UNA PROPUESTA INCONCLUSA / Historia

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UNA PROPUESTA INCONCLUSA

-Dime ¿vas a ir a la fiesta el sábado?
-No creo, tengo que estudiar para el examen. ¿Y tú?
-Creo que sí. Mis exámenes comienzan la semana que viene y tengo muchas ganas de encontrarme con él.
-¿El chico con el que tropezaste en la cafetería?
-No, el chico que me sonrió mientras se disculpaba.
-Ah. ¿Y no es el mismo chico?
-No lo creo. En todo caso dos tiempos de un mismo sujeto.
-Ah. ¿Y te dijo que iría?
-No exactamente, comenzó una propuesta que resultó inconclusa porque algo le interrumpió.
-¿Qué le interrumpió?
-Un viento huracanado con nombre de mujer.
-¿Yo?
-No. Ya te dije, un viento huracanado.

Cruz González Cardeñosa

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UN BRILLO EN LA TAZA

El escaparate deslumbraba. Ciertamente que llamaba la atención. El juego de luces tal vez no era lo más indicado para el conjunto de los comercios de la zona. Eran sobrios, correctos, como un nudo en la corbata perfectamente compuesto. Pero aquello se sobreponía a lo monocromático y parecía un estruendo, una tormenta en una noche de fuegos artificiales.

Tenía que comprar un regalo, pero por más que divagaba por los extremos de su memoria y de la fantasía, no llegaba a ninguna conclusión. Ninguna imagen que le ayudara a enlazarla a otra, y a otra, y ahí, apareciera algo que le satisficiera. En su mente, fija, aparecía una y otra vez el telefilm que vio la tarde antes. No entendía nada, pero se dejó llevar. La trama se desarrollaba en una casa en la que se ocultaba un secreto. Había una muerta que deambulaba por las habitaciones, y se le aparecía a la protagonista como si fuese real. Era la anterior esposa desaparecida del dueño de la casa, que ahora, a su vez, estaba casado con la protagonista. Hasta que no se desentrañó el final no se supo de esto. Pero lo más inquietante, es que ella tomaba el té cada día con la aparecida. El té contenía otras hierbas que la llevaban a tener alucinaciones, a divagar…

Sonrió ante el vacío del momento del escaparate, el telefilm…. y se sorprendió ante el brillo que parecía guiñarle desde una taza. Como si un imán la atrajera, entró, compró dos tazas, una tetera y se dijo a sí misma, contenta, ilusionada: ya encontré el regalo. Y la inmensidad se abrió sin orillas.

Laura López
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UNA PROPUESTA INCONCLUSA

Saltó, corrió. Dos verbos a gran velocidad. No sabía donde se encontraba pero pensaba que si seguía corriendo, saltando, sin pensar, sus piernas le llevarían a destino. Pero si dejaba de pensar, de imaginarla en la cama con otro, perderían también el impulso y la velocidad y lo que deseaba era pillarla allí, con el cuerpo efervescente, con la cara torcida por el goce, y seguía corriendo, tomo la calle donde los del domingo solían encontrarse para charlar antes del oficio divino, es cuando lo vio a él, las manos en su bella melena empujándola para que chupase más fuerte, no sentía sus piernas, se daba cuenta que había acelerado, el ritmo cardíaco se embalaba como cuando de joven quería alcanzar la meta el primero. Era su torso, puesto, firme, hermoso, entregándose a los espasmos. Frente a la puerta de la iglesia, no lo dudó, entró y sin saber como lo sabía, se dirigió al presbiterio, sudando, aleteando, llegó hasta la puerta; un armazón vertical de madera antigua, con apariencia de gran armario. Iba a golpear con todas sus fuerzas, pero justo allí, algo en él se detuvo. Estaba con la mano en alto, listo para confrontar su fuerza con esa madera antigua. Se vio, dejó de pensar, ya no veía a nadie, ni a ella, ni a él, le llegaron los susurros de los turistas entrando despacio en la iglesia. Bajó el puño y se alejó.

Clémence Loonis
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UNA PROPUESTA INCONCLUSA

Le dije que estaba ocupado toda la tarde para no tener que explicarle que necesitaba escribir. A veces necesito hablar con quien no existe para poder decir cosas que no entiendo. Eso de tratar de comprender a alguien que aún no ha nacido es un reto apasionante.
Salí un minuto a comprar pienso para el cerdo y justo me encontré con ella que estaba pidiendo limosna en la puerta del supermercado. – Pero…¿no estabas tan ocupado esta tarde? -me increpó. Si, lo estaba sólo he bajado a comprar pienso para el cerdo. Y tú, le pregunté: ¿No eras multimillonaria? ¿Qué haces aquí pidiendo limosna?
Bueno, -me contestó ella- en realidad no estoy pidiendo limosna, me estoy masturbando en público. Lo de pedir limosna es para que me dejen en paz. Hay ciertas libertades que sólo se las permiten a los mendigos. Me siento aquí en el suelo y me froto entre las piernas mirando a los trabajadores y las familias que salen del supermercado. Yo nunca pude trabajar en toda mi vida ni tampoco pude tener nunca una familia. Por eso me excita tanto mirar a estos pobres desgraciados.
Me hizo gracia su sinceridad desvergonzada y estuve tentando de pedirle que se masturbarse un rato delante mío. Pero pensé en todas las millonarias que podrían divertirse con mis palabras escritas y le dije que después, cuando cerrasen el supermercado, podíamos ir los dos a pedir limosna a la puerta de una discoteca de drogadictos. Lo que no le conté fue mi plan de utilizarla como modelo para enseñar a los drogadictos a masturbar millonarias desconsoladas.
Kepa Ríos Alday

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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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