HAY VOCES DETRÁS

imagen historias 9 de mayo

HAY VOCES DETRÁS

Después de cincuenta días de encierro, donde las paredes de mi casa son como una segunda piel, cuando ya me he acostumbrado a esta soledad que me rodea y me comienza a incomodar ver cada vez más gente por la calle, tengo que confesarte que oigo voces detrás.
• Bravo, bravo. Gritó su amigo, rompiendo aquella atmosfera intimista, aquel paréntesis en lo cotidiano, aquellas palabras que solo una relación de varios años podía escuchar.
Para después decirle:
• ¿Quién crees que decide si eres sonámbulo o poeta?
• ¿De verdad piensas que eso que escribes te pertenece?

Es de ellos, de los libros, tú solo pones el cuerpo y el nombre si hiciera falta.
Te hablan sin que te des cuenta y si escuchas más que escribes, la irreverencia de las cosas bien hechas, recomienda sentarse varias veces al día o que la suma del tiempo invertido gane al del tiempo dormido ya sea horizontal o verticalmente.

Hernán Kozak


HAY VOCES DETRÁS

Sueño con volver a pisar un estadio y poder escuchar los grupos de mi juventud, siempre había voces detrás: el que nadaba en alcohol y vociferaba los temas en inglés como si no hubiese un mañana, el que chulo y algo prepotente lanzaba alguna frase para ligar con la novia de su amigo, que justo se había ido al baño, los tortolitos que se susurraban te quiero vestidos de apasionados abrazos, los que gritaban nostálgicos el calor de una mirada en soledad… Sí, era otra época, querido nieto.

Pero abuelo, hoy mola más, podemos seguir escuchando conciertos, pero sin tantas personas molestándonos. Desde casa todo es mejor: ni borrachos, ni chulos, ni tortolitos, ni nostálgicos, ni nadie, no hay voces detrás, así somos los primeros, los únicos.

Sí, pero el calor humano, la pasión de los encuentros, la fuerza grupal, la unión de las voces, los abrazos… son siempre para compartir, un hombre solo no puede la pasión de los abrazos, espero que algún día os obliguen a salir a la calle como cuando nos encerraron.

Magdalena Salamanca


HAY VOCES DETRÁS

Iba cargada con la compra. Las calles le parecían pesadas como sus bolsas y notaba cómo le faltaba el aire. Aspiraba por la boca y por la nariz, pero la tela invadía su espacio como un paracaídas. Se sintió caer. Se quitó la mascarilla y permaneció quieta mirando alrededor por si alguien se había dado cuenta. Sintió un gran alivio. Nadie la miraba y ella respiraba tranquilamente, aspiraba, inspiraba… así estuvo un buen rato, jadeando y extasiada por su nueva libertad en el recorrido de la compra a su casa.
Un chico que pasaba en patinete él sin mascarilla, se rió y le guiñó un ojo. La mujer se ruborizó y se tapó la boca apresuradamente. Llegó al portal e intentó abrir la puerta. Nada, que no atinaba, no encajaba la llave. ¿Es que habían cambiado la cerradura? Buenas tardes, un hombre avanzaba haciendo el ademán de entrar. Se le adelantó y le abrió. ¡Pero si ese no era su portal! Salió nerviosa y ruborizada.
Llegó a su casa por fin. Allí estaba Manolo, su Manolo, tumbado en el sofá con los ojos fijos en la televisión. Y ella le dice ¿no oyes? Hay voces como por detrás que me hacen equivocarme ¿tendré el coronavirus? Y Manolo, la miró con su mirada de topo, de esas que no ven ni con la luz más brillante y le preguntó ¿Has traído la cerveza?

Laura López

HAY VOCES DETRÁS

Hay voces que acompañan a las imágenes que los pasos van dejando tras de sí, hay voces detrás, intentaba decir, pero su lengua inmóvil e incapacitada de tanto minúsculo detalle se sentía tan sorprendida que ninguna razón tenía para dejar caer por los abismos aquella tormenta inútil acompañada de eléctricos neutrones permitiendo la armonía de tan hermoso día en su mirada.
Hay voces detrás, shhhh, no hagan ruido, aún no quieren despertar de tan hermoso sueño, que les he contado ya.

Paqui Robles.

HAY VOCES DETRÁS

Hemos salido a pasear para aprovechar la nueva libertad. Hemos salido con mascarillas y guantes a caminar, mirando a todos lados con gran temor: El aire, la respiración de cualquier extraño, estaba repleto de millones de pequeñas cabezas de medusa microscópicas. De pronto el aire se llenó de invisibles vaginas maternales en las que las finas hebras de vello púbico habían engordado hasta convertirse en una nutrida colección de símbolos fálicos idénticos y equidistantes entre sí.
Detrás nuestro mientras paseábamos, pero también detrás de todas nuestras acciones, de todas nuestras conversaciones… había voces que hablaban de nueva normalidad, de nueva economía, de nueva sensibilidad… Esas voces no podían dejar de escucharse. Apagabas la televisión aparecían en la radio, encendías el teléfono para enviar algún mensaje, hablar con algún amigo… Las voces apotropaicas no dejaban de oírse nunca. Pero yo lo veía claramente, lo veía con mis propios ojos: lo que venía, eso que los entrevistados en la radio presentían que iba a llegar para quedarse entre nosotros; aquello que se temía y ansiaba, no era otra cosa que el nuevo coño de su madre.

Kepa Ríos Alday

HAY VOCES DETRÁS

Aeropuerto de Madrid. Invierno de 2020.
“Todo me recuerda a ti”, me había dicho antes de partir. “Todo, pero todo?” le había preguntado yo siguiéndolo en el aeropuerto, él a punto de tomar el vuelo para Barcelona, primera escala para un largo vuelo a Wuhan, una ciudad china muy moderna, poco conocida por entonces.
Su grueso abrigo me impedía abrazarle todo lo que yo quería, así que me quedé con un montón de preguntas y unas ganas tremendas de estar junto a él sin tanto envoltorio.
Su vuelo transcurrió sin novedades. Cuando aterrizó en Barcelona me mandó un whatsapp para decirme que había llegado bien y que le tocaba esperar hasta la noche. Le daría tiempo a visitar a una amiga china que trabajaba en la misma empresa que él y que le pediría algunos datos útiles para moverse en Wuhan.
Llegaría el mismo día que se celebraba el sorteo de la lotería de Navidad y no le apetecía nada pasar esas fechas en una ciudad desconocida, y para colmo, china, pero el negocio era el negocio, la pela es la pela como decían sus amigos catalanes.
Estaba un poco harto de tanto ir y venir, de tanto vuelo a ciudades desconocidas, a veces ya no quería ni recorrerlas ni conocer sus rincones más secretos. Eso sí, echaba en falta la compañía amorosa de su chica o incluso de una amiga.
Este año tenía que quedarse 5 semanas. Se trataba de convencer a una serie de clientes muy difíciles para que invirtieran en España y de paso sus jefes le habían pagado un curso para que aprendiera chino, ya que las previsiones eran que los próximos años el chino se convertiría casi en la segunda lengua de negocios.
Desde los tiempos de Mao, desde su revolución cultural habían pasado muchas cosas y no todas tan buenas.
Gran parte de la riqueza mundial se había ido concentrándose en ese país que amenazaba convertirse en poco tiempo en la primera potencia mundial, arrebatando esa hegemonía a Estados Unidos.
No le gustaba para nada ese panorama. La dictadura china podría ser terrible. No sabía si el mundo estaba preparado para ello.
Estaba en todo esto cuando el 23 de enero se cerraron fronteras en Wuhan, confinándolo durante 73 días. 73 días en un hotel del que no podía salir.
Habían cortado el wifi y no se podía comunicar con su chica, a la que tanto echaba de menos. Los chinos temían que se pasase información de lo que realmente estaba sucediendo allí.
“Te contaremos por la tele lo que está ocurriendo. Esa es la única realidad”, le habían dicho. En realidad, era su pensamiento el que hablaba en voz alta por él.
Porque intuía que lo que estaba ocurriendo era otra cosa, otro horror imposible de calibrar.
“Hay voces detrás. Hay voces detrás”. Se le escuchó decir.
“¿A qué te refieres?” Le pregunté yo, una vez estuvo de vuelta ya en Madrid.
“Hay voces detrás que me han acompañado durante estos días. No eras tú, evidentemente. Son poetas compañeros, los he echado de menos”.
“Fue mi única arma estos días contra la realidad que me querían imbuir.
Lo agradezco”.

Paola Duchên

HAY VOCES DETRÁS

En 1899 vivía en Damasco, Samir, un enano discapacitado; no podía andar. Samir nunca pudo. Pero eso no lo sabía su madre cuando al nacer lo abandonó. Fue asistido en un orfanato cristiano donde algo lo cuidaron porque llegó a la edad adulta, siempre con un grado más de dependencia que los demás. Samir era fogoso, buscaba altercados con los demás, con los que andaban, y rápidamente vio a las piernas como dos herramientas que podía conseguir subiendo en la espalda de algún compañero. Era chiquitito y le habían trenzado un tipo de mochila donde se acomodaba y el «piernas» se lo ponía en sus espaldas. Era como un hombre con dos cabezas, la cabeza con piernas y la cabeza con palabras.
Ya podrán imaginar como termino la historia…
El «piernas» siempre salía con Samir en la espalda, porque Samir le contaba historias, historias de navegantes de la perla antigua, de la cuna de la civilización. Damasco era la ciudad del jazmín y el «piernas» conocía muy bien las calles con su gente, su bullicio aunque de vez en cuando, también a él le ayudaban a encontrar el camino de vuelta.

Ese día, el «piernas» lo colocó detrás suyo en la mochila, Samir le dijo;
– Hoy tenemos que andar mucho, iremos hasta Jaramana, a la entrada del barrio cristiano. Yo te llevaré, escucha mi voz y déjate guiar.
Samir era como el fakir y su flauta, su música poética envolvía los ojos del «piernas».
Unos hombres lamentándose por su sufrimiento preguntaban a Dios: ¿por qué a mi? ¿por qué estoy yo en este sufrimiento? y cada uno lamentándose, ¿por qué a mi?
Dios apareció y les dijo: vais cada uno a poner vuestro sufrimiento en una bolsa y lleven la bolsa al templo. Coloquen sus bolsas en las paredes. Lo que hicieron y luego Dios declaró: Ahora pueden elegir. Cada uno puede tomar la bolsa que quiera.
– Y sabes lo que hicieron dijo Samir al «piernas»?
Ya habían pasado por el puente Agadir, el «piernas» estaba con los pies en el agua de un riachuelo que le había sorprendido. Tenía la mirada vacía, Samir lleva su cabeza entre sus manos y con gestos livianos, le indico que había que seguir la marcha.
– Entonces ¿qué sucedió, preguntó el «piernas»?
Cada uno fue corriendo a buscar su propia bolsa y además contentos, no vaya a ser que le toque la miseria de otro.
El «piernas» se puso a reír a carcajadas, una alegría infantil, saltaba en el camino, como siempre siguiendo las indicaciones de las manos de Samir.

Clémence Loonis


HAY VOCES DETRÁS

El reloj de la torre de la iglesia marcó las 14 horas. Miró entre las cortinas del ventanal del salón que daba a la Plaza y pudo ver que su compañero Federico venía a buscarle en el todoterreno. Antes de salir, se miró en el espejo ubicado en el vestíbulo. Comprobó que sus bíceps se marcaban con el movimiento de los brazos. Se ajustó los pantalones y se enderezó el cinturón. No soportaba que no estuviera la hebilla bien centrada. Estaba gozoso de lo bien que le sentaba el uniforme. Se le marcaba bien “todo”. Le dio un subidón. – “Los genes hacen mucho. El pobre Federico no tiene la misma suerte. Viene de una familia de enclenques, no como yo, que vengo de la estirpe de los Zapata”, pensó para sí. Miró el retrato de la Virgen del Pilar colgado en la pared. Se encomendaba siempre antes de salir. El cabo Zapata ya estaba listo para hacer cumplir la ley y el orden en esta época de confinamiento.
Había sido destinado hacía varios años como guardia civil en aquel pequeño pueblo de mil habitantes en pleno Corazón de tierra de Campos. No le gustaba el carácter de la gente ni la forma de vida de los castellanos. No había conseguido hacer una sola amistad en todo el tiempo que llevaba allí. Federico era lo más parecido a un amigo que quizás había tenido nunca. Éste le estaba esperando en el coche con la radio a tope, sonaba una de las versiones del “Resistiré”. Cuando le vio aparecer cambió de emisora rápidamente. – “¡Hasta los cojones Federico estoy, hasta los cojones de la cancioncita!”- le había dicho la última vez que la escuchó. No quería empezar el día con el cabo Zapata de mal humor. En condiciones normales ya era bastante insoportable.
Tocaba ronda en el pueblo vecino, una pequeña villa de doscientos habitantes. Les odiaba a todos y cada uno de ellos por igual. Aún recuerda el primer día que estando de guardia dieron el aviso en el cuartel de que estaban profanando tumbas en el camposanto. Cuando llegaron allí la puerta del cementerio estaba abierta. Zapata con más miedo que vergüenza iba escondido detrás de su compañero, que no daba crédito. El movimiento violento entre unas zarzas hizo que saliera corriendo. Las carcajadas, incluidas las de Federico, inundaron la noche. La historia sobre la valentía del nuevo cabo corrió como la pólvora por toda la comarca.
Desde entonces, había tenido ganas de vengarse. El confinamiento le iba a dar la oportunidad que estaba buscando. Estaba convencido de encontrarles en la calle charlando amigablemente o reunidos en algún lugar organizando una juerga. Se podía imaginar a sí mismo, con sus músculos bien marcados y esa pose varonil con las manos apoyadas en la centrada hebilla del cinturón, mandando a todo el mundo a su casa y encasquetando unas buenas multas. Estaba deseoso.
Recorrieron todas y cada una de las calles de la villa. Nadie. Parecía un pueblo fantasma. Podría dudarse hasta de su habitabilidad si no fuera por el movimiento de los visillos y los rostros que se intuían detrás, en las ventanas de algunas casas.
Se volverían sin el botín. Zapata decepcionado, necesitaba orinar, demasiada tensión acumulada. Salieron del pueblo y Federico aparcó en un camino cercano, en una era en la que había unas naves de cereal. El cabo se alivió bajo la parsimoniosa mirada de una yegua que parecía disfrutar del espectáculo. Mientras se subía la bragueta le pareció escuchar unas voces detrás. Provenían del interior de la nave. La suerte le sonreía. Le hizo una señal a su compañero de que le esperara en el coche y se dirigió con determinación hacia la puerta, la abrió contundente. No había nadie, tan solo encontró algunos tractores, remolques, montones de trigo, cebada y aperos de labranza.
Buscó con insistencia el origen de las voces, parecía volverse loco. ¡Allí estaban! provenían del interior de un John Deere, el radio casete reproducía una grabación. Se podían escuchar voces, música y risas, muchas risas. Sacó el casete con rabia, pudo leer “Fiesta de quintos de 1995”, y empezó a tirar de la cinta con saña hasta que la vació.
– “Hijos de puta, esta será la última vez”- dijo furioso.
Volvieron silenciosos al cuartel, ninguno de los dos dijo nada. Aunque parecía que los dos sabían lo que había pasado. El Cabo Zapata estaba deseando llegar a casa, darse una ducha y llamar a su hermano Francisco, sólo él le podía entender. Federico, por su parte, tenía ganas de llegar a casa y besar a su mujer. Se habían conocido por primera vez en el pueblo de al lado en la fiesta de quintos de 1995, hoy era su aniversario. Abrieron una botella de vino y brindaron por el regusto de las pequeñas venganzas.

María González

HAY VOCES DETRÁS

¿Por qué me hablas ahora de esa sórdida historia? Ya sabes que se transformó en tabú, que cerraron aquellos edificios como si fantasmas los hubieran habitado, incluso en algunos lugares los transformaron en prostíbulos. Pero ¿no oíste lo que dijo aquel periodista? Sí, sí, lo oí, pero ¿Cuántos años han pasado de eso? ¡Otra vez con el tiempo! ¿No recuerdas que también entonces hubo un intento de descubrir a los responsables de otro tipo de desaparecidos? Aquellos eran niños y cuando consiguieron algunas pruebas para realizar el juicio todo había prescrito. Con esto pasará lo mismo: que si no es momento, que si no hay venganza, que si…, el caso es que en este país no nos gusta identificar a los muertos. Pero ¿qué dices insensato? Y baja un poco la voz ¿no has oído a esos que nos siguen? (entre ambos se hizo un ligero silencio)… Bueno, entonces mañana te toca ir a la casa de tus suegros. Pues claro, hombre, mañana la bicicleta y ¡hala! ¡A ver qué me encuentro!

Ana Velasco
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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