AQUELLA COSTUMBRE / Historia

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AQUELLA COSTUMBRE

Somos lo que nuestras costumbres dicen de nosotros. Por eso hay que tomarse la molestia de observar un rato al otro. Te servirá para aprender como son los que te rodean, siempre viene bien esa información para la vida cotidiana, y también si tienes un poco de tiempo para saber algo de cómo eres tú.

Hay gente que si alguien la mandara asesinar, su asesino debería pagarle la mitad del sueldo.

Sus itinerarios son los mismos desde hace treinta años.

Rutina y costumbre se han convertido para alguna gente en sinónimos. El café de esta manera, la temperatura del agua de aquella, los viajes tal y por las noches antes de dormir también tal.

Y las costumbres no vienen solas, suelen ir acompañadas, además con los años se endurecen y aumentan.

Antes de seguir, una pregunta, ¿Qué haces justo después de abrir los ojos por la mañana?

Hernán Kozak

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AQUELLA COSTUMBRE

Nina y su madre, Conchita, vivían juntas, también iban juntas de vacaciones y para lo único que se separaban era cuando Nina se iba a trabajar.
Conchita, tenía la costumbre de traducir, a su manera, lo que los demás le decían a su hija, era como una intermediaria entre la vida de su hija y la vida en general.
Esa noche, era un poco tarde, pero aún estaban abiertos los restaurantes en Peñíscola. Los camareros esperaban la hora de poder cerrar pero Nina y Conchita se acercaron a uno de ellos preguntando si podían sentarse en una de las mesas. Sí, les dijo el camarero entre aturdido y tímido,después, una frase que no se entendía muy bien y en tono muy bajo.
Conchita enseguida cazando unas palabras al vuelo las dio forma a su manera para decírselas a su hija.
Se sentaron a la mesa y esperaron a ser servidas. Al poco tiempo empezaron a llegar platos con huevos cocinados de diversas maneras, tortilla, cocidos, revueltos…
Hacía mucho tiempo que Nina no se enfadaba tanto con su madre, tenía alergia al huevo y nunca hubiera imaginado que su madre tuviera tanta mala idea aquella noche. La costumbre de traducir a su hija lo que la gente le decía le salió mal, como muchas otras que se la pasaban discutiendo. Así fue como recordando lo que el camarero dijo, la madre cayó en la cuenta del mal entendido. El camarero debió decir esto: si les apetece tomar huevos siéntense en esa mesa, es lo único que nos queda esta noche.
Conchita había traducido a su hija: Si tienen huevos, siéntense en esa mesa que es la única que queda esta noche.

Victoria Ávila
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AQUELLA COSTUMBRE

Aquella costumbre cotidiana de saludar el día enviándote un whattsapp que no contestarás… “¿Cuál es la diferencia entre un ser vivo y un ser muerto?”, se preguntaba entonces Cata, una bailarina de la vida, una artista de lidiar los días con cierta ligereza y velocidad, diríamos, artística…
En este momento de la situación, ninguna. Una voz que se estrella en un muro de silencio. Un muro de lágrimas arañadas al tiempo. Una enredadera de hojas caducas y verdes, verdes muy intenso porque aún es primavera en algún lugar de su corazón.
Basta de nostalgia, basta de esta bastarda costumbre de mascullar un recuerdo de lado a lado.
Escupió su rabia todo lo que pudo, muy lejos de sí, como conjurando a todos sus demonios, para que se fueran lejos, muy lejos de su vista, de su vida.
Una vida acostumbrada a ser vivida fuera de ella.
Demasiado.
Vivir, ¿qué es vivir? Los días se suceden, uno detrás de otro, con aquella costumbre de toda la vida. Lunes, martes y ya estamos en sábado, mañana domingo, y así una y otra vez, sin parar, sin detenerse. Y mejor así… ¡dios nos libre!
Hay costumbres que matan. Otras, simplemente suceden.

Paola Duchên
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AQUELLA COSTUMBRE

Ese día siempre tenía la costumbre de levantarse pronto. Apartó la lápida que cubría su descanso eterno y dejó que los rayos del sol y el aire fresco de la mañana ventilaran la estancia.

Era de los pocos espíritus que se atrevía a salir ese día de su morada aunque tendría que ocultarse de nuevo antes de que las puertas del camposanto se abrieran de par en par para acoger a toda aquella marea de gente que cada 1 de noviembre como de costumbre, venía a visitar la tumba de sus seres queridos o no tan queridos. Estos no podían ni imaginar la vida secreta que en aquel lugar transcurría paralela con la del común de los mortales.

El cementerio estaba realmente bonito ese día, la brisa era fresca, cantaban los pájaros, el aire era limpio y había un intenso olor a flores recién cortadas: crisantemos, clavelinas, margaritas y gladiolos. La mayoría de los panteones estaban limpísimos, algunos incluso brillaban como si fueran nuevos. El día anterior hubo un ajetreo de gente que entre las sonrisas de unos y las lágrimas de otros los arreglaron con empeño y dedicación.

Miró a su alrededor, la necrópolis era enorme. Mucho había crecido desde la última vez que echó un vistazo. Cruces de todos los tamaños, colores y materiales se veían sin fin. Seguía abundando el mármol, pero también había espacio para la piedra. Mausoleos adornados con ángeles, vírgenes y cristos en diferentes versiones. Otros simplemente elegantes y limpios. Daba la impresión de que este estilo había empezado a proliferar, aunque los panteones familiares que alardeaban de gran ostentación seguían siendo un clásico. Los pijos nunca mueren, pensó para sí.

Paseó entre los estrechos pasillos que separaban unas tumbas de otras. Le gustaba curiosear, era como cuando en vida iba de escaparates. Algunas tenían fotos de sus ocupantes ya desgastadas por el frio y el calor extremo, en las menos se podían leer frases lapidarias, otras estaban realmente descuidadas con las primeras flores de plástico que tuvieron en origen a bien colocar. A los nichos no se atrevió a acercarse, le generaban una claustrofobia que ni muerta podía soportar. Entendía que sus ocupantes salieran de allí con frecuencia, y se pasaran el día merodeando en otras dimensiones donde el espacio no fuera una limitación.

Entretenida en este paseo vio de refilón al guardés, las puertas del camposanto se iban a abrir. Decidió volver a su refugio, era de las pocas almas que quedaban ese día allí en el cementerio. Sus vecinos habían preferido irse. No soportaban la hipocresía y la falsedad de ese día. Muchos de ellos no se habían sentido queridos en vida, mucho menos lo sentirían ahora en la muerte, por muchas flores y lágrimas que se derramaran por sus recuerdos, así que preferían salir de allí.

Agazapada en su cobijo, oyó un gimoteo ahogado. Por una de las rendijas de la lápida pudo ver el rostro del que había sido su marido. Había depositado sobre su lápida un centro de flores. Todos los años tenía aquella costumbre, el mismo centro, del mismo tamaño y con las mismas flores, de la misma floristería. Por supuesto. ¡Qué cansino!, se dijo.

Él, que la había matado con sus propias manos, intentando luego quitarse la vida tirándose por la ventana, todavía tenía la desfachatez de ir a visitarla con flores y a llorar un poquito, solo un poquito. Así lo hacía, todos los años desde que cumplió su irrisoria condena. Tenía que haberse ido ella también como fantasma errante, pero le encantaba ver la cara de deterioro de aquel hijo de puta. Ver cómo los años, la culpa, la soledad y la enfermedad mental le estaban devorando en vida. Encontraba algo de placer en aquella estampa.

Cuando se fuera haría lo de siempre: cogería el ramo de flores y se lo depositaría a algún incauto que pudiera pensar que alguien se había acordado realmente de él en el día de todos los Santos.

Maria González
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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