LA PUESTA DE SOL / Historia

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LA PUESTA DE SOL

Se había puesto de cocaína hasta los ojos, heroína, té, aspirinas… Marta había quedado esa mañana con su jefe para una reunión convocada por éste con la fórmula fija del tormento: Quiero hablar contigo. Tal vez esta vez fuese realmente a despedirla. Las últimas veces sólo eran advertencias teñidas de satisfacción en el dolor de la joven empleada. Quiero hablar contigo, dicho por un jefe, quiere decir: quiero hacer de jefe contigo.

Se había puesto un vestido claramente rojo, zapatos de doncella romana, las pulseras sirias, que eran su devoción; una chaqueta de lino del Nilo, un reloj de oro suizo y un bolso de precio revolucionario, por supuesto francés.

Salió de su casa y se puso los cascos con música. No quería escuchar nada. Se puso a soñar despierta como si viviese en un pueblo de Escocia y tuviese que ir a trabajar sola en una barca bajo la niebla. Pero estaba en España. Unos niños la empujaron jugando en el metro. Al salir, subió las escaleras tapándose los ojos con la mano a modo de visera. Aún así el Sol le impactó de nuevo con la misma fuerza que a un esclavo semita en la ladera de su pirámide.
Marta sabía que su sangre era la misma que la del faraón. Lo que no era lo mismo eran sus papeles, su DNI, su dinero. Estaba muy puesta en todo lo referente al marxismo. Pero el Sol era lo que más le ponía.
Kepa Ríos Alday

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LA PUESTA DE SOL

Entre vidrio y metal empecé a sospechar que no decir tacos a tiempo, como me habían enseñado mis padres, aspirantes de pobres a burgueses, y el colegio de monjas, no era buena idea en las tardes en que las puestas de sol no eran de lo más placentero para doblar esquinas, mirar los colores de los semáforos o zafarse de los taxistas.
Aquella tarde me otorgué una bula con olor a sello papal,entonces comencé a decir todos los tacos del mundo aprendidos y aun sin aprender en un ejercicio de violencia contenida, unas simples palabras que abriesen las compuertas de una energía que iba canalizada directamente a mis órganos internos y mi circulación sanguínea.
Aquella tarde, en una ciudad atormentada por la prisa, por la competencia del tiempo, por el robo de espacios, esa tarde no me comí ni un taco, ni me mordí la lengua, ni dejé a un estúpido sin insultar en mi burbuja invisible (en voz baja, estaba rodeada de gente) a la hora de la puesta de sol.
Sin embargo, en voz baja no era suficiente para descargar tensiones, por lo que me hice simpatizante de la asociación de Meditación sin represión vocal. Terminé por reunirme una vez a la semana para ejercer esa sana costumbre de decir: «Me meo para arriba haciendo fuente, llega hasta el cielo, y contamino de humana humedad a todos los dioses que vivan allí «…Y otros ejercicios que si no los vives no te los puedes imaginar.

Hoy desperté temprano con dolor de piernas, tantas horas entre metal y vidrio no le hacen bien a mi callado esqueleto, tenía que inventar algo de desahogo, será por eso que soñé, ¡por eso soñé!
-Debo volver a mi terapia, me dije ¡Tengo que volver a mi terapia!

Mariví Ávila

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La Puerta del Sol

Caminaba unos pasos y retrocedía, haciendo un juego de piernas que resultaba un tanto cómico. Al pasar por el reloj de la Puerta del Sol, marcaba las seis y cuarto. ¡No podía ser! ¡Habían pasado ya seis horas! Se derrumbó junto a la baranda que sostenía la boca del metro. Era una boca ancha que vomitaba gente. Una multitud que corría y se atropellaba simulaba una prisa por la vida, una vida que se escapaba a cada segundo cuando no avanzaba el que había delante.

Pero no quería que pasaran. Prefería ser cualquiera de ellos, con su prisa, con sus caras desencajadas por las obligaciones de la tarde. Un manto le caía por la espalda, un pensamiento gris que la envolvía y la dejaba suspendida ahora, en la baranda. Soñó por un momento con la sombra atada a la cintura, con aquel que quiso morir en sábanas de holanda. Ella quería morir, o no sabía, si ser tragada.

Eran las seis y media, el reloj la miraba. Buscó entre la gente, tal vez del metro, tal vez de la calle que bajaba. Él llevaba un pañuelo gris y su cara no era su cara. Hoy era otro, tal vez debiera conocerlo, no sé, darle otra madrugada. Y allí mismo dejó que la vida de nuevo la sorprendiera y que ese hombre pudiera darle lo que nunca esperaba.

Laura López
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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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Escuela de Poesía y Psicoanálisis Grupo Cero

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