EL VENDEDOR DE DIAMANTES

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Ni cuando estés muerto debes contarle a nadie lo que tus oídos han escuchado, la manera más sencilla es no recordarlo.
Véndeles lo mejor que se pueda comprar. Piensa en algo imposible y luego en cómo superarlo.
Esos han sido mis secretos.
Ellos tampoco deben darle publicidad a su trabajo, pero algunos no consiguen evitarlo, si se dan cuenta que eres un olvidador, volverán.
Fondos de inversión, señores de la guerra. ¿Quién se resiste a mostrarte como hacían para suministrar armas a ambos bandos? ¿Quién es capaz de silenciar que creo el virus y su vacuna?
Lo que no pueden alcanzar es la inmortalidad, por eso aman el brillo de un diamante.

Hernán Kozak

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Deduzco que hoy no vienes a verme a mí. Dijo la mujer a su amante cuando éste apareció por la puerta del bazar.
Ejem… no, la verdad. Vengo a ver a tu marido.
¿Y eso? – preguntó ella extrañada.
Quiero enseñarle unos diamantes que serían un regalo maravilloso para su mujer.
Pero si su mujer soy yo, cacho cabrón- respondió elevando la voz.
No te enojes, Lidia. El trabajo es el trabajo.

Pino Lorenzo

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Vendía agua pura en pleno desierto, los tuaregs llamaban a esas gotas diamantes, por la contundencia de su fragancia neutra al penetrar el elixir demoníaco del té negro del desierto. Aquel tipo, al igual que un poeta, solo tenía agua. Eso es casi como tener aire, como tener nada. La única forma de robarle era matándole. Eso fue lo que pensó Alí, su hermano y enemigo. Pero se cayó del caballo cuando iba pensando desviar el curso del río más arriba para poder abrevar su rebaño de camellos. Y esa caída salvó la vida del vendedor de diamantes para el té; el profesor de caballos, que había logrado enseñar a las monturas el arte de leer el pensamiento del hombre que las monta.
Alí salvó la vida gracias al agua que su hermano le había vendido.

Kepa Ríos Alday

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

“¡Vamos, rápido, entra en la trastienda o te meto un tiro por el culo, imbécil!”- Fue lo primero que escuchó cuando ingenuamente abrió la puerta a una mujer con peluca rubia y gafas oscuras que lo empujó con violencia contra una vitrina que se hizo añicos dejando tras de sí una colección de relojes a la intemperie. Detrás de ella entró un hombre a gran velocidad. Cerraron la puerta. Echaron las cortinas y taparon las cámaras con telas oscuras. Los ágiles movimientos eran propios de un contorsionista. El corazón se le salía del pecho. Estaba literalmente temblando de miedo. En pocos segundos les estaba abriendo la caja fuerte, con la firme convicción de que estaba viviendo un sueño. Mientras el hombre introducía las joyas en una bolsa, ella lo ataba de pies y manos apartándolo después de un empujón al rincón de aquel cuarto. Huyeron despavoridos antes de que llegara la policía. No sin antes hacer acopio de todos los relojes que encontraron a su paso.
Habían pasado seis años desde el atraco. En ocasiones la angustia le devoraba y tenía que tomar pastillas. Aún no había superado el hecho de quedarse solo en la joyería. Dejó de ir los sábados temprano a decorar el escaparate. Esa tarea la realizaba actualmente Berna su nueva y sofisticada compañera de trabajo. Bastante más joven que él.
Había trabajado durante toda su vida en la Joyería más lujosa de la ciudad perteneciente a la familia Calderón. En un local de estilo victoriano en el centro. Generaciones de joyeros abalaban la firma. Ambrosio empezó trabajando como botones y ahora le quedaban tan sólo cinco años para jubilarse. No había faltado ni un solo día a su trabajo. Siempre puntual e impoluto en su traje gris marengo con zapatos negros acordonados y relucientes. Hombre estilizado, refinado en sus gustos y maneras era capaz de satisfacer a las clientas más exigentes. Tenía una habilidad especial para venderlas las piezas más caras con su toque barroco y afeminado. –“Está Usted divina, será la envidia de tus amigas”-Esa frase no le fallaba nunca.
En los últimos tiempos le estaba costando mantener el entusiasmo en el trabajo. El hijo mayor del Sr Calderón estaba ahora al frente del negocio. Quería reformas y cambios. Aquella exuberante joven que no le dirigía ni la palabra y que decoraba el escaparate de manera marcadamente juvenil le hacía presentir que él estaba entre esos cambios. Intuía bien. Le despidieron un viernes a las ocho de la tarde. –“Ambrosio, entiende que los tiempos cambian y queremos lavarle la imagen al negocio, necesitamos gente más joven y dinámica, en tus tiempos las cosas eran diferentes…”- le dijo el nuevo gerente. Ni tan siquiera se defendió. Le miró fijamente y se dio cuenta de que no merecía la pena el esfuerzo.
Llegó a su casa y apresuradamente se dirigió a la cocina. Introdujo la mano debajo del fregadero y quitó la rejilla de ventilación. Alcanzó un bote de cristal y sacó el saquito de terciopelo que había en su interior. En su escritorio, encendió la diminuta luz y volcó con sumo cuidado el contenido. Contó y recontó a través de su lupa. Estaban todos. Trece diamantes blancos y puros. Eran sublimes. Tenían el tamaño suficiente como para vivir fuera del país una temporada.
A su mente acudió el día del atraco. Los ladrones habían perdido el saco con la prisa. Sin saber cómo ni por qué, logró ocultarlo detrás de unas cajas, empujándolo con los pies atados. En un descuido de la policía durante el registro, lo guardó sigilosamente en la faltriquera interior que llevaba en el pantalón para guardar calderilla. Nadie podía sospechar de él, aunque la culpa le había causado mucha zozobra durante estos años. Hoy se sentía liberado gracias a la frase del hijo del Sr. Calderón: – “en tus tiempos las cosas eran diferentes”- Esas palabras le hicieron cambiar la perspectiva. Su comportamiento ahora y sólo ahora tenía sentido. Pensó que quizás debería fiarse más de su intuición.
Llamó a la agencia de viajes. Filipinas parecía el lugar idílico para que los hombres de otros tiempos pudieran encontrar su lugar en el mundo.

María González

EL VENDEDOR DE DIAMANTES
Era hermoso verle al final de la fiesta, cuando todo el mundo se había ido y quedaba el borde de la noche. En su remanso participaba de las huidas y de las sombras. Las copas y los platos simulaban un ejército de bocas que fueron besadas con toda su transparencia de vidrio y ahí estaba él, tras el cenicero de los cigarros trenzados, consumidos en las conversaciones. Me acerqué al humo que aún le envolvía y le sonreí. Nunca se iba porque iba a llamarnos otra vez la misma madrugada, la del desvelo y la almohada, la de los besos furtivos. Vendía adoquines, pero en la noche siempre fue un vendedor de diamantes

Laura López

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Por qué quisiste ir, ya te dije que no era un lugar para pasar tus últimos días. Siempre fuiste cabezota, siempre al borde del precipicio. Y ahora aquí nos tienes, en tu velatorio. Algunos ensalzan tus hazañas como si fueras el hombre del siglo, pero tú y yo sabemos que siempre fuiste un sinvergüenza, has estafado a media ciudad, vale, con la intención de hacerles un bien, pero al final lo que conseguías era su dinero y en algunos casos hasta sus propiedades.
Realmente te ganaste tu final, el rey, el lince fue cazado y además de la forma más tonta. Pero tu secreto está a salvo conmigo, nadie sabrá qué pasó realmente, para los ojos de todos seguiré siendo un héroe, grandísimo malhechor. Yo estoy tranquila, por primera vez, la que sale ganando soy yo.
Descansa en paz que yo cuidaré los diamantes hasta que todo se calme y después construiré mi propio paraíso. ¡Qué pena que esta vez, lo vaya a disfrutar sola! Bueno, quizá sea el momento de que te enteres, Ernesto y yo trazamos todo el plan, nos amamos desde hace más de 10 años.
Pero no te preocupes, nunca le amaré como a ti, es solo sexo, contigo llegué a las más altas cumbres de la vida, te agradezco la vida que hemos compartidos, pero, la verdad, es que no aguantaba más. Necesitaba un poco de estabilidad. Quizá fue el confinamiento o la edad, no sé, los 80 llegarán pronto y necesitaba disfrutar de la juventud de Ernesto mis últimos años. Te agradezco tanto. Yo lo voy a estar. Te amo amor mío, nos vemos en el paraíso.

Magdalena Salamanca


El VENDEDOR DE DIAMANTES

La joyería de Gerardo, Gerald, como se hacía llamar en el gremio de vendedores de diamantes, pasaba por ser la más selecta de la ciudad de Toledo y de más de medio mundo. A menudo al joyero se le veía afanado en su mesa de trabajo, escrutando los objetos más preciados de su negocio con su ojo derecho que parecía un pequeño catalejo incrustado en la frente. Los años de dedicación escrupulosa le habían conferido una fisionomía particular a Gerardo. Caminaba cargado de hombros y solía ocultar su rostro bajo el ala de un sombrero y detrás de unas gafas oscuras. Como suele ocurrir con las personas reservadas, cundían en torno al vendedor de diamantes distintos rumores como el de que poseía uno de los diamantes más valiosos del mundo, que por nada del mundo estaría dispuesto a vender. Tras cuarenta años de concienzudo trabajo y renegando por tener que dejar el negocio en manos de sus herederos, el día de su jubilación el Círculo de Vendedores de Diamantes en Bruselas le agasajó con un grandioso homenaje. Cuando Gerardo se quitó por fin las gafas oscuras para leer el discurso de agradecimiento, la gente comprendió con asombro aquel rumor: uno de sus ojos era de cristal.

Antonia López

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Camina descalzo sobre zapatos de plumas que le permiten volar. Encuentra senderos abiertos donde las enredaderas abrazan su piel, donde es acariciado por la suavidad del aroma de la montaña. Cada día imaginaba una historia diferente. Permitía a la imaginación dibujar una nueva mirada en la que sumergirse. Le llamaban “el vendedor de diamantes”. El brillo de su mirada creo que fue lo que me sorprendió.

Paqui Robles.

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Todo comenzó por aquella postal en blanco y negro, con edificios modernistas en un barrio de Ámsterdam, no supo leer lo que en ella decía, pero estaba dirigida a la abuela. Preguntó a su madre y no supo darle explicaciones, sólo tuvo por respuesta “tu abuela era reservada, como tu padre, los dos guardaban demasiados silencios”. Envió una foto del escrito a un amigo filólogo y rápidamente le respondió que se trataba del alfabeto hebreo, probablemente yidis. Volvió de nuevo a su madre, pero ¿papá era judío? ¿De dónde salen esas tonterías?, le respondió ella.
Decidió pasar el escrito por google translator y pudo entender que se trataba de una cita. Le alcanzó la impaciencia y volvió al altillo del armario donde encontró la caja que tan escondida tenía la abuela. Entre los enseres encontró una llave junto a una mata de pelo; esta vez no informo a nadie, compró un billete de avión para la ciudad neerlandesa, el barrio estaba casi igual que el de la postal, solo cambiaba el colorido. Cuando llegó al edificio que marcaba la tarjeta, con perplejidad observó que una placa mostraba el nombre de su padre inscrito al lado de la puerta, era domingo temprano, miró arriba, a un lado y a otro, no encontró a nadie a quién preguntar. Tras merodear un buen rato volvió al edificio, alguien estaba detrás del escaparate, al cruzarse las miradas, una mueca de asombro penetró la vidriera y en menos de un segundo un anciano salió a la acera, se le acercó y le dijo: “su pedido sigue en el mismo sitio”.

Ana Velasco

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Era un hombre con gafas y sombrero. Hacía gestos constantemente y, cuando te miraba, sus ojos estaban vacíos, como si estuviese haciendo un viaje intergaláctico y lo que viese fuesen las estrellas. Un día le pregunté si había viajado por el mundo, y él, me miró largamente y dijo: «yo fui vendedor de diamantes», y no dijo nada más. Sonreí amablemente y me fui rápidamente por donde había venido. Tuve la sensación de no ser más que un sueño de aquel hombre con gafas y pequeño.

Cruz González Cardeñosa

EL VENDEDOR DE DIAMANTES

Había conseguido reunir suficiente dinero como para pagar un piso minúsculo de 30 metros cuadrados en el corazón de Vallecas, un barrio lleno de coronavirus por todas sus esquinas. Un pequeño piso que tenía de todo. Una cocina pequeña, un salón pequeñísimo, un baño que no estaba mal y una habitación minúscula con la única ventana que daba a un patio interior desangelado.
Alguien querría vivir en ese lugar seguro.
Madrid era así. Una gran urbe plagada de corona virus por todas partes, con barriadas obreras que iban a sufrir la verdadera pandemia del paro y la miseria.
En medio de todo eso, había siempre alguien que especulaba y seguramente iba a ser el próximo rico en 20 o 30 años.
Había gente que tenía ese don, si se le puede llamar, de hacer dinero, amasar fortuna y dejar de vender por fin los puñeteros diamantes que le había dejado en herencia su tía abuela y que hasta el momento no le había reportado ninguna ganancia. La venta de diamantes requería otro tipo de actitud y otras relaciones de las que él carecía.
A él se le daba mejor especular con pisos vendidos a la desesperada, cuando el virus había hecho ya su trabajo.

Paola Duchên


EL VENDEDOR DE DIAMANTES

El otro día, mirando la televisión, pensé que esa pantalla era la pantalla de los falsarios. Eso es, falsarios y no que ellos estén solamente detrás de la pantalla, porque los que la hacen también la consumen… hasta vergüenza nos tendría que dar utilizar la palabra, “Televisión”.
En los programas de las televisiones hay falsarios, es decir, que los millones que miran televisión terminan, ellos también, siendo falsarios. Viendo la tele, la contaminación es rapidísima.
¿Y qué es un falsario, entonces?… uno que mira la tele, ¿no? jejeje !
Eso es lo que me preguntó mi amigo Juan, un argentino que emigró a Bélgica, y no le quedó otro remedio que volverse falsario; en esos países del norte, son mucho más numerosos. Además, está el falsario del falsario, algo así como cuando dices que viajas a Cracovia para hacerme creer que viajas a Lemberg y en realidad vas a Cracovia… el falsario del falsario. Bueno, estábamos intentando ver lo que era un falsario.
Falsario, falsa, farsa, alsa, ario, aria ¿Se entiende por dónde quiero ir? Falsario, farsante. Ario, ante, ente.
Los falsarios son una categoría muy extendida, primero en el ámbito profesional, ya sea en el sector de la salud, de la educación, arquitectura, ingeniería, en la cultura… Sí, sí, en la cultura también… por supuesto. Se solía pensar que en la política era donde más crecían, pero el crecimiento en la política es crecimiento del falsario popular.
Los falsarios profesionales, decíamos, son los que venden humo o diamantes, los vendedores de humo, farsas para entes, farsas para el gran público, vienen de las entes públicas, claro. El gran público somos todos, pero no siempre, ni en cada caso. Así que cada tanto descubrimos un falsario. También están los que ven falsarios en todas partes y en cada momento, esos ya requieren una atención psíquica urgente.
¿Y cómo poder detectar al falsario?
Pues, en estos tiempos que corren, primero y esencial, es no querer volverse como ellos, si no, no hay ojos que puedan detectar la farsa. Es muy fácil dejarse subyugar por el humo. El humo sale fácil, construye castillos en el aire, y además te explican cómo se fabrica el humo, en fin, un montón de rodeos para nunca darle en la diana, para falsificar. «La comedia de la vida» me decía el otro día Juan, será que él es un comediante.
Fue interesante ver cómo trasladó la farsa a la familia, muy interesante porque la verdadera comedia está en la familia.
Los falsarios, evidentemente, se forman allí, en el ente familiar, toman la teta de una farsa, escuchan a farsantes, aprenden rápido que el amor es la mayor farsa, es decir, ¿qué remedio? ¿qué remedio?
Allí es cuando llegamos a lo decisivo: ¿la farsa o la vida?

Clémence Loonis


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