AQUEL HOTEL DE CARRETERA / Historia

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AQUEL HOTEL DE CARRETERA

Nunca hubiera escrito sobre aquel hotel de carretera sino fuera una tarea del taller.

Al que fui no lo encontraran en Estados Unidos, con historias de asesinatos, de madres muertas que cosen en las ventanas o perseguidos por la justicia.

No lo encontraran en Argentina, donde las parejas licitas e ilícitas queman las sabanas, las paredes y hasta el jabón.

Al que fui estaba en la comarcal M 319, yo tenía seis años y recuerdo que mi madre no dejaba de decirle a mi padre que se lo había dicho por los menos tres veces, que tenía que poner gasolina o nos quedaríamos tirados en plena noche.

Hernán Kozak

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AQUEL HOTEL DE CARRETERA

La austeridad era algo que le caracterizaba, le había costado mucho trabajo llevar su negocio adelante.

Un director de banco que se quedó fascinado por aquel joven emprendedor que tenía las ideas claras y con más entusiasmo que dinero, le concedió el crédito que necesitaba para empujar su proyecto. Su único aval eran unas cuantas ideas plasmadas en un folio en blanco, que supo vender con una habilidad e inteligencia propias de un líder. Ya habían pasado 20 años desde entonces, ahora tenía trabajando con él a 30 personas embarcadas en proyectos de I+D centrados en química orgánica. El camino no había sido fácil y había momentos en los que pensaba en tirar la toalla, pero le gustaba mucho lo que hacía. Lo suyo era pasión por la química, aunque en ocasiones se sentía muy solo.

Se encontraba de viaje a París. Le gustaba visitar a los clientes personalmente. Era lo único que no tenía delegado en nadie. Calculó el tiempo para llegar justo de madrugada a la ciudad y evitar hacer noche por el camino, así se ahorraría algo de dinero, pero el cansancio le vencía y decidió buscar alojamiento.

A la altura de Anguleme, vio un cartel luminoso que señalaba un modesto hotel de carretera.

Era noche cerrada y una lluvia fina empezó a caer. Tuvo que conectar el limpiaparabrisas para ver con claridad. Había algunos coches aparcados y luces en algunas ventanas de las últimas plantas. La recepción estaba cerrada. Llamó al timbre y apareció un tipo de mediana edad, con cara somnolienta. Era un hombre de muy pocas palabras. Llegó a dudar de si éste escaso manejo del lenguaje era debido al sueño o porque estaba “colocado”. La cadencia en sus palabras y los ojos rojos y vidriosos le hacían tener esta sospecha.

Le pareció raro que no le tomara los datos, como es habitual. Aceptó el pago por adelantado y le acompañó a la habitación. Era muy modesta. Una cama, una mesita de noche y un aparador. Sin ninguna decoración. La única ornamentación era un esperpéntico papel pintado con flores de color ocre y amarillo, y unos visillos color verde que cubrían las ventanas. El baño era minúsculo y las cortinas de la ducha también eran floreadas.

Estaba tan cansado que le daba un poco igual todo aquel escenario. Se trataba solo de una noche.

Abrió la maleta y sacó una camiseta para dormir, fue al baño y se acostó. Trato de leer unas páginas de su libro pero le venció el sueño.

A las tres de la mañana unos ruidos le despertaron. Un griterío de voces femeninas iban descolgándose alegremente de una a otra planta, con un estruendo de tacones mezclado con risas ahogadas.

Abrió con disimulo la puerta por pura curiosidad. En ese momento el griterío había descendido hasta la planta baja y se mezclaba con música de jazz. Había llegado demasiado tarde. No pudo ver qué pasaba, pero tenía la sensación de que aquel hotel no era un hotel al uso.

Volvió a meterse en cama, con bastante develo, y con la esperanza de dormir un poco. De repente unos pasos se acercaron a su puerta y alguien llamó. Dubitativo decidió abrir. Una joven ligeramente ataviada de ropa, con un español afrancesado le preguntó si necesitaba un poco de compañía.

Incrédulo y como si hubiera visto un fantasma cerró de nuevo la puerta. Ahora sí que lo tenía claro: aquello no era un hotel.

Se acostó y empezó a dar vueltas. No podía dormir. Se levantó de nuevo y abrió la puerta. La joven seguía ahí, era menuda y con unos suaves rasgos asiáticos.

Cuando llegó a París era media mañana, visitó a su cliente e hizo algunas gestiones. Era hora de volver a casa. Tenía ganas. Cuando se acercaba al parking, junto al coche pudo ver sentada sobre una pequeña maleta y con un abrigo rojo que le cubría la poca ropa que llevaba a la joven del hotel. Se abrazaron con intensidad. Ninguno de los dos quería volver a sentirse solo.

María González

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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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