¿DESCONFINADOS HAS DICHO?

¿DESCONFINADOS HAS DICHO?

Las terrazas estaban llenas de gente que no guardaba la distancia de seguridad, pero sí las mascarillas.
• Vamos a morir todos. Le dijo un camarero a otro, mientras pensaba como hablar con su jefe para poner algo de orden.
• Dame dos desconfinados para la siete.
• ¿Y no quieres dos fase uno para la cuatro?
• Perdona, perdona, es como si me hubiera olvidado lo que es trabajar, no estoy a lo que estoy.

Las primeras mesas que se movieron dejaron una buena propina y la de las cuatro siguientes aún fue mejor. Se notaba que estaban contentos, no era día para mirar los bolsillos, así que nadie intento que las cosas fueran de otra manera, además era muy posible que no hubiera servido para nada y si lo todo el mundo lo hacía quizá no sería para tanto.

Hernán Kozak

¿DESCONFINADOS HAS DICHO?

Noviembre 2019

Cuando nos dicen que no pasa nada y que el tiempo lo cura todo, sabemos que es mentira, sabemos que hay quien, a pesar de las muertes, se enriquece día a día, quien frena el avance de la ciencia, de la educación, de la salud, porque así, es más fácil someter, dominan, enceguecer a la mayor parte de personas.

Si no piensan, si no hablan, si no se reúnen, no hay inteligencia posible, no hay ni luz, ni saber, ni siquiera pequeñas inquietudes que saciar y, entonces, para qué el movimiento, para qué la crítica o la conversación, ¿para qué?

  • Pero bueno, señoría, quizá esté usted exagerando, ¿no cree que la gente va a saber defenderse?
  • No dudo de la gente, ni de su noble deseo de progresar, pero sin pan, salud y educación, cualquier ser humano es capaz de cualquier cosa para salir adelante. Y si no mire, lea los periódicos, escuche la televisión, ellos se encargan de trasmitir lo que necesitan que el pueblo crea, desee, haga.
  • Creo que quizá deberíamos de confiar en que la justicia, al menos en la divina, pondrá orden. Dios pondrá orden.
  • Jajaja, sí, ojalá Dios pudiera intervenir, pero la codicia y la ambición humana, no tiene límites, y si no, espere. Ya han llegado mail a la secretaría de Dios de que pronto algunos humanos atacaran a la humanidad entera para poder seguir con sus planes de dominación.
  • No me le creo. Eso es imposible.
  • Créame, señor Sánchez, el ser humano no dejará de ambicionar lo imposible.

Magdalena Salamanca Gallego


¿DESCONFINADOS HAS DICHO?

Parecía abrirse un nuevo sol en el lejano oriente de aquella esperanza hacia la supervivencia. El inesperado atentado contra lo naturalmente biológico en el que nos habían sumergido producía, de algún modo, una especie de transformación social, en la que tras hacernos creer que estábamos superándolo había quien se sentía cada vez más atrapado en miedos fantasmagóricos creados históricamente por el pensamiento humano ¿desconfinados has dicho? o ¿el final del principio del fin? La verdadera historia aún estaba por crearse, esta vez, lo más probable sería que las diferencias aumentaran, y no sólo económicamente, sino también creándose, para unos, ideologías fanáticas a las que aferrarse y para otros, quién sabe, si la construcción del aparentemente débil pensamiento, acto y omisión.

Paqui Robles.

¿DESCONFINADOS HAS DICHO?
Se rasgó la cortina cuando intentaba tapar el hueco de la ventana. No quería que la mirada indiscreta de los vecinos pudiera comprometerle, así que en un movimiento hizo todo lo contrario. Frente a las cuerdas, se avergonzó. El primero en darse cuenta fue el vecino del tercero, ése que hacía ejercicios gimnásticos en la terraza y utilizaba pesas. Paró en un momento tan difícil en una de las posturas, que casi se golpea la boca contra el suelo. Después la vecina del cuarto. Limpiaba los cristales con una máquina de esas vaporeta. La pala que soltaba vapor se le cayó de la mano, como si cobrara vida. El matrimonio del tercero del bloque de al lado desayunaba en su pequeña terraza cuando la mujer hizo ademán de frotar las lentes de sus gafas, como perpleja, ante lo que le costaba ver.
Se le vinieron unos versos a los labios:

Te hiere el corazón la piqueta indiferente
de un sabor de gafas abigarradas
y te golpea el rostro la procaz ofensa
del estúpido “¡oh!” de un gringo turista.
Pero tiene algo vivo.
Yo no sé qué es.
La vergüenza se desprendió a años infantiles, a la puerta del cuarto y, entonces, súbitamente, encendió la lámpara del salón para que se viera aún mejor al retrato del Che Guevara. La llamarían roja, pero ahora, aunque estuviera en el barrio de Salamanca, ya no le importaba. ¿Desconfinados han dicho?

Laura López


¿DESCONFINADOS, HAS DICHO?
La mujer le pidió algunos alimentos y productos de higiene para ella y su bebé. Sintió algo de lástima cuando miró al niño que jugaba con un sonajero de colores, le recordó a su hija, tenía uno exactamente igual cuando era pequeña. Inmediatamente empezó a pensar en otra cosa. Se limitó a darle lo que necesitaba evitando mirarla. Tenía que reconocer que en ocasiones se conmovía con los dramas que allí veía, pero se le pasaba enseguida. De repente, entre el gentío le pareció ver aproximarse a Piti, la mejor amiga de su mujer. El corazón le empezó a latir con intensidad. Pudo comprobar que no era ella y sintió alivio. ¡Menuda vergüenza! aunque si hubiera sido ella no le hubiera reconocido. Además de la mascarilla, llevaba gafas de sol y ropa del Decatlón, la compró específicamente para esta ocasión. Normalmente vestía de marca, pero aquella mujer le había avisado de que nada de ostentaciones para trabajar allí.
Desde el desconfinamiento estaba colaborando en el banco de alimentos que se organizaba los sábados al aire libre en la Plaza de las Flores, afortunadamente estaba lejos de su casa y su ambiente. A Berta le decía que salía a caminar, a desayunar o al club de campo. Sabía que los sábados iba de compras y a visitar a su madre. Con seguridad no le iba a acompañar. Salía temprano y se cambiaba de ropa con disimulo en el coche. En el banco de alimentos hacía las tareas que César, el coordinador, le encomendase. Se había comprometido con aquella mujer a ir dos sábados al mes al menos durante seis meses y a trabajar sin rechistar. Aún recuerda sus brillantes ojos negros diciéndole que si no cumplía con su parte del trato le contaría a su mujer todo lo que sabía. Estaba perplejo. No podía entender por qué aquella mujer sabía de sus aventuras extramatrimoniales, pero mejor hacerla caso. Parecía que hablaba en serio.
-“Conmigo no se juega, te aviso Francisco…”- le había amenazado.
Quedaba lejos el día que sus amigos del club de golf le habían animado a manifestarse contra el gobierno. –“¿Caceroladas?, ¿que queréis hacer caceroladas?, pero qué vulgares sois”- les había dicho. – “Contra el vulgo, hay que manifestarse de manera vulgar, Zapata que no te enteras, es una manera de acceder a su mundo y que te oigan, ¡qué mejor que una cazuela!, pregúntale a la chacha dónde las guarda y anímate. Esta semana a las ocho frente a la delegación del gobierno, estos perroflautas no nos pueden confinar. Nosotros tenemos el derecho de elegir. Somos la casta”-dijo su amigo Quique con una risa burlona. – “No seas gallina, anda, que vamos todos”- No quería quedarse fuera del grupo. Iría. Le pidió a la asistenta un cazo bien grande de acero inoxidable de la marca San Ignacio. A las ocho en punto estaba frente a la delegación del gobierno. Los antidisturbios estaban enfrente dispuestos a cargar si hacía falta. – “¡Qué subidón, Quique, tío, qué subidón! -le había dicho a su amigo. Se llenó de testosterona y golpeó la cazuela durante toda la semana henchido por la emoción. Después celebraban la cencerrada tomando un refrigerio, cada día en una casa diferente.
Ese viernes él era el anfitrión. Pero no pudo ser. Se levantó con un terrible dolor de cabeza, tos seca, dificultad para respirar y una fiebre de cuarenta grados. –“¡Uf! eso va a ser coronavirus”-le dijo Berta. –“Por Dios, no te acerques ni a mí ni a la niña, por si acaso, y vete a urgencias, llévate el móvil. Me llamas con lo que sea”-. Como no podía ser de otra manera, acabó ingresado en UCI. Era la hora del cambio de turno. A Mariluz, la enfermera de tarde, le gustaba interesarse por sus pacientes antes de tomar el relevo, le interesaba sobre todo conocer su estado civil.
De repente se escuchó una voz desgarradora: -” La madre que los parió, ¿desconfinados has dicho?, ¿Que estaban desconfinados?” Tenía los ojos inyectados en sangre. Era peligrosa en ese estado.
A la mañana siguiente después de desayunar llamó a su amigo César, el coordinador del banco de alimentos, para decirle que en unas semanas tenía otro irresponsable para cumplir condena de trabajo voluntario. – “A ver si conseguimos meterles en vereda”-, le decía siempre.

  • “No me lo puedo creer, Mariluz”- le dijo César. – “¿A éste también le has vuelto a engañar diciéndole que si no trabaja de voluntario le contarás sus correrías a su mujer? Un día te van a cazar, van a saber que es mentira, que te lo estás inventando. Además, te aprovechas de que sólo te ven los ojos. Confían en que los conoces y pican el anzuelo.”.
  • “Querido, por desgracia y aunque me encantaría, no puedo hacerlo con todos los canallas, pero hay gente que tiene la culpa escrita en la cara. Este tiene pinta de no haber roto un plato. Esos son los peores. Es un blanco seguro. Y no me voy a equivocar… lo vas a tener allí cada 15 días como un clavo. ¡Ya lo verás!”

Maria González

¿DESCONFINADOS, HAS DICHO?

  • Pero, dígame, a ver ¿qué pensaban que iban a hacer los cerdos sueltos por el campo? ¿pensaban que iban a dedicarse a fabricar casitas para pájaros? Es carne para comer, nada más, no tienen derecho a ninguna libertad como tampoco tienen ningún deber ni están sujetos a ninguna ley humana. Lo que pasa es que estos nuevos animalistas románticos han visto demasiados vídeos de gatitos con gafas de sol y ya no saben distinguir entre un ser humano y un perro. No, cuando dejas en libertad a los cerdos no creas que van a llevar a cabo precisamente acciones edificantes: provocan accidentes de tráfico, destrozan el mobiliario urbano, esparcen la basura, propagan infecciones…
  • Pero, discúlpeme señor, ¿de qué me está hablando? -le interrumpió el conductor del taxi. -¿Del fin del confinamiento por la pandemia o del ataque de los animalistas a la explotación ganadera?
  • No, no, perdone la confusión -contestó el cliente después de escuchar con educado interés la pregunta del taxista- es que a veces no me explico bien: yo me refería a la valla de Ceuta.

Kepa Ríos Alday


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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