EL TRADUCTOR

EL TRADUCTOR

Me regalaste una botella de fino whisky importado, quise
probarlo y me di cuenta de que estaba abierto y empezado.
Y ese detalle, ese maldito detalle, fue fatal para mí si yo te amaba.
Yo te confíe mi lado débil y vos lo utilizas, desparramando
intimidades delante de los demás.
Y ese detalle, ese maldito detalle, fue fatal para mí si yo te amaba.
Me estas dejando son defensas, el corazón en orsay, nunca querés
lo que te ofrezco, siempre pedís lo que no hay.
Y ese detalle, ese maldito detalle, fue fatal para mí si yo te amaba.
Antes llegabas a la noche, plena de sexo y de pasión, ahora
dormís con los pies fríos y yo me arreglo en el sillón.
Y ese detalle, sumado a otros detalles que son mas, más de mil y
nuca se acaban.
¿Querés un traductor, princesa?…

Leandro Briscioli

EL TRADUCTOR

A alguien se le ocurrió que, igual que había un profesional de los signos, contándole las noticias a aquellos que no podían escucharlas, sería interesante tener un traductor cuando ciertos personajes del congreso y del senado quisieran comunicarnos algo.
El primer día llego un poco antes de su hora, quería tenerlo todo en orden. Se puso frente a las cámaras, al pasa unos minutos empezó a sudar, nervioso, muy nervioso, incluso se tuvo que sentar y pidió una tila doble.
-Es que no habla, no habla, solo emite sonidos. ¿Qué voy a traducir? Decía.
El segundo día le dieron el nombre y el cargo de aquel con el que debía trabajar esa mañana y al minuto de comenzar, la garganta se le lleno de pájaros moribundos y se desmayó.
El tercer día varios medios de comunicación dijeron que nuestro hombre tenía un pasado oscuro y el proyecto quedo suspendido temporalmente entre las risas y el calor de las manos de aquellos que nunca tuvieron nada que ocultar.

Hernán Kozak

EL TRADUCTOR

Había consumido su beca doctoral y tenía por delante al menos seis meses antes de defenderla. Aunque su preceptor le dijo que en estos momentos no podía distraerse, su situación económica le angustiaba, podía reducir algunos gastos, pero el alquiler llegaba puntualmente el primer día del mes. Se encontraba con el agua al cuello y no quería molestar a sus padres una vez más, disponiéndose a buscar un trabajo a tiempo parcial. Entre las ofertas de empleo, se encontró con una en la que solicitaban traducir textos en esperanto, se acordó que fue una lengua que su padre le enseñó, a modo de distracción, cuando era pequeño. Respondió a tal anuncio y al día siguiente recibió el primer texto, las condiciones de entrega, las palabras que contenía y las formalidades de pago. Este último punto contenía un subíndice aclaratorio en letra pequeña indicando que el pago por palabra podría aumentar si la naturaleza expresiva aventajaba a la propuesta por el narrador. A pesar de no comprender este último aspecto se apresuró a ver el contenido del texto que debía traducir. Se trataba de una esquela necrológica, un tanto sorprendido, durante unos segundos se quedó pensativo, pero no estaba para derrochar tiempo y emprendió la tarea, antes de finalizar el día la envió y no había pasado una hora cuando ya tenía otra en su buzón, se alegró y se dijo que con esta frecuencia le llegaría holgadamente para el pago de la renta. Transcurrida una semana, según estaba traduciendo se percató de que se trataba de la necrológica de su Rector. No podía ser, nadie le había informado, se dijo. Apartó los ojos de la tarea, entró en la web a buscar la noticia y no encontró nada, lo consultó con varios colegas, llamó a su tutor y todos le preguntaron por su estado ¿de dónde había sacado esa fantasía? Empezó a inquietarse por su estado psíquico, pero varios días después le llamaron del Departamento para comunicarle que se suspendía la actividad universitaria durante una semana, el Rector había fallecido, sin aliento busco la noticia y allí estaba la esquela, la misma que él había traducido.

Ana Velasco

EL TRADUCTOR

-Me dijo que era traductora, me dijo que era traductora. ¿Qué voy a hacer ahora?
-No puedes hacer nada porque no hay que hacer nada.
-¿De qué hablas? Hice diez mil kilómetros, con una persona que apenas conozco, para que hiciera de traductor los primeros meses en mi nuevo trabajo, y no sabe una palabra del idioma. Me engañó.
-Él no te engañó, fuiste tú el que no le preguntó, como si sólo se hablase inglés y español en todo el mundo.
-Tienes razón, no le pregunté ni le dije lo que necesitaba.
-Y por qué hiciste eso. Es muy irresponsable de tu parte.
-Lo sé. ¿Acaso tú nunca estuviste enamorado?

Cruz González Cardeñosa

EL TRADUCTOR
-Siempre hubo un traidor en mí, te quería sí, pero sin el tiempo preciso la sensación que nos perseguía era que nunca podríamos. Descubrimos los escondites de la mentira y cuando había una pausa podíamos disfrazarnos de equilibristas del amor. Hemos sido como dos amantes sin idioma, una constante barbarie de los oculto, siempre una despedida.

  • Ajá, continúe
  • Desde hace un par de semanas doctora, el tiempo ha cambiado, ahora que nos hemos jubilado se ha ido la magia, en cada momento sé dónde está, sé que nuestro trabajo ahora nos está pasando factura, pero ha sido una vida tan intensa. Hemos viajado por todo el mundo, nos hemos enfrentado a los mayores peligros, hemos vivido cosas que nadie puede llegar a imagina, bueno doctora, entiéndame, solo algunas personas conocemos todos los escondites de la mentira.
    -¿De la mentira?
  • Los disfraces que nos hemos puesto han sido infinitos, hasta armas biológicas hemos conocido, y viajar por las entrañas de la tierra nos hizo mejores. Han surgido historias que nos mantenían despiertos días, pero todo era posible. A veces, hasta parecíamos asesinos en serie, sabemos todos los secretos, pero ahora no sabemos muy bien qué hacer. Ambos sabemos 20 idiomas a la perfección, conocemos milagros y condenas de injusta perpetuidad, incluso sabemos dónde viven los extraterrestres en nuestro mundo, pero a la vez nada sabemos, entiende doctora, la vida de agente secreto nos ha hecho felizmente infelices, pero ahora podemos vivir sin escondernos, podemos tener amigos, relacionarnos, nos hemos mudado al paraíso, pero…
  • ¿Pero?
  • La traducción está hecha.
  • ¿La traducción?
  • Perdón doctora, la traición, aunque ahora que lo dice, siempre quise ser traductor.
  • Continuamos la próxima.

Magdalena Salamanca

EL TRADUCTOR
La mano iba sola por debajo del brazo. Mecía los papeles pero no agarraba la pluma como un buen macho. Tocaba, se deslizaba, rugía pero nada. No pasaba nada. ¡Menudo gatillazo! Se sonrío por la similitud. ¡Menuda situación! Le había contratado una empresa transnacional. Tenía contactos y llevaba años en el sector, luchando por cada página traducida, por cada auditoría. Se defendía bien, su madre le hubiera dicho “este es mi hombre”, así que no dudó en acudir a una entrevista cuando le llamaron. Una mujer de unos cincuenta y cinco años le recibió en su despacho. Sinceramente, él esperaba otra cosa. Tal vez una reunión con varios ejecutivos, pero allí estaba la señora, vestida de colores chillones y hablándole con cierta acritud (o por lo menos así lo percibió). Tenía que traducir cierta documentación y además acudir a una auditoría. No sabía por qué empezó a ponerse nervioso. Esa voz, esas palabras del principio “ Este es mi nombre…” No lo pudo ni escuchar. Después, medio hipnotizado, firmó el contrato y se llevó el maletín a su oficina. No recordaba nada del intervalo entre la llegada al despacho y la salida, sólo vagas lagunas, firma y sonrisa.
Sorprendentemente se quedó dormido ¡con el trabajo tan importante que tenía entre manos!. Se despertó sobresaltado a las tres de la mañana, con la pluma en la mano, destrozada, soltando tinta.
Qué manía la suya con tener que escribir todo con la pluma, la misma pluma que uno de sus profesores más queridos le regaló hace veinte años. La había destrozado.
Miró el portátil, ya era hora de cambiar, sustituir.
Comenzó a acariciar las teclas… algo se había traducido en aquella madrugada.

Laura López

EL TRADUCTOR

El señor Molina, autor del libro, en una entrevista al periódico literario, hacía referencia a la liberación y al principio, no precisaba cuál, ¿la sexual, la de la mujer? Enseguida pensé en los presos, que no pueden dar pie a una elegancia femenina ni a unas prácticas de vida y muerte. Que naufragan detrás de barrotes fúnebres, grotescos rubros, motivos frecuentes de encuentros inválidos o de horas sin tumba. Quien les da una cruz, les da un lugar en tierra, da constancia; fueron fieles a los barrotes.
Sabía que el Señor Molina era médico, traductor, es decir, traducía los enjambres corruptos de la industria farmacéutica y, cuando hablaba de liberación, hablaba de esa bella hélice que permitía volar y también o mejor dicho, sobrevolar las hogueras enterradas, los párvulos sin provenir, joyas nacientes que iban directamente a la carnicería. Carne, órganos, que no tienen porqué convivir con el mismo balbuceo. No vayan a creer que el Señor Molina hablaba de liberación porque le habían ofrecido un pequeño vapor para llegar al trópico. No, la historia tenía vertientes diferentes, él sabía de las arrugas que no palpitan, porque no llegan a crecer en el hielo dorado. Sabía, y así contestaba al periodista, muy admirador suyo, que las trenzas abiertas tienen que mantenerse abiertas, quién no puede con la caricia de la fuerza, ve la maldición de la cáscara y las trenzas se cierran.
El periodista entusiasmado seguía el recorrido en las callejuelas donde lo impulsaba, lo compulsaba el autor del libro «Torbellino de plumas». Las categorías de barrotes son infinitas como los hombres que avanzan en sus fantasmas, como los antiguos días que reposan hoy en tierra, mañana en cosas de hierro y sangre. «Misterio», dijo el periodista. – «Es la llave de la luz», tradujo Molina, como en el cuento de barba azul, no conviene entrar. Tener la llave es el poder.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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