CUANDO TIEMBLAN LOS MÚSCULOS

CUANDO TIEMBLAN LOS MÚSCULOS

Pasé varios días sin ver la luz del sol, era un espacio muy pequeño, no podía casi ni estirar las piernas y un zumbido aterrador aturdía mis sentidos hasta hacerme desmallar.
Es como cuando te tiemblan los músculos por el miedo que encoge las entrañas, desnuda el pensamiento y paraliza la huida, aunque correr sea la única salida.
Habían estado investigando mis movimientos, mis reflejos y mis constantes vitales, todo era irregular, pero mis deseos seguían intactos. Nadie daba crédito. Pero yo sabía que jamás averiguarían mi secreto, nunca nadie sabría nada de mí.

Magdalena Salamanca


CUANDO TIEMBLAN LOS MÚSCULOS

“Casi cuatro meses sin ver a mi viejo, pensaba, cada día contándole historias para que no saliera, para mantener mi aliento circundado por la necesidad de hacerle creer que debía echarme una mano”. Ella, que conversaba tan de tarde en tarde con su padre se encontró, ante el desgarro de la pandemia, transformada en una alumna de Sherezade. Así, consiguió que el viejo abandonara la idea de ir a la residencia a ver a su hermano afectado de alzhéimer, rutina que mantenía desde hacía cinco años; primero tuvo que decirle que se lo habían llevado de viaje, luego cuando escuchó que los aeropuertos estaban cerrados, urdió que la agencia de viajes decidió prolongar el viaje, pero su hermano lo estaba pasando estupendamente en un balneario. Cómo decirle que había sido uno de los tantos afectados que no pudieron ir al hospital, que murió sin el bálsamo de una caricia. Y, cuando su padre insistía en querer salir de casa, que ya no tenía suficiente pasillo para cansar sus músculos, le decía que estaban arreglando la escalera, que por eso el conserje siempre le subía la compra en ascensor. Y cuando se quejaba de que había tiempo que no venía a casa, echaba mano de la resignación del viejo diciéndole que, en un par de semanas, que ahora ella también estaba encerrada. “Nos están preparando para una situación límite, le dijo” y en eso no mintió.
Por fin había llegado el momento del rencuentro: frente a su padre, con mascarilla y gafas de sol, éste no quiso reconocerla, creyó que la intrusa venía a usurpar la identidad de su hija. Solo cuando ella empezó a cantar “¿Quién le escribía versos? Dime quién era ¿Quién le mandaba flores por primavera…?”, algo que hacían juntos cada vez que recordaban a mamá, el viejo se acercó para abrazarla, pero un sofá se interponía entre los dos, la aguerrida enfermera besó su mano, se quitó las gafas y ahí descubrió un tic en el ojo que le impedía dejar de pestañear.

Ana Velasco

CUANDO TIEMBLAN LOS MÚSCULOS
Llegó a su casa completamente mareada. Los días siguientes estuvo con la sensación de que olía a oveja. Tenía ese olor tan desagradable instalado en la pituitaria. Para colmo, algo la había picado y tenía el cuerpo lleno de ronchones. Recordó la imagen de Esteban el pastor, en aquel establo iluminado por un par de bombillas llenas de mierda mientras tiraba con fogosidad de las ubres de aquellas ovejas, los balidos desordenados del rebaño, el olor ácido e intenso del orín de los animales mezclado con sus ridículos excrementos clavados en sus tacones y aquel calor asfixiante. De repente empezó a sentirse indispuesta. –“Flora, saca a esta muchacha de la tenada, que se está poniendo mala”- le dijo el pastor a su mujer, – “y encima se va a llevar pulgas…”- En ese instante, se acordó de manera poco cariñosa de su profesor de antropología. Si quería aprobar su asignatura tenía que realizar un trabajo de campo sobre el vocabulario típico del pastoreo en Castilla. La pareció un castigo. Odiaba los pueblos.
No conocía a ningún pastor. La cita con Esteban se la proporcionó una amiga de su madre que era la bibliotecaria del bibliobús. Cayetana llegó antes de que el pastor volviera del campo. Su mujer la mandó esperar en la cocina. La indicó que podría aprovechar a preguntarle lo que quisiera mientras merendaba, costumbre que tenía antes de ir a ordeñar.
–“Podrás ver el ordeño si quieres”-le dijo la mujer mientras le miraba los zapatos de tacón con cierta risa burlona. Flora dispuso sobre la mesa sendas piezas de queso y longaniza, pan bregado y una jarra de vino. – “Por Dios, cuánto carbohidrato junto… seguro que está gordo el pastor éste…”-pensó para sí. Se sentía ridícula e incómoda con los tacones y la minifalda en aquella cocina de pueblo que le pareció que olía a rancio. Se fijó en el sofá de piedra, cubierto con una colcha de ganchillo de diferentes colores. Supo que aquel sofá pétreo era una trébede y que estaba encima de una gloria. Vocabulario que le pareció digno de una buena nota. Escrupulosamente, se acercó a mirar por la ventana que daba al corral y pudo ver el rebaño de ovejas que entraba por el patio espantando a las gallinas. Se apresuró a sentarse.
El pastor entró en la cocina. Dejó su zurrón y la boina en una silla y encendió la luz. –“La flora te tiene a oscuras”-dijo. Era un hombre corpulento, con voz grave. Tendría más de cincuenta años y los rasgos muy marcados. La piel ajada y curtida por el sol. Tampoco parecía un tipo de mucha conversación. No estaba gordo. El hombre empezó a merendar con voraz apetito bajo la atenta vigilancia de su mujer, que no dejaba de mirar las piernas de la moza que atesoraba todas las palabras de las que era capaz. Anotó esquileo, lechal, zagal, albarca, garrote, abrevar y mohína entre otras. Supo que achuchar es cuando el pastor manda al perro a buscar a las ovejas que se han separado del rebaño y que un pascual es un cordero de más de cuatro meses. El botín compensó el mareo.
Una semana más tarde, con un calor abrasador, el rebaño se apelotonaba milagrosamente bajo la sombra de unos chopos en aquel páramo, bajo la atenta mirada de Blas el perro pastor. Esteban explicaba a su pupila con precisión la asociación entre meteorología y comportamiento animal. –“Cuando la burra juguetea con las orejas es que va a llover. Si va a nevar, las ovejas se quedan clavadas y no caminan, tengo que andar achuchándolas todo el tiempo”-. También le explicó con la pericia de un veterinario los partos de las ovejas y lo útiles que eran las alforjas en la burra para transportar a los lechazos hasta el pueblo. No se mareó, pero sí sintió cierto asco.

  • “Qué coño me importará a mí como paren las ovejas, lo que necesito es aprobar la mierda de asignatura esa”- pensó para sí, mientras ponía cara de falso interés.
    Cayetana consideró que ya tenía material suficiente. Se despidió con entusiasmo y se dirigió aliviada al estrecho camino que la llevaría hasta el coche. Entretanto dos carneros se habían separado del rebaño y se interpusieron en su camino mirándola atentamente, mientras rumiaban unas alfalfas. Se quedó completamente paralizada. Esteban arrojó una piedra a Blas que les devolvió rápidamente a la chopera.
  • “Putos bichos de mierda… ¡qué susto, por Dios… me siento como cuando me tiemblan los músculos en el gym…”-masculló entre dientes. La carcajada de Esteban sorprendió a Blas. –“Anota bien, Cayetana, anota bien…aquí en el pueblo no se dice me tiemblan los músculos, aquí, en el pueblo decimos canillas… me tiemblan las canillas…”
    María González

CUANDO TIEMBLAN LOS MÚSCULOS

Todo era pequeño y todo era grande a la vez. Cuando María se ponía a pensar aparecían pequeñas cosas que se tornaban en grandes problemas y grandes problemas o situaciones que ella transformaba en minucias, en cosas sin importancia.
Era su peculiar relatividad que no contrastaba con el mundo en general y que en ocasiones la había metido en serios problemas.
Cuando llegó la pandemia y arrasó el país, María parecía haber renacido. Tuvo más fuerzas que nunca para aceptar todo lo esta invasión de virus había trastocado. El confinamiento lo llevó de maravillas. Un programa maratoniano de deporte combinado con buena alimentación y sanas lecturas habían tranquilizado su espíritu.
Sus músculos se habían contorneado y adquirido forma, su cuerpo en general había ganado espacio en el mundo.
Miró un deportista corriendo por el parque. Su cuerpo atlético atrapó su mirada y lo siguió hasta que se perdió. Sus músculos temblaban al doblar la esquina.
Fase 2 en Madrid. Todo parecía como si no hubiese pasada nada. Increíble el poder de recuperación de toda una población. De toda una ciudad.
Cuando tiemblan los músculos de la ciudad se despereza y comienza a caminar. Nada sabemos de sus pasos futuros. Nada sabemos de su musculatura en acción. Cuando tiemblan los músculos, un brazo levanta un puño en alto y alguien escribe su canción.

Paola Duchên


CUANDO TIEMBRAN LOS MÚSCULOS

Estaba solo, en una de esas noches donde la inspiración golpea la puerta; bajo a abrirla, ella me sonríe y me dice: hoy soy toda tuya.
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue como no entender lo que estaba pasando y es curioso, uno la busca y cuando llega, es como si algo tuviese que volver a empezar, como si se detiene el tiempo mirando firme el próximo paso.
Trato de ver qué forma tenía, si era hombre o mujer, si venía con alguna intención o a dejarse sorprender.
Entro, dejando la puerta abierta y al ver que nada entraba en la vivienda, decido componer algo nuevo y fresco sin dirección, sin estructuras y saltándome la ley, la regla.
Agarro la guitarra y es ahí donde todo toma sentido, mis manos se movían como si supiesen lo que tenían que hacer, estaban muy bien coordinadas con mi voz incluso y es ahí donde apareció una nueva canción pidiéndole al futuro muchas cosas, queriendo gritar de libertad y caen en un renglón en blanco.
Ella, como si nada, se dejaba llevar, era un momento genial, todo transcurría naturalmente sin pensarlo.
Llegó la nueva canción y todo fue una fiesta, pero al otro día, sentí cómo mis músculos temblaban y ahí pensé: ella me gastó y se lo llevó todo, ella volverá…

Leandro Briscioli


CUANDO TIEMBLAN LOS MÚSCULOS

Se empezó a sentir mal al salir de casa de Juana. María era propensa a los temores infundados respecto a la salud, por eso prefirió no decirle nada a su amiga, pero ese extraño cansancio, esa sensación de fiebre no verificada, ya los había empezado a sentir mientras Juana le contaba o, mejor dicho, no le contaba, acerca de la cita de la noche anterior con su nuevo amante. Juana era muy discreta. No es que quisiera hacerse la interesante, es que le parecía una tradición, una torpeza vulgar, develar detalles de su intimidad amorosa. Por eso la conversación había sido un tanto decepcionante para María, que habría esperado que se le confiase algún secreto o intimidad de Paco, el nuevo amante de Juana. Le dijo que era músico independiente y que actuaba en un lugar todas las semanas.

Si en ese momento María hubiese hecho algún gesto de dolor o cansancio, Juana le hubiese mirado sonriendo como llamándola envidiosa. No, prefirió ocultar sus síntomas y su preocupación por si se hubiese contagiado del virus, pero al salir de la casa comenzó a encontrarse realmente mal. Tampoco le dijo a Juana nada acerca de otras sospechas. Porque ella y Juana no se conocían hace tanto y tal vez nadie le había dicho a Juana que Paco era el masajista de María.

Kepa Ríos Alday


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
https://www.facebook.com/talleresdeescrituracarmensalamancagallego

Visita nuestra web:
http://www.escribeycrea.com

Visita nuestro canal en Youtube
https://www.youtube.com/channel/UCQtPVp9VFU2hYjtG8xtIJfQ?view_as=subscriber

Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s