LA PUNTA DEL ICEBERG

LA PUNTA DEL ICEBERG

Estaba una mañana cualquiera contemplando el sol que cae sobre
mí y, de repente, una voz a los lejos me dice:
Hola, soy el deseo, a mi nunca se me dice que no, vine a buscarte
querido, vine para llevarte lejos, muy lejos…
Y yo le pregunto: pero ¿quién eres?, ¿qué quieres de mí?
¿No serás otra loca de esas que enloquecen a cada rato y no
aceptan la incertidumbre?
Y me dice: puedes pensar lo que quieras, pero tú hoy, te vienes
conmigo, y no hace falta que hagas ninguna maleta, nada de lo
que pongas ahí te servirá en tu nuevo lugar.
No hay tiempo de despedidas ni nada de eso que tanto gusta a los
humanos…
Yo le digo: ok mujer, nos iremos, pero antes, déjame tomarme un
vino y escuchar un tango…
Déjame un instante, que necesito respirar algo nuevo, que quiero
buscar lo oculto de mi mirada, que necesito llegar a un pequeño
silencio que estremezca mi corazón.
Ella, sin entender nada de lo que le decía, acepta mi petición.
Es ahí cuando le pregunto:
¿Tú quién eres?, ¿la muerte?, ¿el futuro? ¿O una loca despechada?
Y la hija de puta no responde, mira para otro lado haciéndose la
interesante, la que tiene todo bajo control y pasa de mí…
Claro, para alguien como yo, no saber a dónde voy, me perturba
bastante y su indiferencia también, me digo.
¿Será que esta mujer perdió algo en el camino?
Cuál es tu nombre, le pregunto…
Y ella nada, nada de nada, mira para otro lado y me dice:
Dale, ¿ya terminaste con tus rituales?
En breve nos vamos ¿ok?
Y yo le respondo: ok mujer sin nombre.
Pero antes siéntate aquí a mi lado, acepta una copa de vino y deja
de esperar lo inevitable.
No rompas los huevos, relájate y diviértete, deja de lado el soldado que
llevas dentro y aprende a respetar el aire que respira sus encantos.
Cuando todo parece que tiene una sola dirección, a veces, pasan
cosas curiosas que hacen cambiar el sentido de algunas cosas, en
teoría predeterminadas y todo lo que parecía inevitable, desaparece, muta y deja de estar.
Hay sueños que perturban un poco….

Leandro Briscioli

LA PUNTA DEL ICEBERG

Ellos son como la punta del iceberg, bellos, atractivos, hipnotizantes, pero recuerda que su equilibrio, su fuerza, su constancia están siempre bajo la superficie.
No los verás.
No les creas nunca.
Si quieres escucharles, primero toma un libro, luego otro y otro. Si después continúan allí, toma un libro, luego otro y otro.

Hernán Kozak.

LA PUNTA DEL ICEBERG
Silencio, escucha. Dos personas discuten en el metro. No es nada habitual en estos tiempos en los que reina el silencio. Acerquémonos, estoy curioso como un gato. Mira, es un hombre con chistera que también lleva guantes y el otro es un pianista. Sus dedos son largos y escarpados, hasta oigo las notas musicales en sus palabras ¿no te parece? El vagón está vacío, pero hay un vendedor de pañuelos de papel poniéndole precio a las cosas.
¡Llorar sale barato oiga, por uno con cincuenta, écheselo a la ranura! – dice el vendedor.
Aunque algo de razón tiene, sólo es la punta del iceberg, tanto a corto como a largo plazo, sale más caro llorar.
Ahora salen del vagón riendo y cantando. Hay un pianista en la última parada.

Laura López

LA PUNTA DEL ICEBERG

Cada vez que abría el álbum familiar, aquella foto del muchacho con uniforme de soldado la mantenía atrapada en el tiempo.
Armándose de valor, Marina decidió acercarse al archivo militar donde podrían guardar algún documento o carta de su tío informando a sus superiores de su situación en el frente.
En 1941 Simón se alistó en el ejército a los dieciséis años para luchar contra los rusos y no regresó jamás. Tampoco tuvieron más noticias de él.
En el archivo le mostraron a Marina una carpeta que amarilleaba por el paso del tiempo. En su interior había una fotografía, copia de la que guardaban en casa. Durante este tiempo se había estado imaginando heroicas batallas en las que pudo haber luchado su idealizado tío. Marina empezó a empalidecer cuando en su reverso solo constaba un mensaje escrito con letra temblorosa que decía: “El frío es mi único enemigo”.

Antonia López

LA PUNTA DEL ICEBERG

Había tropezado cientos de veces con la misma piedra, y se había prometido no volver a confiar. Pese a que era su intención, no lograba sus propósitos. Cuando le llegó una nueva solicitud de amistad en Facebook, dudo, como siempre, de las intenciones reales. Pero el nombre la convenció; detrás de él no podía esconderse una mala persona.
Las conversaciones duraban horas. A veces fijaban una hora en el despertador para poner un punto y seguido.
Juan era un hombre de amplios propósitos, nunca jugaba con fuego.
Ella era una mujer reservada, que arriesgaba lo mínimo.
Tuvieron varios hijos. Con el primogénito, lo tuvieron claro, pero al nacer la segunda, surgieron los primeros conflictos.
Todos los veranos lo pasaban junto al mar, como Juan y ella hicieran de niños.
Ahora sus hijos habían volado y hecho sus nidos. Siempre hubo un sucesor sobre el que cumplir las órdenes.

Pino Lorenzo

LA PUNTA DEL ICEBERG

Era un clavito chiquito con el que cada noche me tropezaba. Varias veces traté de sacarlo y no hubo manera. ¿De dónde habría salido el maldito? Cansada de encontrarme con el clavo cada vez que pasaba por ese espacio de la casa, decidí que, si no podía sacarlo, lo empujaría hacia el lugar de donde vino. No hubo caso.
Un día llamaron a la puerta, era el vecino de al lado que no podía dormir la siesta con los golpes y le conté la historia del clavo, que no era ninguna historia sino una gran molestia.
El hombre, un muchacho joven y bien parecido, fue muy amable y se ofreció a ayudarme. Tomó los alicates, sujetó el clavo y tiró, tiró, tiró hasta quedar exhausto.
-Es imposible, me dijo sorprendido, no se mueve ni un ápice.
-Ya sé, llevo una semana tratando de sacarlo de ahí y no lo consigo. Cuando usted llegó estaba golpeándole con el martillo para hacerlo desaparecer bajo tierra.
-Quizá si rompemos un poco alrededor, conseguiremos sacarlo.
Rompimos hasta que comenzó a verse el piso de abajo y, ahí, nos dimos cuenta de que el clavo no era sino la punta del iceberg.

Cruz González Cardeñosa

LA PUNTA DEL ICEBERG
Nada cuadraba con nada. Hoy, 17 de octubre de 1920 se celebran tres años de la revolución rusa. El mundo está conmocionado. Es un hecho inédito en la historia. Los surrealistas están escribiendo y pintando en Francia y parte de Europa.
Los poetas del 27 son todavía jóvenes adolescentes enfrentándose al mundo en este último siglo del milenio. Algunos discuten y tienen problemas con la autoridad paterna o materna.
La gente mira al 2000 asombrada. Muchas fantasías respecto al futuro.
Hoy 17 de octubre de 2020, cumplen años Pablo Iglesias e Isabel Ayuso. La revolución rusa está diluida. El mundo sigue conmocionado, preguntándose cada vez qué es lo que ha pasado en este nuevo milenio.
Nos olvidamos de todos los siglos, pero el tiempo permanece ahí, incólume.
¡Qué viento frío me recorre la espalda! Me abrigo y subo el cuello para cubrirme las orejas. Mi boca está cubierta con el maldito bozal.
Pero la punta del iceberg todavía no la hemos descubierto.
¿Qué sostiene ese delgado hilo de la historia y hace que 100 años no son nada?

Paola Duchên

LA PUNTA DEL ICEBERG

Recuerdo que me lanzaba al umbral de la ventana, allí, en la barandilla, hacia el vacío, a ver lo que retornaría.
La costumbre de ir a todas partes a conversar de un libro y otro, del amor… Daba pasos en el aprendizaje y el aprendizaje se volvía limpio y pedía perdón.
Despreciar toda idea que no fuese el amor, eso me gustaba, si, al fin y al cabo, a mi edad, el amor seguía siendo la intriga de todas las invitaciones.
Pensaba que podría encontrarlo en una fiesta, que el amor tendría un lindo nombre, que me gustaría su cara y su olor. Y me soñaba para el encuentro.
En la barandilla de la ventana lucía la distancia, y lo vi, era alto y colocaba en el atardecer sus movimientos precisos, adelantándose en un escenario, una tabla alzada por versos que me llegaban con una voz de licor. ¡Increíble! Anunciaban la ausencia final, un mar eterno. No lo pude soportar, quise volver enseguida a la barandilla, pero estaba cerrada, mi mirada no podía retroceder; como obsesionada, insistía en la ausencia, las olas me llevaban, pero mi mirada era como un barco inmóvil, otra de mí se había apoderado del vacío. Empecé a gritar, gasté mis pulmones y salió del mar un iceberg donde rebotó mi grito. ¡Qué alivio! El frío, con la velocidad de una sombra, me devolvió a la barandilla.
Comienzo y recomienzo, la barandilla sigue enseñándome su vacío, ya no sueño con el amor, busco un trozo de cielo, un muro, la punta del iceberg, cualquier desplazamiento que me permita llegar a las letras fatales, investidas por los poderes del amor, esas que quedarán sumisas en el papel.

Clémence Loonis


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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