SUCEDIÓ EN OCTUBRE

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

En octubre, pasan cosas raras…
Estaba en Madrid, mirando cómo la gente se mueve y dentro de
su mudez, camina mirando la nada, como si estuviera haciendo el
amor consigo misma, me digo.
Como si todo su alrededor no existiera, o contagiada de tanto
silencio, enferma por no poder decir, expresar lo que siente, gritar
que ya no aguanta más esta situación de encierro.
Mi abuela una vez me contó que encierran a los que se portan mal
y esto me lleva a pensar si los humanos nos estamos portando tan
mal como parece.
Ahí pienso, cuando uno no sabe ponerse límites, viene la
naturaleza y te devora, vienen algunos hijos de puta y meten
veneno en tu cabeza, cianuro en tu piel y te dejan morir, aunque
vos sigas de fiesta.
Qué belleza ver a las fieras indomables haciendo de cuenta como
que no pasa nada.
Yo cuando era chico, quería ser Rey, dentro de mis fantasías, ser
Rey, era una especie de súper héroe bueno que ayudaba a la
gente, entendía los problemas de la gente, una especie de
psicólogo que podía curar hasta el mas eterno desvío.
Luego crecí un poco, solo un poco y me di cuenta que me inventé
una película imposible de digerir y que los Reyes, solo cuidan su
culo hasta que pueden o se equivocan.
La sangre azul…
¿Qué carajo es la sangre azul?, me gustaría agarrar a uno que
conozco y esta entrado en años y cortarle un pedacito de piel a ver
si de verdad es azul la sangre que faltaba.
O meterle un elefante por el culo, ponle…
Se quiso hacer el Gardel y se quedo sin combustible el poeta azul.
Hay, querido Madrid, en octubre pasan cosas raras….

Leandro Briscioli

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Ha dejado de llover, las calles ya no están vacías, se ha quedado cierto frescor en el aire que promete una tarde con diferentes alternativas.

  • ¿Me está hablado de la ciudad o de su vida?

Hernán Kozak

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Siempre creí que la ficción del cine era eso, ficción, pero desde hace unos días mi vida ha cambiado, unas manos amigas han podido detectar en las marcas de mi cuerpo senderos de palabras que en silencio han ido escavando sus huellas en incluso hasta ciudades enterar.
Se han encontrado poblados de gente muerta en las fosas de los omóplatos, su hedor recorría toda la espalda hasta el cuello donde durante años han anidado responsabilidades en silencio de los pasos dados y crecimientos ocultos que punzantemente se asientan en todos los músculos que sujetan mi cabeza.
Quizá ahí se hayan las ruinas que más información nos dan de los sentimientos acontecidos: miedo, ansiedad, alegrías frustradas, pero sobre todo el conflicto que el amor causa cuando la mirada desvanece ante la realidad.
Dedo a dedo como un lector de jeroglíficos, la impronta de la vida confiesa sus hazañas. ¿Dónde los dogmas? ¿Hasta dónde los latidos vitales deben seguir tus pasos? ¿Para qué seguir callando y almacenando en el cuerpo aquello que nada tiene que ver con la locura? Quizá tus besos no sean alimento imprescindible, quizá dejarte marchan deba ser lo más acertado. Aunque los días nos mantengan unidos entre palabras, nuestras vidas, abren caminos nuevos para el amor.

  • Señorita
  • Sí, sí. Dijo ella aturdida
  • Ya hemos terminado, la contractura ha sido tratada con éxito.

Magdalena Salamanca

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Era 12 de octubre y la ciudad lucía vacía. Era el puente del Pilar, y los madrileños optaban por salir de la ciudad. Los destinos eran varios, algunos cerca y otros más lejanos, pero todos viajaban en busca de una historia que contar en su vuelta al trabajo.
Era 12 de octubre y la ciudad lucía vacía. En las listas de pasajeros, un único turista.

Pino Lorenzo

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Había una vez una casita de adobe. Allí todo era pequeño y acogedor. Pertenecía a la abuela Juliana. Rechonchita y enlutada, era la única descendiente de una estirpe de longevas mujeres. Cómo no podía ser de otra manera, disponía de un pequeño patio donde un banco de piedra tallado de recuerdos y cubierto de madreselva llenaba todo el espacio. En sus recovecos había lágrimas amargas por los hijos que partieron a la guerra. Por los que volvieron y los que no. Confidencias entre zurcidos y remiendos. Pensamientos confesables e inconfesables. Algún rezo que otro. Pasatiempos y sinsabores al sol. Aquel banco pétreo era la memoria de la familia.
Juliana miró por el visillo de la ventana de la cocina. Limpió los cristales empañados. Corría el mes de noviembre. Extensos latifundios tan solo vertebrados por el serpenteante canal de Castilla se rendían antes sus ojos. Temblorosos chopos desnudos se perdían en la niebla. La vista recorrió el camino que separaba el pueblo vecino al que tan sólo llegaba a intuir mientras el sol trataba de hacerse un hueco en la crudeza del día. Absorta en este paisaje pudo divisar la silueta de aquel muchacho apareciendo entre la niebla como si fuera un fantasma.
Lo había estado viendo a diario desde principio de verano. Seguía un ritual claramente establecido. No caminaba, si no que corría como alma que llevaba el diablo. No lo hacía por el camino si no que trotaba por los campos sembrados o por los tabones de cereal recién cosechado, como había sucedido en el mes de agosto. Zigzagueaba las tierras y saltaba los arroyos. En ocasiones, subía algún pequeño repecho. Llevaba unas deportivas en la mano. Las cambiaba por las que llevaba puestas cuando llegaba al pueblo de Juliana. En ese instante, comenzaba el regreso esta vez por el camino. La mujer no daba crédito.
Tratando de buscar un sentido a este sinsentido pensó: – “este muchacho va a ser el sobrino de la Raimunda. El que dice la Leónides que se ha vuelto loco de la cabeza de tanto estudiar. Si no, no se explica tremenda tontería, pobre madre, cuánto sufrimiento…”
Compasiva con el desvarío del joven concluyó que mejor que le diera por correr por el campo que otro tipo de locuras, vicios o malas mañas. De esta manera, soportaba con cierto grado de complicidad y simpatía ver como aquel joven corría como poseído por satanás pese a todo tipo de inclemencias climatológicas y cualquier condición en la que se encontrase el campo: arado, sembrado o cosechado.
En este trajín y sin mayor contratiempo llegó la primavera y pasó el verano. Corría el mes de octubre. Miró por la ventana y pudo ver como las hojas de los chopos empezaban a amarillear.
Aguardó unos instantes mirando el camino. Llevaba varios días sin ver al muchacho. Reconocía que estaba inquieta. Encendió el televisor y salió al patio a tender la colada. Podría escuchar las noticias desde la ventana. Colocó el barreño sobre el banco de piedra. Apenas había tendido dos prendas, cuando pudo reconocer en televisión al joven corredor. Le estaban condecorando con una medalla y parecía contento. Se llamaba Mariano y acababa de convertirse en campeón de España de Cross. –“¿Cross…qué demonios será eso pensó? -Salió como una exhalación a buscar en la enciclopedia. La que la había costado treinta y seis cómodos plazos.
Cuando lo encontró, pudo leer: disciplina deportiva que consiste en recorrer distancias campo a través, es decir, en circuitos naturales no-urbanos. El circuito estará en una zona abierta o boscosa, cubierta, a ser posible, de hierba, con obstáculos naturales que ayuden a diseñar un trayecto interesante.
Juliana se sintió decepcionada. Había pensado durante todo un año que aquel joven no estaba muy cuerdo. Se sentía cómplice de su locura y de su pobre madre. Y ahora resulta que no, que era un atleta y muy famoso, al parecer.
Salió al patio y se sentó en el banco de piedra. Los rayos de sol le calentaban los pies y se sintió reconfortada. – “Sigo pensando que lo que hace ese muchacho, no es normal. Es una auténtica locura, para mí que no está bien de la cabeza”-Suspiró.

Maria González

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

11 de octubre de 1989, recién cumplidos los 17 años, Sandra y sus amigas se preparaban para pasar un día de festejos en su pueblo. Todas ellas andaban muy alborotadas por ser la primera noche de sus vidas que podían llegar a casa cuando amaneciera.
Vaqueros, zapatillas y sudadera para protegerse de la noche fría que se esperaba. Las chicas ya preparadas pasaron por la última casa del pueblo a recoger a Sandra.
Al llegar a la casa vieron que sólo había una luz muy tenue que salía por la ventana de la cocina y era extraño porqué al ser la última casa siempre estaba muy iluminada, llegaron a la puerta principal y llamaron al timbre, como nadie salía abrirlas volvieron a llamar golpeando la puerta y de repente vieron que estaba entre abierta, pasaron riendo y haciendo bromas, estaban de lo más contentas, llamaron a Sandra a voces porque no la veían y de repente salió de una habitación llorando desconsoladamente, sus amigas echaron a correr para consolarla y preguntarla que la sucedía.
Sandra no podía ni hablar, entonces una de ellas entró en la habitación y vio a su madre postrada en la cama, la noticia de que su hermano había sufrido un accidente llegó por la mañana y Sandra no se movió del lado de su madre hasta que al día siguiente les comunicaron que la operación de su hermano salió sorprendentemente bien y se recuperaba favorablemente
Sandra y sus amigas pasaron la noche junto a su madre sin separarse del teléfono.
No fue la noche esperada, pero les quedaba muchas noches más para disfrutar.

Yolanda Hernández

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Las noticias habían anunciado una ciclogénesis de final del verano, lo que los lugareños conocen por “gota fría”. Esta vez iba a dirigirse hacia la Costa Azul francesa, sin embargo, en el último momento se aceleró y soltó su gran berrinche en la Liguria, provincia limítrofe de Italia. “Vaya por dios, como si los italianos este año no hubieran tenido bastante” me oí decir. Mientras veía las imágenes en el televisor mis ojos quedaron clavados en aquel puente del “Campo Ligure”, completamente resquebrajado por el volumen del agua. No podía creerlo, fue allí donde me dijo que me quedara con él, que no podía dejar a su madre con la demencia que padecía, que no olvidaría esa dote como haber de nuestro compromiso. No estaba preparada para aquellas palabras, le dije que necesitaba tiempo y regresé a casa con la cinta de los deseos incumplidos en el bolsillo de la falda. Y ahora estaba ahí, en el primer plano de la pantalla, vestido de carabinieri y mirando al resquebrajado puente. Su respuesta, al periodista que le colocó el micrófono, fue “tenía una enorme grieta, yo mismo sufrí la herida”, un segundo después el remolino cubrió la escena.

Ana Velasco

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Tenía que tomar un avión en aquel año de pandemia, cuando había multitud de controversias en los accesos: que si conviene volar, a quién perjudica, que uno no está libre, que el test no es fiable, que la mascarilla tampoco, que la OMS es gestionada por laboratorios farmacéuticos, que vivimos en un mundo donde te prefieren muerto a trabajando… Parecería que la verdadera rebeldía es ser feliz. Como dijo ese madrileño que conocí de joven, habría que ser feliz, aunque sólo sea para joder. Presentar a la felicidad como arma de defensa, interesante idea, «sé feliz en contra de la globalización, sé feliz para defenderte del periodismo, de la cultura que repite viejos vicios, sé feliz para molestar al vecino y también para defenderte de ti mismo». Y escuchaba una risa lejana, lejanísima, como la luz de las estrellas que tarda años-luz en llegar, lejanísima.
Al final, recordé que en el último viaje me habían quitado víveres, la medalla que me habían prometido no me la llegaron a dar y las quejas no sirvieron ni para aliviar mi desesperación.
En fin, entre el retraso que llevaba para acceder al aeropuerto y los obstáculos personales… Siempre pasan cosas.
El avión salía a las 13h y era casi las 12h y todavía faltaba tomar el coche. Es que, al salir, me topé con antiguas novias, una que vislumbré de espaldas, fueron años compartidos y parecería que algo mío seguía viviendo en esa imagen, aún de espaldas, y esa calcomanía me detuvo un tiempo.
Después otra novia que me encontré de frente y nos pusimos a hablar, sobre de qué manera convenía hacer una maleta, e improvisamos un curso en la acera. Poníamos y sacábamos los enseres de la maleta, a ver si pudiésemos aprender algo porque de nuestra vida sexual no aprendimos nada. Alejarse, entrar, salir, volver, retomar el ritmo, una maleta eterna, siempre haciéndose. Después miré a mi padre para que me confirmase que era cierto, que no llegaríamos a la hora.
Claro, estaba sonando el despertador.

Clémence Loonis

SUCEDIÓ EN OCTUBRE

Sucedió en octubre, la vida traía sus colores, las flores el aroma. Hombres y mujeres se vestían de pasado para honrar, no a sus muertos sino su sentir. Todos esperaban el día y, sin embargo, sabían que nada sería igual.

La alegría quedó opacada por la tristeza de no poder celebrar y la fiesta fue un domingo cualquiera sólo que con flores y algo para no contar.

Cruz González Cardeñosa


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