AQUEL MEDICAMENTO / Historia

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AQUEL MEDICAMENTO

Necesitaba paracetamol a toda costa, el médico le hablo de la urgencia de tomarlo en las dos horas siguientes.

En su botiquín tenía unos sobres caducados hace ya tres años y no le quedaba energía suficiente como para salir en ese momento a la calle.

La decisión, lo que le faltaba a ese medicamento, debía añadirlo él, al menos, hasta tener la convicción de poder llegar al hospital.

Hernán Kozak

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AQUEL MEDICAMENTO

-Recuerdas lo que nos dijeron nuestros abuelos, expira, inspira, expira, inspira. No lo puedo creer, después de 40 años el medicamento contra la realidad es el mismo, expira, inspira, expira, inspira.

-Pero qué dices, loco de mierda, hoy la tecnología ha avanzado mucho ¿cómo va a servir el mismo medicamento?

-Claro, los tiempos no pueden curar la falta de amor, no existe aún nada que consuele el desaliento como la respiración.

-Ya, pero quien te dice que la tecnología no tiene remedios más avanzados que la simple respiración.

-El amor se transmite, se contagia, es como una pandemia, pero el desamor también. Millones de personas mueren en el mundo por falta de amor. ¿no me crees?

-No, hay que encontrar un medicamento eficaz, no es suficiente, hay gente que sufre por amor.

-El amor no es sufrimiento, el amor es amor, el que sufre es uno, pero no por amor, cuando un ama, no sufre. Ni siquiera cuando se termina el amor se tiene que sufre, cuando uno ama de verdad, una separación no produce sufrimiento.

-Si, lo que tú digas, y Julián y Berta, ¿no te acuerdas como sufrieron y cómo se querían?

-Ellos estaban sometidos, no era amor, era sometimiento,

-Jajaja, eres tan simple….

-Tú eres confiado, crees en lo que te dicen y en lo que ves. ¡Vacúnate!

-¿Qué, que me vacune? ¿De qué?

-De la ingenuidad amigo, vacúnate de los sentimientos. El amor no es sufrimiento.
Magdalena Salamanca

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AQUEL MEDICAMENTO

Era un medicamento maravilloso que había inventado Dios para contener la plaga. Tampoco quería terminar con esos seres tan parecidos a él. Recordó cómo los había creado a su imagen y semejanza. Realmente eran unos seres formidables, encantadores, no quería exterminarlos. Se trataba de dejarlos uno o dos meses aislados en sus casas para que aprendiesen que es posible vivir de otra manera y abandonasen ese comportamiento de plaga.
Dios no paraba de recordar el día aquel que salió en forma humana y borracho a dar un paseo por el desierto y se encontró con el idiota de Jacob. Pues no se le ocurrió otra cosa que empezar a pelearse con él y tan borracho estaba que Jacob le ganó. Desde entonces los humanos se han creído dioses y todos han querido que su progenie se multiplicase y extendiese como el polvo por toda la superficie de la tierra.
Desde ese día, dios llevaba casi tres mil años intentando corregir a esos necios enloquecidos. Era un medicamento contra la soberbia, contra el individualismo, contra las locas ambiciones desmedidas: A ver si empiezan a disfrutar de todo lo que les he dado -se dijo Dios para sí- en lugar de pasarse su corta existencia intentando ser yo.

Kepa Ríos Alday

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AQUEL MEDICAMENTO

Soy un prospecto, ahora que me han arrojado a la basura encuentro un poco de resuello. Salí de un barrio de Vietnam, de una pequeña fábrica donde no existían ventanas y pequeñas manos manipulaban las probetas. Me crearon para acompañar a un bote repleto de píldoras azules en forma de romboide, en mi dorsal pegaron un montón de contraindicaciones; colocado en una pequeña caja de cartón salí del almacén en plena noche, creo que me llevaron a un barco, por el balanceo continuo de las olas; no se cuánto tiempo pasé allí, escuché voces y sentí que entraba en una cadena, me ingresaron en un camión con un fuerte olor a opio, parece que íbamos a un lugar llamado Taiwan. Una mañana abrieron la caja donde residía, no llegaron a mirarme, solo se fijaron en los romboides y me dejaron en el mismo sitio. Estuve olvidado sine die junto a otras cajas detrás de una puerta. Una mañana aparecieron unos trabajadores con chaleco brillante, por una cinta metálica llegué a la bodega de un avión, me llevaban a Europa, en este continente ya no había lugar para el amor, pasamos de un hangar a otro, los aeropuertos no acogían pastillas solo se abría paso a los palets de mascarillas. Tras dos meses estancado en almacenes, mi dorsal ya no estaba reconocible, pero un día soleado acabé en una pequeña plaza, en un puesto clandestino, un señor pintando canas se decidió por mi envoltorio, apresurado en sacar el contenido caí sobre una alfombra, donde fui taladrado por el zapato que calzaba la pierna de una diosa.

Ana Velasco

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AQUEL MEDICAMENTO

Su hija fue a abrazarle como cada viernes por la tarde cuando llegaba a casa después de toda la semana fuera. Últimamente estaba llegando más tarde de lo habitual, ya que tenía cita en el fisioterapeuta antes de ir a casa. Lo necesitaba. Este trabajo le estaba generando mucho estrés y las pastillas que le había recetado el Dr. Abascal para la ansiedad no eran suficiente remedio para aliviarle, tendría quizás que pedirle algo más fuerte. Esta noche tendría la ocasión de hablar con él. Su esposa Berta, había preparado con sus amigas una cena en casa de los Azpeitia. Este hombre sí que le producía gran admiración. ¡Cuánto tenía que aprender de él! Manejaba a sus trabajadores con mano de hierro. – “No se me mueve ni uno, Zapata, por la cuenta que les tiene, se cagan los pantalones cuando les miro”, le había comentado en alguna ocasión. Haría todo lo posible por conversar con él. Algunos consejos suyos no le vendrían nada mal.

Habían pasado seis meses desde que aquella head hunter le llamó para decirle que era el candidato elegido para ser responsable de producción de una empresa química en Badajoz de trescientos trabajadores. No daba crédito. Hasta ahora no había logrado ser el directivo que tanto ansiaba, pero al fin su estancia en Londres, su MBA y quién sabe si los contactos de su padre habían surtido por fin efecto. Tendría que pasar la semana sin su familia, pero su cuenta corriente se vería notablemente incrementada a fin de mes. Y su círculo de amistades lo respetaría mucho más ahora.

Vestido siempre de traje, zapatos castellanos y con el peinado propio de un hombre de su clase social, en poco tiempo ya había conseguido que la gente se dispersase cuando llegaba a la máquina de café y le trataran con cierta distancia, algo que él atribuía a temor y respeto. -“Todo va sobre ruedas”, pensaba ingenuamente.

En ocasiones, entre claro oscuros pensamientos, en la soledad de su despacho podía vislumbrar su falta de pericia para manejar determinadas situaciones y lo ajeno que estaba a todas aquellas personas que trabajaban con él y que parecían apreciarse sinceramente. Resolvía este conflicto con un despotismo y una chulería más que notable. Así iba tirando, aunque la ansiedad le estaba torturando.

Mientras se cambiaba de ropa para ir a cenar se dio cuenta de que esta vez estaba más dolorido de lo habitual. -“De este viaje te han dado una buena paliza, cariño. Ese fisioterapeuta es una animal. Tómate un ibuprofeno para aguantar la noche. Vendremos tarde”- le indicó su esposa.

A Berta no le faltaba razón. Lo de hoy había sido especialmente intenso. Como alguien que espera ansioso una droga, llegó antes de la hora a su cita. No quiso esperar al ascensor. Subió por la escalera de aquel viejo edificio. Era un tercer piso. Llegó exhausto, sudado y con la corbata desanudada. Llamó insistentemente al timbre, alguien miró para aquella antigualla de mirilla, lo abrió y se dirigió apresuradamente al cuarto del fondo. Era una estancia lúgubre amueblada a la antigua, la única luz que llegaba era la de un ventanuco situado en la parte alta de una pared. Se cambió a toda prisa y con agitación en aquel vestidor minúsculo propio de un fetichista. Estaba lleno de cachivaches: zapatos de tacón, máscaras, antifaces, esposas, cuerdas y demás cuestiones propias de la profesión. Se puso el tanga y un chaleco de cuero. Salió y mostró sumiso a su ama el trasero. Una mujer entrada en carnes enmascarada y con un body negro que no le daba para cubrir sus redondeces le ató de unas argollas que pendían de una cadenas colgadas en el techo, y le azotó con la maestría propia de una domadora de circo mientras le gritaba con acento ruso:- “has sido malo, muy malo y te mereces unos buenos azotes”, cuanto más le azotaba más se excitaba. Era una sensación completamente orgásmica esa mezcla de dolor y placer. Aquel era su medicamento, su liberación del estrés. Sus gritos pidiendo más y más se fundían con el sonido de la bulliciosa calle de aquella céntrica ciudad ajena a lo que estaba pasando al otro lado de aquel ventanuco de la tercera planta.

Cuando salió de allí había perdido la noción del tiempo. Decidió ir caminando a su casa, relajado, dolorido y tranquilo pensando en la cara que se le quedaría a Berta si supiera que no estaba en el fisioterapeuta, pero lo que le inquietaba realmente es qué carajo tendría que hacer para que aquellos paletos con lo que trabajaba se cagaran los pantalones con su mirada. Esta noche le preguntaría a Azpeitia.

María González

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AQUEL MEDICAMENTO
CORONA VIRUS II

Lo más reseñable de esta semana que termina, segundo fin de semana de recluimiento
involuntario en nuestros respectivos domicilios es mi actitud hacia el trabajo.
Pensaba que estaba como siempre, pero me doy cuenta que realmente no estaba al
100 %, probablemente procesando esto nuevo e inédito que pasaba con el mundo y
conmigo misma.
Ahora me siento 100% en el ojo del huracán del trabajo.
Como todo sentimiento, es eso, un sentimiento. Pero mi actitud es diferente. Estoy,
siento que estoy donde debo estar.
Y respecto al trabajo, algo tan simbólico y tan concreto a la vez, es algo fundamental.
En la crisis del 2008, yo prácticamente no me enteré. Todo mi alrededor hablaba de
crisis y de lo mal que iba todo. Todo se derrumbaba y la gente se quejaba.
Yo no tenía oídos para ello. Tenía que sacar adelante a un chaval de 14 años, además
de a mí misma y construí un trabajo donde antes no había. Construí un puesto de
trabajo donde la gente decía que solo había un páramo.
No escuché, por así decirlo, a la “realidad”, sino a la realidad de mi deseo, que en ese
momento era fervientemente trabajar.
Trabajar. Trabajar y solo trabajar. Fue la época que más pacientes por semana vi. 80
sesiones marcadas semanalmente, tarde y mañana. Y no me cansaba para nada. O no
me acuerdo, o era lo menos importante de todo.
Después de la contundencia de ese deseo me di cuenta que primero estaba siempre el
deseo. Cuando me quiero colocar en el trabajo, me coloco siempre respecto a mi
deseo, a esa ley. A la ley del trabajo y a la ley del deseo.
A lo mejor, es ese mi medicamento.

Paola Duchên
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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