LA CALABAZA DE HALLOWEEN / Historia

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LA CALABAZA DE HALLOWEEN

Mi madre es Extremeña y viajo a Cataluña con su familia para buscar mejor fortuna.
En Barcelona conoció a mi padre que es de Tarragona y también fue allí para progresar.
Sería más sencillo para mi explicarles mi postura sobre el independentismo, con lo que eso significaría de broncas y reproches, que contarles cómo fue que acabe en medio de la plaza del pueblo, a las doce de la noche, con una calabaza de Halloween, palabra que no se ni deletrear, en la cabeza. Con cinco personas de las que ignoro su nombre y que no permanecerán en mi vida, después de que me saquen de la comisaría, con dos monos con hipo y un olor a sandia que tiran para atrás, con un fajo de billetes rusos falsos en el bolsillo derecho y una catana de plástico con la que me defendía de aquellos chinos que me acusaban de no haberles pagado la compra de la semana pasada, confundiéndome probablemente, con ese estorbo de persona que no conocía pero que el parecer gemelos me hizo, para mi desgracia, confiar en él.

Hernán Kozak

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LA CALABAZA DE HALLOWEEN

Sophie tenía dos hijos de diez y trece años. Se dio cuenta que no encajaban bien en el nuevo colegio. Hablaban un inglés americano perfectamente fluido y vestían correctamente, pero tenían costumbres sobrias, conversaciones sencillas, y gustos demasiado refinados en cuanto a música y literatura como para no causar una cierta extrañeza a compañeros y profesores.
La semana anterior a Halloween Sophie compró una calabaza y la colocó en la parte de detrás del coche para disimular.

Kepa Ríos Alday

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LA CALABAZA DE HALLOWEEN

Una noche olvidada de la memoria de los hombres se incendió en el interior de aquella calabaza. Le sacaron su carne magra y prepararon un exquisito postre que se reservó. Después secaron el resto por muchos siglos y se grabaron allí dentro algunas palabras que, al abrazarse entre ellas en la intimidad del hueco, se hicieron piel y humo cuando en su interior resplandeció la vela animada por la amistad que llegaba de soles de una constelación lejana.
La calabaza, totalmente indignada por la poca importancia que desde hacía décadas le daban a las señales de humo y a las bufandas cuando hace frío y a los abrazos sinceros, a las quimeras, a la puesta en marcha de una frase al ralentí y a la caja de cambios de la vida de un contribuyente, se introdujo eficazmente en la cámara de los diputados y comenzó a herir la sensibilidad de algunos cretinos apagados por la ambición del oro del otro. Fue en ese momento cuando la bala hizo estallar a la calabaza que depositó sus ilusiones en las manos de un turco que amaba la vida.

Mariví Ávila

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