EL SANTUARIO / Historia

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EL SANTUARIO

Imagine un lugar donde la luz resplandeciente le envuelve, brazos le acogen desprendiendo el suave calor del sol y las sonrisas son un nacimiento que está a punto de suceder.
Ese instante en el que el aire trae aroma de jazmín y las pupilas se dilatan para observar los vivos colores del mañana primaveral que aún está por acontecer.
Dibujos de un lugar cada vez distinto, momentos en los que se encuentra él.

Paqui Roles

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EL SANTUARIO

En el fondo del valle rodeado de paramos se podía vislumbrar con las primeras luces del día el monasterio de estilo románico cuyo origen se remontaba al año 1212.Estaba situado en un maravilloso paraje en el que se respiraba paz y tranquilidad en pleno corazón de Tierra de Campos. Según cuenta la leyenda el santuario está erigido en el lugar en el que la Virgen se apareció a un pastor ciego y ésta le devolvió la vista. En él apenas viven una docena de monjas de la orden cisterciense. Se mantienen de limosnas de fieles, repostería, labores de costura por encargo y una gran parte de sus ganancias se deben a este día de fiesta grande.
En el interior del recinto sagrado, en el altar mayor, subida a una peana de madera se encontraba la Virgen, observando la llegada de los primeros fieles de la mañana. ¡Menudo día me espera! pensó para sí. Estaba un poco cansada de repetir la misma historia año tras año.
Desde muy temprano, las monjas la acicalaban a conciencia, le ponían aquel traje de lentejuelas que, a su juicio, le hacía parecer más un torero que la virgen milagrera que todos pensaban que era, la arreglaban la melena, la maquillaban un poquito y le encasquetaban aquella diadema de flores que le costaba mantener fija durante toda la jornada. Para colmo de todos los males, los mozos del pueblo la sacarían en procesión y la moverían desenfrenadamente a ritmo de dulzaina. Solo imaginarlo le daban mareos. No entendía aquel derroche de entusiasmo.
Desde aquella altura, podía ver cómo los vendedores ambulantes empezaban a llegar y desplegar sus tenderetes, le llegaba el olor a churros y la música de un puesto cercano. Hubiera dado lo que fuera por bajarse de allí y salir a divertirse un poco, pero tenía un compromiso que le obligaba a trabajar duramente ese día. No podía fallar a esas monjitas que vivían gracias a las ensoñaciones ajenas.
En general, no lo llevaba mal del todo, pero lo que más duro se le hacía de ese día, era ser la depositaria de las desgracias ajenas y que los fieles volcaran en ella la tarea de resolver sus problemas o cumplir sus deseos. No soportaba ver concentrada la ignorancia de tanta gente convertida en fe, esperanza e ilusión en su imagen.
Les observaba incrédula mientras rezaban ansiosos. Algunos lloraban al acercarse a ella o sólo con mirar su imagen. Los más macabros le dejaban alguna reliquia, como un trozo de pelo, o una prótesis. Se le revolvían las entrañas sólo de verlo. Trataban de tocarla, abrazarla o besarla, pensando que eso aumentaría su influencia y poder para con ellos. Pobre gente, pensó.
Sentía ganas de gritar. ¿cómo hacerles entender que son los responsables de sus gracias o sus desgracias? ¿que son los dueños de sus vidas y que sólo ellos pueden tener el control de las mismas.? Claramente no podía. Eso le generaba angustia e impotencia. Tenía que convencerse de que aquella incultura mantenía vivo el convento. Era un negocio como otro cualquiera.
Tan solo era un día de duro trabajo. Al caer la tarde, las puertas del santuario se cerrarían, quedaría libre y se convertiría de nuevo en una mujer normal.

Maria González

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EL SANTUARIO

La última pista decía “Acude a su santuario y la solución tendrás”.
La cuestión era donde acudir, sería algo religioso y tendríamos que ir a su parroquia. Tal vez algo futbolístico y por tanto ir al estadio donde jugaba su club. Quizá al mercado del barrio ya que decían de él que era un enamorado de la cocina.
¿Dónde?, ¿dónde buscar?
Y lo vi, de repente lo vi, había mirado mucho pero había visto poco. Fueras a la habitación que fueras lo que tenía por toda la casa, eran libros.

Hernán Kozak

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EL SANTUARIO

Las aves van y vienen y eso no tenía nada que ver conmigo. Yo siempre había vivido en un nido, más pequeño, más grande, pero un nido. Te acuerdas, eras muy pequeño, tanto que yo estaba preocupada por lo que fuera a pasar cuando no estuviese.
Fue en el santuario, que no era tal santuario sino que nosotros lo llamábamos así porque era nuestro lugar de expansión de esas paredes que tanto me oprimían algunas veces y que eran mi protección del mundo.
Íbamos de la mano, con más niños un poco más grandes que tú. Un instante y ya no estabas. En ese momento me asusté, después del suceso pensé que no era casual, que tratabas de decirme algo.
Más tarde comprendí que no era que tú quisieras decirme a mí algo que yo no supiera sino que tú presentías, sorprendente a tu edad, lo que iría a pasar.
Cuando escuché el altavoz que hablaba de un niño que perdió a sus padres, supe inmediatamente que eras tú.
Me alivia pensar que no era que yo te abandonaba cuando me fui sino que debía partir para que tú te hicieras un hombre de provecho, y eso fue lo que pasó.

Cruz González Cardeñosa

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EL SANTUARIO

Desde que empezó la cuestión catalana, D. Justo, que adoraba esa región donde nació y vivió, hasta que desplazaron a su padre a Pamplona, dijo que no volvería mientras no metieran en prisión a ese carlista de Puigdemont. Y se lo repetía a todo el que pasaba por casa, pues él era un buen cristiano y devoto de Santa Úrsula, patrona de Barcelona, a la que pasó de dedicarle unas plegarias de cuando en vez a tomarlo por norma diaria. La responsable de este cambio, no fue que pidiera imposibles, que de eso ya se ocupa la Santa Rita, fue una fea caída que sufrió el otoño pasado. Iba caminando por la parte exterior del cercado, cuando una bicicleta le hizo apartarse a un lado, resbaló y acabó incrustándose una astilla en el costado, este accidente le mantenía en cama desde hacía seis meses. Se quejaba de que en provincias no había encontrado al especialista adecuado, por lo que sus hijos le propusieron volver a su tierra natal para visitar a uno de los mejores expertos en la materia. Puso el grito en lo más alto del dormitorio y sonó a una acérrima negación. Como los días pasaban y no mejoraba, además comenzaba a tener delirios sobre ballestas, cruzadas y órbitas de otra época. Su mujer decidió hablar con sus hijos y proponerles su plan: convencer a su padre para visitar el santuario de la santa devota y de paso cruzarse con el famoso doctor. Pasaron varios meses de rifirrafes hasta que aceptó, negando a su esposa la sentencia de que “en algo se parecían el martirio de Úrsula con el suyo propio, ambos tocados del costado”. Al llegar a la ciudad, en un cómodo viaje en ambulancia, no quiso perder ni un minuto y se empeñó en ir al Monasterio de Monserrat donde se conservaba la reliquia desconocida de la Santa. Pero tendremos que pasar previamente por el santuario, le dijo su esposa ¿qué santuario, replicó? Pues el que acoge a los peregrinos que cómo tú vienen suplicando por una mejoría, nos dijeron que se encuentra en la planta séptima de ese gran edificio que cruza la avenida.

Ana Velasco
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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