AHORCADOS AL ATARDECER

AHORCADOS EN EL ATARDECER

Te has despertado, lujuriosa, peligrosa, abierta como el mar.
Una fábula en la ventana indica el movimiento del canto 
y se ponen en marcha las letras, un sin fin de escabrosos vientos 
aúllan en la lejanía de esa A; un romance inicial buscando nuevos ojos.

¿Quién eres sino mi nombre mayúsculo, mi pérdida, el páramo del olvido? 
Allí, en estas historias pisoteadas, almas abandonadas para vivir en la llamada 
de un todopoderoso ruido, un racimo sin uvas, un violento horizonte. 
Allí, cuando veo crecer el perfume, el temor del testigo, la hora de la luz, 
inauguro una mirada desprendida de maleficios silenciosos. 
Deseos escritos en una esmeralda me arrastran hacia el día.

¡Cómo me mira el amor cuando nunca nada puede ser escrito, 
cuando te olvido en la línea siguiente y soy la que calla lo callado! 
No, un paso de camino, el crepitar de las letras, el viaje corre envenenado. 
No, hay que contar los descansos, desvelar las medallas de conveniencia, 
denunciar la venganza del tatuaje, hábil vínculo secretado en las lágrimas.

Alzar la fiebre de ese corazón que agradece el fallo de la justicia, 
poesía, libera el fuego del silencio, 
que la historia, Señores, 
no es la momia del ruido, ni lo que braman los espejismos, 
es la cacería de los ahorcados en el atardecer.

Clémence Loonis

AHORCADOS AL ATARDECER
 
Las alas de los pájaros
cubrieron la colina en su mitad,
el pueblo quedo dividido en cicatrices,
los gritos se envenenaron con su eco
de nostalgias sin aire.
El árbol donde aquella tarde
las cuerdas se ataron al cuello de la muerte,
quedo vacío de historias.
Alguien escribiría esa última mirada
para darle un sentido a ese absurdo final,
alguien años después,
inventaría un columpio para sus ramas
y todo volvería a comenzar.
 
Hernán Kozak


AHORCADOS EN EL ATARDECER
  
Ahorcados en el atardecer 
los segundos creaban mágicas interjecciones, 
que caían sobre las horas lentamente, 
mientras el sol acariciaba tiempos pasados 
que se paseaban ocultos en el ocaso.
 
Crecieron entre nosotros misteriosas preguntas 
que cruzando el pensamiento
nada traían de nuevo a aquel suicidio. 

Magdalena Salamanca

AHORCADOS AL ATARDECER

Si vivo porque muero, hoy viví poco. 
Resuelto el crucigrama, la órbita marcha de siesta 
En aquel instante, lo único que hice fue componerme de horas 
julio se seca sobre las cuerdas de agosto. 
Me entristezco, sin embargo me complazco en el vergel 
de las habitaciones. Crecen leyendas y números

Me quedo como ausente,
si no estoy, mañana no almuerzo.
Me conviene regalar las sartenes entonces
pero mejor es plagiar a un vivo, sus movimientos. 
Deshojando sombras me levanto a dormir 
donde ayer caminaba. Algo pasará.

Recibo mi premio, una sortija de amaneceres. 
Manceba del tiempo pienso que todos saben 
que me sonrojo, que en la curva cae mi féretro
y que el sueño del pico devorando jardines
no es más que un verso interrumpido,
una cúpula sexual de los ahorcados al atardecer. 

Laura López

AHORCADOS EN EL ATARDECER

Colgados de sendas cuerdas
los reos ofrecían al sol el rojo
brillante de sus cabezas excitadas.
Por debajo paseaban indolentes
modelos de alta costura
y bebían el semen de aquellos
agonizantes péndulos de familia.

Kepa Ríos Alday


AHORCADOS EN EL ATARDECER

El lienzo que inicia el día se despliega ante los ojos ciegos, 
rendijas de luz felina calan en un útero primigenio, en el que nada pasa.
Ecos de voces humanas sostenidas por ondas metálicas, me susurran 
que la muerte zigzaguea en el alambre como una bestia maltrecha, 
que jadea en los atajos de un universo distraído e ingenuamente sempiterno.
Lirios azulados salpican al alba, bajo la atenta mirada del llanto del cielo.
 
En el ombligo de una lacerante realidad diseñada por hombres sin alma, 
una brizna de delirio brota en la gruta fecunda de los aromas.
Besos al aire invocan unos pies por iniciar veredas a los confines del universo, 
las asfixiantes y pequeñas muertes súbitas que vomitan la tarde languidecen. 
Gozosos, descubrimos que no estamos ahorcados en el atardecer,
escaramujos de colores, soles encarnados, llenan las manos tibias, 
versos de libertad rompen las cadenas que nos anudan a la efímera existencia.

María González


AHORCADOS EN EL ATARDECER

Enrojece el crepúsculo,
caballos a galope se acercan,
sobre el patíbulo los reos esperan
colgando la soga al cuello,
nunca sus piernas cedieron tanto.
Un clérigo emula un responso
ante un desierto de almas,
solo los postigos observan
la vieja justicia de espuelas.

Ana Velasco


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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