UN CORAZÓN PRESTADO / Historia

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UN CORAZÓN PRESTADO

Siempre la quise. Perdón por escribir el final de la historia en primer lugar pero esta fue mi única gloria.
A los que dice que lo importante es amar, los condeno al destierro de la soledad, allí los estaré esperando.
Me ponía nervioso al verla llegar, decía infinidad de estupideces en su presencia y cuando no estaba nos imaginaba tomando un café, paseando con nuestros hijos por el parque, haciendo el amor de una manera desmedida.
Cuando él murió a los 70 años, Ingrid lo sobrevivió dos meses. Mis mejores amigos muertos y nunca pude decirles que mi único deseo al acompañarlos era tomarle prestado su corazón que era lo que ella tanto amaba.

Hernán Kozak

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UN CORAZÓN PRESTADO

-¿Qué te pasa?
-Me siento raro, como si fuera otro o hubieran cambiado de lugar las cosas, los días, las personas.
-Y ¿desde cuando te pasa eso?
-No sé, hace tiempo que me siento perdido y no consigo encontrar el norte, una mano amiga, una voz por delante de mi voz, una mirada compañera.
-¿Y qué crees, cambiaron los otros o fuiste tú el que cambió?
-Una mañana entré en el hospital y cuando salí era otro, un corazón prestado te hace mirar la vida de otra manera.
-Puede que te deslumbren los colores un tiempo. Después las letras continuarán la historia y tú no habrás muerto.

Cruz González Cardeñosa

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UN CORAZÓN PRESTADO

Miguel se despertó con la sensación de tener un corazón prestado.
Le habían pasado tantas cosas distintas en los últimos años que no se atrevía a pensar que, había sido él, con la manera que tenía de alejarse de las cosas y de las personas, y que estuviera metido en ese lugar oscuro haciendo gozar con la música a tantos jóvenes que no tenían donde ir esa noche. En el exterior solo se escuchaba el ruido de las bombas.
Había viajado lejos. Había pasado por varios países distintos. Se quedó en éste donde el sol se pone despacio mientras ilumina con tonos anaranjados el revés de los finos y largos árboles, en su extremo alocados, queriendo alcanzar los puntos luminosos de la noche para bajar el techo de luces que abrace sus conciertos.
Recordó aquella conversación con su amiga Margarita. Fue en una cafetería del centro donde especulaban con la posibilidad de cambiarse voluntariamente los corazones por un tiempo, y volver al cabo de unos meses a contarse las experiencias.
A él no le parecía buena idea, no se imaginaba qué podía pasar con semejante experimento. Aunque alguna vez había fantaseado con poder estar dentro de una mujer, saber qué era, cómo pensaba…Sin embargo, no le gustaban las sorpresas ni los sustos, quería saberlo todo antes de cambiar su corazón con el de una mujer.
Pero esa mañana…Miguel se preguntaba ¿Habrá sido verdad y sucedió sin darme cuenta? ¿Nos cambiamos los corazones aquella tarde? Y ahora que tengo un corazón de mujer, que sin darme cuenta me fue subiendo por el sistema circulatorio este sentimiento de transmitir mi canción al mundo, no puedo hacer otra cosa que lanzar el disco y una vez que esté en el mercado ya no podré devolver este corazón porque será mio para siempre ¡Pobre Margarita!

Mariví Ávila

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UN CORAZÓN PRESTADO

Isabel se daba cuenta de sus ataques de angustia, no lo podía evitar, todo el tiempo estaba pendiente de Nicolás, su hijo, no soportaba imaginarlo y menos verlo en una situación de riesgo; cuando peor lo pasaba era cuando el niño montaba en bicicleta, al verlo correr se llevaba la mano al corazón al tiempo que gritaba ¡ten cuidado! ¡ten cuidado, hijo! Este gesto era cada vez más recurrente, sus amigas le decían que esta protección asustando al niño, que antes no era así, qué le había ocurrido… Y ella aguantaba el chaparrón, no se atrevía a decirles, como le dijo a su analista, que esta inquietud comenzó el día, que por error administrativo, supo que portaba el corazón de un joven ciclista.

Ana Velasco

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UN CORAZÓN PRESTADO

La despedida fue con un beso en la mejilla, profundo y tendencioso, como para dibujar un paisaje de aguas que se abren. Entró en el edificio de la estación y consultó el reloj. Las nueve menos cuarto. Aún quedaban dos horas para que saliera su autobús, así que comenzó a caminar buscando algo que le llamara la atención para entretenerse y no quedarse atrapada en el instante del beso. Tiendas de regalos, cafeterías, kioskos de prensa y revistas, una administración de lotería… De pronto, se detuvo. Justo al lado una señora la miraba. Le pareció que era una mirada distinta a la de las gentes que allí transitaban con sus prisas, su ir y venir de lo cotidiano.

Se fue acercando y comenzó a sentir cómo se derramaba del paisaje de aguas. “Hola muchacha”, una voz se abría ante ella y la invitaba a pasar. Era una tienda de velas aromáticas, sales, jabones… El olor era a muy agradable pero el calor la asfixiaba. La calefacción debía estar puesta demasiado alta. Se desaflojó el nudo corredero de la bufanda y dejó ver su colgante. La mujer fijó sus ojos en él y comenzó a decirle unas palabras que no entendía. “¿Cómo? No le entiendo, disculpe”. La mujer pareció entrar en trance, se le volvieron los ojos y se desmayó. Asustada, la muchacha intentó reanimarla pero, al ver que no lo conseguía, se dispuso a salir a la puerta y pedir auxilio. De pronto, una mano la cogió por el tobillo impidiéndole dar un paso. Se volvió y vio cómo la mujer le suplicaba con la mirada que no saliera.

Después de unos minutos de silencio, le señaló el colgante y comenzó a contarle una historia: “Cuando era niña vivía en Nueva Guinea. Mis padres trabajaban en una plantación de piña donde el capataz era un tirano que aprovechaba cualquier oportunidad para abusar de la gente. Una vez mi madre se encontró un colgante y se lo puso divertida, imaginando cuentos y ceremonias. Cuando al día siguiente se fue a la plantación, también lo llevaba consigo.

Cuando el capataz, con su dureza habitual, se acercó a ella para amenazarla con despedirla si no se apresuraba en el trabajo, se quedó mirando el colgante y pareció reconocerlo. ¿Dónde has encontrado eso? Dime, malnacida, dónde. Mi madre se asustó y le dijo que se lo habían regalado. Comenzó a forcejear con ella. A esto que mi padre se dio cuenta que algo pasaba y corrió hacia ellos. Lo que pasó después nadie atiende a explicárselo. El colgante era de una chica a la que el capataz había violado y abandonado tras una plantación. Ella murió pero jamás supieron de su cuerpo.

El ambiente denso de silencio y represión ser quebró en aquel instante. Los trabajadores dejaron su tarea y comenzaron a cantar, a reír, a luchar… desde ahí partió una espiral que aún sigue hasta hoy en esta tienda de velas made in Nueva Guinea.”

Laura López

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UN CORAZÓN PRESTADO

Cuando aquel señor delgadito se me acercó tan sonriente, tan bien vestido y repeinado, reconozco que tuve que hacer esfuerzos para que no se notase la sonrisa que había subido a mi boca. Simultaneó el cabeceo típico tanguero con una frase española aunque bien pronunciada, es decir, con amable claridad y suficiente volumen: ¿Le apetece bailar un tango?
Contesté levantándome y extendiendo los brazos. A pesar de que mi bailarín ya llevaba varias tandas bailadas se notaba que se había duchado antes de salir de casa y perfumado levemente. Bailaba bastante bien, sin hacer pasos complicados pero llevando el ritmo y la cadencia del tango con gracioso brío varonil. En seguida tomé algo de confianza y lo abracé más cálidamente. Me dijo que se llama Lucas y que trabajaba de reparador materiales de oficina (sillas, mesas, impresoras, ordenadores…) tanto para empresas como para particulares. Me pareció un trabajo encantador y muy ecológico. Cuando me preguntó a qué me dedicaba le dije que trabajaba en una ONG ayudando a niños africanos. En realidad a quienes ayudamos es a millonarios españoles para que puedan evadir el pago de algunos impuestos, pero no me pareció romántico darle esta información intrascendente. Le dije que tenía un trabajo muy bonito mirándolo a los ojos y esbocé una sonrisa muy húmeda y muy dulce para Alberto, que así se llamaba mi galán.
Cuando comenzó la segunda canción ya casi éramos amigos. Me hizo gracia alguna de sus bromas y lo abracé más tiernamente de lo que acostumbro, entonces empecé a sentir en la pierna izquierda, casi cerca de la ingle, la presión de su miembro como queriendo liberarse de los pantalones y traspasar mi falda hasta llegar a entrar en mi piel ¿O tal vez se tratase del teléfono móvil o un llavero algo voluminoso?
Al comenzar un ocho hacia delante dirigí intencionadamente mi muslo derecho hacia la zona en cuestión con la esperanza de poder asegurarme si se trataba de su pene o de un objeto inanimado. En la parte exterior del muslo tengo más sensibilidad que en la interior y pensé que con esta prueba podría recabar información más valiosa para mis pesquisas acerca de la erección del bailarín Alberto. Entonces sentí claramente el glande clavándose en mi glúteo y me estremecí hasta el punto de perder levemente el equilibrio. Él lo noto y me abrazó firmemente mientras caíamos en una parada estrecha y prolongada, pertinente y necesaria para ambos. Me dijo al oído: ¿Sientes lo mismo que yo estoy sintiendo? -me quedé callada sin saber qué responder- Me parece que nos hemos enamorado. -Continuó Alberto, susurrando en mi oído. Yo me reí un poco pero menos que con las bromas de antes. Seguía sin saber qué responder. Entonces le pregunté porqué decía eso. Y él me dijo que no sabía nada del amor, pero que en las películas Walt Disney había escuchado que cuando puedes sentir el corazón de la otra persona latir al unísono con el tuyo entonces es que te has enamorado.

Kepa Ríos Alday

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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
Coordinadora

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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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