MUCHO AGUANTE / Historia

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MUCHO AGUANTE

Hay mujeres que van todos los días al mercado, a la peluquería, a comprar, eso, a comprar, a gastar dinero, a sacar del monedero y se llevan bolsas. Uno las ve, las reconoce, están siempre en la calle, bien arregladas, bueno, a su estilo, arregladas para comprar, buscando algo o van directamente como si fuesen necesitando de alguna cosa.
Abren el monedero, sacan, ponen, calculan, suman y se llevan bolsas. Están contentas, orgullosas de lucir aunque escondido en embalajes, su futura belleza.
Mucho aguante hay que tener para espiarlas como lo hago yo.

Clémence Loonis

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MUCHO AGUANTE

Era un antiguo monasterio reformado en el centro de la ciudad. Había pertenecido a la orden de los franciscanos y en la actualidad estaba destinado a prestar servicio público como delegación de hacienda. Del edificio original sólo se mantenía intacto el claustro, la salida a su patio exterior estaba completamente acristalada para preservarlo del deterioro. El resto de las estancias tenían una arquitectura más moderna. Toda la planta baja era un espacio común y diáfano, compartido por varios funcionarios y donde se atendía a los usuarios. Además de la luz que entraba por el claustro, había enormes ventanales decorados con plantas de diversos tamaños y estilos. Era un sitio realmente agradable para trabajar.

Graciela estaba sentada en un lugar privilegiado. Tenía una maravillosa vista al patio interior del claustro.

A sus 60 años, parecía una muñeca de porcelana. Inspiraba una mezcla entre miedo y ternura. Parecía salida de otro tiempo. Siempre iba vestida como la princesa que le hubiera gustado ser y no fue. Fanática de Grace Kelly y de su estilo, adoraba los vestidos de seda de manga larga con la cintura muy ajustada y las faldas de vuelo por debajo de la rodilla. Los estampados florales le gustaban sobremanera. No encontraba en ningún lugar esa vestimenta. Por eso, se confeccionaba la ropa a medida en una modista amiga suya de la infancia. Las perlas, los tacones y los guantes conjuntados con la ropa hacían que no pasara desapercibida.

Era como una especie de anacronismo en medio de aquel ministerio de hacienda. Sus compañeros la llamaban “la pirada”, y comentaban que había perdido el contacto con la realidad desde que le dejó su primer novio.

A los veinte años aprobó su oposición. Había pasado por varios puestos y servicios. En la etapa final de su vida laboral se encargaba de emitir las tarjetas de identificación fiscal a los usuarios que lo solicitasen. Una media de cinco al día. Se trataba de un puesto con muy poca actividad. Sonreía a todos de idéntica manera, asépticamente les pedía el DNI y como si de un sencillo y emotivo acto se tratara les entregaba el documento solicitado deseándoles un buen día con su mirada perdida.

Era el mes de junio, los días previos a presentar la declaración de la renta. A las once de la mañana el edificio era un hervidero de gente. Los funcionarios no daban a vasto, entre resolver dudas y recoger documentación. Eran días de intenso trabajo. Había personas esperando a ser atendidas en todos los recovecos del edifico, excepto en el lugar en el que se imprimían las etiquetas fiscales.

Los usuarios impacientes miraban continuamente al reloj, mientras resoplaban sin disimulo pensando en la cantidad de tareas que les estaban aguardando y lo lenta que avanzaba la cola.

Todos los allí presentes, incluidos sus compañeros, observaban a Graciela con estupor mientras se empolvaba la nariz y se pintaba los labios. Algunos usuarios rumoreaban en voz alta sobre la pésima distribución del trabajo y la buena vida que se pegaban los funcionarios.

El reloj del ayuntamiento dio las 12 de la mañana. Era hora de desayunar. La aprendiz de princesa se levantó de su asiento, se puso su levita rosa, cogió su bolsito de mano además de los guantes. Con un ritmo lento y parsimonioso, subida en sus tacones y con la mirada en el infinito, cruzó toda la sala hasta la puerta principal del edificio. Sorteó elegantemente y con una gran sonrisa todas las filas de espera y las miradas de enfado de los allí presentes.

Poco le importó la cara de sus compañeros y los comentarios de los usuarios a su paso. Tenía aguante para eso y para más.

-Estarían de mejor humor si salieran a desayunar, pensó mientras el sol le acariciaba dulcemente el rostro a la salida de la delegación de hacienda.
María González

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EL RUMOR DE LA MENTIRA
Hoy las radios comenzaron casi sin pudor alguno casi disparando a matar.

Me puse contento, pensé en nosotros, los ciudadanos de a pie que corremos el riego de creer algunas de las cosas que escuchamos a diario. Pensé que querían cuidarnos.

Hablaron sobre una pediatra que fue inhabilitada por relacionar las vacunas con el origen del autismo.

Tuve una sonrisa de norte a sur, por fin un espacio que nos protege, pero después de dos anuncios de cruceros y uno de un banco, para pagar esos viajes, nos dijeron como sería el tiempo este fin de semana.

¿Y qué pasa con aquellos que en lugar de hablar con la gente les recetan pastillas?

¿ Y qué pasa con que sea dificilísimo encontrar un programa donde te recomienden libros?

¿Y qué pasa con el político que reconoce que una cosa son las promesas electorales y otra los pactos para gobernar?

Pasa que vuelvo a desilusionarme, a no creerlos, a saber que nos les interesamos y pasa que al menos yo si no leo poesía puedo acabar por parecerme a ellos.

Hernán Kozak
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

Inscripciones: carmensalamancagallego@gmail.com – 609 515 338
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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