LA FIGURA QUE HUYÓ DEL CUADRO / Historia

artistas-vertigo-cuentos-marzoLA FIGURA QUE HUYÓ DEL CUADRO

Era un muerto con un ojo vertical y otro horizontal. Estaba ahí abajo, sujetando un cuchillo roto. Un día se cansó de ver turistas aburridos y salió disimuladamente, entreverado con un grupo de japoneses. Con una cámara en cada ojo, llamó la atención del guarda de la puerta al hacer simultáneamente una foto vertical y otra horizontal. En la huida tiro el cuchillo roto a una papelera. Si alguien pudiese apretar alguna pista de su paradero, será generosamente recompensado.

Kepa Ríos Alday

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LA FIGURA QUE HUYÓ DEL CUADRO

Estuve mirando cómo Miguel Ángel hacía el boceto de la creación de Adán en 1511.
Fue un espectáculo de belleza femenina y masculina donde los cuerpos eran el foco de atención principal, las nubes eran insinuaciones moldeadas por el color y las sombras sin restar intensidad a las figuras.
La vida se mostraba en cualquier dirección y en todas sus formas en el cuadro. Pero…
Miguel Ángel fue abducido por un rayo divino que iluminó a dos seres masculinos, borrando el fondo. Después puso la inteligencia del lado femenino, Eva, la que interrumpió el idilio entre Dios y adán no fue expulsada del cuadro, ella misma huyó de él.
Eva, venía pidiendo en el cuadro un puesto de trabajo, una vivienda digna, una economía propia dentro del cuadro, a lo que se negaron en rotundo Dios y adán.
Así que como no le daban lo que ella quería se fue.
Se transportó en el tiempo, visitó La fragua de Vulcano disfrazada de Apolo, para comunicarle que su esposa Venus le había sido infiel con el Dios de la guerra, Marte.
Pensó que allí podría quedarse a trabajar en el fuego en cuanto Vulcano abandonase la fragua para ir en busca de Marte a darle su merecido.
Desde entonces, las mujeres viajan en el tiempo disfrazadas y nadie las sabe reconocer…

Mariví Ávila
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La figura que huyo del cuadro

Desde que volvió de Venecia no deja de preguntarse qué es lo que pasó en la Galería de la Academia, cuando al llegar a la sala de Tiziano la guía se desplomó, se montó todo un alboroto y finalmente desalojaron la pinacoteca. No podía quedarse sin respuestas, así es que a la mañana siguiente, abandonó al grupo, que se dirigía a Murano, para enterarse de lo acontecido. La Galería seguía cerrada y no obtuvo ninguna información, sin embargo cuando volvía al hotel oyó rumores sobre la señorina que se había desmayado, murmuraban que la habían llevado a un psiquiátrico, que cuando volvió en sí contaba que vio a la Venus de Urbino levantarse de su lecho y salir de puntillas; también contaban que al director de la Galería le estaba interrogando la policía. Al parecer cuando fueron a contrastar lo que decía la guía, vieron que estaba el cuadro, pero el lecho seguía vacío. No pudo comprobarse ningún robo, los técnicos que realizaron la investigación, al uso de carbono catorce lo dataron exactamente en 1538, pero lo más asombroso es que al auscultar el lienzo encontraron la perla del pendiente posado en el palanquín.

Ana Velasco

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LA FIGURA QUE HUYÓ DEL CUADRO

La figura que huyó del cuadro tenía las mejillas sonrojadas por la desfachatez de los espectadores que, susurrándose los unos a los otros, la miraban fijamente:
-«¿Dónde te escondes?¿No ves que los murmullos que acompañan son imaginación?»- Escuchaba la figura.
De pronto, abriendo sus brazos al pintor, encontró el goce… Reflexionó:
-«No sabía yo, que unos ropajes podían despertar tanta timidez».
-Ahora – continuó diciendo la figura- Dibujaré un nuevo rostro… para que, aquellos que opinan sin sentido, primero se observen… y puedan ver la infinita claridad del día, cuando las luciérnagas vuelan sobre la piel mojada y los árboles lucen sus brillantes hojas en el cosmos.

Paqui Robles

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LA FIGURA QUE HUYÓ DEL CUADRO

La casa era maravillosa en las fotos. Había un pozo en medio del patio exterior, vistas a la montaña desde la habitación más cerca del tejado, una chimenea y más de trescientos metros de luz, los ventanales abrían cada sala hasta llenarlas de alegría. Iba a ser un fin de semana fantástico. Los niños se habían quedado con sus abuelos y ellos consiguieron aquella ganga para ese fin de semana a través de un anuncio. Había pocas casas alrededor. Parecían gente amigable y cercana. Cuando llegaron con el coche a la aldea, saludaban con alegría, como si hacía tiempo nadie pasara por allí.
La primera noche que pasaron en aquel caserón les inundó de alegría y de paz. Escucharon el sonido de la noche, una mezcla de naturaleza y silencio que tanto se alejaba de su cotidianidad de ruidos de coches y gentío. Prometía ser un fin de semana inolvidable. Y tanto que lo fue.
Al siguiente día Claudia posó su mirada en un cuadro que se sostenía en un mueble en el salón. Había una alcayata más arriba en la pared, así que decidió engancharlo al cáncamo que había tras las tablillas del lienzo. La escena era grotesca. La pintura representaba un juicio de brujas donde dos manos y una luz dirigían en ángulo hacia el rostro de una mujer que ostentaba una capa y sonreía, ajena a cualquier acusación.
Le sorprendió el rostro de aquella mujer. Le pareció reconocerla, pero era tan absurdo.
Salieron a caminar por el campo y, al atardecer, regresaron riendo y cómplices ante la nueva situación en la empresa. Encendieron la chimenea y Claudia, presa de un nerviosismo impropio de ella, señaló aterrorizada al cuadro. ¡La figura de la mujer no estaba! Un mutismo seco y cayó desplomada. Se despertó con un rostro desconocido mirándola, que la hizo sobresaltarse.
-No se preocupe usted, soy el Doctor Valle, ha tenido un desmayo.
Su mirada buscó el cuadro. Allí estaba, sobre el mueble, con la mujer y la alcayata, solitaria, desafiando su mirada.

Laura López

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LA FIGURA QUE HUYO DEL CUADRO

-Antes estaban siempre en su lugar, fuera el día que fuera, lo importante era que cuando llegaran los visitantes, sus admiradores, allí los encontraban, dispuestos a emocionarlos.
Ahora, con ese invento de los derechos artísticos, que si cuarenta y horas de descanso entre semana y semana, vacaciones en verano y no nos piden un sueldo porque no pueden abrir una cuenta corriente.
-Bueno, ¿Qué pasa hoy?
En las Meninas, no está ni la Infanta Margarita ni Isabel de Velasco.
Venga, vamos al cuadro, veremos que se puede hacer. Oye, ¿Y Velázquez? ¿Otra vez? Anda vete a buscarlo, estará con Las Majas.

Hernán Kozak

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La figura que huyó del cuadro

Eran las tres de la mañana y una noche más como si de un ritual se tratara aparcó su trabajo para dirigirse al hombre de las mil caras, como él le llamaba. Le gustaba hablarle en voz alta, nunca llevaba un tema preparado, simplemente se sentaba delante de él en aquel banquito de madera y sin más las palabras fluían inundando aquella instancia delicadamente iluminada que contrastaba con la oscuridad del resto del edificio y con el eco de su voz como telón de fondo.
Llevaba años trabajando en el servicio de limpieza del museo, en el turno de noche, había estado prestando servicio en todas las secciones y nunca se había sentido especialmente interesado por el arte, simplemente se limitaba a hacer su trabajo sin estar demasiado pendiente del entorno que le rodeaba. Pensar en cómo llegar a fin de mes ya le tenía, en general, bastante entretenido, pero cuando llegó a aquella sala por primera vez en el mes de marzo de hacía justo un año, tuvo la sensación de que no estaba sólo y de que aquella figura del cuadro le miraba fijamente como si por algún motivo quisiera llamar su atención.
Era el retrato de un príncipe egipcio pintado por un autor anónimo, se trataba de un grabado a color de un busto, le resultaba difícil atribuir su edad o identificar la expresión de su rostro, de hecho, cada día percibía una emoción diferente en él, de ahí el hombre las mil caras, pero lo increíble de aquel retrato es que tenía el poder de llenar toda la sala con la fuerza de su mirada, fija y penetrante que se hacía más intensa con el contrate ocre del fondo.
No sentía miedo como podría suponerse, por el contrario, allí encontraba cada noche la calma y sosiego que difícilmente encontraba en el ajetreo diario fuera de las paredes de aquel museo, en ese lugar, podía hablar de lo que realmente le preocupaba. Le había hablado sobre la familia, el amor, el trabajo, el panorama político y económico de su país, del pesimismo ante el futuro e incluso de su primera aventura amorosa con un hombre para cerciorarse de su aceptada homosexualidad. Ya apenas le quedaban cosas por contarle.
Era Martes de Carnaval, como todas las noches después de cenar y darse una ducha salió a las nueve en punto de su casa para dirigirse al trabajo, las calles estaban abarrotadas de gente que deambulaba en todas las direcciones dispuesta a dar rienda suelta a su otro yo al menos por una sola noche.
En el metro no cabía nadie más, griterío y una marea de color inundaba el vagón, personas de todas las edades y atuendos de lo más variopintos podían encontrarse en un espacio tan reducido. Mientras contemplaba los rostros animados de la gente, tuvo la sensación de que entre la multitud alguien le observaba, miró en todas las direcciones y sus ojos se cruzaron con la mirada fija y penetrante del príncipe egipcio que estaba sentado al final del vagón de metro, disimulado entre un grupo de hombres disfrazados de mujeres y algunos superhéroes, “no puede ser”, pensó y miró para otro lado tratando de no dar más importancia a semejante visión. Empujado por la curiosidad intentó buscarle de nuevo entre la multitud, no tuvo éxito. “Es martes de carnaval, hoy puedes encontrarte cualquier cosa”, se dijo.
Una noche más, se dirigió a su sala favorita y como todos los días a esa hora dejó a un lado el trabajo y se sentó en el banquito de madera. Allí estaba el cuadro con el fondo ocre completamente vacío. Quizás el príncipe ya sabía demasiado.

María González
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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