EL PASTEL DE OKRAS / Historia

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EL PASTEL DE OKRAS

No entiendo cómo pudo ser que no me extrañase lo más mínimo que me ofreciesen pastel de oca en un restaurante hindú. La oca sólo se come en los países árticos. Mientras traían el menú tuve tiempo de buscar en Internet qué carajos es una oca y me hizo ilusión ver que era un ánsar. Qué nombre tan maravilloso, qué sonoridad. Me parece que así es como llamó el presidente de EEUU a nuestro presidente Aznar cuando se hicieron amigos. Lo que iba a comer era un pastel de ánsar en toda regla. Un pastel de una de esas aves que anidan en Doñana y que están en peligro de extinción.
Yo he probado en Francia el pato asado. También el paté de hígado de pato. Pero esto de comer oca me hace sentir papá Noel, me hace sentir un devorador de aves migratorias con sus preciosas formaciones de vuelo en escuadrones, un devorador de triángulos celestiales. Por momentos llegue a sentir que me iba a comer el mismo ojo de Dios en un pastel.
Así que está es la historia de cómo, empezando por una sencilla letra erre, un tipo terminó por devorar al todopoderoso.
Kepa Ríos Alday

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PASTEL DE OKRAS

La nieve cubría los tejados, pero el serrín derramado la noche anterior no permitió que cuajara en el viejo atajo. Agarró la correa de Newton, se puso encima el gabán y empujó el cuarterón. Era la hora de conversar con los vecinos, Manuel que dejó el pueblo el último, ya hace diez años, tuvo que vender sus vacas pues la empresa Suiza que se instaló en la zona rompió el mercado local dejando a los ganaderos del valle a sus suerte; Ignacio, cuánto tiempo hace que tuvo que dejar la fragua; la Maite con sus fuentes de barro, que dejaban atónitos a los veraneantes. Uno tras otro fueron marchando, ya solo quedaba el hijo de Alfonso, que decidió volverse al pueblo porque no soportaba el estrés de la ciudad, decía. Había tenido suerte, pues ahora trabajaba las tierras del monte, las que unos y otros fueron dejando, el mes pasado subió con él al collado, le enseño un invernadero de setas raras que no se conocían por allí, pero que vendía en grandes cajas a unos chalados de la capital ¡Anda que si su abuelo le viera!. Y qué hay de ti, le preguntó el can con su mirada, algún día tendré que hacer las paces con mi hija, en el fondo tenía sus razones, pero no quería que siguiese por aquí, a mi no me importaba que se viera o no con esa chica, lo que no soportaba eran las habladurías ¿de quién, si por aquí solo hay tres almas?, alcanzaron a decir sus labios mientras empujaba la puerta. El ladrido del perro y un pastel de okras sobre el fogón, le señaló que alguien había entrado en casa.
Ana Velasco

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EL PASTEL DE OKRAS

A la Señora se le había antojado ese día que le hiciera algo de postre. Sus distinguidas amigas vendrían a tomar el café. Las conocía de otras ocasiones. Aún recuerda la cara que pusieron cuando vieron que era negra y además hermosa. Palidecieron aún más de lo que ya eran.
– “Demasiado delgadas y demasiado pálidas. En mi país no servirían ni como alimento para los gorrinos”, pensó.
Era colombiana descendiente de los africanos esclavos traídos a este país desde la Costa de Guinea en el siglo XVI. Aunque habían pasado varias generaciones, era una auténtica mandinga. Conservaba muchos rasgos de sus orígenes: el pelo negro y rizado, una piel azabache y la figura atlética. También conservaba las costumbres en la manera de vestir y en el arte culinario. Su especialidad era el pastel de Okras. Conservaba la receta originaria de sus antepasados africanos. Siempre pensó que podría ganarse la vida sólo con saber hacer ese pastel. Estaba convencida de que esa receta le iba a dar muchas satisfacciones.
La facilidad del idioma y los amigos que ya estaban instalados en España, le hicieron pensar que quizás, en este país podría tener mejor futuro que en el suyo. Por mediación de su prima encontró trabajo en casa del matrimonio Zapata.
El señor de la casa era un tipo bastante inexpresivo, se pasaba el día fuera del hogar trabajando y jugando al golf. Probablemente, para no pasar tiempo con su esposa. Ella era soberbia y malhumorada. La trataba con desprecio y había dejado claras algunas normas desde el primer día: “trato de Usted. Deberá llevar uniforme. Sólo podrá usar el baño ubicado en el sótano. La comida y la bebida se la traerá de casa y no comerá en la mesa. Tendrá que comer sola, en el cuarto de la plancha en tan solo 15 minutos”. Procuraba asegurarse de que las normas se cumplían.
Ese día tendría que apresurarse con el resto de las tareas para poder tener el postre listo a la hora del café. Le llevaría un tiempo la preparación. Como la señora la avisó el día anterior, pudo traer su ingrediente secreto.
Se dispuso a cocer lentamente la leche con los frutos. Tenía tiempo para hacer los baños y la colada mientras tanto. La cocina empezó a inundarse de un olor dulce y penetrante. Mientras subía al baño de la primera planta para limpiarlo, no pudo evitar oír a la señora hablando por teléfono:
– “No Berta querida, te equivocas conmigo. Yo odio cocinar. Eso sí, los postres, se los hago yo a mi maridito. El resto de las cosas, ya las hace la negra. Te vas a quedar sorprendida con lo que os he preparado hoy…”. No quiso oír más, los ojos se le llenaron de lágrimas. Bajó a aquel minúsculo cuarto que le servía para comer, para planchar y para llorar. Se sentó unos minutos, se recompuso y decidió continuar con la faena.
Tras dos horas de preparación, el pastel estaba listo, había quedado con una apariencia extraordinaria, como nunca. A las 17 horas terminó su jornada laboral. Se quitó el uniforme y se puso su ropa alegre y colorida. La llenaba de vitalidad. Con discreción pasó delante del bullicioso grupo que se chupaba los dedos y elogiaba las artes culinarias de la anfitriona.
Antes de salir por la puerta se armó de valor y se dirigió al grupo: “espero que lo estén disfrutando. La señora trabajó duramente para agasajar a sus amigas”. Ésta sonrío con satisfacción.
Cuando llegó a casa y fue a buscar sus llaves se topó en el bolso con las gotas laxantes que le había recomendado su amiga la farmacéutica.
-“Son muy fuertes. Cuando las tomes, procura estar en casa”, le había aconsejado. Tendría que comprarlas de nuevo. No quedaba ni una gota. Había mezclado todo el contenido junto con el ingrediente secreto. Tal y como había sospechado el pastel de Okras le iba a dar muchas satisfacciones.
Maria González

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