UNA CONVERSACIÓN INTERRUMPIDA / Historia

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UNA CONVERSACIÓN INTERRUMPIDA

Hace treinta años cuando tú y tus amigos me perseguisteis a la salida del colegio y llorando entre a una mercería, huyendo de los depredadores de inocencias, ahí quedo una conversación interrumpida.
Hoy nos volvemos a ver y te anuncio que sin decir palabra, que sin remedio, quedara cerrada para mí la herida y no me atrevo a decir que para ti abierta, pues dudo que puedas darte cuenta de algo durante más de dos segundos.
Has seguido el camino marcado, solo viéndote sé que dejaste de estudiar pronto o estudiaste sin ninguna ilusión, te casaste y has tenido dos hijos, cuando quizá tenías otros gustos, a los cuarenta, ni antes ni después, quisiste dejarlo todo pero fiel a tu cobardía te ataste más fuerte la venda de los ojos y continuaste la senda organizada.
Y ahora me ves delante de ti, te suena mi cara y no sabes si fui una de tus víctimas o si puedes saludarme sin miedo, solo sabes que hay algo de mí que no te gusta, que te incomoda, hay algo verdadero en mi mirada que te haría golpearte contra la pared llenando tu cuerpo de preguntas sobre la vida.

Hernán Kozak

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UNA CONVERSACIÓN INTERRUMPIDA

Se han olvidado de ti en este cuarto oscuro, pero te
dejaron una melodía dentro -le decía una maleta a otra
desde una esquina de la sala de espera del
aeropuerto-.
-Sí, podré revivir el último viaje de la gira con mis
músicos hasta que se gaste la pila del reproductor o
hasta que vengan y me la saquen de dentro sin decirme
porqué.
A veces me dejan sola por mucho tiempo. Yo también
soy parte del coro, estoy hecha de nubes, de rosas con
materia sonora, siempre entre ecos en los escenarios,
llena de letras y poesía que madura en mi corteza
nacarada. Ellos no me dan importancia, se olvidan de
que soy y formo parte de sus asuntos musicales, algún
día me tendrán que hacer una canción o me deformaré de
rabia contenida. Además tengo ruedas. ¿Te acuerdas
cuando a nuestras abuelas las hicieron sin ruedas? Era
muy importante el balanceo que les daban a cierta
altura del suelo, ni mucho ni poco no fuera a ser que
salieran disparadas por delante y se quedaran apoyadas
en alguna vidriera de catedral, o farola inquieta
mostrando los secretos que guardaban.
Sin embargo tú, tan silenciosa siempre…
-¿A dónde viajas?
-Yo soy la amante loca del mago, la que lleva sus
secretos, ahora no puedo decirte nada, es todo magia.
A veces desaparezco y ni yo me doy cuenta. Tan pronto
estoy en Venezuela en un congreso de magos como en
Madrid en la Zarzuela. Nunca sé dónde voy a aparecer o
desaparecer, aunque ya voy entendiendo algunos trucos
de magia cuando me llevan al Congreso de los
Diputados.
Tan apasionante estaba la conversación entre las
maletas cuando un movimiento brusco las separó. A lo
lejos se oía la voz de un comandante advirtiendo de
fuertes turbulencias en el avión. Y sin whatssap para
seguir conversando.

Mariví Ávila

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Historia: Una Conversación Interrumpida

Era la una y media cuando dejamos de hablar. Habíamos empezado a las dos. Llevábamos casi 24 horas esperando.

Kepa Ríos Alday

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UNA CONVERSACIÓN INTERRUMPIDA

En el momento en que la vio entrar en su despacho sabía que era la candidata perfecta para incorporarse a su empresa: había estudiado en las mejores escuelas de negocios, tenía experiencia, hablaba varios idiomas, era aún joven para crecer profesionalmente y tremendamente atractiva. Antes de finalizar la entrevista ya la había contratado.

Desde entonces, le gustaba llegar todas las mañanas con antelación suficiente a la oficina y observar con disimulo a través de la cristalera de su despacho cómo se acomodaba en su puesto de trabajo. Disfrutaba con la sensualidad y la elegancia de sus movimientos y dejándose invadir por el olor de su perfume, era dulce e intenso. Más de una noche se había despertado empapado con esa fragancia que envolvía su cuerpo y enloquecía su mente. Le gustaba su manera de vestir y su manera de peinarse, adoraba sus piernas, sus manos, su boca, sus ojos, su sonrisa y la manera en que le miraba y le daba los buenos días desde el otro lado del cristal. Con ella cerca se sentía más joven, más fuerte, con más iniciativa y más ganas de vivir que nunca y abordaba el día con la energía y el entusiasmo que había perdido en los últimos años.

Cada mañana, mientras la observaba, fantaseaba con ella en todos los escenarios posibles. Sentía vaivenes en el estómago y alguna que otra erección de la que se sentía rápidamente culpable y que mitigaba repasando la agenda o poniendo en orden la mesa. Se consideraba un hombre de los de antes y se reprochaba tener el deseo de llevársela a la cama cada vez que la miraba o pensaba en ella. Estaba convencido de que sus sentimientos hacia ella tenían más que ver con el amor que con el sexo. Cuando sentía ese deseo irrefrenable que llegaba a ser tortuoso para él, trataba de recrear escenarios más románticos: paseos bajo la luz de la luna, veladas eternas, confidencias, caricias y besos robados.

Ese día era un día cualquiera y pensó que ese día, y no otro, le declararía su amor. No podía perder mucho más tiempo. Se acomodó en su sillón y como todas las mañanas se dispuso a abrir el ordenador. Al acercarse a la mesa se dio cuenta de que el cinturón le oprimía el estómago y una marcada redondez se dibujaba debajo de la camisa, tenía que reconocer que en ocasiones le costaba moverse cómodamente. Pensó que quizás debería de adelgazar un poco e incluso podía apuntarse a un gimnasio, seguro que ella le gustaba esa iniciativa. Aunque sabía que era imposible, se imaginó marcando unos excelentes abdominales y llamó a su secretaria para que le buscara el gimnasio más cercano.

Para cuando terminó esta gestión, ella acababa de llegar, llevaba esta camisa blanca de lino que le sentaba tan bien y bajo la que se podían intuir unos pechos redondos y firmes, el pelo recogido con ese estilo que la caracterizaba y ese perfume absolutamente embriagador que le dio la fuerza que necesitaba en ese momento. La mandó pasar y cerrar la puerta, la notaba nerviosa. Se sentaron uno frente a otro, tan sólo les separaba una mesa y justo en ese preciso instante en el que se había armado de valor para decirle que lo dejaría todo por ella sonó el teléfono. Era su secretaria para comunicarle que su esposa y su hija estaban subiendo en el ascensor, querían almorzar con él y preparar su fiesta de 70 cumpleaños. Desapareció la envolvente fragancia, los vaivenes del estómago y una ligera erección se desdibujó de sus pantalones.

María González

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