YO TE ENSEÑÉ A BESAR

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YO TE ENSEÑÉ A BESAR

Cuando la vida volvió a la normalidad, decidió ser valiente. Estaba tan emocionado que se presentó en la puerta del hospital una hora antes de que acabara el turno. Se había puesto el único traje que tenía y los zapatos de las ocasiones especiales bien lustrados, había estado frotándolos con ahínco durante al menos veinticinco minutos. Su madre siempre le decía que las mujeres solían mirar a los hombres de abajo hacia arriba, así que también se esmeró en los calcetines y por supuesto con el Barón Dandy. Un ramo de margaritas en la mano le hacía no pasar inadvertido. Era un hombre de otro tiempo. Durante la espera trató de calmar los nervios como pudo. Entró y salió al hall del hospital varias veces, contó las baldosas, caminó por las cuadrículas que formaban sus líneas rectas tratando de no pisar las intersecciones. Tampoco faltó la visita al quiosco. Le resultaba fascinante ver tantas cosas y tan diversas en un espacio tan pequeño. Hubiera podido comprar el periódico, un cepillo de dientes, una caja de tiritas o regalitos ridículos como harían los visitantes más corteses. Entre tanto cachivache se apaciguó un poco. Echó un vistazo a su Casio calculadora. Ya eran las diez. En breve saldría el turno de tarde. La vio acercarse desde el vestíbulo a la puerta principal. Decidió apresurarse y esperarla en la parada del autobús. Mariluz comprobó que aún tenía que esperar seis minutos. Mientras rebuscaba su móvil en el bolso, su admirador se le acercó con sutileza y le entregó el ramo de flores mientras le declaraba su amor. Un reducido grupo de personas miraba con cierta expectación como si de una telenovela se tratase.
Estupefacta, no daba crédito, miró sin disimulo a la planta número diez del hospital donde estaba el pabellón de psiquiatría, pensando que el tipo se les había escapado en un descuido. Con el deje propio de una mujer curtida por la vida y con unas ganas infinitas de llegar a su casa le respondió: – “pero ¿tú quién eres flipado?”
– “Soy Fermín, estuve en la UCI con COVID y tú me enseñaste a besar”
– “¿Que yo qué…?
– “Sí, me enseñaste a besar. Gracias a ti estoy vivo”.
Trató de hacer memoria. Había atendido a tantos pacientes en aquella temporada que era difícil recordar sus caras o sus nombres. Dejaba atrás días duros que no quería ni volver a pensar en ellos. Con el reflejo intermitente de las luces de los coches pudo ver el rostro de Fermín con más claridad. En efecto, había ingresado con un cuadro leve que se complicó a nivel renal en unas horas, estuvo en UCI, pero se recompuso de manera casi milagrosa.
En sus peores momentos con una fiebre alta y delirante, lloraba como un niño, gritaba que tenía miedo a morir y que necesitaba un beso. Nunca había besado a nadie. Culpó a su madre, a su tía Luisa, mencionó a una zorra de su pueblo y se cagó en la madre que parió a no sé qué sacerdote. Mariluz odiaba las blandenguerías tanto como los gritos así que por su propio beneficio se apiadó del incauto. Pudo recordar que había cogido su mano y le había dicho:
– “escucha Fermín, como comprenderás no está el horno para bollos, si pudiera te plantaría un beso en los morros que te ibas a cagar y así verías tu sueño cumplido, pero no es un buen momento. Voy tapada hasta las cejas y tú tienes un jodido virus. Ahora bien, mírame fijamente a los ojos, no los olvides, ahora cierra los tuyos e imagínate que me besas. Un beso largo, apasionado como los de las pelis, como que fuéramos Sofía Loren y Marlon Brandon. Con la bobada y los antitérmicos se quedó dormido. A partir de ese día Fermín mejoró. Mariluz no estaba el día que le dieron el alta.
En medio de estos pensamientos había llegado el autobús, por primera vez en su vida vio anulada su verborrea por aquel personaje. Se sentó al fondo. Aunque no era su estilo, miró hacia atrás, pudo ver a Fermín contemplando como se alejaba el autobús con las flores en la mano. Ni corta ni perezosa le indicó al conductor que parara. Bajó apresuradamente y se acercó a él. Le mandó cerrar los ojos y le dio un beso largo y profundo. El pobre hombre estaba completamente inmóvil. Mariluz cogió las flores y se fue caminando a casa. Estaba agotada. A la mañana siguiente con la luz del día aquel ramo de margaritas le pareció realmente hermoso y lloró, lloró todo lo que no había llorado en plena pandemia. Lloró por los vivos, por los muertos, por Fermín y por ella misma.

María González


YO TE ENSEÑÉ A BESAR
Entonces ¿desde cuando estás solo? Bueno, solo no estoy, sigo teniendo la custodia compartida de mi hija, está mi madre, mi hermano, mis sobrinos y unos cuantos amigos. Ya, ya… sabes bien lo que te estoy preguntando. Hace más de un año que Silvia me dejó las maletas en el descansillo, la casa andaba pesada tras aquel largo encierro y pensé que no iba en serio, la discusión de la víspera no había sido tan importante. Pues…para ella parece que sí. Desde que nos conocimos vimos que teníamos caracteres divergentes pero a mí, lejos de disgustarme aquello me cautivaba, cuando ella empezaba su disertación para que yo me acercase a su juicio, me divertía. Por lo que me dices la sigues queriendo. Por supuesto, sigue siendo la madre de mi hija. Y ¿no has podido convencerla para volver a estar juntos? Esa es mi mayor desazón, además hace seis meses que vive una nueva relación. La semana pasada quedé con ella para hablar sobre el colegio de la niña y le pregunté si no había vuelta atrás. Me contó lo de su relación y además añadió algo que todavía me mantiene aturdido: me dijo que Germán – así es como se llama el lucido – se vuelve loco con sus besos. En aquel instante sentí un frio en el cogote y exclamé ¿ah, sí? Ella se quedó mirándome fijamente, un parpadeo disolvió aquel encuentro y aproveché para susurrarle… y ¿no le has dicho que fui yo el maestro de esos besos?

Ana Velasco

YO TE ENSEÑÉ A BESAR

¿Tú? ¿Estás seguro? ¿Tú eres ese que sin ti nada fue? El que contempla el horizonte y se cree dueño de la línea del cosmos. Bésame si crees que tu esencia puede contenerse en la respiración de un recuerdo.
Recuerdo el beso de madre, su textura tierna y envolvente, la caricia cúrcuma y azahar que regaba sus aromas.
Sí, recuerdo las bridas al galope de las noches de verano, cuando la joven mirada de los astros era la perfecta visión de los enamorados ojos de la locura.
Después llegaron las jornadas de horas agotadas en el reloj arena que presidía la bella y firme llama del amor.
Todo era calor y fuego, pero un día ardimos en los infiernos de la lujuria cuando aún no distinguíamos hombre de mujer.
Yo te enseñé a besar, dijiste. Y agarrando el tridente de los pies de la cama, saliste de mi vida, para siempre, pero no de mis recuerdos.

Magdalena Salamanca

YO TE ENSEÑE A BESAR

Me había enamorado cuatro veces, tres correspondidas. Podría contarte cada historia y su primer beso.
También bese sin amor y me besaron a veces con ternura, a veces con pasión.
Leí, vi películas, donde otros besaban sintiéndome yo el protagonista.
Sin embargo, esa tarde, la primera que me atreví a volver a sentarme en un banco de la calle, después del encierro, fui por ese juego de manos del destino, un privilegiado.
De repente delante de mí, dos jóvenes que parecía, hacía mucho tiempo que no se veían, detuvieron la ciudad en su primer abrazo y después olvidaron toda su prisa en un beso tan delicado y a la vez tan ardiente, que me hizo verme como un alumno, frente a esa maestra que es la vida y cada día decide darnos una nueva lección.

Hernán Kozak


YO TE ENSEÑÉ A BESAR

Estábamos tirados en la arena, una tarde cualquiera y el aire, el sol, acercaron a mí el tacto de tu piel, la posible ocasión del beso.
Subiendo una montaña de dudas, crecimos sintiendo que el amor era algo de los mayores, un lugar donde se podían muchas cosas y todas ellas las quería conocer.
Es curioso que el roce de los labios, puedan despertar tantas cosas me pregunte, incluso, ese mundo nuevo por descubrir, ese palpito, esa naranja y su jugo, esa tarde, en ese lugar donde estábamos queriendo ser mayores, aunque sea por un día.
Al despertar, otro día comienza y con ello todo por hacer…
Hay días que deberían ser eternos….

Leandro Briscioli

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Carmen Salamanca Gallego
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