EN RECUPERACIÓN / Historia

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EN RECUPERACIÓN

Primer día de las medidas de contención del corona virus y 16 años de un
aciago día.
Ana Pastor acaba de dar positivo. La gente está un poco desquiciada
comprando todo lo que hay en los anaqueles de los supermercados.
Yo empiezo a estar tranquila, a darme cuenta del panorama, y a tomar
medidas.
Un mes después, 11 de abril de 2020
Este año que se antojaba tan simpático, tan sonoro, 2020, tan de festejo, de
estar en los primeros 20 años de este segundo milenio, nada parecido a los
años 20 del siglo pasado.
Los habitantes de la tierra, que ahora nos debatíamos en nuestras propias
casas, éramos de verdad privilegiados. No todos evidentemente, pero aquí en
Europa, al sur de Europa, vivíamos un confinamiento que podía decirse de lujo.
Las neveras llenas, todos los aparatos electrónicos posibles. Las redes de
contacto habían proliferado. No faltaba nada, teníamos hasta sexo virtual. Y no
te digo rock and roll.
Mucha de la gente, al llevar un mes de confinamiento se había ido
acostumbrando poco a poco, y estaba bastante cómoda en su nueva situación.
Ahorraba en todos los sentidos. Cero gastos en transporte. Cero gastos en
cafés, meriendas y cenas. Cero gastos en cine, teatro o cultura.
Querías un libro, te lo descargabas gratis de la red. Ver las últimas series, te
abonabas a Netflix o a cualquiera de esas plataformas y podías permanecer
enchufado a la pantalla unas cuantas buenas horas.
Alguna vez pensó si esto se asemejaba a una cárcel. Pero para nada. Algún
momento la soledad le atacó, pero se arreglaba con alguna llamada a un amigo
o amiga, o un whattsapp que te entraba y te echabas unas risas.
Es más, los contactos eran mucho más frecuentes que antes, y con personas
que reaparecían después de 5, 10 y hasta 30 años.
“¿Qué tal estás? Parece ser que la muerte está rondando por Madrid? Yo por
eso me fui de Madrid, justo el 11 de marzo, en los últimos vuelos.”
Impresionaba el silencio de los aeropuertos. Ningún viajero por ninguna parte.
¿La muerte rondando por Madrid? Recordó el poema vivo de Dámaso Alonso,
Insomnio. “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las
últimas estadísticas)”. Recordó el poema de Alberti, “Madrid, corazón de
España, / late con pulsos de fiebre. /Si ayer la sangre hervía, / hoy con mas calor
le hierve.” Recordó a Vallejo con “España, aparta de mi este caliz”.
Recordó las heridas de la guerra. Esta era una inusual. Pero seguía pensando
en el sistema inmunológico. Y en que la poesía era una red que impedía la
entrada del virus. Que algo protegía, claramente. No sabía cómo pero era una
verdad. Ya se investigaría, sin duda alguna y, además, esto alguna vez iba a
acabar. Probablemente en un mes o mes y medio este confinamiento extremo
terminaría.
La recuperación sería previsiblemente algo difícil. Pero ahora quedaba todo
ese tiempo que se dispuso a disfrutarlo. No siempre tienes en tu vida un hecho
mundial de este calibre. Lo estábamos viviendo todos, todos confinados en
nuestras casas, a ver cómo lo escribíamos. Madrid está vivo, muy vivo.

Paola Duchên
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EN RECUPERACIÓN

¿En recuperación? ¿de qué? Acaso uno puede recuperarse de tanta muerte, de tanta información, de tanta noticia contradictoria, de tanto bulo. Quizá esto nos haga cambiar, dicen unos, pero el ser humano cambia así. No sé doctor, estoy confundida. La televisión habla y habla, no para de hablar, cuenta, suma y resta sin parar, pero de ¿qué habla? Habla de las vidas salvadas, de los logros conseguidos, menciona el trabajo oculto de miles de personas que pulsan constantemente para que los trabajadores de primera línea tengan recursos.

¿Qué está pasando doctor? Usted ha visto alguna vez algo igual. ¿Qué opinan sus colegas? Tenemos alguna respuesta posible que explique lo que está pasando.

Que si las ondas electromagnéticas, que si china y su imperialismo mundial, que si EEUU y su magnánima omnipotencia, que si se les ha escapado o ha sido creado, que si las farmacéuticas y los gobiernos de derechas y de izquierdas, que si la tercera guerra mundial, o la primera guerra biológica. Algunos escuchan turbinas como de avión por la noche y otros ven luces que aparecen y desaparecen misteriosamente. Observamos o somos observados, manipulados, controlados, distraídos.

¿Qué recuperación? Si salir al supermercado es un atentado contra otros humanos, hoy mismo fuimos mi marido y yo, y 5 cajeras nos trataron como terroristas, abusones, locos, irresponsables. Señora mil euros de multa está poniendo la policía a las personas que van de dos en dos. ¿Recaudación?

Individualismo y más soledad. Divide y vencerás. Qué ineptos.

Bueno quizá el consuelo es que ahora se ven delfines en el puerto de Ibiza. Impensable, ¿verdad? Cuantas cosas más son impensables y están pasando, pero como tenemos que estar en casa, no las vemos. ¿En recuperación? Jajajaja.

Magdalena Salamanca

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EN RECUPERACION

Nieto y abuelo se veían a través de la aplicación “El hospital en casa”. Los médicos le habían recomendado el mayor contacto con la familia y amigos para acompañar la recuperación.

Anda ya, te lo estas inventando, dijo el joven, mientras veía en su reloj la última película de los androides híbridos de la llanura distópica.

Es cierto, mi padre conoció el final de esa época. Iban a los bares, allí se encontraban para hablar y tomar algo. Parecido a lo que hacemos cuando nos conectamos a la red 9.0 de los 12G, en el programa “la última y nos vamos”.

Iban al fútbol, al cine, al teatro, comían en el campo, caminaban por la ciudad.

Pensando que le estaba contando otra de sus batallitas le pregunto:

Pero, ¿y no tenían miedo de la gente?
Que va, precisamente lo hacían por eso, porque había gente.

Se despidieron y el niño esa noche hablo con su madre. – Oye mañana te encargas tú de él, creo que está perdiendo la cabeza.

Hernán Kozak
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EN RECUPERACION

Hay golpes y golpes pero éste se lleva la palma, le decía uno al otro en aquella reunión de pares. Yo me encontraba tomando un café y dispuesta a escribir una historia, por lo que pegué la oreja sin perder una coma. Resulta que hacía casi una década, había atravesado una pandemia por el escenario neoliberal del planeta Tierra, pero el interlocutor se había detenido en un pequeño territorio de Europa, contaba que como hacía tiempo que no había guerras sobre dicho espacio, algunos echaban de menos la economía de combate, esa de la que hablaba una película titulada “El Tercer Hombre” de un tal Orson Wells. En su relato un constructor español se percató que había un espacio donde se podía especular sobremanera: una enorme demanda de mascarillas y aún no había llegado el momento álgido de la pandemia, así es que dicho empresario dejó colgado el proyecto de rehabitar la fachada de un importante edificio público y con el adelanto recibido, alquiló cinco aviones de una compañía portuguesa, ya que las españolas en actividad estaban comprometidas con el gobierno. Por supuesto, se trataba de una compañía que viajaba a China todas las semanas. Otra parte de la gestión fue dirigirse a un al polígono llamado Fuenlabrada para contactar con uno de los mayoristas que mejor conocía el gran mercado asiático, éste le pidió un extraordinario adelanto pues el mercado de mascarillas estaba complicado. Una semana después el empresario se frotaba las manos, la mercancía estaba subiendo a la bodega del avión, pero no contó con que llegaran 4 versátiles Nissan que hicieron parar el cargamento, ni que dos fornidos soldados estadounidenses dijeran que esa mercancía debía ir directa a Washington. Cuando esta información iba alcanzando su móvil, el porte valía diez veces más y además el porte debía pagarse cash. La inversión había sido desorbitada y no podía aceptar que estos tiburones se la echaran abajo, representaría su ruina. Por lo que volvió a ponerse en contacto con el mayorista chino que le aconsejó llamar a alguien del gobierno y tratarlo por vía diplomática; el empresario se dirigió a la Consejería de la Comunidad de Madrid, donde tenía mejores avales. Mientras transcurría esta engorrosa gestión, en el país de los mandarines los comandantes de los aviones fueron interpelados por su propio gobierno para volver al territorio a toda prisa, pues el espacio aéreo quedaría cerrado sine die, hablaron con los soldados americanos y cerraron el trato: lo que estaba ya en bodega no entraba en el trueque y el resto se lo dejarían en tierra. Hasta el día de hoy no se sabe bien lo que pasó, pero en Portugal no escasearon las mascarillas y el empresario fue acusado de extorsión. Como si hubieran llegado al final del relato, se hizo un silencio entre los dos. En mi entidad de replicante una pregunta surgió ¿y luego qué pasó?, casi recostada en mi dorso, respondió una efímera voz: “ poco a poco Eduardo, no se si sigo siendo yo”.

Ana Velasco
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EN RECUPERACIÓN

Hasta la cuarentena yo no sabía que pertenecía a un país. Es decir, no me daba cuenta de hasta qué punto soy una de las numerosas partes que conforman una inmensa colectividad mucho más poderosa que yo. De pronto me he visto obligado a no salir de casa. No tanto por obedecer la ley si no sobretodo abrumado por la colectividad, por la fuerza de las miradas de reprobación que, como suele pasar, son la amonestación que te hace llegar la sociedad antes de que te topes con algún funcionario de los que ponen sanciones económicas: un policía generalmente. Igual que en las fantasías infantiles en las que un personaje sale de la pantalla de la película y aparece en el mundo real. De las pantallas de televisión de los bares, que llevaban varias semanas hablando del dichoso coronavirus, salieron las mascarillas, los contagiados, las estadísticas… De estar en la televisión pasó a estar en la realidad. De repente había que empezar a tener cuidado en los bares, a no darse la mano… hasta que finalmente, cuando llegó la orden de la cuarentena, el estado de alarma, había ya tanta alarma previa que la ausencia de clientela ya me había dejado prácticamente confinado en mi propia ociosidad.
De pronto se planteó en todos sitios la cuestión de la muerte. De qué servía salir de casa cuando no hay nadie en la calle, era una auténtica pesadilla. ¿Acaso no debe ser algo así la muerte?
En los primeros días de confinamiento tuve un sueño espeluznante. Era ella, la reconocí a la primera, le tiré un rotulador de pizarra de los que suelo llevar en el bolsillo de la chaqueta. Creo que lo hice para espantarla, o más bien lo hice espantado, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Pero nada, a ella no le importaba nada. Me miraba sin hacer absolutamente ningún gesto. Tampoco un gesto de muerto, si no simplemente una cara ni seria, ni tensa, ni relajada, nada absolutamente ningún gesto.
Después está la idea de que ahora ya no podemos disfrutar de la vida. Como si no hubiese goces que se pueden tener entre cuatro paredes. Pero por fin llegó la idea de la recuperación.
Hasta la cuarentena yo no sabía que pertenecía a un país. Es como si estuviésemos en una carrera de obstáculos todos juntos. De pronto decían «saltad» y todos teníamos que saltar; ¡agacharse! y todos nos agachábamos. Por arriba pasaban girando furiosamente las degolladoras aspas de un formidable ejército de ruedas de molinos o los enormes brazos aniquiladores de asesinos descomunales, gigantescos o minúsculos, arrebatadores de destinos.
Cuando empezaron a hablar de la recuperación, la idea de «pertenecer a un país» comenzó a diluirse de nuevo en la otra idea mucho más simpática: la idea de «tener una patria».

Kepa Ríos Alday

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EN RECUPERACIÓN

Eran las nueve en punto de la mañana. Les indicó que se sentaran separados, manteniendo la distancia clásica: un sitio ocupado y otro libre. Les mandó sacar un folio en blanco con un bolígrafo azul, en el que deberían de poner su nombre y dos apellidos en la parte superior derecha. Todos los libros y demás utensilios personales deberían de colocarse en el pupitre.

Se paseó por ambos pasillos laterales, miró debajo de las mesas, y minuciosamente se fue asegurando de que no hubiera chuletas enrolladas en los bolígrafos BIC, en la palma de las manos, en las muñecas o en otras partes visibles del cuerpo. Aunque sabía que esos pícaros las tendrían cobijadas en los sitios más inverosímiles. En toda una vida de profesor había visto de todo, incluso escritas en los muslos, o con una goma atada a un sostén, como una joven a la que dio clase en un pueblo de Cáceres.

La prueba no era fácil para el que no hubiera estudiado mínimamente. Se estaba relamiendo con lo que se iba a reír en la corrección. Tenía que reconocer que algunos de esos tunantes le habían hecho pasar buenos ratos.

Don Tomás, profesor de literatura a punto de jubilarse no entendía por qué los acentos eran los grandes maltratados de la gramática, eso le parecía un injustica que reparaba solidariamente con descuentos que aplicaba en las valoraciones finales, como las ofertas de los supermercados.  – “Por cada acento ausente o mal puesto, les quietaré un punto”, les repetía machaconamente.

Amante de la poesía había tratado de inculcar con pasión a generaciones de estudiantes el amor por las letras y la riqueza literaria de los pueblos. En unos casos había tenido éxito y en otros ninguno. Cómo en el caso del Sr. Martin al que contemplaba estupefacto mientras este golpeaba su intelecto contra la página en blanco.  Le miró como que fuera un ser de otro planeta. Reparó en su pelo largo, rizado, su delgadez extrema y la nariz aguileña. Siempre vestido de negro y con las orejas llenas de aros de diferentes tamaños.  En alguna ocasión el joven osadamente le había llevado la letra de alguna canción de un tal Barón Rojo diciendo que eso era poesía y no las antiguallas que les leía en clase. El desparpajo de aquel muchacho no dejaba de sorprenderle. Le consolaba que no era un mal chico y reconocía que ahora a sus 63 años recién cumplidos daría un reino por tener su mata de pelo.

Le hubiera dado una oportunidad en la evaluación sino fuera por aquella situación tan embarazosa que se había generado unas semanas antes. En toda su vida de profesor nunca había vivido nada semejante.

Era una tarde de primavera. Literatura era la primera asignatura de la tarde. La fragancia de la estación próxima al verano se colaba por las ventanas abiertas de par en par y por las que los chicos se distraían contemplando el crisol de intima cotidianidad colgada en los tendederos que salpicaban aquel patio de manzana. Ese día el Sr. Martin estaba más atento a lo habitual, lo que llamó poderosamente la atención de Don Tomás mientras éste disertaba sobre la literatura barroca en la España de Felipe IV. Con curiosidad y disimulo se acercó parsimoniosamente hasta la última fila, acompañando el paso con la explicación, algo que sólo saben hacer los maestros muy experimentados. Allí repentinamente miró debajo de la mesa, dónde encontró el motivo de la alegría de su desconsiderado discípulo. Su compañera de pupitre estaba atusando alegremente su miembro viril. Se levantó vertiginosamente, rebuscó apresuradamente en el bolsillo su pañuelo de tela grabado con sus iniciales y se limpió las gotas de sudor que le caían a chorretones por la frente mientras decía temblorosamente: – “Felipe IV no se merece semajenante vilipendio señor Martin, le veré en la recuperación y a su compañera de pupitre, o lo que quiera que suyo también… y háganme el favor de dejar de oír grupos satánicos, no les hace ningún bien”.

Todavía perplejo, Don Tomás esa misma tarde, cuando salió de clase fue a la tienda de discos de su barrió decidido a comprar un disco de es tal Barón Rojo. A lo mejor ahí encontraba alguna explicación.

María González
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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