SE PERDIÓ EN NOVIEMBRE / Historia

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SE PERDIÓ EN NOVIEMBRE

La noche cubre con su manto de terciopelo negro toda la montaña, en el centro una hoguera imita a un volcán que se despereza agitando sus brazos para tocar el cielo, al rededor un grupo de jóvenes contentos, cansados y algo asustados guardan silencio.
El que es un poco más mayor, el contador de historias, sin que nadie sepa el motivo, repite su última frase, “Se perdió en Noviembre” y se vuelve a quedar callado.
Dado que ese era el punto culminante del relato, habían pactado con Cris, que ella saldría entre los arbustos y les daría a los chicos un gran susto.
Pero los arboles permanecen quietos, el aire sigue tumbado sobre las piedras, las sombras están casi inertes y los relojes quietos para siempre.

Hernán Kozak

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SE PERDIÓ EN NOVIEMBRE

El paragüas se quedó preso en la barra del autobús, colocado cual ahorcado sin lluvia a quien cobijar. Siempre hubo un paragüas pasajero, paisano, de cuadros para un ciudadano sin sombrero, liso para un ejecutivo, de lunares para dejar entre sombras algunas gotas de lluvia a las que no queremos mirar de frente ni acariciar con nuestras manos.
Fue en el mes de noviembre cuando se perdió, pasados todos los santos y santas.El paragüas vino a mí a través de su balanceo sísmico, arrepentido de estar colgado y ya con ganas de abrirse como una margarita. Éste era de rayas blancas y negras, y me miraba de costado, como iniciando una conversación: Ábrame ya, por favor, que ya no puedo volver a ser el de antes, ayúdeme a bajar de la nube, devuélvame a mi dueño.

Mariví Ávila

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SE PERDIÓ EN NOVIEMBRE

Aquel gesto desaliñado que solía ofrecer a modo de saludo de buenos días cayó como por obra de algo en lo que creer. La señora Berta se miró en el espejo y por vez primera se fijó en el marco, pensó todas las manos que habrían tocado el azogue para colocarlo en aquel estrecho cerco metálico. Vio a todos los obreros tocando sus pechos reflejados, pero sintió también en su piel los dedos apretando.
Perdió la transparencia de un carácter infantil aquel noviembre la señora Berta en el mismo momento que decidió pintarse la envidia. Sentía gusto en general cuando llegó a la cafetería con necesidad de hablar. Tenía lágrimas en los ojos al preguntar qué tal todo. La camarera del bar le preguntó qué le pasaba. No sé – dijo Berta-, no vi embregarse a mis semejantes en asuntos hermosos… Pero el hilo de la frase salió volando por la ventana. Lo vio alejarse entre los tallos de las plantas de la parte de fuera de la cafetería. Se perdió en «no vi embre…» mientras la camarera no oía a otros clientes celosos molestarse por tanta atención dedicada a la señora Berta.

Kepa Ríos Alday

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