UN BRILLO EN LA TAZA / Historia

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UN BRILLO EN LA TAZA
Nadie quería esas llaves, cuando la abuela murió, dejaron sobre la mesa del olvido sus años de niños, sus juegos en la plaza, la leche que les traía Don Genaro directamente de sus vacas y pusieron en la ciudad paredes infranqueables que no podían atravesar los recuerdos.
Años después lo natural, lo biológicamente sano, el descanso regresando a los origines, se pusieron de moda y los inmuebles del pueblo entraron en el juego del libre mercado.
Ya no tenían una casa en ruinas sino un terreno con posibilidades.
Paula, la tarde antes de la venta, abrió las puertas de su memoria y decidió ir a visitar ese lugar donde su infancia sonreía de ventana en ventana.
Al entrar a la cocina, un brillo en la taza que había junto al fregadero llamo su atención.
La agarro entre sus manos, se sentó en las sillas manchadas de tiempo y lloro tantas veces como hermanos tenía.
Hernán Kozak

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UN BRILLO EN LA TAZA
Estaba en una calle angosta y discreta, alejada del bullicio del centro. Era una chocolatería famosa por ser un lugar limpio y acogedor, pero sobre todo era conocida por que hacia las mejores tartas caseras de toda la ciudad. Su especialidad era la tarta de chocolate con arándanos.
El pequeño local, con una minúscula fachada con ventanal, solo contaba con seis mesitas redondas con faldones encarnados y manteles de cuadros en tonos blancos y rojos. Sobre todas ellas colgaban coquetas lamparitas con tulipas de idéntico color a los faldones. Su luz anaranjada creaba el ambiente perfecto para amores, confidencias y recuerdos de antaño.
En el mostrador bajo la vitrina impoluta y delicadamente iluminada lucían majestuosas tartas de diferentes sabores, colores y texturas. Cada una de ellas en su porta tartas correspondiente. Todos diferentes. Tan sólo mirarlas era un placer para los sentidos aderezado con el dinamismo de las camareras pizpiretas y delicadamente uniformadas con sus mandilones rojos y blancos, como no podían ser de otra manera.
El propietario, un tipo que pasaba la cincuentena, ofrecía un aspecto impoluto y refinado. No se lo conocía pareja ni amigos. Estaba entregado a su trabajo y parecía disfrutar entre rodillos, moldes, mantequillas, vainillas, chocolates y todo tipo de utensilios de repostería.
Nada se sabía de su vida personal. Las chicas chismorreaban sobre su posible homosexualidad por que tanta pulcritud y delicadeza les resultaba sospechosas. Una ligera cojera en la pierna izquierda y su timidez les hacía sentir cierta compasión por aquel pintoresco personaje que les pagaba bien y repartía las propinas de manera generosa. Era un tipo tolerante y permisivo con ellas, salvo con una excepción: las tacitas de porcelana roja del aparador central deberían de estar siempre brillantes y relucientes, ni una huella ni una mota de polvo. Tenían que estar ordenadas de una determinada manera y estaba terminante prohibido utilizarlas. Eran de exposición. Aún recuerdan el día en que lloró como un niño cuando una taza se hizo añicos mientras la estaba lustrando con ahínco.
Gustaba de abrir y cerrar su negocio personalmente. Los sábados era el único día que dejaba a las chicas al cargo a partir de las cuatro. No sabían dónde iba pero siempre era así. Salía, no sin antes recordarles la importancia de que las tacitas rojas estuvieran relucientes y ordenadas.
Subió apresuradamente las escaleras, llegaba tarde. La asistenta abrió la puerta. Era la cuarta que veía este trimestre. Su madre tenía un carácter insoportable. Todas la acababan abandonando por su soberbia y mala educación. Estaba sentada en su silla de ruedas, mirando al infinito desde aquel balcón con unas vistas privilegiadas. Sintió el impulso de empujarla. Ya no se sentía culpable. Como todos los sábados, tuvo que leerle fragmentos de la biblia, masajearle los pies y escuchar insistentemente lo inútil y desgraciado que era, su poca habilidad para las relaciones, y el ridículo trabajo que tenía. “Que poco hombre eres”-le decía siempre.
Cuando llegó a su casa estaba exhausto. Decidió darse un baño. Al desnudarse vio en su pierna izquierda la cicatriz. La acarició suavemente. Esa ya no le dolía, la otra todavía sí. En su cabeza se dibujó la paliza, como tantas otras que su padre le dio ante la indiferente mirada de su madre. Ese día le empujó con fuerza golpeándole contra un vasar. Sobre él cayeron tazas, vasos, platos y un sinfín de objetos cristalinos y relucientes. En su pierna izquierda se clavaron minúsculos e infinitos trozos de vidrio. Infecciones recurrentes provocaron su cojera. Pero eso ya no importaba. Lo importante es que las tacitas rojas del aparador estuvieran siempre ordenadas y brillantes.
Maria González

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