comunidad. Estaba un poco triste porque mis amigos se habían ido de vacaciones a sus comunidades y no podía visitarlos pues ellos también estaban encerrados dentro de su círculo comunitario.
Para el día siguiente había planeado, ya que no podía salir, quedarme en casa ordenando los miles de papeles que durante el primer trimestre del curso había acumulado. No fue posible.
A las siete de la mañana me llamó mi hermano para recordarme el cumpleaños de mi madre: No puedes faltar -me dijo-, ayer se pasó todo el día cocinando y compró una tarta con un cartel que dice: «hasta los 100 años no paro».

Cruz González Cardeñosa

VÍSPERA DE FIESTA

Noviembre se iba abalanzando sobre todos nosotros y las fiestas comenzaban a hacer lo mismo. Noviembre era emocionante, se anticipaban todas las fiestas y las celebraciones. Este año irían a ser sonadas, la gente tenía ganas de divertirse a pesar de todo y eso se veía en los bares y calles abiertos justo hasta las 12 de la noche en estos días de confinamiento perimetral en casi todas las ciudades de España. La gente apuraba hasta el último minuto. En los bares los tenían que echar, también a aquellos amantes que escondían su amor en pequeños reductos gastronómicos, un genial pretexto para encontrarse sin levantar ninguna sospecha.
Víspera de fiesta. Pensó que comenzaría a festejar desde ya. No sabía exactamente que celebraba, probablemente la vida…
Sobrevivir en el planeta tierra después del virus, que todavía no había abandonado ningún lugar y se escondía en cualquier tacto o roce manual de la puerta de cualquier lugar. Camuflado en cualquier minúsculo sitio.
También era una forma de vida, muy bestial, la verdad. Poco civilizada en general.
¿Era vida? ¿Había una sola clase de vida?
Vida era la de las palabras que sobrevivirían al azote del virus, pensó.
Víspera de fiesta que duraría más de un mes, mucho tiempo en un Madrid confinado y caótico, con la muerte visitando todos los resquicios de la vida de los que ya quieren o han decidido huir.

Paola Duchên

VÍSPERA DE FIESTA

Estamos a un mes de la llegada de las fiestas de navidad y en la peluquería no se habla de otra cosa que de las vísperas de fiestas.
A las más mayores les preocupa que este año sea diferente, la incertidumbre de no saber si las dejarán juntarse en las casas con los hijos, nietos, etc.
La gente más joven se queja de que no podrán salir a celebrar la llegada del año nuevo y los que tienen negocios de hostelería se preocupan, ¡cómo no! de la ruina que este año será para ellos no poder abrir sus bares, restaurantes, discotecas etc.
Y nosotras en la peluquería deseamos que, aunque sean unas fiestas diferentes, la gente se anime y venga a ponerse guapa, que también es importante cuidarse para uno mismo.

Yolanda Hernández

VÍSPERA DE FIESTA

Aquella mañana nos habíamos levantado con los ojos rebosantes de ilusión. Era víspera de fiesta. De modo inesperado, comenzó a surgir de entre las pareces una dulce melodía de piano, que envolvía por completo al ambiente. ¿Qué ocurre nos preguntamos? ¿quién toca el piano? Entonces, una voz nos respondió de entre la tierra, somos raíces de cantos de sirena, y sin más nos abrazaron para transportarnos a través de un anaranjado cielo, con paisajes fantásticos. De pronto, nos adentramos en un bosque, allí nos abandonaron sin la mayor vacilación. Dejamos de escuchar el piano, todo estaba oscuro. Sorprendidos comenzamos a caminar. Enseguida nos encontramos con un pequeño farolillo alumbrando tenuemente un cartel donde se leía: “La fiesta ha comenzado”.

Paqui Robles.

VISPERA DE FIESTA
Qué extraña la noche, cómo transforma los sentidos. Entre las sombras se recortan almas felinas que acechan la oscuridad y comienzan a separarse de la vida exacta con marca páginas de libros: un Apollinaire, un Germán Pardo, Gerardo Diego, Bukovsky…. Los búhos que nunca volaron están ahí como tangos oxidados, en la rebelión de la noche. Hay corrupción de luz, se alza un prostíbulo de versos. Un hombre regresa. Es el nocturno de la ventana. Con olor a limón, de la cabeza a los muslos un tranvía le cruza, llamándole: ¡Víspera de fiesta! ¡Recojan sus enseres y aticen sus galácticas venganzas! ¿No ven que la vida es para vivirla y no estar en un estanque de agua?

Laura López


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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