HAY HOMBRES QUE MUERES DOS VECES

HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

Vemos una habitación sin paredes definidas en medio de nada conocido.
Las puertas y ventanas cubiertas con cataratas de agua detenida y seca.
Es el tercer encuentro de ese mes, en los anteriores sentaron las bases de un acuerdo que parecía muy complicado.

Primero habló el hombre:
• Esta vez has ido demasiado lejos. No teníamos bastante con nosotros mismos para que ahora vengas tú y nos riegues con ese virus insoportable y cruel.

Ahora habla la muerte:
• No os voy a dar la inmortalidad. Si el que vino antes que tú hubiera sido menos orgulloso y prepotente, todo esto no habría sucedido.
Habla él:
• No queremos ser inmortales, para eso tenemos la eternidad, al menos concédenos morir dos veces.
Le toca a ella:
• No, no estáis preparados para eso.
Él:
• Eliminaremos tu nombre de todos los poemas y nos prohibiéremos engarzarte en versos futuros.
Se terminarán los honores cuando vengas a buscarnos, ni funerales, ni entierros, ni homenajes. Veremos quién cae antes.
Ella:
• Me lo pensaré. Vuelve a verme dentro de un siglo.

Hernán Kozak

HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

Hay hombres que mueren dos veces cuando las teclas de un piano anuncian la pura y serena placidez de un llanto que mecerá sus sueños entre jazmines inodoros.

Sin haber nacido, casi sin haber respirado por primera vez, los pulsos se ciegan en las cavernas de una madre que late para dar vida al amor.

Ella se hace bosque en medio del desierto, pero al poco se hace agua y luz y quizá, también, calor albiceleste creando cristales opacos al odio y la ira.

Ellos crean injustamente leyes que lo rompen todo, mientras el aniquilador futuro inocula su veneno en pequeños seres gestados por el bien.

El cobrizo espectro del sufrimiento inútil se difumina en cada año por cumplir. Para ellas, las que jamás crearon alquimias de sus campos fértiles bajo apariencias secas, el destino entrega la eterna tempestad.

Hay quienes nunca nacieron a la belleza de una mujer. Mujeres como primaveras inundadas de néctares que transcienden las épocas del perdón. Hay mujeres que arden en las llamas de la envidia cuando su languidez no logra ningún vuelo.
Hay días donde el misterio se confunde con la ciencia y la verdad no existe sino disfrazada por los hedores de la tierra en erupción.

Magdalena Salamanca

HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

Quería venganza. Era domingo. Se oía la muerte bajar por la calle. El galán amasaba abreviaturas y camposantos bajo sus pies, rescatando del árbol genealógico rencillas del pasado. Ni una gota de supervivencia estremecía su casa. No había pañuelo sobre su frente vacía y entre la carne y el cielo ni el aire se acercaba. Un vacío oscuro quería permanecer. Abrió su cartera. Quería comprar agua para digerir el momento. De su cartera se le cayó un pin de su equipo de fútbol favorito. Había perdido la liga aquel año.
Hay hombres que mueren dos veces, sin haber aprendido jamás a perder.

Laura López


HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

La primera vez fue cerca de la isla de Creta, saltando al agua para evitar que varios emigrantes procedentes de las costas de Libia se ahogaran, era joven y desconocía que esa no era mi función, sino escapar antes de que los policías alcanzasen la costa. El desierto del que venía tenía otras leyes, la muerte estaba siempre a sus anchas, por eso ofrecer la mano a alguien antes de que ella lo abrazara era motivo de orgullo para todos y una estela protectora de por vida. Posiblemente esa fue la razón por la que, a pesar de recibir varios tiros, las corrientes me recuperaron escondiéndome por un tiempo en Turquía. Allí me llegó la segunda, cuando una noche paseando a orillas del Bósforo, una reyerta entre dos bandas, que se disputaban el control de opio, me atrapó pasándole un pasaje a otro escapado que intentaría de nuevo la travesía del Egeo.

Ana Velasco

HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

Asomó decididamente la cabeza por el agujero que conducía a la galería principal y que estaba anexo a la ermita de San Andrés. Se avecinaba lluvia. Decidió asomarse un poco más y enderezó sus antenas para asegurarse del olor. En efecto, la lluvia empezaría a caer en un par de horas aproximadamente. Estaba amaneciendo y el cielo estaba encapotado. Era una hormiga soldado y tenía mejor definición en la visión que el resto de sus compañeras de colonia. ¡Ahora o nunca! No estaba dispuesto a estar confinado en el hormiguero hasta que la tormenta pasase. Si esperaba más tiempo los peregrinos empezarían a llegar y salir de aquel hormiguero sería misión imposible. No quería permanecer allí, ni un día más. Es cierto que tenía ciertos privilegios por proteger a la reina y cuidar de la colonia. El trabajo era cómodo y estaba socialmente reconocido, pero quería ir un poco más lejos. Ampliar su mundo. En las clases de entrenamiento militar había estudiado historia y geografía de la zona. Estaba a trescientos metros de los acantilados más grandes de Europa. Ansiaba verlos.
Sigilosamente y con un tembleque en las patas salió del agujero. Se arrimó a la pared de la ermita y empezó a caminar ágilmente, de vez en cuando echaba un vistazo hacia atrás para ver si alguien se había percatado de su huida. Escapar se consideraba traición, le arrestarían y le degradarían a obrera. Cuando estuvo lo suficientemente lejos se tranquilizó y empezó a pensar en cómo sería el mar y aquellos acantilados con los que tanto había soñado. Una vez que estuviera allí trataría de encontrar una colonia en semi libertad. Ya existían algunas, podría trabajar como vigilante con un sueldo digno y tener una vida propia. Se sentía invadido por una multitud de olores, procedentes de flores, árboles, arbustos, era un espectáculo para los sentidos. Notó que estaba empezando a descender siguiendo el curso de un riachuelo. También había empezado a llover. Esquivaba la lluvia con mucha maestría. Se sentía gozoso y libre hasta que el agua se convirtió en granizo, golpeando con intensidad todo lo que encontraba a su paso. No fueron menos los sueños, las ilusiones y la libertad. La casualidad hizo el resto. Se hizo la nada.
Lejos de allí, Rita colocaba las flores con sumo cuidado en los jarrones que estaban a ambos lados del nicho. Rosas rojas. Aún las tenía en el jardín pese a ser octubre. Florecían todo el año. El microclima de la zona concedía estos pequeños privilegios. Era el cabo de año de su padre. Aún le parecía increíble cómo una desafortunada caída lo había complicado todo. “A veces la muerte es cosa de meigas, con lo bien que estaba el hombre… válgame, Dios”- pensó.
Miró el reloj. Era hora de regresar a casa. Había madrugado para ir al cementerio y de paso vigilar cómo andaba una marrana que estaba a punto de parir. La tenía en vilo. El día estaba avanzado y le esperaba faena. Hoy tenía que bajar a Ribadavia. Había mercado y quería comprar algunas gallinas, de paso hablar con el veterinario a ver si podía acercarse. Enfrascada en estos pensamientos contempló el paisaje que se abría ante sus ojos. Desde la falda de aquella ladera empezaban a dibujarse las humildes casas de la aldea. La vista se perdía contemplando la hilera de vides de colores ocres, amarillos, rojos, que descendían hasta el rio Avia. La geometría trazada por las viñas se mezclaba con un paisaje salpicado por las casas diseminadas de aldeas vecinas. Las lareiras ya templaban los hogares, vio huertos, hórreos, bancales, madre selva, robledales y eucaliptos, un crisol de emociones la inundaron. Respiró profundamente y continuó el camino. Ya en casa preparó el almuerzo a su marido que estaba rematando la vendimia. Le llamó por el ventanal del salón por el que el sol se colaba con disimulo. Con el reflejo de la luz se dio cuenta de que hacía tiempo que no limpiaba el polvo. La delató la moldura dorada con el retrato de su boda colgado en la pared. Apenas se veía la foto, ya que estaban superpuestas entre el marco y el cristal unas postales de los maravillosos acantilados de San Andrés de Teixido y del paraje espectacular que allí se esconde. Se los trajo de recuerdo el primo Tuxo de su viaje de novios en Coruña. Pensaban llevar a su padre. Les había jurado que si no le llevaban en primavera se iría él solo en un taxi.

  • “No pasa nada, padre, irás, claro que irás”- le había dicho bromeando en alguna ocasión. – “La leyenda dice que A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo. Las almas se reencarnan en insectos o pequeños animalillos que los peregrinos tratan de no pisar”.
  • “Bobadiñas, milla filla, bobadiñas”. Extraña respuesta en su padre que había jurado ver a la Santa Compaña una madrugada mientras trabajaba en las viñas cuando ésta vino a buscar a Pepiño para llevárselo al más allá. Llegaron a creerle porque estuvo meditabundo una temporada.
    Empezó a impacientarse. Su marido seguía sin venir. – “¡Con la prisa que tengo!”-murmuró. El veterinario se iba a las doce a San Cristóbal y luego era difícil localizarlo y la marrana a punto de parir. Decidió salir a buscarlo rosmando entre dientes, – “este hombre no se da cuenta de nada, por Dios…”. Al salir, se percató de que a la puerta de casa tenía sendos hormigueros. Colonias de hormigas ufanas hacían acopio de todo lo que su peso podía soportar. –“También tienen prisa, eso es que va a llover” se dijo. – “Que no se me olvidé comprar algo para acabar con ellas, estas pellejas son capaces de llegar a cualquier sitio”.

Maria González

HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

Hay hombres que mueren dos veces para no morir una tercera, y hay otros que lo hacen para vivir por vez primera. Seguramente habrá más de uno que nunca haya muerto y lo más probable es que también existan los que nunca vivieron. Por otro lado, puede que cuantos más vaticinios se enlacen a la mirada del testigo, más grueso sea su abrigo y más le cueste levantar la mano para decir “hola” o la pierna para andar. Y si por casualidad surge alguna mirada perdida, descienda hasta el presente, y acepte la moldura en la que somos diferentes, sin pretender que esto suceda o sorprendiéndose de lo contrario, si es lo que tú quisieras. Sin alegrías ni penas, esto no sería vida, sin penas ni alegrías, tampoco habría muerte, así que no me extraña que haya hombres que mueran dos veces.

Paqui Robles.

HAY HOMBRES QUE MUEREN DOS VECES

Se encuentran dos personas a conversar en un bar típico de la ciudad y una le pregunta a la otra:

  1. ¿Qué tal estás?, ¿cómo andan tus cosas, tu familia?
  2. Y le dice: bien, por suerte todo marcha sobre ruedas, la familia cada vez más hermosa, con buena salud, que es importante, y yo bien, emocionalmente bien.
  3. Y tu? ¿Qué tal estás? ¿Sigues siendo vorazmente envidioso o eso ya te lo arreglaron?,
  4. Qué va, aún no me lo han arreglado, resulta que cuando a determinadas personas les pasan cosas buenas, yo no lo puedo aguantar, me entran unas ganas tremendas de querer destruirle su estado de felicidad, ¿sabes?
  5. Pero si ese estado de felicidad a vos no te sirve para nada, ¿por qué lo quieres destruir?
  6. Porque soy envidioso, no tolero que a algunas personas les vaya bien y me encantaría que les vaya muy mal.
  7. Pero ¿tú estás escuchando lo que dices?, eso no es normal, mira, si quieres, te puedo dar el teléfono de una persona que conozco, que justamente trata la envidia, igual te es útil. Él muchas veces dice que la envidia se debería psicoanalizar e incluso que en ciertos grados de formación, hasta debería ser prohibido. Fíjate, igual el doctor te lo arregla.
  8. Bueno dame su teléfono así lo llamo, gracias.
  9. Anota…
  10. Hola doctor, lo llamo de parte de un amigo que es muy feliz, él me recomendó llamarlo, dice que usted puede arreglar mi problema.
  11. No me digas que sos envidioso.
  12. Sí, justo eso doctor, no puedo tolerar que a la gente le vaya bien y sea feliz, ¿sabe?
  13. Y usted cómo está? ¿Tiene vida? ¿O sólo vive la vida de otros?
  14. La verdad es que mi vida no es muy buena que digamos, doctor.
  15. Y claro, con sus formas es muy difícil tener una buena vida.
  16. ¿Pero usted me puede arreglar mi problema?
  17. Podemos intentarlo, pero depende de usted, habría que ver si está dispuesto a cambiar o si prefiere seguir siendo esa mierda que se mira al espejo y no ve nada.
  18. Mire, las personas como usted, suelen traicionar mas de una vez, ¿lo sabia?
  19. No, no tenia ni idea la verdad.
  20. Pues ya lo sabe
  21. Y dígame ¿tiene pareja? ¿Esa persona será tan tóxica como usted?
  22. Si, doctor, mi pareja es peor que yo, tal vez arreglando mi problema, podamos arreglar el de mi pareja también ¿no?
  23. Mire: hay personas que mueren dos veces, vaya, piénselo, continuamos la próxima.

Leandro Briscioli


TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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