EL DESPISTE DEL SASTRE / Historia

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EL DESPISTE DEL SASTRE

Álvaro Méndez era sastre desde hacía trescientos años. Su tatarabuelo vestía a la corte de Fernando VII a la moda de la época. Este sastre de la corte tuvo un hijo que siguió trabajando también de sastre para la nobleza aunque no en exclusiva, ya que tenía su propia tienda donde también atendía a clientes de la creciente burguesía madrileña. Este tendero se subdividió también en dos hijos que trabajaron en la tienda de su padre en sus primeros años de profesión. Uno de ellos emigró a América y el otro hijo decidió seguir con el oficio de la familia quedándose con la la sastrería. Tuvo tres hijos: dos hijas y un varón. Al morir dejó la tienda a una de las hijas, otra se hizo cantante de ópera y el hijo fue el único que aprendió el oficio de sastre. La hija convirtió la tienda en unos grandes almacenes que posteriormente vendió a un mafioso gallego. El único sastre que quedaba de los Méndez abrió, a principios del siglo XX, una pequeña sastrería en el barrio de Salamanca. Allí atendía a los restos de la nobleza convertidos ahora en empresarios. Tuvo un único hijo que siguió con la tienda hasta las primeras crisis del capitalismo, a principios del siglo XXI, que fue cuando tuvo que jubilarse y ninguno de sus cuatro hijos quiso seguir con la sastrería. El mayor de ellos, que se llamaba Álvaro, fue el único que pudo aprender algo del oficio de su padre aunque de manera muy incompleta. Cuando hicieron un ERE en El Corte Inglés, donde trabajaba, Álvaro pensó que debería retomar el antiguo oficio familiar. No quería que sus hijos quedasen hundidos en la masa indiferenciada de alienados sin oficio ni beneficio. Pero en seguida se dio cuenta de que apenas había clientela para un sastre en el Madrid del siglo XXI.
Sin embargo Álvaro no se amilanó. Estaba determinado a volver a poner el apellido de los Méndez en lo más alto de la moda como recordaba de las narraciones de su abuelo. Tras estudiar detenidamente las costumbres y tendencias de la omnipresente clase media. Tuvo la idea de crear una página web donde los usuarios podían subir sus medidas corporales y encargar las prendas a domicilio ya cortadas a medida. Utilizó en este emprendimiento todo el dinero de la indemnización de su despido. Hizo una página web excelente que publicitó a través de Google y las redes sociales. Como puede imaginarse la idea fue un incompleto fracaso, digo incompleto porque sí que había un producto que se vendía razonablemente bien: Un corpiño de cuero negro para mujer llamado catwoman-top, que a juzgar por las medidas promedio solicitadas, era mayoritariamente utilizado por hombres que querían lucir ropa erótica femenina pero con más anchura de espaldas y menos volumen en los pechos.
En seguida Álvaro se dio cuenta dónde estaba el negocio y decidió especializar su web en artículos eróticos a medida: Arneses, látigos exclusivos… Otro artículo que tuvo mucho éxito fueron las fundas de cuero a medida para el pene. Vendió millones de unidades de este artículo. Cuando Álvaro murió dejó como único heredero de su fortuna a su hijo llamado como él: Álvaro.
Álvaro Méndez se codeaba con los grandes empresarios internacionales. Jamás tuvo necesidad de trabajar, y la palabra «sastre» en castellano, le sonaba como un lejano cuento de su infancia. Vivía en Los Ángeles, se casó con una famosa actriz de Hollywood y dedicaba su vida por entero a la meditación y a acompañar a su esposa a galas y eventos.
Fue a comienzos del siglo XXII cuando notó que el negocio que heredara de su padre comenzaba su lento pero imparable declive. La clase media, cada vez más ahorrativa, había ido renunciando al lujo de la ropa erótica a medida. La gran industria textil fabricaba fundas para el pene de tres tallas distintas y comenzaron a ofrecerse, en las clínicas de cirugía plástica, las operaciones llamadas «de estandarización», donde el paciente recortaba o suplementaba su pene hasta dejarlo exactamente en una de las medidas estándar.

Había que adaptarse a los nuevos tiempos. -Adaptarse o morir- , repetía Álvaro para sí a cada momento: adaptarse o morir.
Al consultar a los especialistas, todos le decían que el futuro negocio estaba en la estandarización de las medidas del cuerpo. La industria fabricaba cada vez menos variedad de tallas y quien no tenía una de dichas tallas no podía vestirse ni salir a la calle. Esto era un grave problema para muchos padres, que frecuentemente decidían deshacerse de sus recién nacidos hasta que por fin concebían uno de las medidas adecuadas; con la consiguiente pérdida de días laborables.
Con esto Álvaro vio clarísima la idea. Lo había tenido siempre delante de sus narices. Apenas cuatro cambios superficiales en la página web de su empresa bastaron para transformarla totalmente.
Ahora Álvaro volvía a ser un sastre como sus antepasados. Un sastre moderno, adaptado a los nuevos tiempos. En su página web podían elegirse libremente las medidas que, tras el proceso de estandarización, irían a tener los recién nacidos. Una especie de sastre inverso que, en vez de fabricar trajes para vestir cuerpos, fabricaba cuerpos a los trajes.
Kepa Ríos Alday

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EL DESPISTE DEL SASTRE

A lo largo de su vida profesional solo se había puesto un traje en varías ocasiones, en la boda de sus padres cuando tenía diez años y en la suya propia a los veintiocho. Cuando le dijeron que tendría un homenaje por los cuarenta años trabajados en la bodega más emblemática de la región, su mujer le dijo que no podía eludir vestirse más formal y de corbata. Llamaron a su hija que, al estar casada con un político local, podría darles una solvente opinión. Ella les aconsejó que utilizaran el sastre de su marido, del que tenían una excelente opinión. Tras la cita por teléfono, dieron el primer paso, tomar medidas y elegir el color. La recepción fue amable, con el metro amarillo sobre los hombros, el alfayate se presentó, miró de reojo a su nuevo cliente y lo invitó a navegar por un estrecho pasillo donde le tomó las medidas: espalda, hombros, mangas, pecho, etc. Quedaron en llamarse a los seis días y así ocurrió, la secretaria lo citó para prueba de patrones, luego lo enviarían justo a tiempo a su casa antes de la celebración. Dicho y hecho, en la fecha señalada ya estaba con la camisa puesta y endosado el pantalón, cuando al insertar la manga en la chaqueta la sisa se abrió ¡joder! exclamó el festejado, a cuyo exabrupto la esposa llegó, ¿qué pasa? ¿Has visto esto? No escuchó el grito de su hija, ni vio descender del coche a su yerno descolgándose de una americana, demasiado grande para su escultura.

Ana Velasco
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EL DESPISTE DEL SASTRE
-Un día lluvioso- pensó desde la cama. Escuchaba cómo el agua caía tras la ventana y se dio la vuelta, protegiéndose con las sábanas y la almohada. No le gustaba cuando llovía. Todo se haría más difícil en el día de hoy. Tenía un showroom importante, donde varias revistas de moda buscaban algún talento nuevo, aire fresco para el difícil mundo de los diseños. Tomó una taza de café y unas tostadas y dio una palmada como haciendo punto y final a la holgazanería del desperezo. Su gato se enroscaba nervioso por sus piernas. Debía de ser que él estaba nervioso, los animales lo captaban todo. Vaya, ahora la luz no funcionaba, debía de ser por el tiempo, parece que anoche la tormenta produjo alguna incidencia. Cogió el pantalón, jersey, abrigo y salió disparado a la calle. Tenía que ser puntual, no quería causar mala impresión. Uf, el paraguas, ya se le había olvidado. Bueno, tomaría un taxi. ¡Taxi! ¡Taxi! Qué raro, ninguno le paraba. Desesperado vio que un autobús llegaba. Plaza de Martinete. Perfecto, quedaba cerca. Se subió y se sentó en el primer asiento, aliviado. Tras varias paradas y gente subiendo y bajando, llegó a la conclusión que las tormentas afectaban a las personas. ¡Qué caras llevaban algunos! Llegó a su parada. Tuvo que enseñar su acreditación y entró. Los periodistas hacían fotos a un diseñador muy importante que compartía espacio con los de segunda fila. Algo extraño pasó, porque cuando llegó él, acaparó todos los flashes. No entendía nada. Cegado por la luz de los flashes buscó un punto de oscuridad. Había un espejo. Se asomó y quedó petrificado. El abrigo y los pantalones en su parte trasera estaban hechos jirones, tanto que llevaba el culo completamente al aire. Su gato se había ensañado la noche anterior con él y lo más curioso es que su cara parecía un cromo. La tormenta había alterado tanto a su gato que le había dibujado en la cara un mapa de la ciudad.

Lo más curioso es que apareció al día siguiente en todas las portadas de moda. La fiebre animalista se apoderó de su imagen y lo hizo icono de una moda que denominaron “salvaje”.

Laura López
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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