EN EL LÍMITE / Historia

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EN EL LÍMITE

Con la luna llena y bajo aquel cielo estrellado de verano, se podía distinguir la silueta de su rechoncha madre al final del pueblo llamándole a voces. Lanzaba los gritos al aire hacia aquella estrecha carretera, a sabiendas de que de un momento a otro aparecería, aunque a veces temía que no lo hiciera. Eran las dos de la mañana y tenía que ir al horno para hacer el pan. “Este muchacho me trae por la calle de la amargura”, se dijo.

Cuando vio a su madre apagó la luz de su mobilette pensando que eso le iba a librar de ir a la faena. Le hubiera gustado ser atrapado por la oscuridad de la noche y desaparecer para siempre. Estaba harto. Había bebido varias cervezas. “Vengo cocido y tengo que ir a cocer pan. Curiosa coincidencia de palabras” pensó.

Se levantaba a las dos de la mañana a trabajar, dos días a la semana además de pan hacía magdalenas. Las mejores de los alrededores: suaves, dulces y esponjosas. Cuando terminaba cargaba la furgoneta y a las ocho en punto salía a hacer al reparto a los pueblos de los alrededores, como lo había hecho su padre durante toda su vida. Así día tras día. Esa parecía ser su cruz y su herencia. Después de comer, dormía una hora escasa, limpiaba, recogía el horno y salía a dar una vuelta y a beber algo. Estaba empezando a encontrar cierto placer en la bebida. Le gustaba poner su conciencia al límite. Justo, hasta ese punto en el que te sientes fuerte y capaz de todo. Bordeaba esa línea con cierta maestría, como un funambulista sobre una cuerda de alambre.

Dedicarse al negocio familiar era innegociable. Era como una jaula de oro para él. Con 22 años tenía dinero y muchos amigos, algunos muy interesados. Aun así se sentía muy solo.

Su madre sufría por verlo trabajar tanto. Aliñaba su culpa agasajándole con todo tipo de caprichos. El último un Golf GTI último modelo. Era el blanco de todas las chicas de la comarca, excepto de la rubia de largas piernas con la que bromeaba, cuando llevaba dos copas de más, diciéndole que era más larga que una semana sin pan. Esta se reía con aquel comentario, pero no parecía mostrar más interés. Aquella sonrisa le partía el alma por no poder tenerla siempre cerca. Por ella lo dejaría todo. Incluso la panadería.

Era sábado, limpió su coche nuevo, se duchó y revolvió en el armario, se puso los vaqueros y la camiseta de siempre. Bajaría a la ciudad. Antes, hizo una parada en el bar. Necesitaba entonarse un poco. Bebió unas cuantas cervezas. El funambulista, se montó en el coche y puso la música a tope: Jon Von Jovi. Living on a prayer. Su canción favorita. Se sentía eufórico. “Este coche es un auténtico pepino” pensó. Esa noche no se coció pan y nunca más se hicieron aquellas deliciosas magdalenas.

Había pasado el verano. Las hojas de los árboles descendían con suavidad anunciando el otoño. Sus manos delgadas escogían con sumo cuidado los narcisos amarillos del diminuto jardín que estaba en la puerta de su casa y después caminaba los escasos cinco kilómetros que separaban un pueblo de otro. Era un camposanto de pueblo, pequeño, acogedor, donde la propia naturaleza dibujaba un paisaje sosegado.

Pocas tumbas. En general, todas sencillas, excepto aquel panteón familiar donde un ángel custodio se alzaba majestuoso por encima de la tapia del cementerio. Su madre se empeñó en una tumba de lujo para él. Allí, bajo la atenta mirada del querubín de piedra la chica del “pelo dorado como el sol y larga como una semana sin pan” depositaba las flores con delicadeza. Ya era tarde, tarde para todo. Tenía que volver.

Maria González

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EN EL LÍMITE
Jacobo se llevó las manos a la cabeza y comenzó a gritar ¡En el límite! ¡En el límite! ¡Es en el límite donde por fin mi teoría adquiere sentido!
Y acto seguido a decir estas palabras volvió a sumergirse en la pantalla de su computadora. En ella podía observar el desarrollo del Universo que había creado en su máquina. Programó todo aquello de lo que la Física actual tiene algún conocimiento. La Física considera que conoce algo cuando descubre un modelo matemático al que asemejar el fenómeno físico. De este modo empezó por programar las partículas básicas subatómicas: los neutrones, con su masa y su neutralidad eléctrica, los protones y los electrones con cargas positiva y negativa… Pronto tubo lista la tabla periódica completa, con isótopos y elementos radiactivos incluidos. Lo había programado tan bien que estaba convencido de que, en cuanto los situase en algún espacio, a alguna distancia conveniente y con una temperatura o nivel energético adecuado, los átomos se atraerían y formarían enlaces de los mismos tipos que conocemos de nuestro universo real. Es decir, enlace iónico, covalente o metálico.

Así pues, impaciente por ver sus átomos interactuar, programó el espacio, las tres dimensiones convencionales, y también lag leyes que en el rigen y posibilitan la interacción entre los átomos y partículas, es decir: la ley de acción de masas, la ley de coulomb para la atracción y repulsión de las cargas, la ley fundamental de la termodinámica. Y por último incluyó en su universo la teoría de la relatividad, es decir, la posibilidad de convertir la masa en energía.
Ya estaba todo preparado. Es decir hacia programado la parte cualitativa, ahora le faltaba crear algunas cantidades de masa, situarlas en un punto del espacio y esperar a que el universo se creara. Es decir, esperar que sucediese el Big Bang virtual.

Jacobo eligió el día de la independencia americana para poner en marcha su universo. Situó en el centro de coordenadas una masa veinte mil millones de veces la masa estimada de la Vía Láctea, ya que había leído que en el universo debía probablemente haber más de veinte mil millones de galaxias semejantes a la nuestra. Para el tiempo decidió establecer que cada paso en la simulación sería de un segundo. Como la máquina donde estaba corriendo la simulación, corría diez millones de pasos por segundo, la escala era de uno a diez millones. Es decir debería esperar un año para ver qué sucedía en diez millones de años en su universo paralelo.

¡Es en límite donde cobra sentido mi teoría! Volvió a gritar. Jacobo no se daba cuenta que estaba en la cafetería del instituto. Hablaba sólo: pues si no se crea la vida la crearé yo artificialmente. Basta juntar unas cuantas moléculas en una estructura perecedera y dotarles de algún mecanismo que posibilite que creen estructuras similares a si mismas. Veremos a ver si ellas solas tienden a reproducirse, si no también lo haré artificialmente. En cuatro o cinco años tendré un planeta Tierra y en otros dos o tres la especie humana. Una vez que tenga humanos reproduciéndose, en unos meses los tendré programando y en cuestión de segundos empezarán a crear universos virtuales como el mío. ¡No lo puedo pensar! ¿Cómo podrían esos seres darse cuenta de que están en mi ordenador? ¡Es que entonces yo también estoy en un ordenador! Es en el límite de la compresión donde puedo comprender algo.

Kepa Ríos Alday
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EN EL LÍMITE
No hace falta que traigan más opiáceos, no hace falta que investiguen en los botiquines de las casas y de los centros de trabajo, en todos encontraremos inhibidores del alma.

Otra vez los ciudadanos nos perdemos la oportunidad de preguntar ¿Cómo podemos ayudar?, de decir que nos importa lo que les pase a otros, que estamos preocupados por nuestros hermanos.

Ya no es Ecuador, China o Nigeria, es aquí en España, en Barcelona la violencia toma la noche, los Españoles nos escupimos unos a otros, demostramos que estamos más cerca del animal que del hombre.

Y lo que me sitúa en el límite es pensar que si esto ocurriera en otro país a ellos les pasaría igual que a nosotros.

Hernán Kozak

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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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