YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

YA VENDRÁS A CARGAR A MI CORRAL

Vas a venir cuando huyas de ti mismo, cuando tus deseos por tenerme localizado, controlado, vigilado, observado, señalado y pisoteado deletreen tu nombre.
Cuando haya pasado tu tiempo y otro te haya arrancado de ese sillón de oro y basura.
Cuando te conviertas en alguien como nosotros, entre lágrimas, odio y sorpresa, tendrás un sitio a nuestro lado.

Hernán Kozak


YA VENDRÁS A COGER A MI CORRAL

Querida hermana:

Si tuvieras tiempo, te explicaría todas las ventajas de vivir en un corral, en el mío en el valle del río Jalón, viven mis amigas, todas ellas hacen su vida ahí, en un principio creíamos que vendrías a compartir corral con nosotras algunos porcinos, pero al final, gracias a las hadas gallinas de los cuentos, nuestra corralera decidió que con nosotras tenía suficiente.
Ya somos casi 30 compañeras las que cada día despertamos con el canto de Timoteo, le adoramos ¡Ay Timoteo! Es el mejor gallo que hemos tenido, cumple con todas y todas las semanas ofrendamos a nuestra ama con hermosos huevos castaños la mayoría, algunos salen de dos yemas. Timoteo es un macho de verdad.
En consideración a nuestro trabajo, Matilda, la corralera, mantiene nuestros comederos siempre llenos y nos sirve cada día agua fresca. Qué lindo cuando la repone, todas junto a Timoteo nos lanzamos despavoridas a refrescar nuestros gaznates.
La vida en el corral es maravillosa. Después de saciar nuestra sed Timoteo elige sus damas del día, es tan especial, todas atusamos nuestro plumaje para él y mientras, elige, desfilamos como si fuera una pasarela de moda a su alrededor esperado su picoteo, es un momento maravilloso.
Estoy deseando que conozcas mi corral, la noticia de tu viaje me ha puesto muy contenta, reservo mi lado un poco de paja para ti. Querida estoy deseando que conozcas a Timo, ya le he hablado de ti, te espera ansioso.
Que tengas buen viaje, pronto conocerás el paraíso.

Magdalena Salamanca


YA VENDRÁS A CAGAR AL CORRAL

Escúchame. Qué importa si las estrellas brillan, si a nadie les hace falta. Sólo las miran, pero no pueden hacer de ellas perlas, ni un faro para su coche. Luego esas gentes se abren paso por la mañana y alquilan un faro en el acantilado porque temen que la espera no alcance. A veces lloran. Siempre apareces cuando esto pasa. Nadie aguanta a oscuras tanta inquietud. Hasta los cuadros se alejan.
¿Ves? Es preciso que las estrellas brillen y tú les dirás ¿Ya no tienes nada? Enciéndelas pues, que ya vendrás a cagar al corral de la vía láctea.

Laura López

YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

  • “No le voy a engañar, esta infección recurrente en el glande no tiene más remedio que cirugía”- le había comentado el Doctor, mientras le observaba el miembro con la parsimonia del que ve muchos de esos todos los días. Le aclaró que se trataba de una circuncisión con anestesia local, que solo requería hospitalización de un día, que estuviese tranquilo.
    Pero no, no estaba tranquilo. El día de la intervención no pegó ojo. Estaba muy alterado. No dejaba de pensar en su pene. Demasiados desvaríos. A lo mejor tenía que “asentar” la cabeza. Se levantó a las tres de la mañana y preparó unos huevos fritos, encendió el televisor de la cocina y se puso a ver la teletienda. Mientras mojaba las legañas y el pan duro de dos días se dio cuenta de que tenía que estar en ayunas hasta las dos de la tarde y se levantó a buscar patatas fritas. –“Mejor ir con el buche lleno, con suerte, lo único que voy a ingerir hoy es un café con cuatro galletas María. ¿Quién coño pensará en el menú de los hospitales? se merienda lo mismo en un hospital de Alcorcón que en uno de Cuenca”-dijo entre dientes mientras contemplaba a una maciza de prominentes pechos y teñida de amarillo que aseguraba haber reducido dos tallas con el abdominator 2000 plus. La miró con escepticismo.
    En aquella minúscula habitación de hospital que le parecía salida de otro tiempo le tomaron la tensión y la temperatura. Le indicaron que se desvistiera y se pusiera una bata azul de tela con un mísero cordón que se anudaba en la parte alta de la espalda dejando el trasero a la intemperie.
  • “Esto es humillante”-pensó angustiado. Si al menos hubiera ido con compañía, la espera se le hubiera hecho más llevadera. Pensó en Lucía, su última novia. Le había dejado con una mísera nota en la nevera. “No te aguanto más”. Eso fue todo. – “Qué la den”-pensó indignado.
    En el quirófano el incauto se estaba agarrando el pene con congoja contemplando los aparatos de alrededor y el enorme foco de luz blanca que tenía encima. Se sintió tentado a levantarse y salir corriendo. Aún estaba a tiempo. Le daba igual estar desnudo. De repente una voz al oído le devolvió a la realidad.
    -” ¡Ya sabía yo que algún día vendrías a cagar a mi corral! tienes suerte de que no sea yo el cirujano. Mi trabajo es colocarte la vía y vigilar que tus constantes vitales estén en perfectas condiciones. Aunque quizás… tenga que sujetarte el miembro para que el doctor te dé el tajo que te mereces. Lástima que yo sea muy miope, a lo mejor hay un desliz y cortamos por el sitio equivocado. ¡Sería una auténtica lástima, campeón!”- le dijo pellizcándole los carrillos.
    Estaba a punto de llorar por su mala suerte. Estaba desnudo, con el pene en pompa, a punto de ser operado de fimosis y para colmo de males el infortunio de toparse con Mariluz su compañera de instituto a la que había humillado hasta la saciedad. Solía llamarla entre otras lindeces Marilupa, por la enorme graduación que tenía en sus gafas. Lo peor para ella fue cuando la hizo creer que tenía un admirador secreto. La mandaba falsas cartas de amor y le proponía falsas citas a las que no acudía nadie. En aquel momento de debilidad, en pelotas, tuvo que reconocer que había sido un canalla. – ¿Y si se venga de mí en este momento? -pensó. Empezó a sentir un sudor frío y un sueño profundo, profundísimo.
    Había pasado un mes desde su operación y se acordaba de Mariluz todos los días. Sentía gratitud por tener su pene intacto. Decidió buscarla en redes sociales. Descubrió que era la presidenta de la asociación de enfermeras y enfermeros de la ciudad. Era una profesional muy reconocida. Tenía un blog en el que escribía anécdotas de su profesión. Entró a curiosear. Tenía cientos de seguidores. La última entrada era reciente, se titulaba: “una fimosis en mi corral”. Ahí estaba él, retratado de cabo a rabo. Y nunca mejor dicho. – ¡Qué hija de puta, la Marilupa esta! – dijo mientras arrojaba con rabia el móvil a una esquina del sofá.

María González


YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

Tranquilo, no pasa nada sólo que cuando tú necesites algo ya vendrás pidiendo…
Y descuida que, como siempre, yo estaré allí, sin preguntas incómodas, no vaya a ser que de lo mal que te sienten te tenga que ingresar en el hospital, porque ya sabemos que contigo no va mucho eso de expresar tus emociones.
En fin, sólo quería pedirte que recogieras al cachorro, que lo dejé en la peluquería para que le cortaran el pelo.

Yolanda Hernández


YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

“Y cuando vengas a cagar a mi corral encontrarás la puerta cerrada”, fue la última frase que le dijo Jacinta a su hermano, estaba tan molesta por la manera en que se deshizo de las tierras, que no calculó la herida que estaba abriendo. Hoy, en la callada sala del tanatorio, mientras sus arrugadas manos colocan el pañuelo en la cabeza, no consigue dejar de repetirse aquella estúpida sentencia.

Ana Velasco

YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

Discutimos, él se empeñaba en hacerse el amable. Yo, tratando de hacerme la interesante, le dije que no.
-Ya vendrás a cagar a mi corral, me dijo.
Y yo, después de esa frase, no lo vi más.

Cruz González Cardeñosa


YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

Mujer de pueblo, profunda de encantos y excesos, traigo para ti un corra lleno de encanto donde podréis compartir miles de emociones juntos.
Un lugar donde la brisa del mar recorra tus más sentidos suspiros, la curva perfecta del amor que, con sus silencios y diagonales, te encuentre clavada en lo invisible de la carne.
Te quiero mostrar dónde viven y hacen el amor los animales, ese lugar lleno de ímpetu sagrado, ahí, donde se cocina todo.
Cántale algún bolero, no seas mala, entrégate al deseo que se produce cuando uno no piensa en él.
Hazte la hembra del pueblo, hazlo rey entre tus sabanas.
Cuando llegue la mañana, tu príncipe te esperara en su corral, dispuesto a tu regalo universal para darle la bienvenida al otoño…

Leandro Briscioli


YA VENDRÁS A CAGAR A MI CORRAL

Los franceses no querían jugar a las estrellas y toleraban muy mal ser destituidos por exageración de protocolo. Así que mi tío José, que algo había aprendido de esas costumbres restringidas, me propuso viajar, irnos hacia Oriente. Si por allí amanecía el sol, también podrían amanecer otros tipos de luces.
Como los idiomas, por ejemplo, está la luz kurda y el azerí, que viene iluminando un conjunto de muchos pueblos.
Pero mi tío José dice que no es la luz lo principal de Oriente sino su historia, porque está el Oriente próximo, el Oriente medio y el extremo Oriente, eso le da a la luz una circunvalación que permite no buscarla.
Mi tío José era vendedor, vendedor de lo que sea, también de mujeres. Un producto que tiene sus encantos, la demanda, pero por otro lado, el gran inconveniente, el difícil desplazamiento de la mercancía. Pero el valor es indefinible. No hay producto comparable. Se había intentado durante largos siglos definir su valor oponiéndola a otra mercancía, pero nada.
Así que su idea, nada novedosa, era ir a comprar mujeres a Oriente para después venderlas en los puestos legales de las fronteras. En las fronteras hay todo tipo de tráfico, se puede traficar con los sentimientos, las ideas y también el agua, lo que sea.
Tomamos al partir varias maletas de amor, un valor seguro para conseguir mujeres, mujeres de todo tipo, desde las más masoquistas hasta las más exquisitas.
Nos fuimos en barco, porque en los barcos hay pocas mujeres y queríamos mercancía propia de oriente, no convenía distraernos con extranjeras u otras cosas diluidas.
Cuando llegamos al puerto, Dubai, ya teníamos bien estructuradas las maletas. Teníamos que ser rápidos para evitar los celos y la envidia, y ya veríamos en el viaje de vuelta como haríamos, quizá en el mismo viaje podríamos vender lotes a otros mercaderes. Lo difícil sería embarcar. Era la primera vez que mi tío José quería traficar con mujeres, decía que con el amor que le había sobrado de su último «affaire» era la mejor opción y así después podría empezar de nuevo.
Me había pedido que le acompañase porque manejaba sin problema el idioma azerí, que a mi vez, había aprendido de una mujer con la cual había convivido durante cinco años.
Entonces en Dubai, quedamos con el Emir, Abu Dabi, era el intermediario más importante. Nos puso en contacto con un vendedor de harem, el señor, Jalifa Nahayan. Nos lo habían recomendado desde Londres. Cuando nos enseñaron a las mujeres, que no fue fácil llegar a todas ellas, les mostramos las maletas. Para algunas no fue necesario ni siquiera abrirlas, con ver que las maletas estaban a rebosar, aceptaron acompañarnos a Occidente, haciéndonos prometer que no irían a extremo Occidente.
Cuando nos dimos cuenta de que las primeras habían aceptado rápido para ser testigos de la selección siguiente, empezó a surgir en nosotros un miedo, un miedo que haría derretir el contenido de las maletas.
¡Pobres de nosotros! A la noche, fuimos a buscar alcohol, remedio popular que costaba lo suyo en esas tierras.
Al día siguiente, habíamos perdido una maleta para pagar a la camarera del hotel, estábamos con una resaca del copón y el miedo volvía a penetrarnos desde los dedos de los pies.
Mi tío José, me dijo que era mejor guardar las dos maletas para comprarnos un billete de vuelta, en las agencias de viaje, siempre hay mujeres.
Pero no pudimos escapar, el señor Jalifa, el Emir y las primeras mujeres avisaron a la policía, que bloqueó todas las agencias de viaje. Estábamos perdidos, tendríamos que escondernos y vivir del amor que nos quedaba de las dos maletas.
Cuando levanté la cabeza, toda dolorida, de la mesa, vi en la pantalla del ordenador el título de la historia que no había escrito: Ya vendrás a cagar a mi corral…

Clémence Loonis


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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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