LA PRUEBA / Historia

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LA PRUEBA

Probado quedaba que la noche se servía de la luna para mostrar su oscuridad y que el día utilizaba al sol para ser. Cada uno tiene su propia historia y la prueba resultó ser todo un desatino en cuanto quisieron verse sumergidos entre montañas. El surrealismo de los hechos creó una nueva percepción de la experiencia que parecía tomar un rumbo diferente o al menos desconocido. No se sabe a dónde, ni cómo, pero al menos aquel iceberg de ideales, pensamientos y desprestigios parecía quedar atrás.

Paqui Robles

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LA PRUEBA
Se la encontraron sobrecogida en la butaca, miraba el televisor apagado, murmuraba “ladrones, habéis acabado con mis afanes, diez años bajando hasta la vía, diez años recorriendo los parques, despachando mis perlitas con frío o con calor, disuadiendo a las vecinas que, últimamente me veían con mejor piel y susurraban que el cambio de trabajo me estaba rejuveneciendo. Mientras, yo seguía doblando uno a uno, colocándolos en bolsitas; ya faltaba poco, un año más de navegar jardines y recorrer atajos, un año más y mis pies dejarían el barrio”. Disculpe ¿qué fue lo que pasó?, volvió su mirada hacia la voz y refirió: “Sabe, era imposible llegar hasta esa grieta, tuvieron que venir los hocicos, esos belfos de puerco atravesando la ciudad, husmeándolo todo. Usted también lo vio, el periodista mostró la piara de jabalíes sobre los raíles del metro ligero, exclamando incluso que era increíble tal prodigio ecológico». Le digo que tuvieron que empezar por las pastillas luego, frenéticos con el éxtasis, sus hocicos chiflados no pararon hasta dar con el bote metálico. Y esa cámara, focalizando sus colmillos abriendo la tapa, y esos belfos engullendo y masticando a dos carrillos… No sabemos lo que es, dijo la reportera, pero yo sí sabía ¡eran mis sueños doctor!

Ana Velasco
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HISTORIA LA PRUEBA
Estaba hecho un manojo de nervios. Se ocultaba tras la alegría de las personas que se cruzaban por la calle profiriendo una sonrisa feroz, como de contagio. Tenía una prueba muy importante. Hoy seleccionaban en la empresa los próximos ascensos. Un examen muy complejo que le llevó varios meses preparárselo. Sentía como si la vida entera se jugara en aquella carta. Estaba cansado del departamento en el que se encontraba. Si es que era el último mono. Le tenían como el chico de los recados: tráeme esto aquí, lleva esto allá, hazme fotocopias, archiva esto en el armario… Ni siquiera le veían si no era pedir algo que necesitaban. Menos mal que tenía la poesía. Leía en cuanto podía y comenzaba a escribir alguna cosa.

Cuando llegaba por las mañanas decía siempre buenos días, pero rara vez le contestaban. Se había fijado en que le miraban como extrañados, como cuando miras a alguien que no conoces pero que te es familiar y deberías saber quien, porque te saluda tan efusivamente que sería un insulto preguntarle quién era y de qué departamento.

Llegó temprano como de costumbre, subió al ascensor y seguidamente entraron dos personas más. Un hombre con corbata, con un traje perfectamente dispuesto, le saludó. Por fin alguien se percataba de su presencia, y saludaba. Dos plantas y el ascensor se paró de golpe. La luz relampagueaba. ¡Qué diablos! ¡Tenía la prueba en quince minutos! El hombre que había a su lado comenzó a sudar. Su acompañante intentaba tranquilizarlo, pero comenzó a perder los nervios y a gritar. El chico sacó un libro de poemas que llevaba encima y se puso a leer. Primero un poema, otro, y comenzó a hacer efecto en aquel hombre fuera de sí. Estaban tan metidos en la lectura que cuando vinieron a sacarles veinte minutos después, no pareció importarles.

Llegó tarde a la prueba, pero no importó. El chico trabajaba en una editorial, y aquel que se encontró en el ascensor era el vicepresidente de la empresa. Después de lo que ocurrió en el ascensor, abrieron un nuevo departamento: acción social. Ahora, el nuevo gerente le esperaba cada mañana con una sonrisa y un poema. Algunos creyeron que su cara les era familiar, tal vez de alguna fotocopia, algún café que algún día pidieron…pero enseguida desechaban la idea ¿a quién le importaba?

Laura López
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LA PRUEBA

Andrónico se lo decía muy a menudo, las pruebas son disfraces. El muerto era en un primer momento, un suicidio, más que nada por la carta que había dejado en uno de sus libros. Buscar una lógica a las pruebas de un crimen era pensar que los motivos que nos rodeaban eran similares a todos, así también tenía que ser las pruebas. Aunque esconder la carta que hace referencia a un suicidio, en un libro, no dejaba de ser rocambolesco. Algunos quieren mantener enigmas incluso después de muerto, ¿cuándo se muere un cadáver? se preguntó Andrónico.
Como en los expertos relatos policiacos, todos podían tener motivos, la herencia, propiedades y dinero, los celos eran muy a menudo convocados para el crimen, los ajustes de cuentas, la envidia, la injusticia, los que hablan de infidelidad, la que antecede al robo o la que lo encubre y la perversa culpa.
Para cada motivo, su prueba, es decir, hay crímenes, asesinatos que no buscan encubrirse, la maté y llamé a la policía y que venga el castigo correspondiente. De todos modos, se busca el motivo del crimen y la prueba de que haya sido realmente él el asesino. No vaya a ser que por culpa uno se achaque un crimen que no haya cometido, ¿cuántos de esos falsos asesinos estarán en las cárceles?
Las pruebas son también de los que las buscan. Siempre estamos metidos en circuito que dependen de varios elementos. El muerto del principio del relato, no fue un suicidio, ni fue asesinado por el amante casado que perdía la herencia si descubrían su infidelidad, no, el verdadero asesino, fue un joven despechado, la juventud a veces no asume la ofensa y se venga.
Ah, la venganza, el más astuto de todos, se come fría y no deja pruebas.
Clémence Loonis
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Carmen Salamanca Gallego
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