UN SUPERHÉROE PARA LA ETERNIDAD

UN SUPERHÉROE PARA LA ETERNIDAD


El tiempo estaba raído de venganza. El horizonte se alejaba y producía ahorcados en el atardecer. Cada vez que parpadeaba, alguien caía al otro lado. Se borraban del paisaje y la trampa de ternura se fabricaba en silencio. Me deshice de todo: del pronóstico reservado, de las injurias, de la lanzadera hacia el infierno y arranqué los tornillos a varios submarinos. Los muertos me daban la mano y las guitarras no tenían cuerdas. A esta hora, todos dormían o morían viviendo. ¡Se ha proclamado la guerra! Me detengo a contar los adoquines de las ciudades. Huelgas, castigos, arrestos…Silencio. Esa voz. Estalló como una granada taciturna. El tiempo huyó. Es un superhéroe para la eternidad.

Laura López

UN SUPERHÉROE PARA LA ETERNIDAD

Todo tenía un ritmo natural de transcurrir… La tarde parecía detenerse en el punto de calor máximo y nada parecía suceder… Era inevitable mirar hacia atrás y recordar los días en Tánger, escuchar la suave voz jazzística de las mujeres. Había una calma en la melodía del saxo y nos dejábamos llevar por las ondulaciones corporales de una voz con timbres delicados y sofisticados.
Él era un ingeniero de sonido, “como los ingenieros que construyen puentes, pero para las cosas del sonido, de la música” le había descrito así su profesión.
Y ella, una enfermera que recientemente se estaba recuperando del estrés de los meses pasados cuando todos los días el parte de guerra de Madrid decretaba que se habían producido 800 – 900 muertos ese día.
Hoteles medicalizados, 4 estrellas para los enfermos leves, aquellos que probablemente podrían recuperarse.
Helados terraplenes para aquellos que no volverán a pisar ninguna calle.
Realmente había sido un periodo duro, muy duro. Como en una guerra, no te dabas cuenta ni de tu cansancio ni de tu estrés nada de nada. Solo te interesaba combatir al enemigo, esta vez en forma de virus letal cuando te atacaba a los pulmones.
Summer time… la brisa marina, el hotel en Tánger, la memoria como una naranja podrida en medio del desierto. El calor que parecía ser eterno y las moscas que no te dejaban dormir y te despertaban justo cuando tu cabeza no podía más, pero el leve aleteo de sus alas te rozaba una pierna o una oreja y ya te despertabas otra vez.
El ronroneo de las moscas y la música te recordaban tiempos mejores, pero que más daba. La muerte se había cebado en Madrid, como ahora se cebaba en otras latitudes, incluso en el país más poderoso del mundo o en uno de los países más grandes, de amazónicos paisajes.
Necesitábamos un superhéroe para la eternidad, alguien que limpiara el alquitrán del mundo, alguien que quitara la mugre del alma de todo el planeta.
Sigmund Freud superhéroe se le ocurrió, y se rio para sí.
Pero efectivamente, se necesitaba para el mundo alguien que hiciera de verdad una limpieza. Así, que ¡psicoanalistas y poetas del mundo, preparaos para trabajar con intensidad los próximos y futuros años!
Después de ese pensamiento, pudo depositar su cabeza en la almohada y no hacer caso ni al calor, ni a las moscas, ni a la tarde, ni al jazz, ni siquiera a las voces femeninas, ni siquiera a ti, mi amor, a quien había empezaba ya a amar como amaba la eternidad.

Paola Duchên

UN SUPERHÉROE PARA LA ETERNIDAD

Hubo un tiempo que para salir a la calle eran precisas varias maniobras de protección. Era obligatorio, la consigna era protegerse del amor. No eran suficientes las muertes infantiles para reducir la población, la ignorancia tenía grandes facultades en su participación. Habían conseguido aniquilar los caracteres humanos por excelencia, nadie traía la leche a nadie, los restaurantes habían cerrado, quedaban algunos boliches clandestinos para hombres y mujeres que gustaban de practicar el habla, soñar, inventar, construir mundos sucesivos, cambios de tiempo, sin doblarse, alentando a las palabras a amarse, que la necesidad ame a la astucia, la gracia a la madrugada, la carne a la luz. Esa única libertad se disfrutaba en clandestinidad. Afuera, en el silencio, la velocidad era tal que no había lugar ni para besos ni para la espera, las calles eran esquinas, las esquinas laberintos, ¿en qué espacio descansar?

Estamos en primavera, para salir me había puesto los paréntesis de rigor, estaba decidida, hoy iría a ver al poeta, me habían hablado de él, contaba historias, era profesor, sabía de ese espacio donde podíamos andar uno al lado del otro, pasear, desplazarse y despedirse.
Conseguí llegar a su casa por fin de noche, me saludó y me hizo entrar en una pieza rodeada de estatuas, había estanterías torcidas por el peso de los libros, absorbida por lo que veía, escuché que dijo:
-Estoy escribiendo, en seguida vuelvo.
Abrí un montón de libros, de la velocidad había aprendido algo, si estás, se cumple la vida, si estás… y como pidiendo socorro al aire, giré las páginas, unas cien, unas mil, cada libro me tumbaba un instante y cuando seguía con otro, ya no era la misma, mis ojos eran fuentes, enteras o de espaldas, se había roto el marco de la soledad.
Cuando me desperté, todo mi cuerpo veía, los poros de mi piel veían, detrás, de costado, veía de golpe todo lo que me rodeaba, los libros esparcidos y el poeta en un ángulo de la puerta. Me dijo:

-Ahora tendrás que cerrar los ojos para ver y escribir para saber, eres ese superhéroe que tu eternidad esperaba.

Clémence Loonis


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