AQUELLA HABITACIÓN / Historia

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AQUELLA HABITACIÓN

Había decidido ir al mejor médico de la ciudad después de que le dijeran que su próstata le estaba empezando a dar problemas. No quería pensar en el coste económico. Si además de consultas y pruebas, había una operación tal y como le habían vaticinado tendría que tirar de los ahorros de toda su vida. Su pensión de jubilado no le permitiría costear todos esos gastos. De momento, se tranquilizó pensando que tan solo buscaba un segundo diagnóstico y luego ya vería a ver qué decisión tomaba.

Mientras aguardaba en la sala de espera pudo ver todos los diplomas y acreditaciones del Doctor Martínez. Le tranquilizó ver que el último diploma era reciente. También vio su título de médico enmarcado y colgado en la pared donde se podía leer que contaba con la especialidad en urología por la Universidad de Salamanca. Echó de menos la orla. Siempre que visitaba una consulta privada revisaba meticulosamente los nombre de todos los retratados y observaba con obsesión las fotos para ver si conocía a alguien, como un coleccionista de imágenes. De hecho, algunos parecían repetidos.

Recordó aquella etapa de su vida en que vivió en Salamanca. Él no era estudiante. Tuvo que ir a trabajar. Acababa de cumplir el servicio militar. Tenía 20 años recién cumplidos. Aprendiz de electricista, estuvo más de un año montando el alumbrado público de una de las avenidas más importantes de aquella ciudad, avenida por entonces inexistente.

En la ciudad del Tormes tuvo que alojarse en una pensión y compartir una minúscula habitación con un estudiante de Zamora. Con la mísera dieta que le daban no podía aspirar a más. En invierno hacía un frío de mil demonios e ir al baño se convertía en una auténtica heroicidad. Lo mejor de aquella habitación, eran las vistas. Tenía un diminuto balcón que miraba a la Plaza Mayor. Le parecía un lugar hermoso, siempre lleno de estudiantes alegres y bulliciosos ajenos a la dura vida del trabajador. Cuántas veces en su vida se había acordado de aquel gandul buscavidas. Tenían vidas muy diferentes, uno salía temprano a trabajar y el otro volvía tarde de juerga. Había ocasiones en que a mitad de mes no le quedaba ni un duro del dinero que su padre le enviaba todos los meses. Por el contrario, él tenía que mandar el sueldo a casa para poder ayudar a la economía familiar.

– “Si fueras hijo de mi madre te llevaría del pellejo a casa sin dudarlo un instante”-le decía siempre que tenía ocasión. Recordó un fin de mes en que le pidió 250 pesetas. Le argumentó que tenía que comprar unos libros esenciales para un examen y que se había quedado sin blanca.

“Te lo devolveré en cuando pueda”-le dijo. En ese momento supo que no se lo devolvería y que tendría que buscar una buena excusa para su madre.

Salió de sus recuerdos cuando el Doctor Martínez le mandó pasar. Tendría una edad similar a la suya. Era alto y corpulento con el pelo completamente blanco. Escuchó atentamente su historia y tomó meticulosamente las notas con su Mont Blanc. Cómo no podía ser de otra manera, tuvo que bajarse los pantalones. En la consulta no había enfermera. Además, el tipo le resultaba cercano. “Ambas cosas son de agradecer si se trata de que te metan el dedo en el culo”- pensó.

Tras la auscultación el doctor le indicó que necesitaba realizar alguna otra prueba y le mando esperar unos minutos mientras salía a por los correspondientes volantes a la impresora. Momento que aprovechó para acercase con ansia a la orla ubicada en la pared de enfrente. Necesitaba ver las huellas del tiempo marcadas en el Doctor Martínez. Era un gusto ver que el tiempo pasa para todos. Repasó rápido todas las filas, pasando a trompicones por las fotos. Allí estaba, casi al final. Parecía Joven y feliz. Con la carrera terminada. “Quién lo diría”- pensó.

Finalizada la consulta, con los volantes en mano, preguntó al Doctor Martínez por los honorarios.

Este le indicó que eran cien euros. Mientras buscaba su cartera en el pantalón, miró fijamente al Doctor y le preguntó: – “disculpe Sr. Martínez, ¿es usted de Zamora?”. En efecto dijo el doctor, bien pues en ese caso, tiene que cobrarme 98 euros y medio. Igual ya no se acuerda, pero me debe Usted 250 pesetas.
Maria Gonzalez
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AQUELLA HABITACIÓN
Aquella habitación donde vivíamos Noelia, Claudia y yo durante los dos primeros años en Tánger, sigue indefectiblemente apareciendo en el fondo de los retratos que pinto hoy en día, diez años después. Era la habitación de la generosidad y el compañerismo.
Yo hubiese querido envejecer y morir en aquella habitación. Pero todo cambio cuando Noelia decidió pintarla de color amarillo claro. Un lunes que yo llegaba de un viaje de trabajo en España me encontré la habitación así pintada y me enfadé mucho porque yo no quería hablar con ese color. El amarillo es el color de los hombres muertos: Las mujeres se vuelven negras cuando mueren y los hombres amarillos. Si hubiésemos podido colaborar Claudia o yo habríamos pintado de azul, de verde, rosa… Pero me di cuenta que Claudia estaba demasiado enamorada de Noelia como para poder defender el paraíso. Así fue como se perdió todo por culpa del amor. Ahora sólo lo puedo conservar de fondo, sin darme cuenta, en los retratos.
Kepa Ríos Alday
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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