SIN NOMBRE / Historia

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SIN NOMBRE

Había un papel junto al bebé abandonado. Era una letra nerviosa, probablemente de mujer, volví a dejar la carta sobre el bebé sin terminar de leerla. Era una mañana muy fría de Enero y el bebé estaba medio congelado. Llamé a la policía y dije que iba a llevarlo al hospital público más próximo. Para cuando había llegado al hospital el papel de la carta ya debía haber volado por todo el barrio. Imposible de encontrar. Lo recordé tan sólo cuando fui a explicar en la recepción del hospital que había encontrado la cuna portable, con ruedas, en el portal de mi casa.
-Así que no sé cómo se llama. Esa fue mi última frase antes de dejar mis datos y marcharme del hospital.
No sé qué hacer sin la carta. Debieron ser fantasías inconscientes de poder escribir yo mismo aquella carta. Y pensar que he dejado sin nombre a una criatura…

Kepa Ríos Alday

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SIN NOMBRE

No eran árboles, eran números en un campo vendible.
Eran montones, haciendo umbría a un suelo rico en nutrientes.Se iban haciendo a sí mismos unos contra otros, todos diferentes, en un clima propicio para servir a las fantasías humanas y a los sueños de los habitantes de galaxias lejanas. Con exceso de realidad para los bolsillos capitalistas, formaban una isla entre montañas arrugadas por el tiempo y el clima severo.
Cada día eran de una tonalidad distinta a la anterior. Cada día un excursionista escribía una fantasía arbolada sobre el lugar donde los duendes paseaban sin ser vistos ni escuchados, sólo los más atentos seguían sus pasos hasta su núcleo y allí se escribían las más bonitas historias sobre los árboles sin nombre.
El duende se vio sorprendido y desapareció entre los números, corría grave peligro, sus movimientos serían captados por los amantes del dinero y perecería sin dejar huella, en poco tiempo perdería su nombre para convertirse en metal o papel moneda para luego ser ceniza en las manos de un traficante de ceniceros. El excursionista se confundió de camino entre los números y llegó a creer que estaba en Gran Vía al atardecer. Se diría que habían aparecido edificios con tonos anaranjados, el sol cayendo al fondo del paisaje y esa neblina manchando el vértice de la linea de fuga que anuncia la llegada de la noche, disolviendo los nombres de todas las cosas.
En esa oscuridad ¿quién dice que es una arboleda o el atardecer de un planetoide sin iluminación natural, delgado hasta la transparencia?
¿Una realidad ininteligible?
Se acercan los números, llegan a hacerse gigantes, doblan la esquina de las casas, salen por las azoteas y se sumergen en las cloacas. Se multiplican por esquejes en la vereda abandonada, aparecen en los bordes de los cuentos sin escribir aún.
Se imponen con arrogancia en aquella casa abandonada donde las begonias asomaban por las ventanas, y en esos recuerdos donde casi podemos asegurar que existió un pequeño árbol que daba sombra a un viejo rockero.
Eran números. En ese planetoide separado de las demás galaxias, estrellas, sistemas de óvalos intergalácticos y superficies boscosas, silenciosas, navegables.
Eran números, pero vivían engañados.

Mariví Ávila

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HISTORIA: SIN NOMBRE

Así se llamaba, «Sin nombre». La primera vez que le escuché decir su nombre creí que era una broma que le gastaba al policía para que no le pusiera una multa. Pero resulta que era verdad, sus padres no se ponían de acuerdo y, en algún momento de la discusión, llegó la abuela y dijo: Se llamará «Sin nombre». Nadie dijo nada, era la abuela, la dulce abuela de los sueños. A todos les gustó el nombre, así que «todo resuelto» para todos menos para él.

Cruz González Cardeñosa

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SIN NOMBRE

Si el fuego que arde bajo tus pies tuviese la expresión de las ascuas, no hubieses llegado a la conclusión de que el sonajero que resonaba en tus oídos una vez y otra se debía a la terrible transparencia de aquellas palabras sin nombre, construidas con arena fina, que borraban toda ilusión ambicionada en las tristes manos de un navegante sin remos.

Paqui Robles

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Carmen Salamanca Gallego
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