EL SALVOCONDUCTO

EL SALVOCONDUCTO

Me lo había avisado. Allí vigilan tus idas y venidas y las de cualquiera que pase por allí.
La grabación queda registrada en una caja fuerte durante 30 días, después pasa a otro centro de almacenamiento.
En la universidad, hay un departamento de investigación, en la facultad de las ciencias del comportamiento, que estudia esas grabaciones para establecer prototipos.
Cómo se entra de una casa, cómo se cierra la puerta, si se hace acompañado, si se comenta algo al entrar o al salir, etc.
Por ejemplo, habían descubierto que al salir acompañado de una casa siempre se hacía hablando, de allí la fácil deducción que era por la expectativa de la salida. Vivíamos desde hacía más de 20 años encerrados en nuestras casas con 5 salidas autorizadas al mes.
No llegó así de golpe, las autoridades fueron disminuyendo el número de autorizaciones a medida que perdíamos nuestra capacidad de amar.
En los supermercados, los hospitales, de la mano de los médicos a domicilio, conseguían un registro de esa capacidad. Era muy difícil zafarse del registro.
Tenían un protocolo con preguntas; recuerdo que me preguntaron si todavía pensaba en mi madre, si me gustaba mi trabajo, si me solía pelear con desconocidos, si me ocupaba de vidas ajenas, si cocinaba, en fin… una variedad de preguntas imprevisibles, además con los que respondían sinceramente se pusieron más estrictos. Tenían que elaborar respuestas, reflexionar en el papel, y hacía poco que sabíamos, por nuestro vecino de la derecha con quien comunicábamos a través del armario, que su hijo mandaba a modo de reflexión un poema, que había conseguido un salvoconducto para salir una vez más al mes. Por ahora, la noticia no se había difundido.

Clémence Loonis

SALVOCONDUCTO

Este conducto no lo salvó ni Ayuso ni Illa, ni la madre de ambos, pactos de paganas y absurdas riñas infantiles, comedores de caridad repletos de familias adineradas que se bañan en el recuerdo de sus fortunas, los pobres siguen siendo pobres pero el número se ha incrementado considerablemente. Algunos, los más… hábiles, nadan en aguas de abundancia y la marea crece. Ahhh…. ¡Qué buen panorama asola a los carroñeros!

Salvar ¿qué? Aún hay algo que salvar, supongo que sí, diría un optimista arrepentido, las manchas que dejan a su paso los más poderosos son como esa sombra que muestra una resonancia en el cerebro conquistado por sus propias mutaciones.

Hay conductos, vías, grandes avenidas donde las aceras crecen para asolar los dineros, usted sí, usted no, bueno, pero si reside en las manchas rojas de la capital, quédese en su vertedero, el olor no deja de expandirse, cierre puertas y ventanas y, por favor, NO TRABAJE, la inactividad le matará antes.

Magdalena Salamanca Gallego

EL SALVOCONDUCTO.

Guarda tus juguetes y vete a dormir.
Esa fue la última frase que le dijo a su hija antes de que entraran en su casa los agentes de la sexta división.
Lo llevaron al bosque, descalzo, en pijama y rodeado de treinta desconocidos tan asustados como él.
Al llegar la noche encontró un momento donde sólo la oscuridad podía verlo, aprovecho su oportunidad y escapo.
Quince minutos después, un policía en su segundo día de servicio, le dio el alto, le registró los bolsillos y encontró un salvoconducto hecho con las marcas de uno de los sellos que tenía la caja de inventos que le habían regalado a la niña por su cumpleaños. Parte de un juego que nunca imaginó la importancia que cobraría.
Uno estaba tan asustado que no quiso pasar más allá del tiempo necesario para poder dejar a ese hombre en libertad y el otro con la templanza de una hoja pérdida en la tormenta sólo pudo guardar silencio y esquivar la mirada.
Así continuó su camino y volvió para contarle al mundo lo que estaba sucediendo.

Hernán Kozak

EL SALVOCONDUCTO
La noche se echaba encima. Era como un manto devora-hombres que los convertía en perdigones nocturnos, bultos desconocidos que apremiaban el ritmo. Los tambores comenzaron a tocar. El tam tam latía y los corazones se aceleraban. El sol había saltado al mar. Todo iluminado, hacía de día, pero opacado. Las canoas remaban. Ya no eran bultos. A las sombras se las tragaba el mar y las cabezas de las mujeres eran satélites de un universo extraño. No querían dormir bajo el terror de la máquina de fabricación de guerras. Empacaron sus cosas y a los niños, que silenciosos comprendían. Hicieron del amor un salvoconducto. Lúbricas las estrellas, los hombres comenzaron a enterrar sus hachas. El tam tam se proclamó distinto y saltaron al mar.

Laura López

EL SALVOCONDUCTO
A las doce terminó de trabajar, y María quedó, por fin, libre. En aquellos tiempos donde nadie sabía lo que pasaría al día siguiente, prefería estar en casa. No la trataban mal; tenía seguridad social y vacaciones anuales.
Esa noche no había aparecido el Sr. Gómez. Sin embargo, habido ocasiones en que lo hacía cinco minutos antes de terminar su turno, y eso la angustiaba.
Desde hacía 10 años solo la elegía a ella, habiendo contratado que María no tuviese ningún cliente más.
Las compañeras la envidiaban, ya que el señor Gómez no venía todas las noches.
Cuando venía siempre hacía lo mismo, pedía lo mismo, descargaba lo mismo. Nunca una palabra bonita o agradable, un chiste o una ironía.
Un día perimetraron la ciudad de Madrid, y María se alegró de que, por fin, se libraría del Sr Gómez.
Sin embargo, aquella mañana ya estaba allí. Un salvoconducto le permitía salir. Su justificación: descargar residuos tóxicos en la planta de Navalcarnero.

Pino Lorenzo

EL SALVOCONDUCTO

Preso del pánico minutos antes de la ejecución, el preso número 157 cayó en un profundo sopor.
Llegada la hora, no fue necesario que nadie le despertara para comunicarle la conmutación de su pena.

Antonia López

EL SALVOCONDUCTO

Temeroso de su conducta se esconde entre la noche. Viaja sumergido en ensoñaciones misteriosas, donde encuentra paisajes cargados de fantasía y misterio. Enlazado a secuoyas acaracoladas asciende a las estrellas donde se enreda a la voluptuosidad del día. Amanece, abre los ojos. Desayuna cantos de sirena que brincando se le escapan sin regreso. Espejismos del desierto inundan su mirada, el cian del mar toca a su puerta. Paleta de colores, prefiere vestirse de magenta. Cándido y tenue en su caminar. Sube a la constelación Hidra. Construye arrecifes de corales por donde otros después tendrán que pasar. Comienza una lluvia de diamantes en bruto, suda. Pulir nunca le resultó sencillo. De camino a casa, se abraza a sonrisas desconocidas que le hacen pensar: “merece la pena trabajar”.

Paqui Robles

EL SALVOCONDUCTO

Acababa de salir de la trena y cuando volvió al rincón donde se solían encontrar todos los carteristas, no encontró a nadie. Se fumó un cigarrillo y vio aparecer al “Meñiques” despeinado y con aire de abandono. Se quedó muy sorprendido ya que era de los que a diario se ataviaba con traje y corbata, siempre decía que los sisados no solían sospechar de alguien con chalina. Cuando se encontraron, a una distancia prudente, como el momento aconsejaba, el “Meñiques” le dijo que el negocio se había venido abajo, que cada vez eran menos los que tomaban el metro y que los que lo hacían no conseguían relajarse. Los pasajeros ahora viajan en alerta, se controlan unos a otros, no hay manera de meter mano en bolso o bolsillo, y lo peor: es fácil que tus manos se topen con el trapito azul y entonces eres tu el que pega el salto. Has salido en el peor momento “Mañas”. Pues algo tendremos que hacer, dijo éste. Retomó la palabra su compañero: ayer escuché una conversación cerca de una terraza de esos barrios pijos, y es que como están acordonando algunas zonas, incluso las provincias, las multas por atravesar las ciudades o pasar de una localidad a otra se están disparando, a no ser que lleves el correspondiente papelito. La conversación iba de montar una empresa para elaborar pases de tránsito para acudir a jolgorios y gaudeamus. Toda una innovación, dijo el Mañas, tras un silencio de varios minutos mientras degustaba el cigarrillo exclamó: “Y digo yo que podríamos cambiar de atuendo y en lugar de pedir la cartera requerimos el salvoconducto, ahora que llega la noche de Halloween, encontrar un disfraz de servidor del orden público tiene que estar tirado”.

Ana Velasco

EL SALVOCONDUCTO

Era un hombre pequeño, por eso debe ser que le eligieron para llevar la misiva a aquel general para quien era vital que llegasen las nuevas órdenes que él traía.
Sorteó los peores obstáculos y estuvieron a punto de fusilarle por traidor. Menos mal que encontraron, mientras le preparaban en el patio de la compañía de fusileros, un salvoconducto que, si bien hacía que ellos no pudieran fusilarle, no impedía que lo metiesen en la cárcel hasta la eternidad.
En la celda asignada, había un hombre grande, con unos enormes zapatones y un pequeño cerebro que no dijo nada cuando se lo presentaron como compañero de celda.
Cuando oscureció el hombre silencioso bajó de su cama y levantó una pesada losa por la que se coló a duras penas. El hombre pequeño le siguió sin saber dónde le llevaba aquel sujeto corpulento y sin voz.
Cuando llegaron a destino, se dio cuenta que estaban en el cuartel donde aquel general para quien era vital que llegasen las nuevas órdenes que él traía vivía.
Es el destino, se dijo, y se quedó dormido.

Cruz González Cardeñosa


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Carmen Salamanca Gallego
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