EL ANDALUZ

EL ANDALUZ

Ese hombre que caminaba erguido, sostenido por el asfalto y
algunas nostalgias, era un tipo curioso.
Cada mañana, le daba de comer a sus perros y sus caballos, de
una manera muy especial.
Les cantaba y parecía que los animales entendían lo que les estaba
diciendo o algo así.
Después de este ritual diario, el hombre desayunaba, se vestía y
salía a la calle a buscarse la vida.
Siempre encontraba alguna changa, algo que le permita llevar el
pan a su casa.
Tenía mujer y 3 hijos chicos.
Ella se quedaba en casa atendiendo a los hijos y educándolos.
Él volvía tipo 19 h a casa, cenaba con su familia temprano y
arrancaba para su tablado.
Cuando llegaba, era como si, de repente, se convirtiera en alguien
muy especial, allí, todos lo idolatraban.
Cuando llegaba decían las voces del local: Llegó el andaluz,
podemos empezar.
El hombre se dirigía a la barra buscando una copa de vino que lo
entonara un poco y así poder manejarse de mejor manera.
La gente lo miraba, era un hombre deseado ahí.
Él miraba y saludaba a todo el mundo, siempre tenía una sonrisa
para regalar y cuando subía al escenario, cautivaba a todo el
mundo por igual.
Así se paso 30 años de su vida hasta que la edad, que nunca
perdona, le empezó a demostrar que ya no estaba para esos trotes,
que el cuerpo habla aunque no lo podamos escuchar.
Fue entonces cuando se fue de la escena, dejó las luces y los
encantos nocturnos y así, poco a poco, se fue muriendo cada día
un poco más…
Ese Andaluz, era una cosa de locos….
Buen viaje, artista…

Leandro Briscioli

EL ANDALUZ

Se creía que era de allí, pero la vida le fue trasladando de pueblo en pueblo, a lo largo de la línea del ecuador hasta que un día, por el azar mismo, se encontró en un pueblo de una pequeña ciudad del sur de España. Él se creía importante para el mundo, pero la verdad era que nadie le conocía en esa pequeña población. Cabra se llamaba, más de 20.000 habitantes, en el centro de Andalucía, geoparque para Unesco, pero su riqueza centrada en el olivo excede las posibles constelaciones de lo que nadie puede ostentar. Su cielo estrellado trazaba armas a destajo de un lado a otro del horizonte y cada de los satélites vecinos, orbitaban a escondidas de los ojos de los vecinos como si una brigada de espionaje ruso interceptara las conversaciones de sus oriundos. Nadie sabía de nadie su origen y su domicilio habitual, todos y cada uno eran extranjeros, extraños, expatriados en su ciudad natal.
Nuestro amigo transitaba los senderos de las latitudes de Cabra como si del universo hubiera obtenido alguna fuerza extra natural, sobrenatural, infra corpórea. Ni él mismo daba explicación a su deambulación obstinada y compulsa alrededor de los parajes de Cabra. Algunos de los residentes observaban su comportamiento, pero las luces que se reflejaban en el cielo aturdían los pensamientos de aquel extranjero que nunca supo ni para qué ni porqué había llegado allí. Días después las noticias nacionales alertaban a la población de Córdoba un posible avistamiento ovni. Un ser capaz de caminar sin rumbo, pero con armonía, podía haber descansado de su trayectoria espacial a la altura de Córdoba, pero nunca nadie pudo hablar con él. Aún todavía deambula disfrazado estratégicamente ante los ojos de los lugareños. Nadie dice nada porque desde que apareció los olivos dan las mejores olivas del mundo.

Magdalena Salamanca

EL ANDALUZ

Ya mataron al Pernales,
ladrón en Andalucía,
el que a los ricos robaba,
y a los pobres socorría.

En esa época era habitual el robo de niños a las familias muy pobres. Y para que ustedes sepan, los niños no sienten el dolor como los adultos. ¿No han escuchado ustedes nunca eso de que si los dientes nos saliesen de adultos nos volveríamos locos del dolor? Pues eso los niños no lo sienten.
En mi espalda tengo la marca de un duro que me hizo mi padre con una moneda candente cuando yo, con menos de un año, estaba en la cuna durmiendo. ¿Ustedes creen que yo me acuerdo de aquel dolor o que le puedo guardar algún rencor a mi padre por aquello?
Mi padre me quería. Si me hizo esa marca era por mi bien. Porque él pensaba que era mejor para mi recibir educación de cabrero que de alguacil. El cabrero es más feliz porque sabe conseguirse el sustento sin fastidiar a nadie. Esa es la auténtica honradez. Por eso mismo yo marqué a mis hijas, no por crueldad como andan diciendo por ahí. Las marqué para protegerlas, para que no me las lleven y me las conviertan en monjas o esposas de algún caciquillo de estos que hay por Andalucía.

Kepa Ríos Alday

LA ANDALUZA

Habíamos decidido celebrar la despedida de soltero de Paco en Málaga, la aventura del Ave y las ganas de divertirse de los andaluces hicieron que cuando Antonio nos propuso el plan, todos dijéramos que si antes de que terminara la segunda frase.
Por cuestiones de trabajo, llegué por la noche, así que fui rápido al hotel, me cambié y salí para el restaurante.
Primera calle a la izquierda, segunda a la derecha y al enfilar la gran avenida la vi, ella también me vio.
Aunque estábamos lejos no paraba de mirarme. Creo que había elegido bien, camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados, traje azul marino un tanto ajustado y zapatos marrones, quizá me había pasado algo con el perfume.
Seguía devorándome con la mirada, no me lo podía creer, con un poco de suerte me perdería el primer día con mis amigos.
Cuando estuvimos a un metro de distancia, se paró un segundo y me dijo:
-Tú, espabilao, cuidao, que no llevas mascarilla.

Hernán Kozak

EL ANDALUZ

Esa tarde jugaron a lo bárbaro en el mapamundi de su habitación.
– En este momento hay un hombre herido en algún lugar – dijo el chico del jersey azul.
– ¿Dónde? – preguntó con ansiedad el otro.
– ¡Quién lo sabe! – se encogió de hombros con una sonrisa enigmática.
Hizo girar velozmente el mapamundi esférico y recorrió países y ciudades. ¿Dónde habría un hombre herido? Miró por el mar, por lejanos territorios, desiertos… De pronto, apareció. Era la figura de un joven solitario. Fue en un olivar de Jaén. Las aceitunas rodaban por el suelo como un manto de cantos rodados a la vera de un río. Al pie se encontraba segregado, apartado de la cuadrilla, como si quisiera olvidarles o no verles nunca. Les miró a los muchachos y les dijo ¡venid, escuchadme! ¡Soy Paco Martínez y vivo desesperado! Tengo heridas en mis manos.
Se acercaron a sus manos y vieron los surcos de su vida: la familia hundida en el vapor de los alcoholes, la beca que le habían rechazado el pasado año, su hermana que comenzaba a mocear, como decían en el pueblo, y él intacto, con un aserradero en la cabeza, atlético macho, hundiendo sus manos en las semillas de los campos.
Los muchachos se apartaron asustados, pudieron soportar sus blindados hombros, la sombra de un cambio, y comenzaron a sentir que, en algún lugar del mundo en todo momento, un hombre tenía heridas en sus manos. Era andaluz pero el mapamundi giraba en el cuarto. La merienda estaba lista: zumo y bocata de mortadela con aceitunas.

Laura López

EL ANDALUZ

Prudencio echó un último vistazo al local. Contempló la barra vacía, los tiradores de cerveza mudos y las cristaleras sin enseres. Tan sólo quedaba una estampa de San Pancracio. – “¿Dime, acaso, no te puse perejil suficiente?”- le gritó enfurecido. Cortó la luz y el agua. – “Las fugas son como las termitas: dañinas y silenciosas. Solo faltaba que tuviera que llamar al seguro…no me veo con fuerzas suficientes…”-
Había heredado el bar de su padre, en una céntrica, aunque poco concurrida calle de Palencia. En el barrio de Santa Marina. En otros tiempos, su madre, una excelente cocinera, preparaba unas suculentas mollejas en salsa que eran la especialidad de la casa y hacían la delicia de los vecinos a la hora del almuerzo y el aperitivo. Incluso venían de otros barrios a deleitarse. Desde buena mañana, el olor a comida recién hecha inundaba los alrededores e invitaba a entrar en el local a cualquier transeúnte. Siempre estaba concurrido. La tarde, se llenaba con dilatadas partidas de mus. Los jubilados tomaban café y los más afortunados se permitían el lujo de tomar algún carajillo que otro. Esa había sido su vida. Se había hecho un hombre entre todas aquellas personas del vecindario y sus chascarrillos. Ahora con medio siglo encima, no sabía ni quién era, ni que dirección tomar. Se sentía profundamente triste. Cuando pensaba en el futuro, una sensación de opresión en el pecho se apoderaba de él y le impedía respirar.
Lo ocurrido en los últimos años había sido devastador. El miedo, se había apoderado de la gente. Pese a que ya no se corría ningún peligro, las calles estaban más vacías que años atrás. Muchos de los clientes habituales, se habían ido y los nuevos aires de cocina de autor y comida saludable no hacían de las mollejas y la freiduría la mejor de las opciones. El negocio, no acababa de remontar. Añoraba los viejos tiempos. Estaba desesperado.
Como cada noche, terminó de cenar y se acomodó en el sofá. Nana, su gata, se acochó a su lado y ronroneó. Sentir la profunda respiración del animal y la suavidad de su pelo le proporcionaban una efímera paz. Pasó los canales de televisión a toda velocidad. No encontró nada interesante. Ya había llegado a las autonómicas. Siempre al final. En TV Andalucía, estaba hablando una psicoanalista. Se llamaba Laura. Le llamó la atención su marcado acento andaluz, alegre y pizpireto y sus expresivos ojos. Parecía mostrar el entusiasmo por la vida que a él le faltaba. Sin saber por qué se mantuvo enganchado durante toda la entrevista.
Durante los días siguientes, no dejó de pensar en aquella mujer y en algunas de las frases que había dicho: – “capacidad para sustituir, comience su psicoanálisis para vivir mejor, le atenderé personalmente on line…”- Combinó estas frases de todas las maneras posibles, acompañadas de múltiples dudas, ¿qué será eso del psicoanálisis?, ¿cómo será la terapia on line?, ¿será efectiva? Buscó en internet y encontró varios testimonios de personas a las que Laura había ayudado. Cuanto más buscaba, más dudas tenía. Aunque realmente… ya no tenía nada que perder, sólo le quedaba su vida y unos pocos ahorros.
Era el primer domingo de diciembre. Habían pasado dos años desde que cerró el negocio. Prudencio, se encontraba vestido con sus mejores galas. Estaban los medios de comunicación locales, sus mejores amigos y Lola la mujer con la que llevaba saliendo unos meses. Cuando todos estuvieron presentes, un rótulo luminoso dio paso a los aplausos de los asistentes. “Prudencio Ortega. Delicias caseras”. Contempló con emoción el resultado de su trabajo. Pero no el de los pintores, electricistas o decoradores. Lo que realmente le conmovía, era el trabajo realizado con aquella mujer que hablaba en andaluz y que casualmente encontró viendo la televisión en uno de sus peores momentos.
A la mañana siguiente, a las nueve en punto, cuando todas las redes sociales palentinas se hacían eco del nuevo local gastronómico de moda. Prudencio, ajeno a las opiniones de los demás, se instalaba en el sillón comprado especialmente para su terapia con Laura. Nunca hubiera podido imaginar, encontrar en tan reducido espacio y sin salir de su casa el camino que buscaba.

María González

EL ANDALUZ

Francisco Carmona era un comercial gaditano de ultramarinos que distribuía las mejores especias importadas de Latinoamérica por las provincias andaluzas. Su mujer se llamaba Marisa y detestaba el olor de especias que se filtraba por la ventana de su cocina, sobre todo cuando la vecina de enfrente se ocupaba de preparar la comida de los domingos. En una ocasión que Marisa le preguntó cómo cocinaba ella el bacalao al horno, la vecina le contestó con salero que ella lo hacía con algo que Francisco, que era muy solícito con ella, le traía de La Habana.

  • ¿Cómo? ¿Que mi Paco eh zolícito contigo? -dijo Marisa. Pué que tenga musho cuidao, no cea que de zolícito, ce quee en zolito. Y las dos se echaron a reír al unísono.

Antonia López

EL ANDALUZ

  • ¿Quién es ése? No lo había visto nunca.
  • Ni idea, no lo había visto nunca.
  • Vaya. ¿Y cómo nos vamos a enterar de quién es?
  • ¿Por qué no le preguntas?
  • No sé, así sin más. ¿Qué le digo? «Hola, ¿me puedes decir quién eres?»
  • Tío, tienes que ser más sutil. ¿Por qué no comienzas por presentarte?
  • Y luego qué.
  • Luego sigues hablando.
  • ¿De qué?
  • Depende de cómo te conteste. Vamos anímate.
  • Está bien.
    La mujer va hacia el desconocido y se presenta. Hablan por más de media hora. Cuando regresa donde estaban sus amigos, estos le preguntan si averiguó algo.
    -Se llama Luis, pero le llaman «el andaluz» porque nació en Jaén y sus padres y sus abuelos también.
  • ¿Estás más tranquila?
  • Sí, pero no pude averiguar cuál es su profesión ni si tiene novia.
  • Pero ¿tú quieres saber quién es o estás pensando en casarte?

Cruz González Cardeñosa

EL ANDALUZ

Salí a la calle, hacía un frío espantoso, de esos que paralizan las facciones, una congelación facial que te deja huérfana. Crucé rápido, extendí los brazos y agradecí. Le había dicho que volver no era la mejor opción, mejor ir.
Los encuentros nocturnos son maravillosos, temblor por temblor, pero elijo la luz de día, es eterna.
Y cuando deambulas por las calles, ves que los pies están asentados, que el calor parece idéntico para todos. Se escucha, cuando se puede, el latir de las palabras: esquina, anciana, mano, minuto. Fábulas que han recogido un sin fin de vidas. Todos, las mismas palabras en boca: lo malo, el sudor, la sangre, lo blanco, y se abren los ríos, los arroyos, los arrollitos, no hay puertos ni mar, sólo esa navegación palpitante, cálida.
Y el andaluz preguntaría:
¿De quién es?
¿Del portal que hiere lo ajeno? ¿Del negro contento porque en sus dedos flamea el ritmo? ¿De quién la palma de la mano?
¿Habrá más allá de la espuma y la estrella?
Y yo gritaba:

  • Nosotros, es nuestro, como la aurora y el fuego, la manzana mariposa, el olor de la piedra, la muchacha que baila.

Así que a retratar la pieza con sus escombros, sus modas, antes del robusto nacer, durante el cortejo. Retratar que al amor se le pone moños y se lo saca al escenario categórico. Y con tanto minimalismo, nos quedamos asesinando la sopa fría, el zapato gastado como si estuviésemos viviendo. Matar, matar a cualquiera, y para uno mismo, el último espectáculo, sin salir.
Siempre se trata de partir, despedirse del instante.

Clémence Loonis


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