LA TIERRA MOJADA / Poesía

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LA TIERRA MOJADA
Tenía la tierra preparada, la semilla
se excitaba con el acre aroma
de los cuerpos animales. Después
llegó el agua sanguínea mojando
con sus lágrimas nuestras manos
y tuvimos que volver a morir
sabiendo que aquel amor no duraría
más allá que la tierra mojada ni llegaría
más profundo que las raíces
el busca de alguna
conversación subterránea.
Kepa Ríos Alday
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LA TIERRA MOJADA
Idas y venidas de una patria rota,

sigues los pasos de tu descendencia

al filo de un imposible legado inerte y perdido,

hundes los pies en la arena de un paraíso eterno,

y el hilo de la vida se filtra entre los dedos.

Hablamos del amor, de la vida y de la muerte,

pero nunca están las palabras para decirlo,

ellas, rebeldes se ocultan entre las oscuras y anegadas tierras,

como las bestias feroces a la salida del sol.

El tiempo pasa, no nos reconocemos en nuestro gesto.

¿Qué haré cuando no estés?

cuando busque tus huellas en la tierra mojada,

con la pena rozando las raíces del universo,

solo sabré echarte de menos mortificándome

por el tiempo malgastado en la búsqueda de la inmortalidad.

Y te encontraré cada mañana, en el gesto de los hijos,

en los nogales en flor con su fruto teñido de luces,

en la exquisitez de la tierra fértil,

en los ríos cristalinos de las montañas de la infancia,

en la casa vacía, llena de dudas, ante la inmensidad de la muerte.
Maria González
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TIERRA MOJADA

Estaba el hombre desafiando
su silencio, su volumen adverso,
el tamaño de su edad
en sus palabras.
Medía, palmo a palmo,
la tumba con cada letra,
como quien mide su temor
con la mirada.
Y allí estaba su cadáver, inerme,
sin decir una palabra.

Y él lloraba y lloraba
y nada…

La tierra mojada bebía su semilla,
su pena estaba toda empapada,
y aunque soñaba
con hojas al viento
y pájaros en altas ramas,
su semilla no paraba de crecer.

Y él lloraba, lloraba
y nada…

Su raíz era ya más grande
que su esperanza,
la piedra le daba la mano,
la tierra mojada le abrazaba
y él no dejaba de morir cada mañana.

Y él lloraba, lloraba
y nada…

Estaba el hombre desafiando
su muerte, su sombra alargada.
Probó a escribir su nombre
con el dedo en el aire.
Probó a hacer una voluta de humo
con el último aliento,
y aunque las cadenas
no aflojaron su abrazo
una rama se quebró en lo alto,
mientras él moría, moría,
sin decir nada.

Ruy Henríquez
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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