SAL DE AHÍ / Historia

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Historia: Sal de Ahí

Sucedió en la antigua Roma. Ella era una famosa actriz, o más bien debería decir modelo, aunque la verdad es que ya no existe tal oficio en la actualidad. Se dedicaba a posar para los poetas, es decir, cuidaba muchísimo su apariencia verbal. Cada mañana al arreglarse frente al espejo iba diciendo en voz alta todas las palabras que acudían a su imaginación: blanco delirio de la primavera, ladrona de babas de dragón…
Pues bien, una noche que estaba posando para varios poetas de la academia pudo leer en los labios de uno de los novios los versos que este estaba recitando para si:
Oh reina de los mares Venus divina
en tu piel se arremolina la profundidad
y la esencia del océano no es otra
que lo que permanece en el gusto
después de evaporarse la frescura.
Sabor de sabores, néctar femenino,
perfecta sal de ahí donde tú ser
se eleva por encima de la verdad.

Entonces ella se levantó y dejó de posar. Cuando los demás poetas se quejaron ella contestó que no podía posar esa mañana porque estaba ya demasiado salada como para poder admitir más condimentos.
Kepa Ríos Alday
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SAL DE AHI

Llaman a la puerta pero nadie abre. En el interior todos duermen. La hora de la siesta es sagrada en esa casa porque el calor no les permite moverse con facilidad. Un sopor terrible envuelve las aceras y el asfalto llega a derretirse incluso algunos días. Pero el timbre sonaba. La mujer se levanta y mira por la mirilla. Un chico con una cesta enorme a las espaldas se impacientaba. -¿Hay alguien? Vengo a entregar un paquete.

Vaya horas para trabajar con este calor, pensó la mujer. Le entrega un paquete grande, en una de esas cajas de cartón que sale en la televisión. Mira al chico y le dice si quiere un vaso de agua o un refresco. Estaba muy contenta, por fin le habían traído el pedido que había solicitado hacía ya casi dos meses. El chico pide también entrar al baño y deja su cesta-mochila en el salón.

Ella entusiasmada abre el paquete y se olvida del chico, del la cesta-mochila, incluso de su marido que dormía en la habitación.

Lo tenía en sus manos, entró en la cocina y, entusiasmada, se ponía en la tarea.¡Qué excitación! ¡Qué entusiasmo! Pasó media hora sin darse cuenta.

-¡Sal de ahí! Una voz la hizo despertar. ¡El chico! ¡su marido!

El repartidor se había quedado encerrado en el cuarto de baño, mientras su marido gritaba desde fuera. Si es que esto de pintar le hacía vivir otra realidad.
Laura López

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